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domingo, 25 de agosto de 2013

San Luis Rey de Francia y el Carmelo

San Luis, salvado por
laVirgen del Carmen
Es San Luis rey de Francia (25 de agosto) un santo al que varias órdenes mendicantes le tienen por santo propio, tal vez sea caso único. Cuatro órdenes mendicantes y los cistercienses le contemplan como santo benefactor y casi religioso suyo. El Císter le debe, y a su madre, la construcción y dádivas de más de una abadía. Franciscanos lo tuvieron ciertamente por terciario, de hecho es patrono de la antes llamada Orden Tercera. Los dominicos y los trinitarios también le tuvieron como santo terciario, aunque los primeros hoy le han descartado, y los segundos sí que poseen su "acta de inscripción" como terciario. Pero, ¿y el Carmelo? ¿Hay alguna cercanía entre el santo rey y los carmelitas? La historia lo demuestra. San Luis entró a los carmelitas en Francia, luego de conocerlos en Chipre, y es de suponer que les ayudaría a establecerse. Pero, sabiendo como son las cosas, la leyenda carmelitana no podía dejar de adornar un poco esta relación.

Cuenta la obra “Glorias del Carmelo” que San Luis tomó el hábito de la Tercera Orden del Carmen en el mismo Monte Carmelo, cuando fue a la Conquista de Tierra Santa (conquista que por tres veces le resultó un fracaso). Navegaba el santo rey por aquellos mares cuando se levantó una tremenda tempestad, que fue empujando la nave hacia los peñascos sobre los que se alza el monasterio de la Stella Maris (no se llamaría así hasta muchísimo después). Al llegar a la roca, la nave dio dos golpes con gran fuerza y se hundía, cuando de pronto se oyó una campana que llamaba a Maitines. El santo se levantó de la oración y preguntó al piloto que campana era aquella. Este le respondió “estamos juntos al promontorio del Monte Carmelo, y la campana es del convento de los carmelitas”.

Entonces el rey prometió a la Virgen visitar su convento con todos los de la comitiva. Y se calmó la tempestad inmediatamente. Así subió el rey y la tripulación al monasterio, bajo el mando del Vicario General, el Beato Nicolás "el Galo" (2 de abril), por delegación del General San Simón Stock (16 de mayo). San Luis quedó prendado al ver la solemnidad y sencillez de la oración de aquellos monjes de capa blanca y su devoción por la Madre de Dios. Decidió entonces tomar algunos religiosos y llevarlos a Francia, donde fundaron varias casas con el tiempo. A un grupo los llevó al palacio de Fontainebleau (en realidad estuvieron los trinitarios, y aún se conservan vestigios de su presencia) donde convivía con ellos como un religioso más, según los "Anales" de Juan Bautista Lezana O.Carm, en su apartado “Vitae S. Ludovici”.


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miércoles, 21 de agosto de 2013

El Santo del Siglo de las Luces: San Alfonso María de Liguori. (II)

En el artículo anterior vimos la infancia, juventud y conversión de San Alfonso. Ahora nos adentramos en su madurez y plenitud sacerdotal:

Apóstol Sacerdote.
En la aurora del Siglo XVIII refinado que subyuga, en esta Europa en donde poco a poco se extinguen los fuegos de las fiestas galantes y se hereda un mundo nuevo señalado por el triunfo de la razón, el progreso de la ciencia y el culto al hombre. Alfonso de Liguori, tras su proceso perdido, acaba de hacer su elección. Da la espalda al poder y a la gloria y ha escogido una prioridad: el mundo de los pobres.

Evangelizar a los pobres y los lanza al apostolado: en 1723 toma la sotana y sigue en calidad de externo, como se acostumbra en esta época, los cursos del Seminario Mayor de Nápoles: formación intelectual, espiritual y también pastoral. Prosigue con sus compromisos con los enfermos con los que sigue visitando y cuidando regularmente. Entre los grupos de trabajo practico de pastoral, propuesto por el Seminario, escoge el de las “Misiones Apostólicas” organizadas por los sacerdotes de la diócesis. Así, en noviembre de 1724, toma parte en su primera misión, la de San Eligio, en los barrios bajos de Nápoles. “Esta fue una fecha para él, para los Redentoristas, para la Iglesia, -como señala Rey Mermet-, y ya un signo de Dios: había sido enviado ante todo a los mas pobres, a los abandonados, a la hez social y moral de su pueblo”. (Un homme pour les sans espoir, Paris 1987.)

El año siguiente entra en la asociación de “Santa María Sucurre Miseres” cuya sede se encontraba en la capilla del Hospital de los incurables. Su finalidad era asistir espiritualmente, a los condenados a muerte, y materialmente, a las familias que dejaban. El sábado 6 de abril de 1726, es diácono; y el 21 de diciembre del mismo año, sacerdote.

Una vez sacerdote, -escribe Tannoia, su amigo y biógrafo-, Alfonso ocupaba la mayor parte de su tiempo al barrio donde vive la hez del pueblo napolitano. Su alegría consistía en encontrarse así en medio de la chusma, (los llamados “lazzaroni”) y de otros pobres cuya única profesión era la de su miseria. A ellos, más que otros, les había entregado su corazón. Inútil decir que los instruía con su predicación y los reconciliaba con Dios por la confesión. De boca en boca, corre la noticia en ese “medio” y pronto llega al fin de la ciudad. Venían de todas partes; cada vez en mayor número llegaban los criminales… y luego volvían. No solo dejaban sus vicios, si no que se comprometían en la oración, en la contemplación, y en su mente no tenían otra cosa que amar a Jesucristo”.

Alfonso acoge a todo el mundo, pero él va al pueblo; y el pueblo va a él quien pronto se ve desbordado por el número. De las reuniones al aire libre se pasa a las reuniones en las casas, a los cuartos interiores de los comercios… ¡Lo mismo que en los primeros siglos de la Iglesia! Los ya convertidos arrastran a otros, los ayudan a rezar, hacer oración, a meditar el Evangelio.

Conociendo el arzobispo ese trabajo de Alfonso entre los pobres de los barrios bajos de Nápoles, queda maravillado; pone a su disposición todos los oratorios públicos y las capillas de su diócesis. De aquí el nombre de sus reuniones: Cappelle serotine, “Capillas del atardecer”. En efecto, cada tarde, cuando la jornada del trabajo ha terminado para los hombres, (por que para las mujeres el trabajo nunca termina….) los “lazzaroni”, es decir, los jaboneros, barberos, albañiles, carpinteros, porteros y otros, se reúnen en comunidades de creyentes. De este modo se forma así grupos de unas 100 personas por capilla. El resultado es que en pleno siglo XVIII se encuentran comunidades de base análogas a las que en la actualidad son la esperanza de la Iglesia en los países de África o América Latina.

Alfonso confía la animación de las mismas a los laicos convertidos: es el apostolado del medio por el medio (un siglo después el gran Misionero San Daniel Comboni haría lo mismo “Salvar a África por medio de África). Los sacerdotes serian solo asistentes. Para entrar no hay ningún formulario que llenar, ninguna cuota, como tampoco una autorización del párroco o del obispo. Son los laicos responsables los que invitan a otros laicos en el nombre de Jesucristo, alentados por Alfonso. Sin embargo, estos laicos no se contentan con escuchar el Evangelio o explicarlo, si no que lo ponen en práctica y muy concretamente: comparten ayudas y pobrezas, visitan a los enfermos, se restaura la conciencia profesional entre los miles de sirvientes, carpinteros, obreros, artesanos; las ganancias ya no se pierden en juegos y bebidas, y el trabajo reemplaza al robo, etc. En la tarde de su vida, Alfonso se llenará de gozo al saber por un arquitecto napolitano, amigo suyo, que esta obra continúa. (habría de continuar hasta 1848). “A las capillas del atardecer, -le comunica su amigo- acude muchedumbre de gente y hay santos entre los cocheros”. “¡Cocheros santos en Nápoles!, -exclamó el santo-, ¡Gloria Patri!”. La Obra de las Capillas del Atardecer era una novedad, en cambio la obra de las misiones en las que Alfonso estaba comprometido durante su seminario, se inscribía a una larga tradición. En el siglo precedente en el ministerio de las misiones parroquiales había tomado el carácter de una institución permanente. Pero no faltaban las diferencias: en Francia, la misión tenía frecuentemente el aspecto de catecismo de adultos. En Italia como en España, tendía más a la conversión de los corazones y a la reconciliación.

En 1727, Alfonso miembro enteramente aún de las misiones apostólicas, descubre la miseria del abandono de la gente del campo. Todo acontece en el curso de una misión de la Diócesis de Campagna en los alrededores de Éboli. “Cristo se detuvo en Éboli”, decían los campesinos de Gagliano, pequeño pueblo de Lucania, dando a entender su abandono. Lo que muchos ignoran es que en esa región de Italia en el siglo XVIII fue el epicentro de una onda de choque, un terremoto de orden espiritual, la misma que sacudió a Alfonso, e igualmente a la Iglesia. En el curso de una misión en esa región, Alfonso descubre la miseria y el abandono de la gente del campo, lo que le causa la conmoción mas profunda en pleno corazón. Y esto acontece a unas cuantas horas de camino de la capital del Reino que rebosa de sacerdotes.

Cuando Alfonso regresa a Nápoles su mirada ya es otra. Lleva en sí una pregunta y una inquietud lacerantes: “¿Quien va a partir el Pan de la Palabra a estas 'almas abandonadas' desprovistas de ayuda espiritual, de socorros espirituales?”. Imposible pasar el tiempo interrogándose. A un ritmo rápido prosigue las misiones en la ciudad y en el Reino. Alfonso se entrega a ellas a fondo, pero su salud no resiste. Cae enfermo, muy enfermo. Incluso se llega a pensar en sus funerales de los que logra escapar. Sin embargo, el aviso fue terriblemente grave. ¿Resultado? El médico prescribe un largo e inmediato reposo.

Santa María dei Monti: 
Se acerca el verano de 1730. Los amigos de Alfonso lo invitan a descansar en las alturas que dominan Scala y la bahía de Amalfi. Con sus compañeros sube hasta la cima de más de 1000 metros de altura. Allí se levanta la pequeña ermita de Santa María de los Montes, sitio ideal y panorama espléndido. Pero Alfonso no tiene tiempo para admirar el paisaje: la multitud de la pobre gente de los contornos se pone en marcha hacia la capilla. “La llegada de los misioneros fue prontamente conocida”, -escribe Tannoia.- “Casi inmediatamente acudieron pastores, trabajadores y gente dispersa en el campo. La multitud sobrepasa con mucho a Alfonso que con sus compañeros se pone a catequizar a aquellos campesinos y ayudarles con toda caridad para confesarse. La noticia se extiende de unos pastores a otros. Cada vez llegan de mas lejos.” El descanso de nuestros apóstoles se vino a convertir en una misión permanente y fructuosa. Fue la ocasión de la que Dios se sirvió para que Alfonso descubriera el gran abandono espiritual que sufren tantas almas privada de los sacramentos y de la Palabra de Dios, pudriéndose abandonadas en sus campos y aldeas. Los desafortunados descubrimientos hechos en Éboli no constituían una lamentable excepción. Esa era la situación de la gente del campo: el abandono….

Fundador de una Congregación Misionera.
Noviembre de 1732. Hace dos años que Alfonso ha estado orando, consultando. Todos los consejos son convergentes. Mons. Falcoia, su amigo, no cesa de animarlo y hasta su muerte ha de ser el “direttore”, (protector y consejero espiritual del joven instituto). El superior de los Lazaristas, el Provincial de los Jesuitas, un teólogo dominico de renombre, su confesor, todos aprueban el proyecto sin reticencia alguna. Una religiosa, Sor María Celeste Crostarosa, quien con su ayuda acaba de fundar una nueva Orden de Monjas (Orden del Santísimo Redentor), lo apremia a fundar “una congregación de misioneros cuya vocación especial será partir el pan de la Palabra a la gente abandonada del campo”. La religiosa asegura haber recibido revelaciones a este propósito. Un día San Alfonso mismo hizo alusión ante uno de sus compañeros, don Manzzini: “Me ha dicho Sor María Celeste que mi deber es abandonar Nápoles y fundar aquí un Instituto religioso cuyo fin seria la evangelización de este mundo rural tan desprovisto de socorros espirituales. Es evidente que esa ayuda esta aquí menos desarrollada que en la grandes ciudades y regiones mas adelantadas. Que por tanto, esa es la voluntad de Dios. Pero ¿Cómo hacer?"... Don Manzzini: “Querido Alfonso ¡valor! ¿Quien sabe exactamente lo que Dios quiere?” Alfonso: “Pero ¿dónde están los compañeros?" "Aquí estoy yo - replicó don Manzzini - seré el primero”. Así, el 2 de noviembre de 1732, Alfonso, “seguro de la voluntad de Dios se animo y cobro valor. Haciendo a Jesucristo un sacrificio total de la ciudad de Nápoles, se ofreció a vivir el resto de sus días en medio de aquellos rediles y chozas y a morir junto a los pastores”. Y Tannoia añade solemnemente: “El año de 1732 fue fijado anticipadamente por Dios para el dichoso nacimiento de nuestra Congregación. El Papa Clemente XII ocupaba la sede en el Vaticano; Carlos Augusto VI gobernaba el imperio y este Reino de Nápoles; Alfonso de Liguori, sin que lo supieran sus parientes deja Nápoles y, subiendo a la cabalgadura de los pobres, a lomo de asno, toma el camino de Scala.

Alfonso, el joven de la nobleza, se había inclinado al mundo de los pobres; joven sacerdote, fiel al encuentro de los más pobres; deja el mundo de los ricos para vivir con los pobres, para vivir en comunidad apostólica con hombres que como el escogerán a los pobres como prioridad de su vida. El 9 de noviembre de 1732, se funda en Scala la Congregación del Santísimo Salvador, (la titularidad del Instituto tuvo que cambiar poco después al del 'Santísimo Redentor', ya que existía una Orden de clérigos regulares del mismo nombre fundados por Santa Brígida de Suecia). Cuatro sacerdotes vienen adherirse a Alfonso: ¿Cuál es su fin?: “continuar a Cristo Salvador”. Más tarde Alfonso formulará la carta de identidad del verdadero Redentorista: “El que es llamado a la Congregación del Santísimo Redentor nunca será un verdadero continuador de Jesucristo y jamás será un santo si no cumple el fin de su vocación no tiene el espíritu del Instituto, que es de salvar a las almas, y las almas mas desprovistas de socorros espirituales como es la gente del campo” (Consideración XIII. Para quien está llamado al estado religioso).

Hasta ahora son cinco. Que importa. El 15 de noviembre del mismo año, Alfonso anota en su Diario: “Hoyhago voto de jamás consentir la menor duda de mi vocación y de obedecer en todo a Falcoia". Seis meses más tarde todos le abandonan. Es Viernes Santo de 1733 cuando Alfonso, al pie de la Cruz, sabe la noticia. A Mons. Falcoia que le interroga responde con esta confidencia: “Estoy persuadido de que Dios no tiene necesidad ni de mi ni de mi obra. Creo, sin embargo, que Él me ordena proseguirla, y aunque me quede solo, me esforzaré por llevarla a cabo”. Ya nada más hay un sacerdote, Alfonso, y un solo hermano, Vito Curzio. Este hermano es recibido por Alfonso el 18 de noviembre de 1832, y es perseverante. Poco a poco otros sacerdotes se les unen. En cuanto Alfonso, continúa las misiones en las diócesis vecinas haciéndose ayudar por el clero diocesano reclutado allí mismo. “El único fin de nuestro Instituto -escribe en septiembre de 1733- es la obra de las misiones. Omitiendo esta obra o realizándola mal, el Instituto deja de vivir”.

Para Alfonso y sus compañeros las misiones son lo esencial. Podrán tardarse las Reglas y Constituciones y sufrirá esperas la aprobación oficial, pero las misiones no se detendrán. Adquirirán un nuevo estilo, pero ¿cuál? La Misión Alfonsiana se inspira en las grandes tradiciones: en la misión catequética de adultos y en la misión renovación espiritual. Esta sin embargo tiene su carácter propio. Ante todo, Alfonso no se contenta con evangelizar los poblados grandes; va más lejos, hasta la choza más dispersa. No se limita a predicar acerca de la muerte, el cielo o el infierno; por el contrario, añade un sermón grande sobre la oración y otro sobre la Virgen María. Para el fin de la misión reserva el sermón de la Pasión de Cristo y de su amor por nosotros. Emplea entonces su cuadro de “Cristo en la Cruz” para dar aún más vigor a este sermón de la ultima semana destinada a conducir a los fieles a la conversión. No maneja el temor, si no que convierte con el corazón. “El fin principal del predicador de misión, - escribe -, debe ser en cada sermón dejar a sus oyentes inflamados en santo amor”.


Escudo Redentorista
Cuando Alfonso dibuja el escudo de armas de su joven Congregación, el lema que escoge son las palabras del salmo 130: “COPIOSA APUD EUM REDEMPTIO" (CON ÉL SOBREABUNDA LA REDENCION). Afirmación revolucionaria en una época en la que tantos predicadores hablaban del “pequeño numero de los elegidos”. Alfonso, por el contrario, ha reunido a un grupo de misioneros cuya misión es predicar la Misericordia de Dios. “Así como el laxismo de los confesores es la ruinas de las almas, el rigor hace también mucho mal, yo condeno también ciertos rigores que no tiene una razón de ser, que destruyen en lugar de construir. Con los pecadores es necesaria la caridad y la dulzura. Es lo que ha hecho Jesucristo, y si nosotros queremos conducir las almas a Dios y salvarlas, no es a Jansenio a quien debemos imitar sino a Jesucristo que es el jefe de los misioneros" escribió Alfonso.

Jansenio, catedrático de Lovaina y luego obispo de Ipres, escribió poco antes de morir una obra en la cual decía que la gracia de Dios obra de modo irresistible y que aquel que la recibe se salva infaliblemente; pero que Dios la da a muy pocos y por consiguiente no quiere que todos los hombres se salven. En consecuencia, el hombre no puede acercase a recibir los Santos Sacramentos si no con gran temor y después de una gran preparación extremadamente penosa y laboriosa. 

Artículo siguiente.


Tacho de Santa María. 



A 1 de agosto además se celebra a



Bibliografía: -Taller de Profundización: Espiritualidad Misionera Redentorista. Cap. 13. Julio de 2000. San Luis Potosí, S.L.P. México. -Espiritualidad Redentorista, Vol. 3. Jean Marie Sègalen. Roma, Italia 1994.
-Monseñor Daniel Comboni. Apóstol del África Central. P. Flaviano Amatulli. Ediciones Combonianas 2da edición. Diciembre de 1980. México D.F.
-Compendio de Historia Sagrada. Editorial Progreso. 2da. Reimpresión. 2006. México, D.F.

domingo, 11 de agosto de 2013

Santa Susana, la de Roma

Santa Susana de Roma, vigen y mártir. 11 de agosto.

Esta virgen y mártir es una santa bastante conocida de la que, sin embargo, se ha escrito una passio muy fantasiosa que merece poco crédito. Son muy antiguos los testimonios históricos martiriales que existen sobre ella, pero constituye un intrincado y difícil problema hagiográfico que ha acabado por enmascarar su existencia histórica.

La tradición dice que era hija de de San Gabino (19 de febrero) y sobrina del papa San Cayo (19, 21 y 22 de abril) . Era una familia muy próxima a Diocleciano formada por cuatro hermanos, Gabino y Cayo, y los Santos Claudio y Máximo (18 de febrero), que servían al emperador. Susana había nacido en Dalmacia pero al poco de mudarse la familia a Roma, su madre falleció y Gabino, con el tiempo, se ordenó sacerdote. La niña demostró ser laboriosa e inteligente desde muy corta edad y a los doce años mostraba gran interés por las Sagradas Escrituras y comentaba los textos de los Santos Padres. A los quince años de edad consagró su virginidad a Cristo.

Por aquel entonces murió Valeria, esposa del César Galerio e hija de Diocleciano, y al quedar viudo pensó el emperador en buscarle otra esposa, y escogió a Susana. Encomendó a Claudio, primo suyo, que hablara con Cayo y Gabino acerca del matrimonio, pero éste se encontró con la negativa de la joven y, convencido por los argumentos de sus parientes, se acabó convirtiendo al cristianismo.  Como no volviera a Diocleciano, éste mandó entonces a Máximo, aconteciendo el mismo resultado: que en lugar de convencer a Susana para que aceptase el matrimonio, acabó convertido por ella.

Un esclavo de Máximo dio entonces noticia al emperador de lo que había pasado. Montando en cólera, Diocleciano dio la orden pública de desterrar a Claudio, a su esposa Prepedigna y a sus dos hijos, y también a Máximo; pero en realidad fueron todos quemados vivos en Ostia y sus cenizas echadas al mar. Luego encarceló a Gabino y a Susana, a la que, tras un tiempo, mandó sacar de prisión y poner bajo la custodia de su esposa, la emperatriz Prisca, con la orden de que la convenciera de aceptar a Galerio en matrimonio.  Pero siendo la emperatriz también cristiana, no hizo nada en este sentido. Diocleciano envió a Susana a su propia casa y autorizó a Galerio a asaltarla y violarla, para que por vergüenza no le quedara más remedio que casarse con él. Pero cuando la atacó surgió ante él un brillante ángel que defendió a Susana y ahuyentó al agresor.

Habiendo desistido ya del proyecto de matrimonio, pero decidido a castigar a Susana por su desobediencia, Diocleciano envió a un ministro suyo, Macedonio, para que forzara a la joven a sacrificar al dios Júpiter. Apenas giró el rostro Susana, apartando la vista del ídolo, éste desapareció de su pedestal y apareció hecho pedazos en la calle. Montando en cólera, Macedonio abofeteó y azotó a la joven, salió y logró una orden de ejecución del emperador, y regresando a donde estaba ella, la decapitó. Era el 11 de agosto del año 295. La emperatriz recogió el cadáver de la joven y la enterró en las catacumbas de San Alejandro. En cuanto a Gabino, murió seis meses después, consumido por la estancia en la cárcel. El papa Cayo siguió celebrando misa en la casa de Gabino y Susana en honor a su martirio, y con el tiempo surgió sobre ella la actual iglesia de Santa Susana en Roma.


Martirio de Santa Susana.
El problema que plantea la "passio" es que está llena de errores históricos y el discurso es totalmente literario. El relato está construido de acorde a intenciones edificantes y piadosas que para nada deben considerarse realidad histórica. Por ejemplo, resulta ridículo el ir y venir de personajes tratando de convencer a la joven de que acepte el matrimonio con el César, cuando en la antigua Roma ni siquiera a las mujeres más encumbradas se les consultaba ni pedía opinón ninguna a la hora de entregarlas en matrimonio.

Además, la hija de Diocleciano, Galeria Valeria, murió en el año 315 y fue esposa de Galerio desde el año 293 hasta su muerte, lo que no casa con la cronología de la passio.  Ella y su madre, la emperatriz Prisca, fueron ejecutadas por orden de Licinio en este año, cuando ya había muerto Diocleciano. Y si bien se ha dicho que madre e hija eran cristianas en secreto, la realidad que ha podido probarse es que eran simpatizantes con los cristianos, lo que no quiere decir que ellas mismas lo fueran. Por último, hubiera sido un auténtico escándalo que a miembros de la familia imperial, como son considerados Claudio, Prepedigna, Máximo y sus parientes, se les quemara vivos; y además en un lugar público tan concurrido como el puerto de Ostia.

Sin embargo creo que es más útil pasar a hablar de las evidencias arqueológicas y escritas de la existencia de la Santa más allá del relato legendario de su martirio. La noticia más antigua sobre ella data de un verso del poeta Claudio Claudiano, que en 401 escribía con ironía: 
Sic ope sanctorum non barbarus inruat Alpes /sic tibi det vires sancta Susanna suas”.  

Algunos hagiógrafos, sin embargo, no lo consideran válido para probar la existencia de la Santa al tratarse de una interpolación tardía. En el Martirologio Jeronimiano aparece conmemorada el 11 de agosto, y en el códice Bernense leemos: 
Ad duas domus iuxta duo clecinas natalis sc. Susannae”.


Ilustración del Butler
Desde los inicios del s. V ya era venerada en Roma, pero en un titulus –lugar sagrado- llamado Santa Susana, y no en ninguna catacumba. Esto hace aumentar las sospechas sobre la existencia de la Santa, porque este mismo lugar a fines de ese siglo era llamado titulus Gaii (sínodo del año 499) y a finales del siglo VI (sínodo de 595) volvió a llamarse titulus Sancta Susannae, hasta finales del siglo VIII. Era frecuente que los nombres de estos tituli cambiaran de un siglo a otro. Es probable que para explicar este cambio se inventara una passio en la que convierten a Susana en hija de Gabino y sobrina de Cayo, a quien hace referencia el otro nombre. El martirio de la joven ya lo conocemos, según la passio fue ajusticiada por rechazar la orden de contraer matrimonio según las disposiciones del emperador y por no querer sacrificar a Júpiter. El texto dice literalmente que fue ejecutada
intra domum suam iuxta domum Gaii episcopi… Ab eodem die coepit beatus Gaius episcopus in eandem domun introire, ubi gladio fuerat percussa et sacrificium Domino Deo offerre pro conmemoratione beatae Susannae populo. Quia domus ad domum beati Gabini presbyteri iungebatur beati Gaii episcopi… et statio depurate in duas domos quod est usque in hodiernum diem”.

Es decir, que Susana fue muerta en su propia casa, cercana a la de Cayo, y en honor a su sacrificio Cayo oficiaba misa en ese lugar, el titulus del que hablábamos. Muerta la joven, como decíamos, fue enterrada “iuxta sanctum Alexandrum, iuxta civitatem Fliginas, tertio Idus augustas”. Le fecha de la passio coincide con la del Martirologio Jeronimiano: el 11 de agosto. Pero quedaría saber qué es la civitas Fliginas, desde luego, no se trata de la catacumba de San Alejandro. Algún autor ha dicho que se trataría de un lugar en la Vía Salaria, junto a las catacumbas de Giordano, donde llevaron el cuerpo de la mártir en el siglo V. Pero no hay pruebas que lo sustenten y por tanto es inverosímil.

Vista la complejidad de estas controversias se barajaron tres hipótesis:

1.- La Santa está perfectamente identificada con el nombre del titulus, es una persona real y está enterrada allí, venerada como mártir. 2.- Se trata, en realidad, de Santa Susana la de Cusa, personaje evangélico mencionado en Lc,8,3. 3.- Es la Casta Susana, mujer bíblica de la que habla el profeta Daniel.


Reliquia en la
Catedral de Granada
La realidad es que ninguna de las tres hipótesis puede ser aceptada como válida. No se ha estudiado suficientemente el tema de los tituli y no se sabe explicar el cambio de nombre. Por eso, las hipótesis más actualizadas hoy en día son:

1.- Que el Martirologio no indica el dies natalis – o sea, fecha de martirio- de una Santa, sino la dedicación del titulus con las reliquias de una mártir auténtica, como es el caso de los Cuatro Santos Coronados.
2.- La passio no tiene valor histórico y alguien la escribió para intentar demostrar que conocía el lugar donde fue enterrada la Santa en el siglo V, pero es inverosímil.
3.- La tal civitas Fliginas podría coincidir con la actual ciudad de Coazzo, en la Via Nomentana, donde en el siglo VIII existía, efectivamente, la catacumba de San Alejandro.
4.- La versión del Martirologio Jeronimiano se copió al resto de martirologios históricos, incluido el Romano, desde un artículo de Usuardo, que creyó la passio al pie de la letra.

En resumen:
Hoy día aún no se ha podido probar si Santa Susana es real o ficticia, ya que ninguna prueba es lo bastante consistente como para optar por una posición u otra. Se dice que su cuerpo, traído desde la catacumba, está enterrado en la cripta de la iglesia de Santa Susana alle Terme di Diocleciano, en Roma, junto con el de su padre San Gabino, y el de la también mártir romana Santa Felicidad.


Artículo que fue escrito por otra persona en el blog anterior.


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sábado, 3 de agosto de 2013

Hermanas de sangre y de celda.

Grabado holandés. Siglo XVII
Hace unos días, chateando con un amigo, surgió el tema del eremitismo femenino, y le sacaba a colación el ejemplo de dos hermanas ermitañas, y mi amigo me sugurió publicase algo sobre ellas,  al quedar impresionado con sus vidas. Y como es intereante y no me le puedo negar a mi amigo, aquí va:

Santas Marana y Cira de Berea, hermanas y reclusas. 3 de agosto y 28 de febrero (Iglesia Oriental)
Estas hermanas, que algunas tradiciones ponen como gemelas, nacieron en el siglo IV, en Berea, Siria, en una familia cristiana rica. Fueron educadas por sus padres en aras de alcanzar buenos matrimonios. Pero como Dios tiene otros planes que resultan cuando las almas son dóciles a su voluntad, cuando alcanzaron la juventud, cambiaron galas y futuro por la soledad, la penitencia y la oración, dedicándose exclusivamente a Dios. 


Aunque había monasterios famosos por su virtud y posición, ambas eligieron la vida monástica más extraña que conocemos: la reclusión total y de por vida, o emparedamiento. Este tiene varias formas, aunque la más común era una pequeña celda que se sellaba con ladrillos o piedras, lo que fuera, una vez dentro la reclusa. Sólo se les dejaba una pequeña ventana por donde respiraban, se comunicaban con el exterior y recibían los alimentos que personas piadosas les entregaran. Las celdas adyacentes a alguna iglesia, tenían, además, una ventana a la misma, por la cual la reclusa (nombrémoslas en femenino, pues el 99,9 % fueron mujeres) seguía los oficios, e incluso alguna predicaba al pueblo. Pero no estaban ociosas, algunas tejían o elaboraban cestos, o cosían, para ganarse las limosnas. Unas son totalmente desconocidas y solo quedan leyendas dudosas, otras fueron oráculos de sabiduría, consejo. Otras tuvieron éxtasis, visiones o revelaron profecías. 

Santa Cira
En occidente las hubo asociadas a órdenes monásticas consolidadas, como los benedictinos o agustinos. Algunas de estas, reclusas fueron Santa Ida de Toggenburg (3 de noviembre), Santa Awa de Melk (7 de febrero), Santa Veridiana de Castel Fiorentino (1 de febrero), Santa Oria de San Millán (11 de marzo), Beata Isabella de Lincoln (1 de noviembre, Todos los Santos), la Venerable Catalina de Cardona, carmelita (21 de mayo), Santa Catalina de Pallanza, agustina (6 de abril), Santa Helmtrudis de Neuenheerse (31 de mayo y 22 de octubre) o Santa Judit de Sponheim, benedictina (22 de enero y 22 de diciembre), y no podemos dejar a Santa Wiborada de San Gall, benedictina (2 de mayo), mártir, que es la primera mujer canonizada con un proceso formal por la Iglesia.

Y volvamos a nuestras Marana y Cira. Pues decididas a la reclusión, se dirigieron a las afueras de la ciudad, junto a un camino, donde comenzaron a edificar una celda de barro en derredor suyo. Al llegar a la altura que ya no eran vistas, la dejaron así, tal cual, sin techo. Abrieron una ventana pequeñita, desde la cual predicaban a los caminantes sobre la conversión, la penitencia, la futilidad del mundo y la grandeza de los bienes celestiales. Con ellas habían llevado a dos esclavas, que construyeron una casita anexa, y las proveían de alimentos cuando era preciso y era el único contacto directo que tenían con el exterior. La única excepción a tan riguroso retiro la hacían en Pentecostés, cuando salían de su celda (por el "no techo" suponemos) y predicaban, aconsejaban y ayudaban a las mujeres, solo mujeres podían acercarse, que se llegaban a su celda. Y aún así, era medio retiro, pues vestían gruesos velos de tela áspera, como las túnicas, que iban desde la cabeza hasta la cintura, por delante y detrás, de modo que sólo las manos les eran visibles. Los tres primeros años de retiro sólo comían un día, cada cuarenta días.

Santa Marana
Llevaban cadenas pesadísimas que les colgaban del cuello, que hicieron que durante años Cira no pudiera levantarse del suelo, y dicha cadena quedó empotrada en la tierra. Así estuvo hasta que  el obispo Teodoreto de Cyrrhus, único hombre que se les pudo acercar, le mandó las quitase del cuello, pero luego que se fue, Cira se las volvió a poner. Este obispo es quien escribió sus vidas y ejemplos en su "Historia Religiosa".

En una ocasión recibieron una inspiración del cielo y peregrinaron, con sus ropas y cadenas, a Jerusalén. El viaje duró tres semanas, durante las cuales ni comieron ni bebieron. También visitaron el santuario de Santa Tecla (23 de septiembre) en Iconio. Así vivieron 42 años, ayunando constantemente, orando y hablando al pueblo de Dios. Ni el frío, el calor, la lluvia, las movieron de sus penitencias. Finalmente, fallecieron (a la vez, lo quiere la leyenda) en 450.


A 3 de agosto además se celebra a
Beato Pedro de Cesis, General Carmelita
La Invención de San Esteban.

jueves, 1 de agosto de 2013

El Santo del Siglo de las Luces: San Alfonso María de Liguori. (I)

Catedral de Bosch,
Holanda
San Alfonso María de Liguori, obispo, fundador, Doctor de la Iglesia. 1 de agosto.

Introducción.
Como a muchos santos célebres a San Alfonso le ha tocado ser desfigurado por sus primeros biógrafos. Muchos creen conocerlo y dicen a su vez manifiestas falsedades contra verdades. Con frecuencia han hecho de el un hombre angustiado, devorado por sus escrúpulos, siendo así que fue un hombre particularmente equilibrado, incluso si, como todo anciano, conoció al fin de su vida problemas psíquicos unidos a su edad excepcionalmente avanzada. Lo han presentado como un abogado distraído que perdió un gran proceso por un olvido, siendo así que fue un profesional cuya competencia era reconocida en todas las cortes de Europa, pero que fue víctima de una maquinación política.

También han hecho de él un fundador arrojado de la Congregación que había fundado cuando, por el contrario, siendo siempre amado de sus hermanos fue víctima de la lucha que sostenía el rey de Nápoles y el Soberano Pontífice de Roma. No fue puesto a las puertas de su Instituto, si no que este fue partido en dos por decisión del Papa en 1780: Efectivamente Pio VI rechazó el reconocimiento de de las casas situadas en el Reino de Nápoles. Alfonso, hasta su muerte, sufrió esta separación anunciando la próxima reunificación de su Congregación. Posteriormente el Papa lamentaría “haber echo sufrir a un santo”. Se ha hablado de él como el hombre del temor, el predicador de la muerte y del infierno, siendo así que fue un hombre sonriente que con frecuencia repetía el estribillo de San Felipe Neri (26 de mayo): “Allegramente!”, “¡sean alegres!”. San Alfonso no es el personaje que se imagina, no era el hombre del temor, al contario era el hombre de la misericordia y de la confianza. Si se tuviera que hablar de la alegría y esperanza en la Iglesia del siglo XVIII sin duda se citaría a San Alfonso. El Cardenal Albino Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, en una Carta acerca de San Alfonso dirigida a todos los sacerdotes de su diócesis escribió: “Sonreía espléndidamente por que era un santo”.

Apóstol laico
Nació en Marianella, pequeña villa de cerca de Nápoles, el 27 de septiembre de 1696. En la casa de los Liguori hay una explosión de gozo: Don José y Doña Ana, su esposa, casados en la primavera del año anterior, abrazan a su primer hijo. Se cuenta que un amigo de la familia, un jesuita, San Francisco de Jerónimo (4 de mayo), profetizó en su cuna: “Este niño vivirá mucho, llegara a anciano, no morirá antes de los 90 años. Será obispo y hará grandes cosas por Dios”. Todos señalan las dotes del niño. Sus padres velarán para que fructifiquen. Confían su hijo a un preceptor escogido entre los mejores. Gaetano Greco le enseña la música; Solimena, el último gran maestro de la pintura barroca napolitana, lo inicia en el manejo de los pinceles y el secreto de los colores. A los 12 años entra en la Real Universidad de Nápoles. A los 16 años y medio recibe el título de doctor en Derecho Civil y en Derecho Eclesiástico. Por añadidura lleva consigo todo un nombre: a los 14 años recibe la espada de plata de los caballeros y en adelante participara en la gestión de los asuntos municipales. 

Óleo pintado por San Alfonso
A los 20 años, es elegido como juez para toda la ciudad. Caballero, juez, abogado, ocupa su lugar en los rangos mas elevados de la sociedad. Igualmente es un hombre universal: versado en literatura, matemáticas, física, astronomía y filosofía, sin olvidar las bellas artes. Escribe poemas, dibuja con talento, pinta cuadros de Cristo y de la Madonna y en todo se ve el artista seguro de su oficio. Pero en música escribe Rey-Mermet, tendrá: “la categoría de un maestro reconocido quien deja sembrados sus poemas y melodías en el folklore del pueblo mas cantador del mundo…”. Incluso, pasados los 60 años, compondrá un Duetto para voces y cuerdas que se editaría en Viena, Paris y Roma. Su música se encuentra grabada en discos, en programa de conciertos, pasa por las ondas de radio, y de pronto sale a la superficie en la melodía de algún film. Y todo discretamente, a veces sin “firma”, pero es él. Y los conocedores lo reconocen.

Alfonso es un hombre de su tiempo. Esta familiarizado con René Descartes, cuyas obra conoce y quien deja huella en su espíritu. Por eso, el rigor de su método, su gusto por las ideas claras, su respeto por la libertad de la conciencia, su confianza en la razón y su voluntad de hacerse comprender de todos. Siempre sin olvidar el lado practico de lo que él escribe. En este momento de su vida no se puede mirar a Alfonso sin recordar las palabras de San Ireneo (28 de junio): “La Gloria de Dios es el hombre pletórico de vida”. Alfonso es ese hombre rebosante de vida, y su existencia, una existencia caldeada por la Pasión de Cristo, pues es un laico enraizado en el mundo, es un hombre de fe: un “fiel” que alimenta su fe y la irradia. Desde muy niño, en las rodillas de su Madre, aprendió a rezar, a amar a Jesús y a María, los dos grandes amores de su vida. Ya adulto, a los 18 años su padre lo lleva en su compañía a un primer retiro cerrado. Muy pronto toma la costumbre de visitar cada día al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. Para ese tiempo de oración escoge la iglesia donde esta expuesto el Santísimo Sacramento, y terminada su adoración va a otra iglesia a rezar a la Virgen.

¿No será posible que piense en ser sacerdote? ¡De ningún modo! Es verdad que desde los 18 años hace con regularidad cada año retiro cerrados. Tiene un fervor que llenaría de envidia a muchos sacerdotes que lo observan, según su biógrafo Antonio María Tannoia. Entonces, ¿Por qué no sueña en ser sacerdote? Sencillamente por que en esta época ya hay mas de 10 000 en sólo la ciudad de Nápoles. Y en este caso, ¿para que un sacerdote más? En cambio, ¿no tendría necesidad la Iglesia de un abogado cristiano más, de un apóstol laico más? Manifiestamente, Alfonso ha elegido ser este apóstol laico. Parece que no hay otra explicación en el hecho de que en 1722 se compromete por el voto al “celibato por el Reino”. Tomando en serio las palabras de Cristo al joven rico, renuncia explícitamente a su derecho de primogenitura en favor de su hermano Hércules. Alfonso se da, se da a Dios y a los hombres, sus hermanos.

Lo primero en su casa: en su proceso de canonización, el padre Tannoia, señalara como el joven Alfonso convirtió a su esclavo musulmán Abdallah: “Yo sé - según el decir de don Cayetano y de don Hércules de Liguori - que el Siervo de Dios, joven ya maduro, era modelo de virtud cristiana para todos especialmente para los suyos. Al ser su padre capitán de galeras y teniendo a su servicio muchos esclavos, destino uno para el Siervo de Dios. Poco después el esclavo expreso que quería ser cristiano sin que nadie se lo hubiera insinuado. Al preguntársele cómo y por qué había tomado tal resolución, respondió: 'El ejemplo de mi amo es lo que me ha movido; no puede ser falsa esa religión que hace que mi amo viva con tanta honestidad, piedad y tanta humanidad para conmigo'". 

En sus relaciones con sus amigos: San Alfonso tiene amigos en su vida que cuentan y mucho. Ante todo son sus amigos fieles, compañeros de oración con quienes se encuentra cada tarde en la hora de la oración ante el Santísimo Sacramento; también, compañeros de retiro los que reúne cada mes para un día de retiro donde hay tiempo de reflexionar, compartir, orar y cantar juntos; mas tarde, algunos llegarán a ser sus compañeros de misión. También Alfonso ama la vida: en los tiempos libres le gusta jugar a las cartas, adora el teatro y sobre todo la música. Pero no piensa solo en él. Piensa en los demás y muy pronto se compromete en una asociación: primero, la de los jóvenes nobles, después, en agosto de 1715 al tener terminado los grados de la abogacía, entra en la de los doctores. Esta asociación se había asignado como tarea apostólica la visita y la atención de 300 enfermos en el Hospital de los Incurables: “Allí se dirigía varias veces por semana, -escribe el Padre Berruti- y se afanaba en hacer las camas, cambiar la ropa, preparar los remedios, secar las llagas, dar a los enfermos todos los servicios que podían necesitar sin dejarse arrendar por la hediondez, las náuseas o por las groserías de los mismos enfermos. A estos oficios se dedicaba con una alegría espiritual y un tal respeto que visiblemente era Jesucristo a quien servía y honraba en la persona de estos miserables”.


Alfonso abandona el mundo
ante N. S. de la Merced.
Colegiata de Mons, Bélgica
En su profesión de abogado: A los 18 años es un abogado en pleno ejercicio de su profesión realizándola con competencia y conciencia. Pronto su reputación traspasa las fronteras del Reino: se le considera como el mejor abogado de Nápoles. En el año de de 1723 cuando el duque Orsini di Gravina le confía sus intereses contra el gran duque de Toscana, Cosme III de Médicis; nunca ha perdido un proceso. Minuciosamente ha estudiado todos los detalles del expediente: una historia antigua, complicada. Un asunto en el que va de por medio grandes sumas de dinero: cerca de 600 000 ducados, una puesta en juego de enormes cantidades. Su convicción está formada: tiene la certeza, confirmada por la opinión de eminentes juristas, del pleno derecho de su cliente. Lo defiende con una elocuencia y un ardor redoblado. Los adversarios replican en sentido contrario. Al fin el veredicto del tribunal cae sobre Alfonso como una puñalada. El presidente del tribunal aparentemente amigo de Alfonso y su familia, le niega la razón. Infamia brutal: no son los argumentos de la parte contraria los que lo han influenciado. A ese veredicto no fueron ajenos bajas presiones políticas y los más viles sobornos. En suma, en este asunto la amistad ha sido traicionada y el recto derecho, pisoteado. Como un desquite de su más noble indignación, Alfonso deja escapar estas palabras: “¡Mundo, te conozco! Adiós tribunales!”. Sale Alfonso furioso, indignado. De regreso al palacio de su padre se encierra en su cuarto, rechaza visitas y alimento. Al fin, después de tres días, a las llamadas de su madre, abre la puerta. Sale, pero ya es otro hombre. Unos días después, se festeja en la corte el cumpleaños 32 de la emperatriz de Viena, esposa del soberano de las Dos Sicilias, el emperador Carlos VI. En la ciudad el regocijo popular se desborda por doquier. Alfonso esta invitado a la corte. Se niega.

Ayer ha despedido a su clientela; hoy se dirige al Hospital de los Incurables en donde desde hace años lleva a cabo su solícita entrega. Allí el Señor lo espera. Al terminar su servicio con los enfermos, lo rodea una luz y en su corazón se deja escuchar una voz: “¡Alfonso, deja el mundo! ¡Entrégate a mí!”, “Aquí estoy, Señor. Demasiado tiempo he resistido a tu gracia. Haz de mi lo que te plazca”. Y de aquí el joven caballero va a la iglesia de la Redención de los Cautivos, dedicada a Nuestra Señora de la Merced. Después de orar ante la Madonna, el joven Alfonso se entrega enteramente al Señor: para subrayar su compromiso, se levanta, saca su espada de caballero y la deposita en el altar de la Virgen. Era el 29 de Agosto de 1723. Nunca olvidará Alfonso ese día: toda su vida la considerará como el de su gran conversión. Jamás volverá a Nápoles sin hacer una visita a su bienhechora: “Ella es - dirá un día mostrando la imagen de Nuestra Señora de la Merced - quien me libró del mundo y me hizo entrar en el estado eclesiástico”.

Y continuará. Artículo siguente


Tacho de Santa María.

Gracias, Tacho, por esta primera entrega sobre el gran Alfonso de Ligorio. Te agradezco por los lectores y por mi mismo, que tenía grandes lagunas sobre este santo y que creía algunas de esas falsedades que tú señalas e irás despejando en las demás entregas. Es un gusto que escribas aquí y espero no sea la última vez.


Ramón


A 1 de agosto además se celebra a
Beato Juan de Jerusalén, carmelita.
San Pedro "Ad Víncula". 



Bibliografía:
-Taller de Profundización: Espiritualidad Misionera Redentorista. Cap. 13. Julio de 2000. San Luis Potosí, S.L.P. México.
-Espiritualidad Redentorista, Vol. 3. Jean Marie Sègalen. Roma, Italia 1994.