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sábado, 24 de octubre de 2015

San Félix, el mártir de la Palabra.

San Félix de Tubzacene, obispo y mártir. 24 de octubre.


En 303 Diocleciano y Maximiano emitieron un edicto por el cual se ordenaba que todas las iglesias cristianas fueran destruidas, junto con sus vasos y libros sagrados. Como con toda ley, cualquiera que se negara, habría de ser castigado. Un ejemplo lo tenemos en los esposos Santos Timoteo y Maura (3 de mayo y 9 de septiembre). El escritor cristiano Teodoreto cuenta como en toda una región de siria en solo un día, el Viernes Santo de 303, se destruyeron todas las iglesias en unas pocas horas. Las Actas de nuestro santo nos cuentan que, en Tubzacene, África, siendo obispo Félix, el gobernador Magniliano ordenó a todos los presbíteros se presentasen ante él. Faltó Félix, que estaba en Cartago. Se presentaron el sacerdote Aserio y los lectores Giro y Vital. Magniliano les preguntó, “¿Tenéis libros sagrados?”. “Tenemos”, contestó Aserio. “Dánoslos para que los quememos”, dijo Magniliano. Aserio le dijo que los tenía el obispo Félix consigo. Preguntado por el paradero del obispo, Aserio se negó a decir donde estaba y quedó preso hasta que apareciera.

Al día siguiente llegó Félix y Magniliano le apresó, y una vez ante él, le dijo: "Félix, renuncia a los libros y pergaminos que tienes”. Félix replicó: "Yo los tengo, pero no me separaré de ellos". "La ley está antes que todo, y debe ser obedecida", alegó Magniliano. “” – dijo Félix – "pero la ley de Dios está antes de que los mandamientos de los hombres”. A los tres días, Félix fue llevado de nuevo ante Magniliano, el cual le preguntó: “¿No has considerado el asunto?” Félix dijo: "Lo que dije antes estoy dispuesto a repetirlo ante el procónsul, si quieres”. “pues ante él darás cuenta”, expresó Magniliano.

Y lo trasladaron a Cartago el 24 de junio. Allí le echaron a la prisión, y al otro día fue presentado ante el procónsul Anulino. Este le preguntó: “¿Por qué no entregaste esas escrituras vanas?” Félix contestó: "No voy a renunciar a ellas”. Entonces Anulino mandó le cargasen de cadenas y lo arrojasen a lo profundo del calabozo más escondido. Allí estuvo dieciséis días, con el peso de las cadenas en los hombros, cuello y extremidades. Al cabo, fue llevado de nuevo ante el procónsul, que le preguntó de nuevo: “¿Por qué no renuncias a esas escrituras?” Félix respondió: "Tengo el propósito de no entregarlos”. Entonces Anulino mandó, el 15 de julio, que lo metiesen en la cárcel, duplicando antes el peso de las cadenas. Al cabo de nueve días repitió el interrogatorio y ante la negativa del santo obispo, ordenó lo llevasen a Roma. En el barco fue metido entre los caballos, sin darle de comer ni beber durante cuatro días que duró el viaje.

Pasaron por Agrigento, donde algunos cristianos pudieron verle y besar sus cadenas. En Catena igualmente, los cristianos le abrazaron y consolaron. Pasando por Venossa, el prefecto mandó descasarle y que le quitaran las cadenas. Luego le preguntó: “Félix, ¿por qué no entregas las escrituras? No será que no tienes ninguna y solo quieres padecer neciamente?”. “Yo las tengo – le contestó Félix – pero no voy a renunciar a ellas". Cansado, el prefecto ordenó: “Matadle a espada”. Y Félix, el obispo, el santo, clamó al cielo: “Te doy gracias, Señor, que te has dignado liberarme. He pasado cincuenta y seis años en este mundo, y como guardé mi virginidad, yo he guardado los Evangelios a seguro. He predicado la fe y, oh, Señor Dios del Cielo y de la Tierra, Cristo Jesús, ante Ti me inclino mi cuello como una víctima. Tú que eres eterno, a quien sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén". Y fue decapitado, el 30 de agosto de 303.

Y aquí podríamos dejarlo, pero siempre me gusta ir un poco más allá, e ilustrar con un poco de historia, culto, etc. Sus Actas las consideran fiables todos los hagiógrafos y estudiosos. El nombre del obispo Félix, el mártir de las Escrituras, aparece en varios martirologios, el más antiguo el “Martirologio Napolitano”, una estela de mármol grabada, con varios nombres de mártires. El pseudo jeronimiano, el romano y otros autores lo recogen a 24 de octubre, aunque también se señalan el 30 de agosto u otras fechas, por confusiones y errores provocados por adiciones a las Actas.

Estas adiciones, correcciones e intenciones de aclarar lo que claro estaba, llevó a mezclar a varios santos entre sí. Como a 30 de agosto, “diez natalis” de nuestro Félix se venera en Nola a un santo de nombre Félix, pues se copiaron las actas de nuestro Félix y se aumentaron con interrogatorios, tormentos y milagros, y se cambiaron los lugares de padecimiento, para hacerle morir en Nola. Así en Ostia, donde se venera a los mártires Félix y Adaucto, que padecieron igualmente bajo Diocleciano y Maximiano se creó la confusión de que era el mismo santo Félix, y algunos escritos hicieron padecer a Félix y Adaucto en Agrigento, otros en Venossa, solamente por tomar de las Actas. En esta última ciudad, para colmo, se venera otro San Félix que padeció Maximiano y cuya memoria es a 28 de agosto con los mártires Jenaro, Fortunato y Septimio. Igualmente fue tomado como el mismo santo, al que se le añadieron compañeros, que las Actas no mencionan para nada. Copian las Actas y las pervierten, sustituyendo los nombres de Giro y Vital (ver arriba), por Jenaro, Fortunato y Septimio. Pero la cosa aún se complicó más, como en Salerno se veneran a los mártires Félix, Fortunato, Cayo y Antero, el martirologio de esta ciudad del siglo XIII trae a 28 de agosto esta entrada: "Félix, obispo de Tubzacene y con él Adaucto, sacerdote, Fortunato, Caius y Antero, que fueron martirizados bajo Diocleciano y Maximiano”, mezclando a todos los santos entre sí. Cuando son mártires separados.


Fuentes:
-"Triunfos de los mártires". TOMO II. SAN ALFONSO DE LIGORIO. Barcelona, 1843.
-"Vidas de los Santos". Tomo XII. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.



A 24 de octubre además se celebra a San Evergislo de Colonia, obispo.

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