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sábado, 29 de junio de 2013

De la sombra de San Pedro

Estampa de la sombra de San Pedro
Pregunta: Hola Ramón. Quisiera preguntarte sobre la oración de la sombra del Señor San Pedro, si es una devoción católica, o no, o si sólo es una desviación media extraña la de esta devoción. Gracias. Espero tu respuesta.

Respuesta: Hola. Algo sabía ya de esta devoción sobre la que me preguntas. 

Primero me gustaría hacer una introducción:
La Biblia (Hechos 5. 15) dice que las gentes "sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos". Esto demuestra la confianza del pueblo en los apóstoles, tanto en su mensaje como en sus personas. El contacto personal, el tocar, y sobre todo, la mediación, la intercesión era importante (y sigue siendolo) en la fe cristiana, en la devoción de la Iglesia y todo el pueblo.

Está claro que no es la sombra de San Pedro (29 de junio, 8 de noviembre, Dedicación de la Basílica; 18 de enero y 22 de febrero, Cátedras; 1 de agosto, Ad Víncula; 16 de enero, Ad Víncula en la Iglesia Oriental) quien sana, sino el mismo Dios, que usa de sus mediaciones, en este caso su Apóstol. Es el tema de la eterna incomprensión protestante: Si Dios no necesita mediadores ¿por que los utiliza? Aún no tienen respuesta a esta cuestión. Es evidente que si este buscar a los amigos de Dios fuera malo o supersticioso, el mismo San Pedro lo habría prohibido, pero él era consciente que, sin merecerlo, Dios actuaba por su medio.

Un poco más allá, en Hechos 19.12 nos encontramos esto "Dios obraba por medio de Pablo milagros no comunes, de forma que bastaba aplicar a los enfermos los pañuelos o mandiles que había usado y se alejaban de ellos las enfermedades y salían los espíritus malos". Esto es más "fuerte" aún, se trata de verdaderas reliquias... paños que han tocado a alguien santo, que trasmiten el poder de Dios. ¿Son los paños? ¿Es acaso San Pablo? No: es Dios. Pero, por qué, si Dios no necesita eso? La respuesta solo es una: La Iglesia, todos y cada uno de su miembros, media por todos y cada uno de sus miembros.

Ahora, amiga mía, aunque el hecho de "la sombra" de San Pedro es plenamente histórico, aparece en los Hechos de los Apóstoles, la oración y la devoción como tal tiene ciertos toques de superstición. Es de notar que aquellos hombres se apegaban a la sombra de San Pedro, porque lo tenían presente, pero en nuestro caso, no tiene sentido alguno, su "sombra" literal no la tenemos, pero tenemos algo mejor: su presencia ante Dios, orando por nosotros y protegiéndonos. Si San Pedro, en la tierra ya actuaba así, pues en el cielo ¡cuanto mejor no lo hará!

Detalle de San Pedro Apóstol.
Capilla Sixtina

De todos modos, la llamada oración "de la sombra" de San Pedro no se dirige como tal a la sombra, sino al Apóstol y no tiene nada malo, lo malo estaría en la intención de quien la diga. Por eso, aquí se la pongo:

Librame Pedro Divino por tu caridad y amor;
hoy salgo yo al camino, gran Apóstol del Señor.
Te pido, Apóstol Sagrado que tan solo al invocarte,
si me veo atribulado tu siempre estés de mi parte.
En cualquier peligro grave, en cualquier triste aflicción,
donde quiera que yo ande, Pedro, pon tu protección.

Pues una merced te pido, por tu sombra refulgente,
son muchos los enemigos que me siguen diariamente.
De un asalto en el camino en la hora desastrada,
cúbrenos Pedro divino, con tu sombra tan sagrada.
Cuando yo al camino salga y me asalte el malhechor,
allí tu sombra me valga en el nombre del Señor.

Tú de Dios fuiste elegido para ser su secretario,
Apóstol Señor San Pedro, sírveme de relicario.
En la mansión de la tierra, en cualquier trance o peligro
de persecución o guerra líbrame, Pedro divino.
Haz que Dios goce en el Cielo, por ti todo bien se alcanza,
ábreme las puertas Pedro de la bienaventuranza.

Tú seas mi custodio y guía por donde quiera que salga.
En la noche o en el día, siempre tu sombra me valga.
Te pido con eficacia, Príncipe Apóstol Sagrado,
que no pierda yo la gracia, y que no muera en pecado.
Por aquel grande dolor cuando tu arrepentimiento,
Pedro, Apóstol del Señor, líbrame a cada momento.

Cuando mi alma perdonada sea de culpa inmortal,
no me niegues tú la entrada a la patria celestial.
Ruega al Señor por nosotros que te hacemos petición,
favorece a los devotos que rezan tu devoción. Amén.

jueves, 27 de junio de 2013

San Cirilo de Alejandría, Padre Nuestro

San Cirilo de Alejandría
Museo del Carmen, México, D.F.
Con este santo Doctor de la Iglesia, cerramos la trilogía “cirílica” del Carmelo. Hemos visto ya a dos Cirilo: al constantinopolitano, al jerosolimitano y, finalmente, hoy vemos al alejandrino. Santo polemista y polémico, columna de la Iglesia en una época y lugar muy difíciles para la cristiandad y la civilización. Lugar y momento de encontronazo de sociedades, religiones y culturas es el escenario en el que presentamos a este Padre Nuestro, legendariamente tenido y celebrado como carmelita:

San Cirilo, Patriarca de Alejandría, Doctor de la Iglesia, Padre Nuestro. 27 de junio, 9 de febrero y 28 de enero.
Nuestra fuente para la leyenda, el “Flores del Carmelo”, de Fray José de Santa Teresa, dice que San Cirilo nació en la misma Alejandría, en 371, en una familia pudiente y de raíces nobles, y debió ser, pues su tío materno era el famoso San Teófilo de Alejandría (15 de mayo, Iglesia Copta), Patriarca de la Sede alejandrina cuando nació. Desde niño, como suele ser en toda leyenda, mostró dotes de talento y santidad. Muy pronto tomó afición por las letras y la piedad, inclinándose más al estudio que a los negocios, como esperaba su padre. Su tío lo tomó bajo su protección y cuando estaba en plena juventud, lo envió a estudiar a Atenas, donde pronto destacó por su aplicación, ciencia y resultados académicos. Al graduarse de Doctor, su tío lo envió junto a Juan Silvano, Patriarca de Jerusalén y carmelita, para prevenir que tanta ciencia y reconocimiento, le apartase de la virtud. Pensaba, con razón, que la cercanía del anciano arzobispo, santificado por las soledades y penitencias del Carmelo, inclinarían a su sobrino hacia el sacerdocio.

Y así fue, y más aún, conoció Cirilo de aquellos santos monjes que en la cumbre del Carmelo vivían en memoria del profeta San Elías y quiso conocerlos; fue hacerlo y querer ser uno de ellos. Allí, a los 26 años tomó el hábito y se dedicó, en la soledad y el silencio, a meditar la Ley de Dios. Era tanta su ciencia, que ilustraba a los demás hermanos, aún siendo más joven que ellos, sobre la Escritura, la fe de la Iglesia y los misterios de la fe. En sus visitas por los conventos carmelitas del desierto, hizo amistad con el también “carmelitaSan Isidoro de Pelusio (4 de febrero), con el que compartía largos ratos de oración y sublimes coloquios sobre Dios. Tan ideal no sería la convivencia, cuando Isidoro no se corta en decir que Cirilo era "un hombre decidido a perseguir sus rencores privados más que a buscar la verdadera fe de Jesucristo" [1]

La pertenencia a la Orden se pretendía mostrar con un texto del mismo Cirilo sobre Miqueas 7:
Habitan, empero, apartados cada unos de por sí, entresacados y segregados de aquellos que saben y gustan de las cosas terrenas y engrandecen mucho la posesión de los bienes temporales y entregados a los gustos de la carne, se inclinan sin medida a cualquier delito y pecado. Por lo cual, poseyendo el ánimo quieto, y dejando sus yuntas, vanos y abominables concursos, y escogiendo el vivir apartados de estos tales, hacemos una vida venerable y digna de admiración, estando cada uno de por sí”. 

Es decir, basados en el “hacemos” que utiliza, se le atribuye que también profesaba ese apartamiento del mundo. Toda una idea bastante peregrina y con poco fundamento. Y seguimos con la leyenda. 

Viendo los superiores tanta elocuencia, con gran dolor determinaron que no estaba hecha aquella luz para permanecer en lo escondido de las grutas del Carmelo, y lo enviaron a Alejandría con su tío, para que fuese ordenado presbítero. En 412 murió su tío Teófilo y luego de discusiones, tensiones y peleas, a los tres días, fue nombrado Cirilo como su sucesor en la silla alejandrina. Fue pastor celoso y si siglos más tarde San Roberto Bellarmino (17 de septiembre) fue llamado “martillo de los herejes”, a Cirilo habría que llamarle “apisonadora de los herejes”. Primero con el ejemplo y la palabra, luego con las amonestaciones y, lamentablemente, las amenazas y la violencia. Teniendo el brazo del poder civil y amplio apoyo, o temor, de otros obispos de Oriente a su disposición, redujo a los herejes novacianos, invadiendo sus templos y apresando a su obispo, llamado Teopompo. Además, se aplicó el destierro para los que no abandonaran la herejía novaciana y se hicieran católicos.

San Cirilo, presidiendo el Concilio de Éfeso.
Los detalles sobre estas acciones depurativas no faltan: Había en Alejandría un templo pagano, el Serapeum que Teófilo había derribado, con consentimiento del Emperador y construido una iglesia, pero molestos los demonios con la pérdida de su lugar de culto, acosaban a los cristianos que acudían a orar allí. Se le apareció un ángel a Cirilo y le dijo llevase a aquel sitio las reliquias de San Marcos Evangelista, y los santos mártires Ciro y Juan, para que los demonios huyesen definitivamente. Hizo esta solemne traslación el 28 de junio de 414. Tampoco fue suave con los judíos este santo Padre, aunque aquí no fue el primero en “dar”: Ese mismo año de 414, un grupo de judíos atacaron a unos cristianos indefensos. En represalia, Cirilo mandó apresar a los culpables y que fueran ejecutados la misma cantidad que de cristianos habían padecido la muerte (con lo que es de suponer que murieron judíos inocentes también). Se destruyeron sus sinagogas, se confiscaron las propiedades y se arrojó de la ciudad a aquellos que no se convirtieran al cristianismo. Hay que decir que el prefecto Orestes no las tenía todas con Cirilo e intentó que pagara por semejante desmán, pero más de 500 monjes de Nitria se presentaron de improviso en Alejandría para defender a su hermano de hábito. En medio de la tensión, uno de ellos, llamado Amonio, le rompió la cabeza a Orestes de una pedrada, fue apresado, torturado y finalmente muerto. Cirilo y los fieles, lo tomaron como un mártir de la defensa de la Iglesia, le honraron como mártir, haciéndole un gran entierro y venerando sus restos.

En 415 ocurriría el linchamiento de la filósofa Hypatia, de la que mucho se ha fabulado, pues poco se sabe en realidad, víctima de una revuelta popular, no de una instigación de Cirilo. Con frecuencia se cargan las tintas sobre San Cirilo, haciéndole culpable directamente de su muerte, como si él mismo la hubiera rajado viva, cuando Sócrates Escolástico, el más cercano en el tiempo narra los hechos (narración más real que cualquier panfleto del XIX, o película innombrable del XXI), dice:
"A causa de su extraordinaria dignidad y virtud, todos los hombres la admiraban sobremanera. Cayó víctima de las intrigas políticas que en aquella época prevalecían. Como tenía frecuentes entrevistas con Orestes fue proclamado calumniosamente entre el populacho cristiano que fue ella quien impidió que Orestes se reconciliara con el obispo. Algunos de ellos, formando parte de una fiera y fanática turba, cuyo líder era un tal Pedro, la aprehendieron de camino a su casa, y arrastrándola desde su carro, la llevaron a una iglesia llamada Cesareo, donde la desnudaron completamente, y la asesinaron con tejas. Después de desmembrar su cuerpo, llevaron sus restos a un lugar llamado Cinaron, y allí los quemaron. Este asunto dejó caer el mayor de los oprobios, no sólo sobre Cirilo, sino sobre toda la iglesia de Alejandría. Y seguramente nada puede haber más lejos del espíritu cristiano que permitir masacres, luchas y hechos de este tipo". [2]

Es decir, Hypatia ni muere por ser feminista, ni por creerse mejor que los hombres, que "la admiraban sobremanera", ni por adelantada a su época, ni por no querer ser cristiana, ni por esto o por lo otro. De Hypatia nada se sabe, salvo su muerte, y probablemente de no ser por esta muerte violenta, ni habría pasado a la historia. Es falso que fuera tenida por bruja, esa acusación es del obispo Juan de Egipto, en el siglo VII, que narra el hecho como una victoria de la fe cristiana, ciertamente poniéndolo como una victoria de San Cirilo en su "crónica", que en realidad es un tipo de Historia Sagrada, donde los hechos históricos están supeditados a la fe y la moral del momento, todo es interpretado según la santidad de la fe cristiana, frente al avance del Islam. Y es a este a quien ¡contradicción! creen los propagadores de la "leyenda hypática".

Hypatia muere por una intriga de índole política, no por la instigación de los sermones antipaganos de San Cirilo, ni a manos de monjes de Cirilo, ni mucho menos. Se confunden momentos y hechos concretos; sabemos que Cirilo no fue un ángel, y no se las pensó en otros desmanes, pero este crimen no se le puede achacar a él, simplemente porque no hay la más mínima prueba, sino solo la suposición de que como su carácter y medios eran lamentables, pues necesariamente tuvo que estar detrás de esta muerte. El "oprobio" que cae sobre Cirilo no es la culpabilidad, sino la injusta acusación sobre su persona y todos los cristianos alejandrinos. ¿Que fueron cristianos quienes la mataron? Sí, pero ¿quién no era cristiano en una sociedad definida como cristiana casi en su totalidad, o al menos pujaba por serlo? Y, por si fuera poco, la primera lamentación pública sobre el crimen de Hipatia, es ¡el sermón pascual de 419 de San Cirilo! Quien acusó a Cirilo como instigador de esta muerte, fue el filósofo pagano Damascio, profesor de la Academia de Atenas hasta que el emperador Justiniano la cerró.

Estampa conmemorativa
de los 1500 años del Concilio
de Éfeso.
Dejado este punto, veamos otros líos del santo. No tuvo encontronazos solo con los herejes Cirilo, sino con el mismo San Juan Crisóstomo (27 de enero, traslación de las reliquias a Constantinopla; 30 de enero, Synaxis de los Tres patriarcas: Juan Crisóstomo, Gregorio y Basilio; 13 de septiembre, muerte; 13 de noviembre, Iglesia oriental; 15 de diciembre consagración episcopal), con el que no las tenía todas ya desde la época de su tío Teófilo, enemistado a muerte con el Crisóstomo. En 403 Teófilo, acompañado por Cirilo, había logrado que Juan Crisóstomo fuera depuesto de su sede de Constantinopla. Después de muerto Crisóstomo (que es cuando dejan de molestar los santos), los obispos orientales reconocieron que se le había tratado injustamente y, como había mandado el papa San Inocencio I (12 de marzo), quisieron restituir su memoria. Pero Cirilo, en sus trece, argumentaba que Juan Crisóstomo había sido depuesto por un concilio legítimo, por lo que realmente había obrado mal y no era digno de ser tenido como santo. Y, dice "Flores del Carmelo", ocurrió un portento: Se le apareció San Juan Crisóstomo armado hasta los dientes con intenciones de castigarlo y echarlo de Alejandría, cuando la Virgen María bajó del cielo y le dijo al Crisóstomo que tuviera piedad de Cirilo, su "capellán", el cual sería en adelante devoto suyo y enmendaría su obstinación, poniéndose ella misma como fiadora. Y Cirilo cumplió, como no hacerlo, perteneciendo a la Orden de María (guiño carmelitano). 

Y, entrada en escena la Madre de Dios, toca hablar de la principal victoria de San Cirilo: el Concilio de Éfeso y la derrota, en gran medida, del nestorianismo. Muy brevemente: Nestorio era Patriarca de Constantinopla y comenzó a propagar la presencia de dos personas en Cristo: una humana y otra divina, separadas, negando la Encarnación de Dios en Cristo. El debate, aunque de tema cristológico, se centró en la maternidad de María, pues si solo era madre de la persona humana, no cabía llamarla Madre de Dios. Nestorio y Cirilo se engarzaron en una lucha nada honesta: Nestorio le difamó, le llamó hereje de cuantas herejías había; Cirilo le contestaba "y tú más". Hubo casos extremos: Nestonio mandó azotar o encarcelar a monjes que, por doquier y al llamado de Cirilo a defender a su Reina, proclamaban que era herejía negar la dignidad de Madre de Dios a María. Se celebraron algunos concilios y sínodos que no resolvieron nada y finalmente, el emperador Teodosio II convocó un Concilio en Éfeso en 431. Cirilo, que era más listo que el hambre, comenzó las sesiones conciliares con los obispos que proclamaban como él, la maternidad divina de María. Ya llegarán los demás, pensaría; y más aún, aún teniendo la doctrina verdadera, quiso asegurarse y sobornó al emperador para que sancionase su postura. Tampoco le hacía falta, pues el papa San Celestino I (6; 8, Iglesia Oriental, y 9 de abril, y 27 de julio) y sus enviados eran partidarios de las dos naturalezas en una única persona: Cristo, por lo que María era madre de la Persona y por tanto Madre de Dios [3].

Aunque Cirilo había ganado, su deshonestidad no podía quedarse tal cual y fue encarcelado cuatro meses. Disuelto el Concilio, regresó a su sede, donde siguió luchando para que los seguidores de Nestorio aceptaran las decisiones conciliares. Desde la cárcel escribió su apología "Explicatium Duodecim Capitum", en la que explicaba su postura y denunciaba a Nestorio sin ambiguedades. Finalmente fue depuesto Nestorio, Cirilo liberado y la Madre de Dios proclamada como tal. Famosa es la imagen del pueblo clamando por la definición en honor de la Madre de Dios, y luego aclamando a los padres conciliares a la salida de la iglesia al lograrla, como narra el mismo Cirilo en una carta:
San Cirilo, a la salida del Concilio
"El día que nos congregamos casi trescientos obispos que estamos aquí, para la determinación de esta causa de Dios y de su Madre, en que gastamos todo el día, perseveró todo el pueblo en la ciudad desde la mañana hasta la tarde, esperando la determinación del santo sínodo. Y como oyeron que aquel infeliz injuriador de la Madre de Dios había sido depuesto comenzaron todos a predicar alabanzas del Concilio y a glorificar a Dios, que había derribado al enemigo de la fe, y de la gloria de su madre. Y saliendo nosotros ya de noche de la iglesia donde se celebró el concilio, nos llevaron con hachas encendidas hasta nuestra posada. Y toda la ciudad estaba llena de regocijo y tanta abundancia de luminarias que por ella había puestas, que parecía de día".
Luego del Concilio, regresó Cirilo a Alejandría y se dedicó a instruir a sus feligreses, a promover la devoción a la Virgen María, para lo cual, y por orden de la misma Reina del Cielo, en 432 edificó un monasterio femenino junto al Nilo, para lo cual trajo a Santa Sara (13 de julio) desde Jerusalén, como abadesa, y donde se santificarían otras santas monjas, como Santa Eufrasia (13 de marzo) o Santa Julia (17 de marzo). 

Siguió Cirilo peleando contra otros herejes, de menor calado. Escribió durísimamente contra Juliano el apóstata, vuelto a los dioses antiguos. Escribió numerosas homilías, tratados, cartas, comentarios a las Escrituras. Cirilo murió el 28 de enero de 444, y fue sepultado en Alejandría. En 734, sus reliquias fueron trasladadas a Roma, a la iglesia de Santa María "in Campo Marzio". Su memoria y escritos han sido custodiados tanto por la Iglesia latina, como las Orientales. La Orden del Carmen lo asoció a los suyos muy pronto, tanto por su primera vida monacal, como por su acendrada defensa de la Madre de Dios, aunque Baronio y los Bolandistas fueron muy críticos con este punto.

León XIII lo declaró Doctor de la Iglesia en 1883 y fijó su memoria el 9 de febrero. Los griegos lo celebran a 9 de junio, aunque los martirologios más venerables ponen su memoria a 28 de enero, día del tránsito y fecha que lo celebró la Orden Carmelita, que hoy ya no le tiene como santo propio. Luego de la reforma litúrgica, su memoria pasó al 27 de junio hasta hoy. En la iconografía carmelitana suele aparecer junto a los otros dos Cirilo, el de Jerusalén y el de Constantinopla, ataviados como carmelitas y como Doctores.

Las valoraciones pueden ser de diverso tipo en torno a la figura de San Cirilo, yo me quedo con una frase de San Pablo que nos puede dar luz: "Somos los impostores que dicen la verdad" (1ra Corintios 6).

[1] Rafael del Olmo, O.S.A, en "Nuevo Año Cristiano". Tomo 6. pág 499. Editorial Edibesa, 2001.
[2] Historia Ecclesiatica. Libro VI, capítulo 15.
[3] Era el 11 de octubre de 431, día que posteriormente se eligiría para celebrar la festividad de la Materninad Divina de María. Ese mismo día de 1962 comenzaría el Concilio Vaticano II.

lunes, 24 de junio de 2013

Iconografía y regaños por San Juan Bautista

San Juan Bautista
Os traigo hoy unos resúmenes del conocido libro iconográfico "El Pintor Cristiano y Erudito", que da pautas para la representación de Cristo, la Santísima Virgen, ángeles y santos. A pesar de ser un libro del siglo XVIII, es de amena lectura, pues su autor, el mercedario Fray Juan de Ayala, intercala frases ingeniosas, detalles curiosos y regaños a los pintores caprichosos, sin andarse por las ramas ni dar tregua ni la más mínima licencia a las sensiblerías y fantasías. No debió ser alguien estimado en los ambientes artísticos, puesto que arremete sin piedad contra los artistas, como veréis. Su visión, ciertamente, está marcada por la moral y piedad de su siglo, y su criterio es evidente que es que el arte ha de estar supeditado totalmente al historicismo (en cuanto se puede haber de histórico en leyendas de santos), a la predicación y enseñanza de la Iglesia, sin margen apenas para la creatividad y la religiosidad popular.

Él mismo sabe que su obra será tenida poco en cuenta (en algunos casos está bien que así haya sido), pues tanto prelados, fieles y artistas muchas veces hacen lo que se les ocurre, o lo que ven que han hecho otros antes, sin mucho criterio. Sabiéndolo, él mismo dice que "es música para los sordos". Si llega a vivir en estas épocas en que los más elementales cánones iconográficos son pisoteados a capricho, como no, de prelados, fieles y artistas; si llega a vivir hoy, digo, se volvería a morir.

Veamos unos fragmentos de los capítulos XI y XII del Tomo Segundo, capítulos dedicados a San Juan Bautista (24 de junio, Natividad; 23 de septiembre, Imposición del nombre; 24 ó 21 de febrero, primera Invención de la cabeza; 29 de agosto, segunda Invención de la cabeza, hoy fiesta de la Degollación; 25 de mayo, tercera Invención de la cabeza).


Capítulo XI. Sobre las Pinturas e imágenes de la anunciacion que hizo el ángel de la concepcion de San Juan Bautista, ilustre Precursor de Cristo Señor nuestro:

Anunciación a Zacarías
"Habiendo visto yo muchas veces la Pintura de este hecho, no tanto me ha parecido ver pintada una narración verdadera de lo acontecido, como delirios de quien está soñando (...) nuestros Pintores, para representar, y ponernos a la vista semejante hecho, fingieron y pintaron (si puedo explicarme así) un cúmulo de errores. Primeramente suelen pintar un Templo; pero no el único que tuvo toda la nación de los Israelitas (...) sino otro muy distinto, cuyas ideas se figuraron ellos; esto es, un templo muy parecido a los nuestros. (...) Pintan después, o por mejor decir, figuran en lo más retirado del Templo la antigua Arca del Testamento medio cubierta con un velo: a sus lados, dos Querubines, y junto a ella a Zacarías en pie, o arrodillado; y (lo que es muy digno de advertirse) nos lo representan adornado con las vestiduras e insignias que solo correspondían al Sumo Pontífice [se da una larga explicación que demuestra que no lo fue]. Pintan también no muy lejos un Altar; pero no cual era el que había antiguamente, y cerca de él a un Ángel en pie. En lo restante del Templo, o no ponen ningún cuidado, o no tiene ninguna proporción con el antiguo. (...) Todas estas, y otras muchas cosas que omito de propósito, las saben muy bien aun aquellos que solo han puesto una mediana diligencia en leer los libros sagrados, pero son enteramente desconocidas a los pintores, aunque por otra parte sean muy peritos en el arte de la pintura, los cuales acomodando muchísimas veces las cosas a sus caprichos y antojos, no tanto refieren los hechos con el pincel, cuanto que los fingen y desfiguran".

"Que el Arca de la alianza la pinten en el Templo que había en los tiempos de Cristo, y aún después de la Cautividad de Babilonia es un error craso y disparatado, por cuanto el Arca ya de muchos tiempos antes, estaba escondida de la vista de los hombres. (...) el pintar a Zacarías arrodillado y orando descubierta la cabeza es una ignorancia, por no decir otra cosa más fuerte. Pues aunque algunas veces se lee también en la Escritura este género de adoración; es constante que no era frecuente , y que no lo usaban los Ministros y sacerdotes, los cuales por lo común, o por mejor decir, siempre, ejercían su oficio estando en pie como se convence por algunos lugares de la Escritura". (...)

San Zacarías, con el incensario
"¿Cómo es posible, pregunto, pintar al Sacerdote Zacarías delante del Arca (que entonces ciertamente no estaba allí) y no delante del altar de los "thymiamas" o del incienso? Cuando es constante por el mismo Evangelio, que para ejercer Zacarías este ministerio había entrado en aquel lugar que llamaban Sancta: óigase el mismo Evangelio: 'Sucedió que ejerciendo (Zacarías) delante de Dios su oficio de sacerdote por turno, según la costumbre del sacerdocio, salió por suerte a poner incienso', a que se agregan aquellas otras palabras: 'Apareciósele el Ángel del Señor, que estaba a la derecha del altar del incienso'. Porque el que le pinten con un incensario de la misma forma que hoy los usamos, esto dimana del poco conocimiento y de la ignorancia de las cosas. Pues los incensarios (si así pueden llamarse) de que usaban los sacerdotes hebreos, eran un género de vasos o navecillas algo anchas, que solo servían para llevar dentro del altar del incienso las ascuas que sacaban del grande altar que había en el atrio".

"A fin de concluir esta materia solo resta que ya que hemos rechazado lo falso, establezcamos aquí brevemente lo verdadero y digamos de que manera deba representarse a Zacarías en esta descripción  y conforme debe pintarse toda esta historia: 

En lo primero [la primera estancia] estaban las lámparas, la mesa y los panes de la proposición, y a esto llamaban 'Sancto'. Después del segundo velo (¡examínense con reflexión estas palabras!) estaba el Tabernáculo, que se llamaba 'Sancta Sanctorum' (lugar santísimo). Y ya que suponemos que se pinta este hecho, y aún, que debe pintarse; conviene que se represente quitado el velo de la primera puerta, para así poderse ver el Ángel y Zacarías. (...) Debe representársenos [el ángel] como nos lo enseña la misma Sagrada Historia, no en otra postura sino estando en pie a la derecha del altar del incienso. (...) Zacarías no puede ni debe pintarse sino en pie. (...) Debe además estar adornado Zacarías con una cobertura blanca en la cabeza en la misma forma que las llevan los Turcos, y que comúnmente llamamos turbantes. Debe representarse también vestido de una túnica blanca de lino la, cual baje desde el cuello hasta los pies (que deberán pintarse enteramente desnudos , pues no podían de otro modo entrar en aquel lugar, aun los mismos sacerdotes, ni aun el Sumo) y ademas, debe estar ceñido con una faja también de lino, bien que hermoseada con algunos colores, cuyas extremidades llegaban hasta casi los pies. En la mano izquierda se le pintará teniendo aquel vaso de oro (de que hicimos antes mención) donde se ponían las ascuas que se quitaban de los sacrificios. Este será el modo más oportuno de pintar a Zacarías, padre del Santo Precursor [en la Anunciación]. Finalmente, será conveniente que el pintor erudito esté advertido de pintar de uno y otro lado del altar el candelero de oro y la mesa de los panes de la proposición".

Capítulo XII. Sobre las imágenes del mismo Precursor cuando muchacho, mozo o joven.

El Niño San Juan
"No me detendré aquí en reprender la necedad que cometen las mujeres cuando ridículamente, aunque con buena intención adornan la imagen del Bautista quando niño, proponiéndolo casi, o enteramente desnudo, cubierto no con el pellejo sino con una corta piel, que apenas le cubre la mitad del cuerpo por las espaldas, calzado con pequeñas sandalias y, ademas, adornado con su cabellera rubia, peinada y rizada de mil modos, a que se añaden frecuentemente otras muchas tonterías de esta clase".
(...) "Nada se ve con más frecuencia que las pinturas de S. Juan cuando niño, jugueteando de mil maneras extrañas y ridículas con Cristo Señor nuestro también niño: a saber , ora cogiendo con su mano a un pajarillo atado con un hilo, ora poniendo al viento para que la mueva una veleta de papel o rehilete, ora (cosa verdaderamente ridícula) montado a caballo sobre un cordero. Todo esto, sobre ser un juguete ridículo y ajeno de la gravedad de las cosas sagradas , es totalmente falso, o representa cosas falsas e improbables". 
(...) "No cabe duda en que S. Juan Bautista, cuando aún muchacho, fue educado no con blandura y delicadez, sino en lugares desiertos, y en las mismas peñas, conforme convenía al que había de ser excelente pregonero de la penitencia. Dícelo claramente el Evangelio: el niño crecía, y era confortado del espíritu, 'y estuvo en los desiertos basta que se manifestó a Israel'. Esto es lo que niegan algunos (...) los cuales afirman que S. Juan fue educado en casa de sus padres, no solo cuando niño, sino cuando muchacho, y aun siendo joven. Y lo que dice de él el Evangelio 'y estuvo en los desiertos', pretenden únicamente que habitó en casa de sus padres que estaba en lugares de la montaña, o en la región montana de la Judea. Así se burlan del predicador de la penitencia y austeridad estos hombres entregados a una vida regalona y delicada, y así sienten de la virtud los que la aborrecen. (...) Háse, pues, de pintar al Santo Precursor como que moraba en un vasto y horrible desierto, ya se le pinte varón, ya joven o muchacho que aún no ha salido de los años de su infancia".
San Juan, joven.
(...) "Por lo que respecta al vestido, los pintores, sin dar en el blanco, acostumbraron pintar a Juan cuando muchacho, vestido con pieles de cabritos o de corderos; y cuando joven o ya varón  con pellejos más groseros como los de camello, y pendiente muchas veces de ellos parte de la cabeza del camello. (...) [Pero] no nos dicen los Evangelistas que el vestido de Juan fuese de pellejos de camello, sino de pelos de dicho animal, y que su vestido fue rudo, áspero y muy semejante a un cilicio. San Mateo dice así: 'Juan tenía su vestido de pelos de camellos, y un ceñidor de cuero alrededor de sus lomos'. (...) Con todo, es es cosa que se puede tolerar, como también el que le pinten medio desnudo cuando niño, pero es intolerable, el que así lo representen, y pongan a la vista cuando ya mozo de alguna edad, conforme he observado muchas veces aunque nunca lo he podido aprobar. Pero los pintores, no haciendo ningún caso de lo que debieran hacer, solo parece que se dedican o a ostentar su pericia en el arte, pintando desnudos los cuerpos, o a pintar según su capricho, No debe, pues, pintarse S. Juan vestido, o medio vestido con alguna piel, sino con una áspera túnica o cilicio, como es el que se hace de pelos de camello, y que le cubra desde los hombros hasta casi los pies, y ceñido con aquel basto ceñidor de pellejo: esto debe observarse principalmente cuando le pintan joven , o ya varón, pues no es decible, cuanto conviene esto a la dignidad y autoridad del Bautista".
(...) Píntanle finalmente, como que está abrazando algunas veces a un cordero: lo que si bien los Griegos [las Iglesias Orientales] no lo aprueban (...) es más que recibido entre nosotros semejante modo de pintar al Precursor: singularmente estando recibido por costumbre, que al cordero (que sin duda representa al mismo Jesucristo) para distinguirle del cordero irracional, se le pinte adornado con una corona en la cabeza, o con un resplandeciente círculo, y ademas una Cruz: aunque es verdad que la Cruz formada de dos varas atravesadas suele atribuirse por lo común al mismo S. Juan, y no al cordero; lo que no sé si se hace igualmente bien. Pero es evidente, que por la figura de este cordero, se pretende señalar como con el dedo, aquel excelente testimonio que dio el Precursor, cuando viendo que Jesús iba hacia él, testificó a alta voz: 'He aquí al cordero de Dios; he aquí al que quita el pecado del mundo'. (...) Esto ha sido lo que me ha parecido más digno de advertir acerca de las pinturas e imágenes del insigne Precursor".
Y terminamos con Fray Juan de Ayala. Hay que decir que otros atributos relativos a San Juan Bautista son el manto rojo, que recuerda el martirio, si bien choca con la austeridad del vestido de pelos de camello; y el otro es la concha bautismal que en ocasiones se pone a su imagen, aunque no sea una representación del Bautismo del Señor. Un tercer atributo, insinuado por el autor es el estandarte con las palabras "Ecce Agnus Dei", que, como dice, es el testimonio sobre Cristo. En la iconografía oriental es común lleve un libro, que simboliza la predicación de la Palabra de Dios, y también se le representa alado. 

¿Que que le parecería esto a Fray Juan? Podéis imaginároslo. 

sábado, 22 de junio de 2013

Las doctoras de la Iglesia: Parte II. Hildegarda


El presente artículo tiene como finalidad hablarnos de una de las personalidades femeninas y religiosas más fascinantes de la Baja Edad Media: Santa Hildegarda de Bingen (17 de septiembre). Recientemente nombrada doctora de la Iglesia (en octubre de 2012), este análisis nos presenta a grandes rasgos la vida, extensa obra y espiritualidad de esa abadesa nacida en el año 1098 en Bermersheim, en la región de Renania-Palatinado, al suroeste de Alemania. Antes de comenzar, es preciso recordar que ya hice mención en este artículo de otras santas que comparten junto a ella la dignidad de llevar el birrete doctoral y ser reconocidas como parte de ese grupo. Aquí nos dedicamos de lleno a Hildegarda, haciendo algunas anotaciones con respecto al contexto histórico y social en el que nació y se desenvolvió, esto es, en la Europa cristiana del siglo XII. Finalmente haremos un análisis y explicación de las facetas que caracterizaron la personalidad de Santa Hildegarda, a saber: su don profético, su vocación de escritora (a pesar de que rara vez escribió, más bien dictó sus visiones), su papel como fundadora y abadesa de conventos, y su propuesta espiritual para lograr un mayor acercamiento con Dios.

Santa Hildegarda de Bingen fue nombrada doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, junto a San Juan de Ávila (10 de mayo). Resulta extraño que al ser una de las personalidades más polifacéticas e interesantes de la Europa medieval (pues tuvo conocimientos en teología, medicina, geometría, astronomía, arquitectura, gramática, música y otros) haya pasado tanto tiempo para nombrarla doctora. Tampoco se debe olvidar el contexto histórico en el que le tocó vivir, una época difícil para el ingreso de una mujer en la religión y, más aún, para destacar y escribir sobre ella. Veamos pues la situación de la Europa medieval para después introducirnos en la personalidad y obra de nuestra santa.  


La Europa cristiana del siglo XII. 
En el año 1098 el Papa Urbano II convocó a todos los cristianos a recuperar Jerusalén, que se hallaba en manos de los musulmanes, que impedía el paso de los creyentes a visitar el lugar más santo de la tierra: el Sepulcro de Cristo. Así comenzaron los primeros movimientos políticos y religiosos conocidos como las Cruzadas, y más tarde surgió la orden del Temple, cuyo principal objetivo era defender a los peregrinos en su viaje a la ciudad santa. Los templarios eran una combinación de monje y guerrero, hombres piadosos que profesaban los votos monásticos y al mismo tiempo se comprometían a mantener seguros los caminos hacia Jerusalén. Como podemos notar, estamos ante un siglo en la que la conciencia religiosa era el motor de la vida diaria. 

En este contexto, los monasterios desempeñaron un importante papel como productores y repositorios de buena parte de la literatura europea medieval. En ellos se guardaban y copiaban obras religiosas: escritos de los Padres de la Iglesia, reglas monásticas, de oraciones, salterios, aunque también conservaban escritos de autores clásicos, de medicina, de herbolaria, e incluso de música [1]. En esa época también se restableció la regla benedictina, columna vertebral del monaquismo occidental y cuya espiritualidad y modo de vida sirvió de inspiración a otras órdenes religiosas. El poder de esta orden llegó a ser tal que consiguió depender solamente de Roma y comenzó entonces una etapa dorada en cuanto a fundación de conventos.

En un sector más profano, la estructura económica y social medieval eran los señoríos, que se agrupaban a su vez en señoríos más grandes o en reinos y que seguía el sistema del feudo. Los nombres de Luis VII, Conrado III y Federico I Barbarroja nos remiten inmediatamente a ese tiempo aristocrático y caballeresco. 

En cuanto al pensamiento que se puso de moda en las altas esferas fue el amor cortés [2]. Este surgió en los círculos de la nobleza francesa, cultivado por los trovadores quienes le cantaban al amor puro y refinado, a la dama noble y virtuosa, y a las hazañas heroicas de un señor enamorado. Los poemas de este tipo normalmente se acompañaban con música de cuerdas y se interpretaban en los salones palaciegos. Pero no toda la población europea era cristiana. Surgieron varios movimientos religiosos que distaban en mucho de las enseñanzas de la Iglesia, por ejemplo, los cátaros, que se originaron en el sur de Francia. Estos negaban la divinidad de Cristo (pues lo consideraban el mensajero de Dios, más no su Hijo) atacaban casi todos los sacramentos y creían en el principio de dos fuerzas creadoras en igual poder, es decir, que Dios y Satán eran polos opuestos y complementarios. Por estas declaraciones fueron censurados y perseguidos incansablemente.

San Bernardo de Claraval (20 de agosto) y Santa Hildegarda fueron algunos de los combatientes más enérgicos contra la herejía cátara. San Bernardo, uno de los pilares de la Iglesia occidental, fue promotor de la segunda Cruzada, financiada por Luis VII de Francia y el emperador alemán Conrado III. Santa Hildegarda por su parte expresó en una de sus cartas que los cátaros habían sido tentados por el Diablo, pues “entró en esos hombres de un modo tal que no les retiró la castidad. Se introdujo en ellos a través de los demonios del aire (…) Esos hombres tampoco aman a las mujeres, sino que les huyen[3]. La labor de nuestra santa no se limitó solo a combatir herejías, sino que en su vida se manifestaron otras facetas que quedaron constatadas en su leyenda. 

Santos Benito e Hildegarda
Hildegarda de Bingen.
Nació en Bermesheim, cerca de Maguncia, Alemania, en el año 1098 [4]. Fue la última hija de una familia de la baja nobleza conformada por Hildeberto y Matilde. Al ser la hija número diez sus padres consideraron ofrecerla al servicio religioso, como una especie de pago o diezmo a la Iglesia, esto según la mentalidad piadosa de la época. 

En su biografía se refiere que la santa desde pequeña veía cosas que el común no podía, pues “Aún no podía pronunciar palabra cuando logré que mis familiares comprendieran, por medio de sonidos y gestos, que podía ver luces e imágenes provenientes del cielo[5]. Ese precoz don profético la acompañaría toda su vida, y a la tierna edad de cinco años ya podía ver los acontecimientos futuros, como cuando exclamó ante su nodriza: “¡Mira qué hermoso ternero hay dentro de esa vaca! Es blanco, con manchas en la frente, las patas y el lomo. Cuando el ternero nació, resultó ser como la niña lo había descrito[6].

Cuando tenía ocho años, su padre la envió al monasterio benedictino de Disobodenberg, para que ahí comenzará su educación. Fue recibida por la hija del conde de Spanheim, Santa Jutta (22 de enero y 22 de noviembre), la cual le enseñó a cantar los salmos y a leer en latín [7]. Jutta e Hildegarda vivieron en una casita anexa al monasterio, y más tarde ingresaron en él como novicias. El monasterio pasó a ser entonces dúplice, es decir, que era masculino pero que aceptó recibirlas en una celda apartada de las habitaciones de varones. La fama de virtuosas de maestra y alumna traspasó los muros monásticos y algunos nobles se animaron a llevar a sus hijas para que ahí fueran educadas, y entonces fue preciso ampliar ese espacio por el número cada vez más creciente de vocaciones.

La pequeña y enfermiza Hildegarda siguió percibiendo visiones y cuando ella comentaba si todos las podían ver, al recibir negativas, se asustaba, por lo cual, finalmente optó por no volver a mencionarlas (al menos en ese momento) [8]. También informó de ellas a su maestra y ésta al monje Volmar, también benedictino, quien más tarde se convertiría en el secretario de Hildegarda, y luego su copista hasta la muerte. 

A los quince años Hildegarda profesó los votos según la regla de San Benito (11 de marzo y 11 de julio) [9]. La vida de toda monja estaba marcada por las horas canónicas, en donde la oración, los trabajos en comunidad, el silencio y la meditación eran las labores del día a día. Jutta murió en 1136 y la comunidad de religiosas (que ya había crecido) eligió a Hildegarda como su nueva abadesa. Ella tenía 38 años y desconocía que su destino como profetisa apenas iba a iniciarse. 


Retablo de Santa Hildegarda en su abadía de Rüdesheim


Hildegarda, la profetisa del Rhin.
En 1141 Santa Hildegarda contaba con casi 43 años y sus visiones se incrementaron en profundidad, frecuencia y cantidad. Ella misma refiere que recibió por orden divina la obligación de escribirlas. La voz que venía del cielo le ordenó:

"Oh pobredumbre de pobredumbre, di y escribe lo que ves y oyes (…) y esto no a tu manera, ni a la manera de otro hombre, sino según la voluntad de aquel que sabe, ve y dispone todas las cosas en el secreto de sus misterios". [10]

Y también:

"En el año mil ciento cuarenta y uno de la Encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios, cuando yo tenía cuarenta y dos años y siete meses. Una luz de fuego, de brillo extremo, que venía del cielo abierto, se fundió sobre mi cerebro todo entero, y sobre todo mi cuerpo, y todo mi pecho, como una llama que sin embargo, no quemaba, sino que más bien por su calor inflamaba, en el modo en el que el sol calienta lo que toca con sus rayos". [11]

Lo que percibió en esa ocasión le pareció más misterioso y sublime (que las visiones que tuvo cuando era joven) y por tanto, habló de ello al monje Godfrey, su confesor, quién lo reveló a su abad (de Disibodenberg), y éste a su vez consideró anunciarlo al arzobispo de Maguncia. El arzobispo, rodeado de un séquito de estudiosos y expertos en teología, examinó las visiones y finalmente dictaminó que eran de inspiración divina [12]. Como era de esperarse, la fama de la Visionaria se disparó inmediatamente.

En ese mismo año Santa Hildegarda comenzó a escribir su principal obra, el "Scivias" (Scire vías Domini ó vías lucís, o sea "Conoce los Caminos"), escrito que tardó diez años en terminar. Como ella todavía dudaba si era correcto o no escribir lo que veía, recurrió al consejo de San Bernardo de Clavaral, quién lo aprobó sin dudar de la fuente de la que provenía, y se convirtió en su amigo y consejero epistolar durante mucho tiempo. Cuando el papa Beato Eugenio III (8 de julio), cisterciense como Bernardo, visitó el arzobispado con motivo del Sínodo de Tréveris en 1147-1148, el arzobispo a instancias del abad de Disibondenberg presentó al Papa una parte del Scivias [13]. El Papa designó una comisión de teólogos para examinarlos, y después de recibir el informe favorable de la comisión, dió su aprobación y él mismo llegó a leer partes del Scivias ante su concurrencia. El Papa señaló que su obra era al estilo de los profetas, la invitó a seguir escribiendo y autorizó la publicación de sus obras.


Ese don profético fue algo que la santa entendió desde sus inicios. Se concebía a sí misma como un simple instrumento de Dios, como un medio a través del cual se manifestaba sus grandezas. No se preocupaba tanto por interpretar lo que veía, sino que su labor se reducía a la simplicidad de comunicarlas. Santa Hildegarda nos dice que sus visiones nos las veía en sueños, ni en éxtasis, ni con los ojos corporales o los oídos humanos:
Sino que las veo con mis ojos y mis oídos humanos interiormente, cuando estoy despierta. Simplemente en espíritu, y las he recibido en lugares descubiertos según la voluntad de Dios”. [14]

Es decir, las percibió a través de los sentidos corporales, pero la inspiración venía del interior, del alma (o si se quiere de la mente), como una cosa infunsa desde lo Alto. Comenzó entonces a escribir entusiasta, ayudada por Volmar, su secretario y copista, y por Richardis de Stade, una monja de su comunidad por la que llegó a sentir un gran cariño.


En 1148, Santa Hildegarda dió inicio a un plan para fundar un convento en Ruperstberg. Desde algún tiempo atrás ya se había hecho evidente que la comunidad de religiosas se encontraba demasiado ceñida en el pequeño claustro que se les había destinado en Disibodenberg, así que la abadesa comenzó las gestiones para un nuevo establecimiento [15]. Ante esto, los monjes se opusieron al traslado pues veían disminuir sus donativos y las visitas al lugar (que atraía a hombres piadosos con aras de conocer a la abadesa). La tenacidad de Hildegarda se sobrepuso y en 1150 el Arzobispo consagró el nuevo monasterio dedicado a San Ruperto (o Roberto) de Bingen (15 de mayo). Es de reconocerle esta labor pues en aquella época los monasterios benedictino femeninos no tenían un gobierno propio y sus monasterios siempre dependían de uno masculino. Ella rompió con esa barrera y se puede decir que su convento fue el primer establecimiento femenino que no estaba adosado a uno masculino. Las visiones se siguieron manifestando y darían como fruto numerosos tratados que le dieron la fama de escritora. 

Hildegarda, la escritora.
Hasta aquí hemos hablado de dos de los rasgos que toda doctora de la Iglesia debía cumplir y que en el caso de Santa Hildegarda se manifestaron al pie de la letra: una vida santa y virtuosa, y el haber profesado una doctrina ortodoxa según los preceptos cristianos. El siguiente requisito era haber dejado un tratado que defendiera o profundizara una o varias verdades de la fe. Santa Hildegarda fue una elocuente defensora del cristianismo que se refleja a través de sus escritos, sus cartas, sus consejos, predicas y obras. Como visionaria, manifestó lo que ocurría en el plano celeste: reveló la naturaleza de Dios, la disposición de las estrellas, señaló el papel que tiene el hombre en la creación y el plan de salvación que se le tiene destinado, puntualizó la manera en cómo se agrupaban las diferentes jerarquías angélicas en torno al Creador, habló sobre el sacrificio de Cristo y la Iglesia, y muchas otras verdades o dogmas. También combatió a los cátaros a través de sus escritos y sermones.


Sus dos obras teológicas son el "Scivias" y "Liber Divinorum Operum" (Libro de las Obras Divinas). Scivias la dividió en tres partes: la primera la dedicó a Dios Padre y a los ángeles, en la siguiente aborda el estudio de la Trinidad, la Iglesia, la Confirmación y el ángel caído. En la última parte hay varios simbolismos relacionados con la plenitud de los tiempos y el Juicio final. En Liber Divinorum, señala la complejidad de la Creación y reconoce en ella la gloria y la omnipotencia de Dios. Tomemos, por ejemplo, la descripción que hace de Él en Liber Divinorum y en la cual describe lo que ve y seguidamente señala el significado de la misma:
Visión sobre el Origen de la vida.
En ella se aprecia la representación
trinitaria de Dios, según el Liber Divinorum.
"Vi como en el centro del cielo austral surgía la imagen de Dios, con apariencia humana, bella y magnífica en su misterio. La belleza y el esplendor de su rostro eran tales que mirar al sol hubiera sido más fácil que mirar aquella imagen. Un ancho círculo dorado ceñía su cabeza. En el mismo círculo, sobre la cabeza, apareció otro rostro, el de un anciano, cuyo mentón y barba rozaban la coronilla del cráneo de la imagen. A cada lado del cuello de esta imagen brotó un ala, y ambas alas se irguieron por encima del mencionado círculo dorado y allí se unieron la una a la otra. El punto extremo de la curvatura del ala derecha llevaba una cabeza de águila, sus ojos de fuego irradiaban el esplendor de los ángeles como en un espejo. En el punto extremo de la curvatura del ala izquierda había algo como un rostro humano que brillaba como relumbran las estrellas. Y estos dos rostros miraban hacia oriente. Además, desde cada hombro de la imagen bajaba otra ala hasta sus rodillas. La imagen estaba revestida por una túnica tan resplandeciente como el sol y en las manos tenía un cordero que brillaba como la deslumbrante luz del día. Bajo los pies aplastaba un monstruo de forma horrible, venenoso y de color negro, y una serpiente". [16]

Esa imagen le explicó ser Él mismo “La energía suprema y abrasadora. Yo soy quien ha encendido la chispa en todos los seres vivientes, nada mortal mana de Mí, y juzgo todas las cosas[17]. Es decir, se trata de una visión trinitaria de Dios donde se presenta a sí mismo como un hombre con dos cabezas (el Padre y el Espíritu Santo) mientras que en los brazos lleva un Cordero (el Hijo). La cualidad celeste se acentúa por el doble par de alas que tiene. Hildegarda explica que la figura representa al Amor, que los reflejos del espejo son los ángeles y el monstruo y la serpiente representan las injusticias y las dudas (es decir el pecado). 

En todos sus tratados, la santa describe lo que ve y después señala lo que la voz interior explica de ellas. Algunas ediciones de sus libros están bellamente decoradas con grabados que la muestran en actitud contemplativa, sentada en banquillo de respaldo alto, con la vista puesta hacia lo alto, mientras que una luz resplandeciente cae sobre su frente, como señalando que recibe la visión. A veces la escena ocupa todo el cuadro, y en una esquina, aparece una pequeña representación de la abadesa. 

Es autora de otras obras en donde aborda temas tanto de índole científico como artístico. En 1150 comenzó su obra musical, El "Symphonia armoniae celestium revelationum" (Sinfonía de la Armonía de Revelaciones Divinas) que contiene letra y música y donde destacan tres poemas: el himno al Espíritu Santo, el himno a Santa María y la Secuencia de San Maximino

También tiene un auto sacramental titulado "Ordo virtutum" (Orden de las Virtudes), en el cual hace una serie de diálogos entre el alma, las virtudes que adornan a esta y las tentaciones del maligno. Entre 1151 y 1158 escribió el Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum (Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas) en donde hacia importantes anotaciones respecto a la medicina de su tiempo y de la plantas medicinales. Entre 1158 y 1163 escribió el "Liber Vitae Meritorum" (Libro de los Méritos de la Vida) en donde narra la historia de la Salvación, donde virtudes y vicios se enfrentan entre sí y finalmente la divinidad sale victoriosa.

Otra de sus obras es la "Lingua Ignota" (1150?) formada por unas 900 palabras y un alfabeto de veintitrés letras. Se cree que este es un lenguaje secreto o desconocido, tal vez una nueva codificación a través de la cual la divinidad deseaba comunicarse con su sierva. Fue consultada como un oráculo, muestra de ello son las más de 300 cartas en las que se comunicó y aconsejó a Papas, cardenales, obispos, reyes y emperadores [18], religiosos y hombres de todas clases y condiciones. Todo esto reflejo de lo trascendental que llegó a ser esta monja benedictina en su tiempo. 


"O vis aeternitatis"
Composición musical de Santa Hildegarda.

Casi en el ocaso de su vida realizó cuatro viajes en su labor predicativa: a Tréveris en 1160, donde se cree predicó un sermón en la suntuosa catedral, luego fue a Colonia entre 1163 o 1164, el tercero a Maguncia por invitación de su arzobispo, y el cuarto a Suabia en 1170 [19].

Murió el 17 de septiembre de 1179, a la edad de 92 años y fue sepultada en la iglesia del convento de Rupertsberg [20]. En la leyenda de su vida nuevamente se confunde lo maravilloso con lo histórico, pues señala que con motivo de su muerte en el cielo apareció un gran círculo y dentro de éste una cruz resplandeciente, primero pequeña, pero después se agrandó hasta ocupar un lugar prominente hacia el oriente [21]. Sus reliquias permanecieron allí hasta que el convento fue destruido y sus restos fueron trasladados al convento cercano de Eibingen, que también fue obra suya. Con merecimiento se le otorgó el título de la "Sibila del Rin", (en clara alusión a su actividad visionaria) y también es llamada la Profetisa Teutónica. Es patrona de los lingüistas y de las novicias benedictinas, de los farmacéuticos, y contra la calvice. Sus atributos son el hábito benedictino (en ocasiones con el cisterciense), la paloma del Espíritu Santo; frascos y hierbas, que recuerdan su labor como farmacéutica; una lira, pues fue compositora; la cruz pectoral, una pluma y un libro, un conventillo que recuerda que fue fundadora, y a veces lleva un báculo en reconocimiento de abadesa.  y, claro, como no, el birrete doctoral a partir de su nombramiento.


Conclusión.
Las doctoras de la Iglesia son mujeres que alcanzaron el más alto grado honorífico que se puede otorgar. No solo dieron muestra de una vida santa, virtuosa y apegada a los preceptos de la religión cristiana, sino que también contribuyeron con sus obras y argumentos a la defensa de su fe. Casi todas tuvieron un marcado misticismo que las llevo a tener experiencias sobrenaturales con la divinidad, a lograr una unión más cercana con Él, y cuyo sentir lo expresaron por escrito para el conocimiento de las generaciones futuras. Guardaron con celo su virginidad y desde pequeñas resolvieron llevar una vida apartada del mundo. 

Santa Hildegarda de Bingen, la cuarta doctora de la Iglesia, llegó más allá de lo que se le permitió a una monja común de su tiempo: fue abadesa, logró independizarse de la comunidad masculina a la cual estaba sujeta, a través de sus visiones señaló lo que Dios quería que se supiera y se realizará, trabó amistad con papas y obispos, con reyes y emperadores, y fue un pilar importante contra la herejía cátara. A pesar de que siempre fue una mujer de salud frágil, logró sacar fuerzas de su flaqueza para cumplir con su destino, se levantó del lecho cuando el asunto reclamó su presencia y cultivó prácticamente todas las artes, todo esto en nombre de la Luz Viviente, que era la voz suprema que le dio la autoridad necesaria para hablar de tal manera a sus contemporáneos.

José Alejandro Valadez Fernández 



Referencias:
Bingen, Hildegarda Santa, El libro de los méritos de la Vida, trad. Rafael Renedo, en www.hildegardiana.es, consultada el 15 de marzo de 2013. 

Bingen, Hildegarda Santa, Scivias: conoce los caminos, trad. de Antonio Castro Zafra y Mónica Castro, Madrid, Editorial Trotta, 1999. 

Martinez Lira, Verónica y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegarda von Bingen: Vida y obra, UNAM- Editorial Espejo de viento, 2003.


Pernoud, Regine, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, Barcelona, 1998.


Renoig, Louis, Iconografía del arte cristiano: Iconografía de los santos, tomo 1 y 2, vol. 3 y 4. Joan Sureda I Pons dir., Daniel Alcoba trad., España, Ediciones del Serbal, 1997. 



[1] Verónica Martínez Lara Lira, y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 33-34. 
[2] Op. Cit., p. 43. 
[3] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 44.
[4] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[5] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 51. 
[6] Ídem. 
[7] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 17. 
[8] Op. cit; p. 16. 
[9] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[10] Regine Pernoud,, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 21. 
[11] Op. cit., p. 22. 
[12] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[13] Ídem. 
[14] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 22. 
[15] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 54.
[16] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad. Rafael Anedo para www.hildegardiana.es.
[17] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad. Rafael Anedo para www.hildegardiana.es.
[18] El emperador alemán Conrado III y su hijo y sucesor Federico I Barbarroja, le pidieron consejo.
[19] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998.
[20] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es.
[21] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 136.