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viernes, 10 de abril de 2015

Santa Hulda, profetisa y carmelita

Santa Hulda, profetisa. 10 de julio.

Sello israelí
Hulda (Holda o Julda) es de esos personajes bíblicos de los que casi nadie conoce y que, sin embargo, como buen profeta, encarna a Dios en la realidad de un pueblo, denuncia ante el pueblo su pecado y abandono de Dios. Porque un profeta no solo es aquel que predice el futuro, sino sobre todo, quien a la luz de Dios analiza el presente y acusa, se compromete y prepara el futuro. De esta mujer, a quien la misma Sagrada Escritura da el título de profetisa (cosa que no hace con Déborah o María), solo tenemos una referencia en dos textos bíblicos. La primera es en 2 Reyes 22, 11-20 y la segunda en 2 Crónicas 34,22-28, que tocan el mismo asunto. El contexto es el siguiente:
Descubrimiento del libro de la Ley en el Templo.
En el año dieciocho del rey Josías, envió el rey al secretario Safán, hijo de Asalías, hijo de Mesullam, a la Casa de Yahveh diciendo: «Sube donde Jilquías, sumo sacerdote, para que funda el dinero llevado a la Casa de Yahveh y que los guardianes del umbral han recogido del pueblo, y que se ponga en manos de los que hacían las obras, los encargados de la Casa de Yahveh y ellos lo den a los que trabajan en la Casa para hacer las reparaciones de la Casa de Yahveh, a los carpinteros y obreros de la construcción y albañiles, y para comprar maderas y piedra de cantería para la reparación de la Casa. Pero no se les pida cuentas del dinero que se pone en sus manos porque se portan con fidelidad». El sumo sacerdote Jilquías dijo al secretario Safán: «He hallado en la Casa de Yahveh el libro de la Ley». Jilquías entregó el libro a Safán, que lo leyó. Fue el secretario Safán al rey y le rindió cuentas diciendo: «Tus siervos han fundido el dinero en la Casa y lo han puesto en manos de los que hacen las obras, los encargados de la Casa de Yahveh». Después el secretario Safán anunció al rey: «El sacerdote Jilquías me ha entregado un libro». Y Safán lo leyó en presencia del rey.
La consulta a Hulda.
Cuando el rey oyó las palabras del libro de la Ley rasgó sus vestiduras. Y ordenó el rey al sacerdote Jilquías, a Ajicam, hijo de Safán, a Akbor, hijo de Miqueas, al secretario Safán y a Asaías, ministro del rey:
«Id a consultar a Yahveh por mí y por el pueblo y por todo Judá acerca de las palabras de este libro que se ha encontrado, porque es grande la cólera de Yahveh que se ha encendido contra nosotros porque nuestros padres no escucharon las palabras de este libro haciendo lo que está escrito en él». El sacerdote Jilquías, Ajicam, Akbor, Safán y Asaías fueron donde la profetisa Hulda, mujer de Sallum, hijo de Tiqvá, hijo de Jarjás, encargado del vestuario; vivía ella en Jerusalén, en la ciudad nueva. Ellos le hablaron y ella les respondió: «Así habla Yahveh, Dios de Israel: Decid al hombre que os ha enviado a mí: 'Así habla Yahveh: Voy a traer el mal sobre este lugar y sobre sus habitantes, según todas las palabras del libro que ha leído el rey de Judá, porque ellos me han abandonado y han quemado incienso a otros dioses irritándome con todas las obras de sus manos. Mi cólera se ha encendido contra este lugar y no se apagará.' Y al rey de Judá, que os ha enviado para consultar a Yahveh, le diréis: 'Así dice Yahveh, Dios de Israel: Las palabras que has oído... Pero ya que tu corazón se ha conmovido y te has humillado en presencia de Yahveh, al oír lo que he dicho contra este lugar y contra sus habitantes, que serán objeto de espanto y execración, ya que has rasgado tus vestidos y has llorado ante mí, yo a mi vez he oído, oráculo de Yahveh. Por eso voy a reunirte con tus padres y serás recibido en paz en tu sepulcro, y no verán tus ojos ninguno de los males que yo voy a traer'".

Por este texto, pocas cosas podemos decir de Hulda: Era casada con Salúm, vestidor del rey, y vivían en la ciudad nueva, por lo que serían de situación holgada económicamente hablando. Hulda, ante el temor del rey porque las palabras de la Ley durante mucho tiempo han sido ignoradas por el pueblo, le predice que efectivamente, una tragedia vendrá sobre el pueblo infiel a Dios, pero que su penitencia (rasgar las vestiduras) y su interés en restaurar el verdadero culto, le librarán de padecerla bajo su reinado, que será de paz. El rey Josías se empeñará en el arreglo del Templo, la vida cultual y que todo vestigio de idolatría sea desterrado de entre las costumbres de Israel.

Tumba de Santa Hulda.
Este breve relato demuestra que Hulda sería considerada como mujer de Dios, verdadera hebrea y profetisa, al ser a ella a quien se le consulta sobre el Libro de la Ley hallado. Su testimonio es, además, una autenticación del mismo, lo que la une directamente con Moisés, los profetas y la Ley. Al estar relacionada con sacerdotes y funcionarios reales, su persona sería bien conocida por Josías. Sobre todo si consideramos que el rey no acude al gran profeta San Jeremías (1 de mayo). El Talmud lo explica diciendo que, al ser mujer, Hulda sería más compasiva con su persona, pero esta al empezar la profecía con un “el hombre que os envía” deja claro lo que es para ella el rey: uno más, y no le dará un trato especial. Siguiendo la literatura rabínica, esta nos dice que Hulda y Jeremías eran parientes, y que ambos predicaban juntos y públicamente el arrepentimiento y la conversión a Dios; él a los hombres y ella a las mujeres.

La tradición quiere ver en "la Puerta de Hulda", en el segundo Templo de Dios una conexión con la profetisa y su casa o sitio de predicación, que estarían localizados junto a esta.  Siempre según el Talmud, la tumba de Hulda se hallaba dentro de la ciudad, junto a las tumbas de los reyes. Desde el siglo XIV otro  sitio señala su localización cerca del Monte de los Olivos, en una cueva junto a la actual capilla de la Ascensión. Es un sitio venerado por peregrinos de todas las religiones relacionadas con Tierra Santa; cristianos, judíos y musulmanes. Hulda se inserta entre otros santos del Antiguo Testamento. Los menologios griegos la mencionan a 10 de abril, con estas palabras: “El mismo día, Santa Hulda profetisa". El Calendario de los carmelitas de Malinas, del siglo XVI la trae como santa propia a 2 de abril, recogiendo que en Oriente es a 10 del mismo día.

Fuentes:


-Biblia de Jerusalén. 1976
-Enciclopedia Judía. Jerusalén 1971-1996.
-Acta Sanctorum. Abril, Tomo II
-http://www.torah.org/learning/women/class51.html

-http://www.lectio.unibe.ch


A 10 de abril además se celebra a 






sábado, 6 de julio de 2013

La leyenda de Santa Ángela de Bohemia

Santa Ángela de Bohemia. Siglo XVIII
colección del Museo del Carmen, México.
Preguntas: 1. mi don Ramón me podría decir donde consigo algo sobre angela de bohemia??
                  2.  La paz de Cristo sea contigo! Quisiera saber más acerca de Santa Ángela de Bohemia, princesa y virgen. No sé si alguno de sus escritos haya permanecido y, si es así, me gustaría saber si están disponibles al público o dónde se podrían consultar porque, según uno de los cuadros que pertenecen a la colección del Museo en el ex-colegio carmelita de San Ángel, tengo por entendido que fue doctora o al menos escritora y profeta. Muchas gracias por tu tiempo. Que el Señor tenga piedad de nosotros y nos bendiga.

Respuesta: Primero, gracias a ambos por preguntar tan amablemente. No se acostumbra uno aún ni a las preguntas correctas ni a las otras, las hechas de cualquier manera. A las primeras, porque son acicate para responder lo mejor posible; a las segundas, porque roen la vista. Segundo, vamos a la leyenda de Ángela de Bohemia, que eso es, leyenda abandonada hace tiempo por la Orden del Carmen. Tampoco es que, fuera del arte, haya tenido influencia alguna en la espiritualidad carmelitana. Ni tuvo oficio litúrgico, ni sus supuestos escritos han sido tenidos en cuenta, principalmente porque no existieron jamás. Recordar que la primera pregunta viene desde Guatemala, motivada por la presencia de Ángela en el retablo mayor, junto a Santa Cirila, de quien ya escribí. Y ya le doy paso a Fr. José de Santa Teresa y su (nuestro) "Flores del Carmelo"

Santa Ángela de Bohemia, virgen carmelita, princesa y doctora. 6 de julio.
Fue Ángela (también Alena o Elena, según el "Speculum Carmelitanum" de Fr. Daniel de la Virgen María), como no, hermosa de naturaleza y gracia, de sangre limpísima y de virtudes sin igual; como ya os podéis imaginar y un poco más. Nació en 1182, y fue hija de los reyes de Bohemia. Su padre se llamó Vladislao o Raimundo, que no hay acuerdo, como veremos más adelante. Quedó Ángela huerfana de madre sobre los 7 años y su padre la internó en un convento de monjas jerónimas, para que se preparase en las artes, las ciencias y la piedad. Para estas tres cosas estaba de sobra preparado su intelecto y corazón, pues desde niña era inclinada a la oración, la penitencia, el estudio y la obediencia, por lo que desde que entró como alumna entre las religiosas, llamó la atención por su celo y aplicación.

El primer portento fue la aparición de San Jerónimo (30 de septiembre y 9 de mayo, traslación de las reliquias) y la discípula de este, Santa Eustoquio (28 de septiembre), que frecuentemente andaban entre las monjas sin que estas los vieran. Le contó a su padre que desde que entró al monasterio, Jerónimo le instruía personalmente en la ciencia de las Escrituras y las lenguas pasadas, y Eustoquio le enseñó las grandezas de la vida virginal, la profesión monástica  que ambos, ella y Jerónimo, habían vivido en Tierra Santa, como no, según el espíritu y norma de N. P. San Elías (20 de julio; 12 de enero, Iglesia Oriental, la ascensión al Paraíso; 20 de junio, traslación de reliquias a la iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla). Con estos maestros es normal que llegada la juventud, Ángela se determinase a ser religiosa, aunque su padre pretendía para ella se casase, como tocaba a una princesa. Ocurrió que, estando en oración, se le apareció la Virgen María, rodeada de ángeles, de los que uno le dijo: 
"Sabe, Ángela, que tu padre quiere volverte a palacio y está tratando tus bodas. Parte enseguida a Jerusalén, que en el monasterio de la Beatísima Virgen María del monte Carmelo, quiere que seas esposa de su dulcísimo Hijo".

Temió Ángela, irse así por esos mundos,siendo mujer, pero recordando los ejemplos de las "carmelitas" Santa Eufrosina (2 de enero y 10 de febrero), , Santa Eusebia (23 de enero), o Santa Apolinaria (5 de enero), decidió vestirse de hombre con las ropas de un sirviente del monasterio y partir en seguida, guiada por el mismo ángel, en forma de estrella. Al otro día, su padre, que la había comprometido con el príncipe heredero de Hungría, acudió al monasterio a buscarla, pero solo halló una carta que le había dejado Ángela, despidiéndose y anunciándole su deseo de ser esposa solo de Cristo. Lloró mucho el rey, sin oir el consuelo de las religiosas ni los palaciegos. De estos, un consejero le recordó que Ángela era joven y mujer, por lo que no podía estar muy lejos, y mandaron a buscarla. En vano, pues aunque los emisarios del rey le pasaron por el lado, Dios la hizo invisible.

El camino de Ángela hacia Jerusalén está, como no, plagado de portentos, que recuerdan mucho la leyenda de Santa Hildegunda de Shönau (20 de abril). Luego de bautizar a un idólatra que le diocobijo, la Virgen le apremia a seguir camino. Encontró un grupo de comerciantes, peregrinos y gente varia que, pensando estaba perdida (perdido, que iba de hombre), le invitaron a unirse a su grupo. Había un soldado que pronto se aficionó a su compañía y le tomó por secretario, al ver lo bien que se le daban las letras. Le preguntó el nombre, a lo que Ángela le pidió esperase salir de los términos de Bohemia, para desvelarselo. Llegado ese momento, Ángela le dijo: "Mi nombre, en este traje, es Ángelo", y le contó su historia, aunque omitiendo su sexo y que era hija del rey. El soldado se instruía todos los días de la Escritura y los Santos Padres, que Ángela conocía a la perfección, y debatían sobre la religión, las herejías, la fe católica en general. Y así, en esto, llegaron a Constantinopla. Entrando en la basílica de Santa Sofía, se le apareció el Niño Jesús y le etregó el breviario que había de rezar toda su vida y que, claro, era el de la Orden del Carmen.

Llegaron a Tiro, donde estaba visitando los conventos N. P. San Brocardo (2 de septiembre), a quien Ángela le confesó quien era y a lo que venía por mandato de la Virgen María. Brocardo le confirmó en su intención y recibió su voto de virginidad. Allí en Tiro se estrenó en la vida carmelitana, en la soledad de la celda, orando y estudiando. Luego de un tiempo, se fue a Jerusalén, donde volvió a vestir de mujer y se fue al monasterio de las monjas carmelitas (?), rogando a la abadesa le admitiera como religiosa. La priora, que santa era, había recibido la noche anterior la revelación de que a ella vendría una santa, y la señal sería... ¡un breviario latino!, que reconoció en el que Ángela le enseñó. Esto y la carta que Ángela traía de San Brocardo, bastó para darle el hábito. Era el año 1200 y tenía 18 años.

Cerrito del Carmen, Guatemala.
El primer medallón del lado del Evangelio
es el que motivó la primera pregunta

De veras, ¿hay que decir que Ángela aventajó pronto a las demás novicias y religiosas? No, ya lo sabréis de seguro. Al punto aprendió las lenguas orientales, las oraciones, y usos del orden eliano. Toma los oficios más humildes, cuidaba con cariño a las enfermas, hacía grandes penitencias y oraba drante horas. Profesó (ya muerto Brocardo, según Lezana), y con la profesión tuvo el permiso de la abadesa de escribir obras místicas y eruditas que escribió por su mano o por mano de su ángel de la guarda cuando estaba en éxtasis. Estas obras, como no, se han perdido y no se conoce ninguna.
"Angela virgo Raimundi Bohemorum Regis filia, in Tyro Palæstinæ, post mortem Genitoris sub, Doctore Brocardo Hierosolimytano Carmeli velamen accepit & anachoreticam vitæ ducens, scripsit 'Contemplationes de Christo' lib I; 'de Eucharistia' lib I; 'Item Revelationum' lib I; claruit anno 1190. Corpus eius Pragæ in Carmelitarum Monasterio conditum est." [1]

En 1218 murió la abadesa y las monjas, que tenían entre ellas a seis santas candidatas, acudieron al patriarca San Juan de Jerusalén (5 de mayo), hermano gemelo de San Ángelo (5 de mayo) para que les ayudase a decidir. Cantó la misa el patriarca y al llegar al "memento" de vivos, tuvo una visión: vio a cinco religiosas como vírgenes gloriosas, con sus lámparas encendidas y la sexta era Ángela, que traía un relicario cubierto por un velo. Y un ángel aclaró al obispo que el velo que veía era lo que impedía que las demás monjas vieran las virtudes de Ángela, cubiertas todas por su gran humildad, y que era las mejor de las candidatas. Se hizo la elección y Ángela fue elegida por todas.

Está claro que de superiora, fue aún más humilde y pobre que de simple religiosa. Instauró para las monjas la Regla que años antes había dado N. P. San Alberto de Jerusalén (17 de septiembre y 8 de abril). No cambió las penitencias personales, ni sus ayunos, ni sus ratos de oración. Servía a todas por igual, y las encaminaba al servicio del Señor y su Madre, como toca a una carmelita. 36 años fue abadesa Ángela, y en estos años no cesaron las revelaciones: Recibió del cielo toda la doctrina de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre). Constantemente era asistida por un ángel, que le informaba de sus religiosas, lo que Dios quería de ellas, como había de conducir a cada una. Los milagros por medio de su oración no faltaron tampoco: Hacer caer lluvia luego de una sequía de 6 meses; repulsión de los etíopes que asaltaron el monasterio, y otros.

Y llegó el momento temido: el regreso. Se le apareció la Madre de Dios, y le dijo:
"Hija, tal presto de esta ciudad, huye de esta tierra, porque ofendido mi Hijo de los delitos abominables de los cristianos, quiere entregarla a los infieles, como ya otra vez dije a San Cirilo [6 de marzo], fiel servidor mío y prior del monasterio del Monte Carmelo. Vuelve a tu patria y ruega por ella al Señor, porque es grande la calamidad que le amenaza".

Así pues, consultado con los superiores, que ya tenían autorización para fundar en Europa, tomó varias religiosas y religiosos y se encaminó a Bohemia. allí fue recibida con grandes honores, pues habían tenido noticia de su paradero y virtudes, como religiosa por medio de los peregrinos que visitaban Tierra Santa. Su padre había muerto y no tuvo impedimentos de sangre para vivir como hasta el momento. Sus familiares lejanos le ofrecieron un palacio para que fundase, pero ella eligió un sitio pobre y apartado, cerca del recién convento fundado por los religiosos carmelitas. Muy pronto reveló el motivo de su regreso, pidiendo a todos hiciesen penitencia, cambiasen de vida y viviesen santamente, en prevención a las herejías que habrían de nacer y difundirse por la tierra bohemia. No se le hizo caso y, como ya sabemos, en el siglo XV (siglo en que nace la leyenda de Ángela) se destapó la herejía de Juan Hus, cuyos seguidores martirizaron a los carmelitas de Praga en 1410.

Cuenta la leyenda, bastante forzadamente, que en 1253 San Simón Stock (16 de mayo) le envió una reseña de su revelación sobre el santo escapulario, junto con un escapulario, para que lo comenzase a difundir entre las religiosas y los fieles. Este mismo año tuvo  la revelación que Dios estaba contento de ella y ya le preparaba su premio eterno. Enfermó, pidió los sacramentos y el 6 de julio de 1253 expiró. La enterraron en el convento, pero muy pronto se pusieron a veneración pública las reliquias, por los grandes milagros que ocurrían a la vera de su sepulcro. El cuerpo se perdió en las guerras de religión, a la par que nacía la leyenda, aunque en el siglo XVIII, al menos, un hueso se veneraba en las carmelitas de Colonia, como suyo. La leyenda dice que escribió las obras "Contemplaciones de Cristo", "De la Sacrosanta Eucaristía" y "Revelaciones", pero como dije, no hay ni siquieras copias de ninguno de ellos. 

En 1593 Clemente VIII concedió se celebrase su memoria a 6 de julio en los conventos alemanes y belgas, aunque nunca pasó a toda la Orden y fuera de su ámbito es completamente desconocida. Su iconografía la presenta con corona imperial y la custodia con el Sacramento, o un vaso cubierto por un velo, por la visión mencionada. Casi siempre aparece acompañada por un ángel, lo que la hace reconocible en temas carmelitanos, como la "vinea carmeli" o las apoteosis, o series de santos antiguos, sin que tampoco sea muy representada en las iglesias de la Orden.

¿Y que hay de real en esta leyenda? Pues, para ser suaves, digamos que muy poco. Las incongruencias son demasiadas como para darle crédito: el nombre más citado de su padre, Raimundo, no aparece entre los reyes bohemios. Para más inri, en el supuesto año de nacimiento de Ángela, 1182, Bohemia se hallaba sumergida en una anarquía desde 1172, luego de la abdicación de Vladislao II, y hasta 1192, en que empezó a reinar Otokar I. El "Anno Memorabile Carmelitani" no duda en hacerla hija de Vladislao II, y por tanto, hermana de Adalberto III, príncipe-arzobispo de Salzburg y de la Beata Inés (5 de marzo), abadesa premonstratense de San Jorge de Praga, pero esta familia está perfectamente documentada y no hay hijas desconocidas. Por otro lado, ni las monjas carmelitas son del siglo XIII, ni antes, ni hubo fundación de religiosas carmelitas en Praga hasta el siglo XVII.

La primera "vitæ" de Ángela fue hallada en el monasterio de las monjas carmelitas de Santa María de Syon, Brujas, y aparece datada en 1410, curiosamente, el mismo año del martirio de los carmelitas praguenses. Aparece escrita por un carmelita praguense, sospechosamente anónimo, y dice (como no) apoyarse en documentos y tradiciones más antiguos de los que no queda nada. La publicación y traducción al italiano de esta "vitæ" hecha por el carmelita descalzo Fray Felipe de la Santísima Trinidad [2], fue insertada por los Bolandistas en el Acta Sanctorum, pero para tirarla por los suelos, como leyenda infundada y sin crédito alguno. Juan Bautista Lezana, como vimos, hace un extracto de su vida, insertándola en los acontecimientos "históricos" de la Orden. En ocasiones se le confunde con la terciaria Santa Ángela de Arenas (21 de octubre), pero esta vivió y murió en la Sicilia del siglo XVI. El martirologio de Malinas: "Angela Sponsa Christi, Bohemorum filia regis, angelice vixit, iam fociatur eis" la trae a 28 de marzo, por una traslación de reliquias [3]. Fuera de su ámbito, es el "Breviarium Carmelitanum" de París de 1517, el primero en incluirla en la lista de santos carmelitas, aunque con oficio común de vírgenes.

A pesar de ser una santa legendaria, llama la atención la cantidad de autores que la mencionan entre las doctoras y profetisas, aun sin tener constancia alguna de su existencia, ni haber leído jamás sus supuestas obras. Causa extrañeza verla nombrada en el Prólogo de la obra "Mística Ciudad de Dios", de Sor María de Jesús de Ágreda, y mencionada entre las grandes Santa Teresa (15 de octubre y 26 de agosto), Santa Hildegarda (17 de septiembre), Santa Isabel de Shönau (18 de junio) o Santa Gertrudis (17 de octubre). El famoso carmelita Arnoldo Bostio escribe de ella en "De patronatu virginis", el jesuita Martín del Río la llama "gran profetisa", el P. Hipólito Macario la encumbra en su obra "Heroínas marianas". Todos parecen basarse en la "Bibliotheca Tigurina" de Giacomo Frigio, un compendio de santos y obras místicas, apologéticas y teológicas de 1583 [4].

Tal vez, muy aventuradamente, se pueda concluir que hubo alguna beata mujer noble asociada a los carmelitas en la fundación del convento de Praga, cuya vida fue adornándose con el tiempo, para finalmente escribirse esta leyenda inverosímil.


Otras  mujeres que vistieron de hombre son:
Santa Eugenia-Eugenio. 25 de diciembre.
Santa Eusebia-Hospedes. 23 24 de enero.
Santa Eufrosina-Esmaragdo. 2 y 10 de enero, 11 de febrero.
Santa Hildegundis-José. 20 de marzo.

Santa Teodora-Teodoro. 11 de septiembre.
 



[1] "Annales Sacri, Prophetici, et Eliani Ordinis Beatæ Virginis Mariæ". Volumen IV. Fray Juan Bautista Lezana.
[2] Puede leerse íntegra en "Anno Memorabile Carmelitani". Tomo II. Fray Giuseppe María Fornari.
[3] "Speculum Carmelitanum". Tomo II. Fray Daniel de la Virgen María.
[4] "Anno Memorabile Carmelitani". Tomo II. Fray Giuseppe María Fornari.



A 6 de julio además se celebra a
San Tranquilino de Roma, mártir.
San Goar, presbítero y eremita.

sábado, 22 de junio de 2013

Las doctoras de la Iglesia: Parte II. Hildegarda


El presente artículo tiene como finalidad hablarnos de una de las personalidades femeninas y religiosas más fascinantes de la Baja Edad Media: Santa Hildegarda de Bingen (17 de septiembre). Recientemente nombrada doctora de la Iglesia (en octubre de 2012), este análisis nos presenta a grandes rasgos la vida, extensa obra y espiritualidad de esa abadesa nacida en el año 1098 en Bermersheim, en la región de Renania-Palatinado, al suroeste de Alemania. Antes de comenzar, es preciso recordar que ya hice mención en este artículo de otras santas que comparten junto a ella la dignidad de llevar el birrete doctoral y ser reconocidas como parte de ese grupo. Aquí nos dedicamos de lleno a Hildegarda, haciendo algunas anotaciones con respecto al contexto histórico y social en el que nació y se desenvolvió, esto es, en la Europa cristiana del siglo XII. Finalmente haremos un análisis y explicación de las facetas que caracterizaron la personalidad de Santa Hildegarda, a saber: su don profético, su vocación de escritora (a pesar de que rara vez escribió, más bien dictó sus visiones), su papel como fundadora y abadesa de conventos, y su propuesta espiritual para lograr un mayor acercamiento con Dios.

Santa Hildegarda de Bingen fue nombrada doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, junto a San Juan de Ávila (10 de mayo). Resulta extraño que al ser una de las personalidades más polifacéticas e interesantes de la Europa medieval (pues tuvo conocimientos en teología, medicina, geometría, astronomía, arquitectura, gramática, música y otros) haya pasado tanto tiempo para nombrarla doctora. Tampoco se debe olvidar el contexto histórico en el que le tocó vivir, una época difícil para el ingreso de una mujer en la religión y, más aún, para destacar y escribir sobre ella. Veamos pues la situación de la Europa medieval para después introducirnos en la personalidad y obra de nuestra santa.  


La Europa cristiana del siglo XII. 
En el año 1098 el Papa Urbano II convocó a todos los cristianos a recuperar Jerusalén, que se hallaba en manos de los musulmanes, que impedía el paso de los creyentes a visitar el lugar más santo de la tierra: el Sepulcro de Cristo. Así comenzaron los primeros movimientos políticos y religiosos conocidos como las Cruzadas, y más tarde surgió la orden del Temple, cuyo principal objetivo era defender a los peregrinos en su viaje a la ciudad santa. Los templarios eran una combinación de monje y guerrero, hombres piadosos que profesaban los votos monásticos y al mismo tiempo se comprometían a mantener seguros los caminos hacia Jerusalén. Como podemos notar, estamos ante un siglo en la que la conciencia religiosa era el motor de la vida diaria. 

En este contexto, los monasterios desempeñaron un importante papel como productores y repositorios de buena parte de la literatura europea medieval. En ellos se guardaban y copiaban obras religiosas: escritos de los Padres de la Iglesia, reglas monásticas, de oraciones, salterios, aunque también conservaban escritos de autores clásicos, de medicina, de herbolaria, e incluso de música [1]. En esa época también se restableció la regla benedictina, columna vertebral del monaquismo occidental y cuya espiritualidad y modo de vida sirvió de inspiración a otras órdenes religiosas. El poder de esta orden llegó a ser tal que consiguió depender solamente de Roma y comenzó entonces una etapa dorada en cuanto a fundación de conventos.

En un sector más profano, la estructura económica y social medieval eran los señoríos, que se agrupaban a su vez en señoríos más grandes o en reinos y que seguía el sistema del feudo. Los nombres de Luis VII, Conrado III y Federico I Barbarroja nos remiten inmediatamente a ese tiempo aristocrático y caballeresco. 

En cuanto al pensamiento que se puso de moda en las altas esferas fue el amor cortés [2]. Este surgió en los círculos de la nobleza francesa, cultivado por los trovadores quienes le cantaban al amor puro y refinado, a la dama noble y virtuosa, y a las hazañas heroicas de un señor enamorado. Los poemas de este tipo normalmente se acompañaban con música de cuerdas y se interpretaban en los salones palaciegos. Pero no toda la población europea era cristiana. Surgieron varios movimientos religiosos que distaban en mucho de las enseñanzas de la Iglesia, por ejemplo, los cátaros, que se originaron en el sur de Francia. Estos negaban la divinidad de Cristo (pues lo consideraban el mensajero de Dios, más no su Hijo) atacaban casi todos los sacramentos y creían en el principio de dos fuerzas creadoras en igual poder, es decir, que Dios y Satán eran polos opuestos y complementarios. Por estas declaraciones fueron censurados y perseguidos incansablemente.

San Bernardo de Claraval (20 de agosto) y Santa Hildegarda fueron algunos de los combatientes más enérgicos contra la herejía cátara. San Bernardo, uno de los pilares de la Iglesia occidental, fue promotor de la segunda Cruzada, financiada por Luis VII de Francia y el emperador alemán Conrado III. Santa Hildegarda por su parte expresó en una de sus cartas que los cátaros habían sido tentados por el Diablo, pues “entró en esos hombres de un modo tal que no les retiró la castidad. Se introdujo en ellos a través de los demonios del aire (…) Esos hombres tampoco aman a las mujeres, sino que les huyen[3]. La labor de nuestra santa no se limitó solo a combatir herejías, sino que en su vida se manifestaron otras facetas que quedaron constatadas en su leyenda. 

Santos Benito e Hildegarda
Hildegarda de Bingen.
Nació en Bermesheim, cerca de Maguncia, Alemania, en el año 1098 [4]. Fue la última hija de una familia de la baja nobleza conformada por Hildeberto y Matilde. Al ser la hija número diez sus padres consideraron ofrecerla al servicio religioso, como una especie de pago o diezmo a la Iglesia, esto según la mentalidad piadosa de la época. 

En su biografía se refiere que la santa desde pequeña veía cosas que el común no podía, pues “Aún no podía pronunciar palabra cuando logré que mis familiares comprendieran, por medio de sonidos y gestos, que podía ver luces e imágenes provenientes del cielo[5]. Ese precoz don profético la acompañaría toda su vida, y a la tierna edad de cinco años ya podía ver los acontecimientos futuros, como cuando exclamó ante su nodriza: “¡Mira qué hermoso ternero hay dentro de esa vaca! Es blanco, con manchas en la frente, las patas y el lomo. Cuando el ternero nació, resultó ser como la niña lo había descrito[6].

Cuando tenía ocho años, su padre la envió al monasterio benedictino de Disobodenberg, para que ahí comenzará su educación. Fue recibida por la hija del conde de Spanheim, Santa Jutta (22 de enero y 22 de noviembre), la cual le enseñó a cantar los salmos y a leer en latín [7]. Jutta e Hildegarda vivieron en una casita anexa al monasterio, y más tarde ingresaron en él como novicias. El monasterio pasó a ser entonces dúplice, es decir, que era masculino pero que aceptó recibirlas en una celda apartada de las habitaciones de varones. La fama de virtuosas de maestra y alumna traspasó los muros monásticos y algunos nobles se animaron a llevar a sus hijas para que ahí fueran educadas, y entonces fue preciso ampliar ese espacio por el número cada vez más creciente de vocaciones.

La pequeña y enfermiza Hildegarda siguió percibiendo visiones y cuando ella comentaba si todos las podían ver, al recibir negativas, se asustaba, por lo cual, finalmente optó por no volver a mencionarlas (al menos en ese momento) [8]. También informó de ellas a su maestra y ésta al monje Volmar, también benedictino, quien más tarde se convertiría en el secretario de Hildegarda, y luego su copista hasta la muerte. 

A los quince años Hildegarda profesó los votos según la regla de San Benito (11 de marzo y 11 de julio) [9]. La vida de toda monja estaba marcada por las horas canónicas, en donde la oración, los trabajos en comunidad, el silencio y la meditación eran las labores del día a día. Jutta murió en 1136 y la comunidad de religiosas (que ya había crecido) eligió a Hildegarda como su nueva abadesa. Ella tenía 38 años y desconocía que su destino como profetisa apenas iba a iniciarse. 


Retablo de Santa Hildegarda en su abadía de Rüdesheim


Hildegarda, la profetisa del Rhin.
En 1141 Santa Hildegarda contaba con casi 43 años y sus visiones se incrementaron en profundidad, frecuencia y cantidad. Ella misma refiere que recibió por orden divina la obligación de escribirlas. La voz que venía del cielo le ordenó:

"Oh pobredumbre de pobredumbre, di y escribe lo que ves y oyes (…) y esto no a tu manera, ni a la manera de otro hombre, sino según la voluntad de aquel que sabe, ve y dispone todas las cosas en el secreto de sus misterios". [10]

Y también:

"En el año mil ciento cuarenta y uno de la Encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios, cuando yo tenía cuarenta y dos años y siete meses. Una luz de fuego, de brillo extremo, que venía del cielo abierto, se fundió sobre mi cerebro todo entero, y sobre todo mi cuerpo, y todo mi pecho, como una llama que sin embargo, no quemaba, sino que más bien por su calor inflamaba, en el modo en el que el sol calienta lo que toca con sus rayos". [11]

Lo que percibió en esa ocasión le pareció más misterioso y sublime (que las visiones que tuvo cuando era joven) y por tanto, habló de ello al monje Godfrey, su confesor, quién lo reveló a su abad (de Disibodenberg), y éste a su vez consideró anunciarlo al arzobispo de Maguncia. El arzobispo, rodeado de un séquito de estudiosos y expertos en teología, examinó las visiones y finalmente dictaminó que eran de inspiración divina [12]. Como era de esperarse, la fama de la Visionaria se disparó inmediatamente.

En ese mismo año Santa Hildegarda comenzó a escribir su principal obra, el "Scivias" (Scire vías Domini ó vías lucís, o sea "Conoce los Caminos"), escrito que tardó diez años en terminar. Como ella todavía dudaba si era correcto o no escribir lo que veía, recurrió al consejo de San Bernardo de Clavaral, quién lo aprobó sin dudar de la fuente de la que provenía, y se convirtió en su amigo y consejero epistolar durante mucho tiempo. Cuando el papa Beato Eugenio III (8 de julio), cisterciense como Bernardo, visitó el arzobispado con motivo del Sínodo de Tréveris en 1147-1148, el arzobispo a instancias del abad de Disibondenberg presentó al Papa una parte del Scivias [13]. El Papa designó una comisión de teólogos para examinarlos, y después de recibir el informe favorable de la comisión, dió su aprobación y él mismo llegó a leer partes del Scivias ante su concurrencia. El Papa señaló que su obra era al estilo de los profetas, la invitó a seguir escribiendo y autorizó la publicación de sus obras.


Ese don profético fue algo que la santa entendió desde sus inicios. Se concebía a sí misma como un simple instrumento de Dios, como un medio a través del cual se manifestaba sus grandezas. No se preocupaba tanto por interpretar lo que veía, sino que su labor se reducía a la simplicidad de comunicarlas. Santa Hildegarda nos dice que sus visiones nos las veía en sueños, ni en éxtasis, ni con los ojos corporales o los oídos humanos:
Sino que las veo con mis ojos y mis oídos humanos interiormente, cuando estoy despierta. Simplemente en espíritu, y las he recibido en lugares descubiertos según la voluntad de Dios”. [14]

Es decir, las percibió a través de los sentidos corporales, pero la inspiración venía del interior, del alma (o si se quiere de la mente), como una cosa infunsa desde lo Alto. Comenzó entonces a escribir entusiasta, ayudada por Volmar, su secretario y copista, y por Richardis de Stade, una monja de su comunidad por la que llegó a sentir un gran cariño.


En 1148, Santa Hildegarda dió inicio a un plan para fundar un convento en Ruperstberg. Desde algún tiempo atrás ya se había hecho evidente que la comunidad de religiosas se encontraba demasiado ceñida en el pequeño claustro que se les había destinado en Disibodenberg, así que la abadesa comenzó las gestiones para un nuevo establecimiento [15]. Ante esto, los monjes se opusieron al traslado pues veían disminuir sus donativos y las visitas al lugar (que atraía a hombres piadosos con aras de conocer a la abadesa). La tenacidad de Hildegarda se sobrepuso y en 1150 el Arzobispo consagró el nuevo monasterio dedicado a San Ruperto (o Roberto) de Bingen (15 de mayo). Es de reconocerle esta labor pues en aquella época los monasterios benedictino femeninos no tenían un gobierno propio y sus monasterios siempre dependían de uno masculino. Ella rompió con esa barrera y se puede decir que su convento fue el primer establecimiento femenino que no estaba adosado a uno masculino. Las visiones se siguieron manifestando y darían como fruto numerosos tratados que le dieron la fama de escritora. 

Hildegarda, la escritora.
Hasta aquí hemos hablado de dos de los rasgos que toda doctora de la Iglesia debía cumplir y que en el caso de Santa Hildegarda se manifestaron al pie de la letra: una vida santa y virtuosa, y el haber profesado una doctrina ortodoxa según los preceptos cristianos. El siguiente requisito era haber dejado un tratado que defendiera o profundizara una o varias verdades de la fe. Santa Hildegarda fue una elocuente defensora del cristianismo que se refleja a través de sus escritos, sus cartas, sus consejos, predicas y obras. Como visionaria, manifestó lo que ocurría en el plano celeste: reveló la naturaleza de Dios, la disposición de las estrellas, señaló el papel que tiene el hombre en la creación y el plan de salvación que se le tiene destinado, puntualizó la manera en cómo se agrupaban las diferentes jerarquías angélicas en torno al Creador, habló sobre el sacrificio de Cristo y la Iglesia, y muchas otras verdades o dogmas. También combatió a los cátaros a través de sus escritos y sermones.


Sus dos obras teológicas son el "Scivias" y "Liber Divinorum Operum" (Libro de las Obras Divinas). Scivias la dividió en tres partes: la primera la dedicó a Dios Padre y a los ángeles, en la siguiente aborda el estudio de la Trinidad, la Iglesia, la Confirmación y el ángel caído. En la última parte hay varios simbolismos relacionados con la plenitud de los tiempos y el Juicio final. En Liber Divinorum, señala la complejidad de la Creación y reconoce en ella la gloria y la omnipotencia de Dios. Tomemos, por ejemplo, la descripción que hace de Él en Liber Divinorum y en la cual describe lo que ve y seguidamente señala el significado de la misma:
Visión sobre el Origen de la vida.
En ella se aprecia la representación
trinitaria de Dios, según el Liber Divinorum.
"Vi como en el centro del cielo austral surgía la imagen de Dios, con apariencia humana, bella y magnífica en su misterio. La belleza y el esplendor de su rostro eran tales que mirar al sol hubiera sido más fácil que mirar aquella imagen. Un ancho círculo dorado ceñía su cabeza. En el mismo círculo, sobre la cabeza, apareció otro rostro, el de un anciano, cuyo mentón y barba rozaban la coronilla del cráneo de la imagen. A cada lado del cuello de esta imagen brotó un ala, y ambas alas se irguieron por encima del mencionado círculo dorado y allí se unieron la una a la otra. El punto extremo de la curvatura del ala derecha llevaba una cabeza de águila, sus ojos de fuego irradiaban el esplendor de los ángeles como en un espejo. En el punto extremo de la curvatura del ala izquierda había algo como un rostro humano que brillaba como relumbran las estrellas. Y estos dos rostros miraban hacia oriente. Además, desde cada hombro de la imagen bajaba otra ala hasta sus rodillas. La imagen estaba revestida por una túnica tan resplandeciente como el sol y en las manos tenía un cordero que brillaba como la deslumbrante luz del día. Bajo los pies aplastaba un monstruo de forma horrible, venenoso y de color negro, y una serpiente". [16]

Esa imagen le explicó ser Él mismo “La energía suprema y abrasadora. Yo soy quien ha encendido la chispa en todos los seres vivientes, nada mortal mana de Mí, y juzgo todas las cosas[17]. Es decir, se trata de una visión trinitaria de Dios donde se presenta a sí mismo como un hombre con dos cabezas (el Padre y el Espíritu Santo) mientras que en los brazos lleva un Cordero (el Hijo). La cualidad celeste se acentúa por el doble par de alas que tiene. Hildegarda explica que la figura representa al Amor, que los reflejos del espejo son los ángeles y el monstruo y la serpiente representan las injusticias y las dudas (es decir el pecado). 

En todos sus tratados, la santa describe lo que ve y después señala lo que la voz interior explica de ellas. Algunas ediciones de sus libros están bellamente decoradas con grabados que la muestran en actitud contemplativa, sentada en banquillo de respaldo alto, con la vista puesta hacia lo alto, mientras que una luz resplandeciente cae sobre su frente, como señalando que recibe la visión. A veces la escena ocupa todo el cuadro, y en una esquina, aparece una pequeña representación de la abadesa. 

Es autora de otras obras en donde aborda temas tanto de índole científico como artístico. En 1150 comenzó su obra musical, El "Symphonia armoniae celestium revelationum" (Sinfonía de la Armonía de Revelaciones Divinas) que contiene letra y música y donde destacan tres poemas: el himno al Espíritu Santo, el himno a Santa María y la Secuencia de San Maximino

También tiene un auto sacramental titulado "Ordo virtutum" (Orden de las Virtudes), en el cual hace una serie de diálogos entre el alma, las virtudes que adornan a esta y las tentaciones del maligno. Entre 1151 y 1158 escribió el Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum (Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas) en donde hacia importantes anotaciones respecto a la medicina de su tiempo y de la plantas medicinales. Entre 1158 y 1163 escribió el "Liber Vitae Meritorum" (Libro de los Méritos de la Vida) en donde narra la historia de la Salvación, donde virtudes y vicios se enfrentan entre sí y finalmente la divinidad sale victoriosa.

Otra de sus obras es la "Lingua Ignota" (1150?) formada por unas 900 palabras y un alfabeto de veintitrés letras. Se cree que este es un lenguaje secreto o desconocido, tal vez una nueva codificación a través de la cual la divinidad deseaba comunicarse con su sierva. Fue consultada como un oráculo, muestra de ello son las más de 300 cartas en las que se comunicó y aconsejó a Papas, cardenales, obispos, reyes y emperadores [18], religiosos y hombres de todas clases y condiciones. También mantuvo correspondencia con Santa Isabel de Shönau (18 de junio) y San Gerlach (5 de enero). Todo esto reflejo de lo trascendental que llegó a ser esta monja benedictina en su tiempo. 


"O vis aeternitatis"
Composición musical de Santa Hildegarda.

Casi en el ocaso de su vida realizó cuatro viajes en su labor predicativa: a Tréveris en 1160, donde se cree predicó un sermón en la suntuosa catedral, luego fue a Colonia entre 1163 o 1164, el tercero a Maguncia por invitación de su arzobispo, y el cuarto a Suabia en 1170 [19].

Murió el 17 de septiembre de 1179, a la edad de 92 años y fue sepultada en la iglesia del convento de Rupertsberg [20]. En la leyenda de su vida nuevamente se confunde lo maravilloso con lo histórico, pues señala que con motivo de su muerte en el cielo apareció un gran círculo y dentro de éste una cruz resplandeciente, primero pequeña, pero después se agrandó hasta ocupar un lugar prominente hacia el oriente [21]. Sus reliquias permanecieron allí hasta que el convento fue destruido y sus restos fueron trasladados al convento cercano de Eibingen, que también fue obra suya. Con merecimiento se le otorgó el título de la "Sibila del Rin", (en clara alusión a su actividad visionaria) y también es llamada la Profetisa Teutónica. Es patrona de los lingüistas y de las novicias benedictinas, de los farmacéuticos, y contra la calvice. Sus atributos son el hábito benedictino (en ocasiones con el cisterciense), la paloma del Espíritu Santo; frascos y hierbas, que recuerdan su labor como farmacéutica; una lira, pues fue compositora; la cruz pectoral, una pluma y un libro, un conventillo que recuerda que fue fundadora, y a veces lleva un báculo en reconocimiento de abadesa.  y, claro, como no, el birrete doctoral a partir de su nombramiento.


Conclusión.
Las doctoras de la Iglesia son mujeres que alcanzaron el más alto grado honorífico que se puede otorgar. No solo dieron muestra de una vida santa, virtuosa y apegada a los preceptos de la religión cristiana, sino que también contribuyeron con sus obras y argumentos a la defensa de su fe. Casi todas tuvieron un marcado misticismo que las llevo a tener experiencias sobrenaturales con la divinidad, a lograr una unión más cercana con Él, y cuyo sentir lo expresaron por escrito para el conocimiento de las generaciones futuras. Guardaron con celo su virginidad y desde pequeñas resolvieron llevar una vida apartada del mundo. 

Santa Hildegarda de Bingen, la cuarta doctora de la Iglesia, llegó más allá de lo que se le permitió a una monja común de su tiempo: fue abadesa, logró independizarse de la comunidad masculina a la cual estaba sujeta, a través de sus visiones señaló lo que Dios quería que se supiera y se realizará, trabó amistad con papas y obispos, con reyes y emperadores, y fue un pilar importante contra la herejía cátara. A pesar de que siempre fue una mujer de salud frágil, logró sacar fuerzas de su flaqueza para cumplir con su destino, se levantó del lecho cuando el asunto reclamó su presencia y cultivó prácticamente todas las artes, todo esto en nombre de la Luz Viviente, que era la voz suprema que le dio la autoridad necesaria para hablar de tal manera a sus contemporáneos.

José Alejandro Valadez Fernández 



Referencias:
Bingen, Hildegarda Santa, El libro de los méritos de la Vida, trad. Rafael Renedo, en www.hildegardiana.es, consultada el 15 de marzo de 2013. 

Bingen, Hildegarda Santa, Scivias: conoce los caminos, trad. de Antonio Castro Zafra y Mónica Castro, Madrid, Editorial Trotta, 1999. 

Martinez Lira, Verónica y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegarda von Bingen: Vida y obra, UNAM- Editorial Espejo de viento, 2003.


Pernoud, Regine, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, Barcelona, 1998.


Renoig, Louis, Iconografía del arte cristiano: Iconografía de los santos, tomo 1 y 2, vol. 3 y 4. Joan Sureda I Pons dir., Daniel Alcoba trad., España, Ediciones del Serbal, 1997. 



[1] Verónica Martínez Lara Lira, y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 33-34. 
[2] Op. Cit., p. 43. 
[3] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 44.
[4] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[5] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 51. 
[6] Ídem. 
[7] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 17. 
[8] Op. cit; p. 16. 
[9] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[10] Regine Pernoud,, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 21. 
[11] Op. cit., p. 22. 
[12] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[13] Ídem. 
[14] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 22. 
[15] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 54.
[16] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad. Rafael Anedo para www.hildegardiana.es.
[17] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad. Rafael Anedo para www.hildegardiana.es.
[18] El emperador alemán Conrado III y su hijo y sucesor Federico I Barbarroja, le pidieron consejo.
[19] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998.
[20] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es.
[21] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 136.

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