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lunes, 1 de octubre de 2018

De la Santa más grandes de los tiempos modernos.

Santa Teresa del Niño Jesús, virgen carmelita. 1 de octubre.

En Francia, la rebelde hija de la Iglesia, y durante la segunda mitad del siglo XIX aparecería una de las santas "más grandes de los tiempos modernos" tal y como la describiría el papa Pío XI; y es que su presencia en esta época histórica realmente se puede valorar como una palabra de Dios para el cristianismo que comenzaba a resurgir en Francia. Un cristianismo ahogado y reinterpretado por la corriente jansenista, que negaba la posibilidad de todos a la comprensión y experiencia de la gracia divina y la reservaba para algunos pocos escogidos, o más bien, "predestinados". Este don de Dios para la Iglesia, al que el mundo luego conocería como Santa Teresita, llegaría para romper todos aquellos esquemas y de manera increíble, arrebatar a Dios de esas elites teológicas y esparcirlo por el mundo como mana del cielo, alimento para todos y padre común, muy al estilo del evangelio, acomodado para los pequeños y humildes, y además incendiado con un amor casi seráfico.

María Francisca Teresa Martin Guerin (como fue bautizada) nació el 2 de enero de 1873 en Alençon, provincia de Normandía, Francia, en el hogar de San Luis Martin (29 de julio, 12 de julio) y Santa Celia Guerin (28 de agosto, 12 de julio). Es la novena y última hija del matrimonio Martin. De su unión ya habían nacido previamente cinco niñas: María, Paulina, Leonie, Celina y otros cuatro hijos que murieron a muy temprana edad. Es bautizada en la iglesia de nuestra señora (hoy basílica menor) el 4 de enero de ese año. Sirven como padrinos, su hermana María y Paul Boul, hijo de un amigo de la familia. En sus primeros meses de vida experimenta el primer toque de la enfermedad y su madre, que ya se encuentra muy angustiada después de perder a cuatro de sus hijos en circunstancias similares, decide enviarla al campo, a unos ocho kilómetros de Alençon. Allí la niña empezaría a recobrar la salud paulatinamente y gracias a los cuidados de Rosa Taillè, su nodriza. Cuando ya se encuentra del todo mejor regresa a la casa de sus padres.

Sus primeros cuatro años están marcados por la alegría e inocencia propia de un cálido ambiente familiar. En el hogar de los Martin se respira cariño, respeto, sentido del deber y un profundo y coherente sentimiento religioso, todo en su justa medida. Es por el ejemplo de sus padres y hermanas de quien Teresa aprende a buscar asiduamente a Dios y luego a querer llevarlo a los demás. Como la benjamina de la casa que era, es rodeada de manera especial por el cariño, mimos y regalos de sus hermanas y de entre ellas ve a Celina, solo tres años y medio mayor que ella, como su compañera de juegos. Por su parte, los padres la llenan de bellos recuerdos de excursiones dominicales al campo, y es que entre ellos el domingo siempre se solemnizó por ser el día del Señor, el día en que se celebraba de manera especial la presencia de Cristo en torno a la familia.

Este periodo, que luego Teresa describiría como uno de los más felices de su vida, termino abruptamente con el fallecimiento de su madre, el 28 de agosto de 1877, a causa de un tumor en el pecho. Santa Celia había dejado a sus hijas el testimonio de una mujer virtuosa y de fe inquebrantable, que oró con fe para afrontar la voluntad de Dios y pensó en el futuro de sus hijas, todas aun muy jóvenes como para casarse, y las encargo al cuidado de la esposa de su hermano, Isidoro Guerin, quienes se habían establecido en Lisieux, ciudad de la baja Normandía. Después de los funerales de su esposa, y considerando el encargo que esta le hizo a su cuñada, Luis decide mudarse junto a toda su familia a Lisieux. Allí son recibidos por la familia Guerin y se establecen en una casa acomodada, rodeada por arbustos y algo distante del centro de la ciudad, llamada Les Buissonnets. En esta propiedad Teresa viviría los próximos diez años y por aquellos corredores, habitaciones y jardines, su alma se iría ennobleciendo y disponiendo para afrontar la voluntad de Dios, siempre rodeada por el cariño de sus familiares, en especial de su padre, que la llevaba consigo cada tarde a dar pequeños paseos por la ciudad y a visitar las diferentes iglesias y capillas, ella para él era su reinecita y él para ella su rey querido.

En este nuevo hogar, carente de la presencia materna, las hijas mayores son las que se encargan de suplir el papel de la madre. Paulina, de manera especial, acoge a Teresa como su hijita y comienza a prepararla intelectual y espiritualmente, impartiéndole clases en casa. La niña, que aunque ha dejado su temperamento risueño y alegre por uno un poco más serio, aprende con increíble rapidez sus lecciones. Es tanto su adelanto que en poco tiempo queda lista para comenzar oficialmente sus estudios y a la edad de ocho años Teresa ingresa como semi-interna al colegio/abadía de las benedictinas de Lisieux. Al contrario de lo que todos esperaban, para Teresa el periodo en la abadía se convertiría en uno de los más amargos de su vida, pues aunque era una niña aplicada, al chocar con un ambiente nuevo y completamente distinto, en el que no estaba protegida por sus familiares y se encontraba a la merced de sus compañeras, niñas de sentimientos muy distintos a los suyos, la experiencia se le hacía insufrible. Solo la compañía de Leonie y Celina, la consolaba, pero cuando sus hermanas no estaban cerca prefería quedarse sola o refugiarse en la capilla del colegio, donde hablaba con el único que en aquel lugar le era familiar: Jesús eucaristía.


La niña Teresa a los 8 años.
En los próximos meses, aunque se gana el cariño de sus maestras y de las religiosas, el ambiente no cambia en lo absoluto e incluso empeora cuando recibe la noticia de la decisión de Paulina, su segunda madre, de seguir su vocación al Carmelo, siendo la primera de las Martin en optar por el claustro. A pesar de las palabras de ánimo de su hermana, Teresa queda desconsolada y en octubre de 1882 va a despedir a su hermana, junto al resto de la familia, en la clausura de las carmelitas descalzas de Lisieux. El ambiente en la abadía mezclado con el terrible vacio que dejo Paulina en casa hacen que la salud de Teresita decaiga considerablemente. Logra resistir un poco para poder estar presente en la toma de habito de su hermana en abril de 1883, pero apenas terminada la ceremonia la enfermedad recrudece hasta dejarla postrada de gravedad en cama, sufriendo de temblores nerviosos, crisis de terror y alucinaciones. Varias semanas de incertidumbre y preocupación serian vividas por la familia Martin, que no se despegaba de la cama de la pequeña Teresa. Al mismo tiempo oraban fervientemente por la curación que ningún médico de la tierra podría alcanzar. Luis manda a pagar algunas misas por la curación de su pequeña en el santuario de Nuestra Señora de las Victorias en Paris y en la fiesta de Pentecostés de ese año, 13 de mayo de 1883, Teresita recobra milagrosamente la salud y expresa llena de alegría y seguridad que ha sido una gracia de la madre de Dios, pues fue al ver la radiante sonrisa de la imagen de la virgen María que se había puesto junto a su cama, que ha sentido su curación.

Aunque se encuentra ya completamente restablecida en el cuerpo, ahora parece empieza a sufrir dolores en el alma, pues la tentación de los escrúpulos y el dudar de la gravedad de su enfermedad y la intervención milagrosa de la virgen la hacen sufrir en silencio. Este periodo de nubes oscuras solo se vería eclipsado durante la fervorosa preparación para su primera comunión y la celebración del sacramento, el 8 de mayo de 1884, que la inundarían de celestial alegría y la marcaría en los años venideros. En junio de ese mismo año recibe el sacramento de la confirmación y de inmediato empieza a avivarse fuertemente en ella un gran deseo de sufrir por amor y de desprenderse del todo de los gozos de la tierra y abrazar por completo los tesoros del cielo. Junto a estos nuevos ímpetus Teresa sigue luchando contra sus terribles escrúpulos, que parecen no querer dejarla. Solo encuentra remedio al confiar las preocupaciones de su alma a su hermana María, "su madrinita", quien la ira guiando, evitándole el dejarse castigar mucho por ella misma. Aun con los avances que logra con la ayuda de su hermana como nuevo confesor, Teresa se hace cada vez más sensible hasta casi tornarse insoportable, bastaría separarla solo unos días de María para que hasta su salud se viera afectada. Sería muy difícil decir lo mucho que le dolería el enterarse por aquellas épocas del deseo de su madrinita de seguir a Paulina en su vocación al Carmelo.

En octubre de 1886 Leonie ingresa al postulantado de las Clarisas de Alençon y María es recibida en el Carmelo de Lisieux. La familia Martin, antes tan numerosa se ve ahora reducida a Luis y sus dos hijas menores. Teresa por su parte, al quedar desolada al perder por tercera vez a su figura materna, no encuentra otro alivio que suplicar al cielo y al pedir la intercesión de sus hermanitos fallecidos es liberada de los escrúpulos que la hacían sufrir, aunque aun tendrá que luchar contra su terrible sensibilidad.

Su última y gran conversión llegaría en la noche de navidad de aquel año. Después de llegar a casa de la misa de gallo, Teresa tiene una crisis emocional al no encontrar los tradicionales regalos junto a la chimenea y al percibir cierto fastidio de parte de su padre por su comportamiento infantil. Sube corriendo las escaleras hecha un mar de lágrimas pero cuando cree que su rabieta va a llegar al clímax siente la intensidad de la gracia interrumpiendo su llanto, haciendo que por fin deje atrás su exagerada sensibilidad y la dispone para emprender de una vez por todas su carrera de gigantes. Su padre y hermana quedan muy sorprendidos al ver regresar tan pronto a Teresa, ya del todo tranquila, sonriente y en paz. No imaginarían el gran milagro que Jesús obro en ella aquella noche bendita cuando él, el fuerte, se hizo débil por nuestro amor. 

Después de esta noche para Teresa comenzaría lo que ella llamaría el periodo de su vida "más hermoso y más lleno de gracias del cielo". Los próximos meses crecería en estatura y sobretodo en gracia y aunque acaba de cumplir los 14 años cada día se encuentra más segura en que Cristo ha puesto los ojos en ella por un motivo en particular, al experimentar los frutos de la gracia en su alma entiende que él la desea para sí de manera especial. Ahora que ha superado las distracciones de su extrema sensibilidad y apego a las criaturas, entiende que se ha convertido en un abismo hambriento del amor de Dios y sabe que solo hay un lugar donde tanto amor puede ser colmado: El Carmelo.

Al ser tan joven sus ímpetus de abrazar la vida religiosa tendrían que ser calmados, al menos por un tiempo, permaneciendo en la casa paterna, pero su dimensión apostólica y la necesidad de ganar almas para el cielo le hicieron imposible quedarse de brazos cruzados. De Paris llegan las temibles noticias de Henri Pranzini, un hombre que había sido condenado a la pena capital al encontrarlo culpable del brutal asesinato de tres mujeres en aquella ciudad. Las fotografías de los cadáveres junto a la del asesino aparecen en la primera plana de varios periódicos y la historia conmociona a toda Francia. Teresa se encuentra con la historia de Pranzini, y así como estaba, toda necesitada de exaltar el amor y la misericordia de Dios, decide adoptarlo como "su primer hijo", se propone fulminar el cielo con plegarias para alcanzar su conversión o al menos un pequeño acto de arrepentimiento. En agosto de 1887, cuando las ultimas noticias de Pranzini aparecen en los periódicos, Teresa no podría sentirse más segura de lo que sentía en su corazón. Al leer que aunque Pranzini negó confesarse, besó un crucifijo tres veces antes de subir a la guillotina, sintió que lo había logrado: Dios había tenido misericordia de aquel asesino, sus oraciones fueron escuchadas y ahora el cielo era el límite.


La joven Teresa a los 15 años.
Sintiendo tan profundamente la voluntad divina sobre ella, se decide por completo a confesarle sus intenciones de entrar al carmelo a su padre. En la tarde del día de Pentecostés de 1887, Teresita y su padre se reúnen en el jardín de Les Buissonnets y allí ella abre del todo su corazón. Aunque su padre duda un poco al principio, al verla tan joven y sabiendo lo difícil que le fue despegarse de sus dos hermanas mayores que ya eran carmelitas, se termino por convencer al reconocer en las palabras de la más joven de sus hijas un autentico deseo de entregar la vida al Señor. Poco tiempo después, en una de sus cartas, Luis explicaría a sus amigos lo muy bendecido que se sentía al entregar a todas sus hijas a Dios, incluso a la más joven entre ellas. Teresa ya tenía la bendición de su padre, pero solo esa, pues aunque la comunidad del Carmelo de Lisieux ya estaba enterada de sus intenciones y le daban su apoyo, eso era todo. Ni su tío Isidoro Guerin, el hermano de su madre y que, junto a Luis, tenía cierta autoridad sobre sus sobrinas, ni los superiores del monasterio veían con buenos ojos su ingreso. Hasta el obispo de Bayeux (responsable por la diócesis de Lisieux) no había aceptado su petición, después de que su padre y ella le hicieran una visita. Al sentir tantas negativas hacia su vocación Teresa no puede dejar de sentirse abatida, pero aun en paz, pues sabe que solo busca la voluntad de Dios.

Aunque el superior del carmelo sigue oponiéndose, su tío, después de escucharla una vez más, cambia de opinión y se convence de la legitimidad de su vocación. Poco después de su encuentro con el obispo de Bayeux, en noviembre de 1887, Teresa, Luis y Celina se unen a una peregrinación francesa con rumbo a Roma, para celebrar las bodas de oro sacerdotales del Papa León XIII. Una de las primeras paradas de la peregrinación seria París, allí la familia Martin visitaría el santuario de Nuestra Señora de las Victorias y en este lugar, a los pies de María santísima, Teresa seria liberada de todas las dudas que conservara sobre la naturaleza sobrenatural de su curación en 1883. El viaje a Roma sería de casi un mes de duración, pasando por varias ciudades italianas que eran punto de frecuente peregrinación, como Asís o Loreto, hasta llegar por fin a la ciudad eterna y participar allí en una audiencia privada con el Sumo Pontífice. Teresa se había estado armando de valor durante todo el recorrido, pidiendo la intercesión de los santos, para ella misma pedirle al santo padre su bendición para entrar al convento siendo tan joven. 

El 20 de noviembre de aquel año, la peregrinación francesa se encuentra con el Papa en la basílica vaticana, entre ellos, nuestra santa. Aunque se había indicado no dirigirle la palabra al Papa por su desgaste físico, Teresa lo apuesta todo y se arroja al regazo del pontífice con lagrimas en los ojos pidiendo su ingreso al carmelo. León XIII la exhorta a confiar en la voluntad de Dios y seguir en obediencia a los superiores, pero eso es todo. Teresita es casi arrebatada de la presencia del Papa por dos guardias suizos y así termina su encuentro, luego regresaría a Francia, con el corazón en pedazos y en las semanas venideras sufriría fuertes pruebas hacia su fe.

Aún con la profunda decepción después del viaje a Roma, Teresita y su familia, tanto fuera como dentro del convento no se rinden y siguen buscando los medios para que ingrese lo antes posible como postulante. Todos esperaban verla en la puerta del claustro para antes de navidad pero la aprobación del obispo de Bayeux no llegaría sino hasta el 28 de diciembre y a Teresa se le informaría el 1 de enero de 1888. Una alegría inmensa la desborda al saber las buenas nuevas, pero aun tendría que esperar algunos meses, pues por recomendación de la hermana Inés de Jesús (Paulina), su entrada se prolongaría hasta la Pascua de ese año. El 9 de abril de 1888, a solo unos meses de haber cumplido los 15 años, Teresa Martin es acompañada por toda su familia al Carmelo de Lisieux. Allí, junto a la puerta de la clausura se daría la tierna pero sentida despedida entre Teresa y su padre, quien como un nuevo Abraham subía de nuevo a este monte para inmolar a otra de sus hijas, sin saber que pocos meses después, la última de ellas, Celina, también le confesaría su deseo de ingresar al Carmelo.

Teresa es recibida con entusiasmo por sus hermanas y el resto de la comunidad, pero los superiores no pueden ver en ella más que a una niña caprichosa que opto por una vida que no sabe si será digna de llevar. La puerta se cierra y Teresa sella allí mismo su destino para siempre. Todo en aquel lugar le parece hermoso y fascinante, pero en especial la gran austeridad de su celda, para ella no podría haber mejor desierto donde cosechar flores para Dios. Aquellos primeros meses en el monasterio también serian tocados por el sufrimiento al enterarse de la progresiva desmejoría en la salud mental de su padre. Estas angustias tendrían su descanso en enero de 1889 cuando se da su toma de hábito. Esta importante celebración la había encontrado con fuertes dudas sobre su vocación, pero al llegar el gran día no puede sino sentir alegría y belleza en todos lados, en el claustro, que su esposo se digno vestir con manto de nieve para festejarla y en su padre, que al estar un poco mejor, esperaba para verla vestida de novia ingresar a la capilla. Después de la ceremonia Teresa ingresaría al monasterio ya vistiendo el hábito de nuestra señora y allí, en la portería, la esperaba la imagen del niño Jesús con vestido rosa, que a ella tanto le encantaba y a quien había decidido poner en su nuevo nombre de religiosa junto a su devoción personal de la pasión de Cristo, de ahí en adelante seria conocida como Sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Con esta ceremonia se daba por iniciado su año de noviciado, al final de este realizaría su profesión solemne puesto que en aquel tiempo no existía las profesiones temporales.

Para Teresa el período del noviciado en el exterior sería vivido con mucha paz, alegría y diligencia, pero en el interior estaría repleto de pruebas, sufrimientos y angustias. La enfermedad de su padre regresaría más fuerte que antes, sus capacidades mentales se verían rápidamente disminuidas y pronto el Sr. Martin se volvería un peligro hasta para el mismo por lo cual se decide internarlo en una casa de salud, donde Celina y Leonie, que había desistido de su vocación de clarisa, lo cuidaban día y noche. Teresa realizaría con profunda fe y en espíritu de total abandono su profesión solemne el 8 de septiembre de 1890. Ella ofrece el dolor por la ausencia de su padre en la ceremonia y no le pide más a Jesús que: "la paz y también el amor, un amor infinito, y sin más fronteras que él mismo". 


Teresa caracterizada como su
 amada Santa Juana de Arco.
En los meses siguientes, y ya siendo parte oficial de la comunidad, Teresa encuentra luz del cielo para los primeros años de su vida contemplativa en la lectura asidua de las sagradas escrituras, en especial de los evangelios y los escritos de San Juan de la Cruz (14 de diciembre y 21 de mayo, la Traslación), a quien toma por maestro en la disciplina del deshacimiento interior. Así mismo empieza a mover una provechosa correspondencia con sus hermanas en el exterior, en quienes percibe con claridad el mismo llamado que Jesús le ha hecho a ella y que está dispuesta a cuidar por ellas con los afanes de una madre por sus hijas. En diciembre de ese año, la llegada del invierno es acompañada por una temible gripa que contagia a casi todo el monasterio y en menos de unos días se cobra la vida de tres hermanas. Solo tres religiosas permanecen sanas y en pie para atender las necesidades de las demás y cuidar del monasterio, entre ellas Teresa, que después de esta gran prueba termina por desvanecer cualquier duda de sus superiores hacia su persona al ver lo diligente y responsable de su comportamiento.

En 1893 Sor Inés de Jesús es elegida priora y con esto se empieza a hacer campo a Celina, que aunque cuida de su padre, no pierde su esperanza de entrar al Carmelo. Un año más tarde Luis Martin muere, el 29 de julio de 1894, rodeado de sus hijas y familiares queridos y al Carmelo no llegan más que palabras de felicitación para sus hijas, de sacerdotes y amigos que ven en el Sr. Martin un candidato seguro a los altares. Celina ingresa al Carmelo seis semanas después, aun después de presentarse cierto malestar entre el resto de la comunidad que no veía con buenos ojos que tantas de la misma familia escogieran el mismo monasterio para entregarse a la vida religiosa. Teresa logra conquistar el corazón de las hermanas más reacias con oraciones y su cándida personalidad, a la que parece que ni Dios puede negarse. Durante el priorato de su hermana Paulina, la espiritualidad de Teresita comienza a asentarse y robustecerse rápidamente y su doctrina comienza a tomar forma. 

Al término del mandato de Sor Inés y el regreso como priora de la Madre María de Gonzaga, esta, por consejo de Paulina le pide a Teresa que deje por escrito sus memorias autobiográficas, memorias que terminaría apenas unos meses antes de su muerte y que nuestra santa creyó que nunca traspasarían los limites el convento, pero que no mucho después se esparcirían con el viento por toda Francia, Europa y el mundo, atrayendo a cientos de peregrinos que querían venerar y recorrer los mismos caminos que la "santita" de Lisieux.

Junto a su biografía, Teresa prosigue un amplio trabajo epistolar para con sus familiares y hermanas de comunidad a par de varias oraciones, poesías y hasta algunas piezas teatrales que fueron presentadas durante fechas especiales ante la comunidad. Una de sus inspiraciones favoritas fue otra santa, con la que llegará a compartir el patronato sobre Francia: Santa Juana de Arco (30 de mayo) a quien Teresita se encargaría de interpretar, guardándose para sí el mismo ardor de la doncella de Orleans, buscando encender el mundo con el amor del Dios que siempre buscaba servirse de vírgenes para hacerlas sus testigos. Junto a su labor de escritora y poeta, en la comunidad fue encargada en oficios tales como sacristana, pintora y encargada de la ropería. Se ve profundamente estremecida en su interior al encontrar pasajes en la escritura que la invita a lanzarse a Dios con la confianza de los niños, específicamente en el libro de los proverbios (9,4) y el libro de Isaías (66, 12-13). 

A raíz de sus meditaciones y la lectura de la carta de San Pablo a los Corintios encuentra no solo la clave de su vocación: El amor! Un amor incendiario que lo consume todo en todos y por el cual ella sería capaz de unir la austeridad y anonimato de su vida a las obras apostólicas mas temerarias, sino que también siente definido su camino de unión total con Cristo, o mejor dicho "caminito". Una vía sencilla, corta y que cualquiera puede seguir. Tan apta para todos que más tarde conmocionaría a fieles de todas las naciones y épocas, fieles que reconocerían en su doctrina una sabiduría inspirada y que terminarían por pedir a la Iglesia que incluyera su nombre en la lista de los grandes pedagogos de la Fe.


Las religiosas Martin-Guerin.
Teresa en un extremo.
En junio de 1895, en fiesta de la Santísima trinidad, Teresa, primero de manera personal y luego acompañada por su hermana Celina, profesa "el acto de entrega como holocausto al amor misericordioso de Dios". Una consagración, un compendio detallado y esmerado para expresar las profundas aspiraciones de Teresa para con su Dios. Allí pone toda su alma y corazón, su necesidad inmensa de verlo conocido y amado por todos y su entrega total, un abandono tal que la empuja a ser un cordero que salte al fuego devorador antes de que si quiera sea sacrificado. Unas semanas más tarde en efecto, mientras meditaba en la capilla los pasos de la pasión de Cristo, se vio herida en el pecho por un fuego divino. De esta gracia solo sus superioras se verían enteradas.

En 1896 es reelegida priora la madre María de Gonzaga y ella le permite a Teresa empezar a tener correspondencia con un joven seminarista, próximo a ordenarse, el abate Bellière, quien se convertiría en el primero de sus hermanos sacerdotes, poco después también acogería como tal al padre Roulland. Además de esto, también la priora, convencida de las cualidades excepcionales que Teresita tenía como religiosa, le encarga el delicado cargo de maestra de novicias. La santa, de 23 años, se siente profundamente indigna para servir en tal labor, pero la llevaría adelante con humildad y paciencia hasta que las fuerzas la abandonasen. En el triduo pascual de ese año, exactamente entre la madrugada del jueves y el viernes santo, Teresa experimenta una hemoptisis, señal innegable de la terrible tuberculosis, a la que ella recibe sin una gota de miedo o preocupación más que con alegría y agradecimiento por sentir comenzar su calvario el día en que Cristo moría en la cruz. El resto de ese año logra hacer convivir la rapidez con que la enfermedad la consume con la vida silenciosa en medio de la comunidad, hasta abril de 1897, cuando la tuberculosis se recrudece a tal punto que ya no se le permite seguir el ritmo de las demás religiosas.

Junto al progreso de la enfermedad que poco a poco la acerca al encuentro con el amado, Teresa, por el contrario se siente progresivamente cada vez mas lejos del cielo hasta llegar a ser rodeada de unas profundas tinieblas espirituales que la sumergen en lo que su padre, San Juan de la Cruz, llamaba la noche oscura o noche de la fe. Ahora para ella levantar su alma a lo divino, a las delicias del cielo, es imposible y cualquier consuelo espiritual para ayudarla a llevar su progresiva des mejoría le es negado. Pensar en lo de arriba le causa un profundo dolor y hasta llega a sentirse aterrada de lo voraces de sus dudas acerca de Dios y la eternidad, tanto que se niega a ponerlas por escrito para no escandalizar a nadie con sus blasfemias. Solo Dios sabría la terrible batalla dentro de ella porque si, Teresa luchaba! Y en medio del fuego, sin saberlo, su alma se purificaba para pronto adornar el cielo. Un cielo que con dificultad podía creer como cierto. 

En junio de 1897, Teresa es trasladada a la enfermería del Carmelo, allí, ya en brazos de su hermana Paulina e incapaz de sostener una pluma por sí sola, la santa escribirá sus últimas cartas dirigidas a sus hermanas de comunidad, algunos familiares y sus hermanos sacerdotes, que por la época ya se encontraban de misión por Asia. Por su parte, sus hermanas empiezan a recoger con esmero los últimos pensamientos y palabras de la santa en unos cuadernillos, que años después serian publicados bajo el título de "Últimas Conversaciones".

Sus últimas semanas las pasa en medio de profundos dolores, que ahora ya no solo ofrece en silencio, sino que es incapaz de poner en palabras por su extrema debilidad. Antes de que entrara en el silencio, promete a sus hermanas que si llega al cielo no descansara ni un día, que trabajaría por la salvación de las almas hasta que el número de los bienaventurados estuviera completo y junto a esto les deja también la promesa de su segura intercesión, que ella expresa en el símbolo de una lluvia de rosas que enviaría desde el cielo. Cuando le preguntan que como deben invocarla para recibir su ayuda ella responde: "La petite Thérèse" (Teresita). Su última oración escrita se la dedica a su reina y madre, pero más madre, la virgen María. 

Recibe con dificultad los últimos sacramentos y en la tarde-noche del 30 de septiembre de 1897, después de ser consumida por una terrible agonía, Teresa, rodeada por toda la comunidad pronuncia sus últimas palabras: "Oh si, le amo, Dios mío, te amo!" Entra en un breve éxtasis que dura por el espacio de un credo, luego se recuesta apaciblemente en la almohada y entrega su espíritu. Tenía 24 años y 9 de vida religiosa. Es sepultada cuatro días después en la parcela de las carmelitas en el cementerio de Lisieux. A su funeral no habían asistido más que algunos amigos y familiares, encabezados por su hermana Leonie que ya confiada de la intercesión de su hermana se decide ingresar de manera definitiva a la visitación de Caen, donde muere ya en su ancianidad con aroma de santidad.


Teresa en sus funerales.
Exactamente un año después de su muerte su autobiografía es publicada bajo el titulo "Historia de un alma". De inmediato se convierte en una sensación y cientos de peregrinos empiezan a llegar a Lisieux, buscando su tumba, pidiendo y dando gracias por los milagros recibidos al invocarla. En 1914 es finalmente introducida su causa de beatificación, después de escuchar los ruegos de sus cientos de devotos. Sus hermanas de sangre, todas en la vida religiosa, son las primeras en presentar sus testimonios ante el tribunal eclesiástico. En 1921 son reconocidas sus virtudes heroicas y en 1923, unos meses antes de su beatificación, los restos, pronto reliquias, de Teresa regresan al Carmelo. El ataúd es acompañado por voces de júbilo, en medio de una gran procesión que anunciaba el "huracán de gloria" que pronto se desembocaría en toda la Iglesia. 

Después ser presentados y corroborados los respectivos milagros para la necesidad, sor Teresa del niño Jesús y de la santa faz es beatificada el 29 de abril de 1923 y canonizada el 17 de mayo de 1925, en ambas ocasiones por el Papa Pio XI, que nunca escondió su fervorosa devoción por la santa de Lisieux. Para la última de estas dos celebraciones la basílica de San Pedro es adornada con cientos de cirios, que de noche anuncian a la ciudad y al mundo el gozo por la nueva santa. En Lisieux y el resto de Francia las celebraciones no son menos y ya se habla sobre la construcción de una imponente basílica en su honor, templo que sería consagrado en 1951 y terminado en 1954.

En 1927, Pío XI la declara patrona universal de las misiones, junto al gran evangelizador de Asia, San Francisco Javier (3 de diciembre) y Pío XII la declara co-patrona de Francia en 1944. Finalmente es proclamada Doctora de la Iglesia Universal por el papa San Juan Pablo II (22 de octubre) el 19 de octubre de 1997, durante las celebraciones por el primer centenario de su muerte. Con ello la convirtió en la más joven entre los santos que llevan este título y la tercera mujer, después de Santa Teresa de Jesús (15 de octubre, 26 de agosto, la Trasverberación, y 13 de julio, la Traslación) y Santa Catalina de Siena (29 de abril y 1 de abril, la Impresión de las Llagas).


Fuentes:
-"Historia de un alma". Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Laicos carmelitas descalzos de Colombia, Medellín, Colombia, 2015.
-"Santa Teresa de Lisieux". Obras completas. Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2010.


Jhonatan Alarcón.

Muchas gracias le doy a Jhonatan por otro artículo sobre un santo del Carmelo, en esta ocasíon la gran Teresita. Espero no sea la última vez que nos escriba algo sobre nuestra amada espiritualidad carmelitana o nuestros santos.


Ramón.

A 1 de octubre además se celebra a:


San Suliau de
Bretaña, abad
.
Santa Sidonia
de Georgia, virgen
.
San Remigio,
obispo.




jueves, 1 de junio de 2017

San Simeón, carmelita.

San Simeón de Treveris, ermitaño carmelita. 1 de junio.

Su leyenda, algo confusa, le hace nacer a finales del siglo X y oriundo de Siracusa. Fue educado en Constantinopla y luego vivió como ermitaño en la Tierra Santa, primero junto al Jordán, y luego con los "carmelitas" de Belén, donde tomó el hábito. A continuación, en una comunidad monástica de Belén. También formó parte del monasterio eliano junto al Mar Rojo, y finalmente fue religioso del monasterio de los carmelitas del Monte Sinaí, donde fue ordenado diácono. En todos estos conventos dejaba un sabor a oración, penitencia, obediencia y humildad. Era muy piadoso y devotísimo de la Virgen María. En el Sinaí conoció al Duque de Normandía, que le eligió como consejero mientras estaba duraba la Primera Cruzada. Cuando el Duque regresó a Normandía, Simeón recibió un aviso del cielo que debía acompañarle. Así que entró en Europa.

Las leyendas son muy confusas, y le hacen ser compañero de peregrinaje por Tierra Santa del legendario arzobispo San Poppo de Bamberg (16 de junio). Según la leyenda, el santo obispo pidió a una monja del monasterio fundado por Santa Severa (20 de julio) que le hiciera unos zapatos. La monja, que amaba al santo, los hizo y los hechizó para que Poppo no pudiera negarse a cohabitar con ella. Ambos pecaron, y el santo para olvidarla regaló los zapatos a su vicario, que los aceptó sin saber eran embrujados. También pecó el vicario con la monja, y así, según la leyenda, todos los frailes y presbíteros de la región, se probaron los zapatos, y pecaron. En fin, que se supo lo ocurrido, los zapatos fueron exorcizados, la monja echada del monasterio y los presbíteros fueron castigados. Por este pecado, San Poppo peregrinó descalzo a Tierra Santa, y a este viaje llevó consigo a nuestro Simeón.

Celda del santo.
Porta Nigra.
Una vez que regresaron a Europa, Simeón se encerró en una celda en la torre de la Porta Nigra, en Tréveris. El abad del monasterio de San Maximino (29 de mayo) quedó a cargo de ser su superior. Allí vivió el santo una vida de oración y penitencia hasta 1035, cuando voló al cielo. En 1042 fue canonizado por el papa Benedicto IX, siendo el segundo varón en serlo, el primero fue San Ulric de Ausburg (4 de julio). Una capilla dedicada a su memoria fue construida en el sitio donde estuvo su celda, y allí estuvieron sus reliquias hasta 1400, cuando fueron trasladadas a la iglesia de San Gervasio. En 1802 esta iglesia fue demolida por orden de Napoleón, y a finales del XIX fue construida una iglesia dedicada a San Simeón, y allí se veneran sus reliquias.


Fuente:
https://www.heiligenlexikon.de


A 1 de junio además se celebra a
San Ronan de Bretaña, obispo.
San Elías y compañeros mártires.

viernes, 20 de enero de 2017

Dios está en los pobres.

Beato Angelo Paoli, presbítero carmelita. 20 de enero.

Nació nuestro beato en Argigliano, el 1 de septiembre de 1642, y fue llamado Francisco en su bautismo. Desde niño aprendió la virtud de la caridad, pues su padre era un hombre virtuoso y gran valedor de los pobres, y de él aprendió. Siempre que podía iba corriendo a la iglesia a rezar, ayudar a misa o enseñar a otros niños el catecismo. Fue educado por su tío materno, un ejemplar sacerdote, el cual le dio los rudimentos de la enseñanza del tiempo.
A los 18 años, sin decir nada a nadie, se presentó él solo ante el obispo Luni-Sarzana para que le permitiera ser sacerdote. El prelado le examinó y viendo su virtud y conocimientos, le admitió para la formación sacerdotal, vistiéndole la sotana de clérigo. Y así volvió a su casa, con susto de sus padres. Comenzó la formación, desde su casa, pues los seminarios serían cosa posterior, pero necesitado de la vida comunitaria y de la asidua formación religiosa, decidió, junto a su hermano menor, Tomás, pedir el hábito carmelita en el convento de Cerignano. 

Hizo el noviciado en Siena, en 1660, tomando el nombre de Ángelo, en honor a San Ángelo (5 de mayo), protomártir carmelita. Luego de emitir sus votos le enviaron al convento de Pisa, a estudiar la filosofía. Ya aquí como estudiante comenzó a despuntar lo que sería luego: un ángel de caridad. Fue ordenado presbítero en Florencia, en la festividad de San Andrés Corsini, el 7 de enero de 1667, donde también cantó su primera misa. Permaneció aquí 7 años como organista, enfermero y sacristán. Ya ordenado, se negó a seguir la Teología (otra costumbre de los tiempos, la Teología se estudiaba después), para dedicarse a los más desfavorecidos, alejado del ministerio de la enseñanza o la predicación. El 15 de agosto de 1674 ocurrió un milagro que se le atribuyó: repartía pan a los pobres, cuando constataron que por más pobres que acudían, las cestas no disminuían, alcanzando para todos y sobrando. 

En la enfermería se tomó muy a pecho sus obligaciones con los demás, descuidando su propia salud, por lo que ese año de 1674 el médico recomendó le enviaran a su casa a descansar un poco. Pero descansar no entraba en la mente de Ángelo, pues una vez le permitieron, o le ordenaron más bien, ir a casa, allí lo que hizo fue recorrer montes y campos buscando a los pastores, los campesinos, los alejados de Dios, para predicarles y enseñar el catecismo. Su plan era alojarse con los pastores un tiempo, enseñarles y seguir camino a otro grupo. Se hizo una ermita en las montañas, donde oraba, se disciplinaba y trabajaba para no ser gravoso a los pobres del campo. Pero esta vida de esfuerzo también le minó la salud y su padre le envió a Pistoia, con un pariente farmacéutico, que debía cuidarle, mas volvió el santo fraile a lo mismo: buscar a los pobres, mendigar para ellos, auxiliarles y llevarles a Cristo.

Finalmente tuvo que volver al convento de Florencia. Y no solo aquí estuvo, sino además, en Pisa Siena y Montecatini, ciudades donde abrirá un comedor para pobres. En 1677 fue párroco de Empoli, sin dejar de visitar a sus pobres de Pistoia. Por donde pasaba siempre tenía una recua de pobres tras de sí, esperando su auxilio, su consejo y sus bendiciones. En 1678 fue nombrado maestro de novicios en Florencia y lo primero que hace es llevar a los jóvenes religiosos a servir en los hospitales, para que aprendan el valor de la humildad, el sufrimiento y a servir a Cristo en los pobres. En 1682 fue asignado a Cerignano, donde vive un tiempo de eremitismo compartido con la vida comunitaria. Conjuga la oración y la penitencia con el servicio d sacristán, organista y sobre todo: caridad, caridad y caridad. 

En 1687 fue destinado al convento de San Martín “ai Monti”, Roma, como maestro de novicios, pero allí igualmente todos sus esfuerzos se van a los pobres. A tanto llega su caridad y trabajo con los necesitados, que el General le dispensa de los oficios comunitarios para que pueda dedicarse a su vocación: los pobres. Esta dispensa, la continua presencia de pobres que alteran la paz conventual y su fiebre asistencial le traen críticas y calumnias por parte de algunos carmelitas y de algunas asociaciones caritativas de la Ciudad Eterna. Le llaman loco, de usar la caridad para envanecerse y ganarse un halo de santo. Pero Ángelo lo toma todo como una cruz, no se desanima y continúa con sus pobres, favoreciéndoles y catequizándoles. 

Un día visita el Hospital de San Juan de Letrán, supuestamente atendido por unos bienhechores, pero el espectáculo que halla es desolador: mal olor, llagas que no se curan nunca, comida en mal estado, camas faltantes, suciedad, desorden, la capilla abandonada, etc. Asume la tarea de cambiar aquello y en solitario comienza a limpiar, ordenar, socorrer a los más enfermos. Pronto tiene algunos ayudantes que le ayudan a lavar a los enfermos, cambiar las sábanas, limpiar heridas, etc. Pero va más allá Ángelo. Además se preocupa del alma de los enfermos, pues les predica y les da sacramentos, se hace confesión general, ayunan los que pueden, se asiste a las ceremonias religiosas y al rosario diario. Además, emprende Ángelo algo hoy muy extendido, la llamada "risoterapia", que consiste en alegrar al que sufre, relajarle con música, humor, etc. Contrata clowns, músicos e ilusionistas para elevar la moral de los pacientes. Y él mismo no dudó en disfrazarse para hacer reír a sus amados pobres. En 1710 extiende el hospital a "clínica de reposo", permitiendo que algunos enfermos leves o ya curados, descansen allí, formando parte además del equipo sanitario y ayudando a los que aún padecen. Se crea así una gran familia de caridad, alegría y santidad. Atrae a los familiares de los convalecientes, que ayudan a sus propios enfermos y a los que están solos. Le llueven las solicitudes para se tratados allí y aunque escasean los recursos, nunca se niega a admitir a nadie. Dirá que “cuantos más pobres acoja, más hará la Providencia por ellos”. 

No olvidó a los presos el santo carmelita, siendo constante en las prisiones de la Via Giulia, donde halló igualmente un panorama desolador, por lo que comenzó a dignificar la vida de los presos y sus parientes, mediante el auxilio material y espiritual. Fue también director espiritual del Conservatorio de la Virgen Santísima, una fundación para niñas pobres, a las que se les daba educación y preparaba para la vida. Fue amigo de los cartujos, cuya vida admiraba y a la que dirigió a muchos jóvenes vocacionables. También tuvo de amigo y protector al cardenal teatino San José Tomasi Caro (3 de enero).

Todos los que visitan el Coliseo romano han de saber que, en gran parte, que este se conserve, sea visitable y haya sido restaurado se debe a nuestro santo carmelita Ángelo Paoli: en sus tiempos, siglo XVII, el venerable edificio se hallaba en ruinas y era nido de la peor gente. En sus rincones pululaban el vicio, la bajeza, la enfermedad y la muerte. Fue Ángelo, luego de una visita para venerar el sitio donde (tradicionalmente) habían alcanzado el premio tantos mártires de Cristo, quien clamó al papa Clemente XI, que le quería mucho, para que restaurase el edificio, cerrara las entradas peligrosas y sanease el lugar. Además, el mismo Ángelo puso tres cruces y celebró el primer Via Crucis que se hizo allí. El mismo Clemente XI le ofreció el capelo cardenalicio, como ya había hecho Inocencio XII, pero Ángelo reaccionó las dos veces con humildad, pero negándose firmemente a aceptarlo. Solo aceptó como cargo eclesiástico, entre 1713 y 1716 el cargo de la Lipsanoteca, certificando la autenticidad de las reliquias, aunque sin abandonar su trabajo con los pobres. Y es que su máxima fue siempre: "Quien busca a Dios, lo hallará en los pobres".

En 1720, el 14 de enero, cayó con fiebres muy altas, sintiéndose mal mientras tocaba el órgano, pero no dejó su función litúrgica. La humildad no pudo faltar ni en sus últimos días: pide que le confiese y de la extremaunción al carmelita que más le criticaba, el cual cayó arrepentido a sus pies. Murió nuestro carmelita el 20 de enero de 1720, con tiempo para escribir una especie de Constituciones para el hospital, dando instrucciones a sus colaboradores. Sus funerales fueron apoteósicos, estando presentes muchos prelados y una multitud de pobres y enfermos, casi a rastras. Fue sepultado en la iglesia carmelita de San Martín y en su tumba el papa Clemente XI hizo grabar las palabras "venerable padre de los pobres". Fue beatificado el 25 de abril de 2010, aunque su culto es más antiguo, pues en 1781 el papa Pío VI reconoció oficialmente sus virtudes heroicas. 


Fuente:
-"Un apostolo sociale. Padre Angiolo Paoli". GIORGIO PAPASOGLI y G. VERRIENTI. Roma, 1962.
-http://www.angelopaoli.org/


A 20 de enero además se celebra a  
San Fechin de Fore, abad
San Sebastián, mártir.

domingo, 8 de enero de 2017

San Pedro Tomás, virgen, doctor y mártir.

San Pedro Tomás, obispo carmelita. 8 de enero.

Nació en Francia, en Salines, en el año 1308, de padres pobres, pero buenos cristianos. A base de limosnas y trabajo, sus padres pudieron enviarle a Montpellier, donde trabajó y padeció para poder estudiar. Con buenas recomendaciones pasó a Agen donde estudió Retórica y Filosofía, y con tan admirables resultados que a los 17 años, apenas graduarse, ya fue tutor de algunos niños. En esta ciudad frecuentaba el convento del Carmen, fundado hacía poco, y con cuyos religiosos trabó una sólida amistad. Como era piadoso, inteligente y de buen corazón, el prior le solicitó fuera maestro de los religiosos jóvenes necesitados de Gramática y Retórica. Así, conviviendo con los religiosos, le llamó Dios a la Orden de la Virgen, de la que Pedro había sido gran devoto desde siempre. Un año pasó en aquella casa como profesor, y luego se fue al convento de Condomio, cuando con 19 años tomó el hábito. Fue un excelente novicio, siendo cumplidor de la Regla y las costumbres, calló sus dotes para las letras y enseñanza, para no sobresalir entre los demás. Era caritativo con los religiosos mayores, dado a la oración y la devoción mariana, tan importante para el Carmelo. En 1328 profesó y le encomendaron la enseñanza de Gramática a los demás religiosos. A los dos años le trasladaron al convento de Agen donde volvió a formar a los frailes en Lógica y Filosofía, esta vez ya como uno de ellos.

A los 25 años, en 1333 le ordenaron sacerdote, con gran regocijo y humildad de su parte. Fue maestro de Filosofía en Agen, Burdeos y Alvia durante tres años. En 1336 pasó a París, a estudiar la Teología. Como era pobre, no tenía amigos o familiares ricos que le sustentaran de lo necesario, como libros, lámpara o pluma para escribir. En la soledad de su celda, de la que salía poquísimo, solo para ir a clases o el coro, sufría su pobreza sin jamás pedir nada. Una noche se le apareció la Santísima Virgen que, asiéndole de la capa, le dijo: "Hijo mío, no te desanime tu pobreza, que no te desampararé. Prosigue en tus estudios y mi devoción, que yo cuidaré que nunca te falte lo necesario". Y lo cumplió la Señora, pues al día siguiente, confesó Pedro a un soldado que le entregó 15 escudos de oro y que luego le socorrió oportunamente sin el santo pedirle nada.

En 1339 le enviaron a Caturn a impartir Teología y como predicador del convento carmelita. Aquí destacó en el ministerio de la predicación. También logró que lloviese luego de una larga sequía, al predicar al pueblo la penitencia y la conversión, y orar profundamente. Este portento, se dice, llegó a oídos del General de la Orden, el Beato Pedro de Cesis (3 de agosto). En 1342 volvió a París, donde fue profesor al mismo tiempo que terminaba la Teología. En 1345 le enviaron al Capítulo General de Milán, donde le nombraron Procurador de la Orden ante la corte pontificia, a la sazón en Avignon, Francia. Allí el General de la Orden, Pedro Raymundo, le vio tan pequeño de estatura (porque lo era), pobre y humilde, callado y reservado, que consideró un error su nombramiento, y no lo presentó a los cardenales y dignatarios pontificios. Pero resultó que el cardenal Taleirand, que le conocía, le invitó a una cena con otros cardenales, y al cabo de esta, se movieron algunos asuntos de letras, teología y otras cuestiones en las que todos daban su parecer. Pedro callaba hasta que le pidieron su opinión, y entonces, encomendándose a la Santísima Virgen, dio su explicación y todos los presentes quedaron admirados de su elocuencia y juicio. El cardenal le eligió entonces como predicador pontificio, cosa que Pedro Tomás intentó rehusar, pero no hubo remedio. El General de la Orden mudó su parecer con respecto a él, por supuesto. En Avignon conoció al insigne carmelita San Andrés Corsini (9 de enero, 4 de febrero, traslación de las reliquias, y segundo domingo de junio, en Florencia), que le sustituyó como Procurador General en 1346, cuando Pedro fue enviado de nuevo a París a clases de Sagrada Escritura, doctorándose en ella en 1349. Volvió entonces a Avignon, con regocijo de los cardenales y del papa Clemente VI, el cual acudía siempre que podía a sus misas y prédicas. También los nobles y el pueblo llano se sirvió de su sabiduría y elocuencia en el púlpito y en el confesionario, cambiando de costumbres y llenando las iglesias para los ejercicios de devoción.

La promesa de la Santísima Virgen.
En 1351 ocurrió un hecho que ha configurado la iconografía de San Pedro Tomás: asolaba la peste a Avignon y a media Europa, los conventos carmelitas quedaron semivacíos a causa de las muertes o los religiosos que huían. Los que quedaban abandonaban la observancia para salir, comer lo que fuera, tener visitas, etc. Lloraba Pedro Tomás el estado de la Orden, cuando la Santísima Virgen se le apareció y le reveló que la Orden del Carmen duraría hasta el fin del mundo. Que así se lo había pedido San Elías a Cristo en el momento de la Transfiguración y este se lo había concedido. En 1352 murió el papa y Pedro Tomás fue el predicador de los funerales. Tanto duraron, que el santo perdió la voz, siendo que el último día estaba lo más concurrido del clero y nobleza. Dudaba el santo si subir a predicar sin voz, cuando pidió a la Virgen que le supliera, subió al púlpito y entonó el sermón con la voz más clara que nunca. 

El nuevo papa, Inocencio VI tomó más afecto aún a Pedro, y le nombró legado apostólico en el conflicto entre Génova y Venecia. Luego le envió igualmente como legado al rey Luis de Nápoles para que hiciera la paz con los reinos vecinos. Y una tercera vez le envió como legado a las iglesias y reinos búlgaros a reconciliarse con la Iglesia. Al mismo tiempo que le nombraba obispo de Liparia. Tomó posesión el santo de su sede y siguió su camino, no sin peligro, pues en las costas de Albania toparon con una embestida de los moros. Se puso en oración el santo y una nube de aire y polvo cegó a los moros, pudiendo huir los cristianos. Otra vez calmó una tempestad y una tercera logró que el barco hallara en medio de la noche un puerto seguro donde repararse y continuar camino. La legacía no resultó tal como se esperaba, pues Pedro pronto comprendió que la pretendida sujeción de los búlgaros a la Iglesia romana solo era un ardid político del rey para lograr el apoyo de Occidente contra los turcos que le asolaban. Las relaciones se enturbiaron cuando Pedro le desenmascaró, haciéndole ver que aún se mantenía en el cisma oriental. Entonces le prohibió el rey celebrar en rito romano y predicar sobre la unidad con Roma, aunque a eso había ido Pedro y no a otra cosa. Tuvo que irse Fray Pedro con el dolor de no haber conseguido la unidad. Tampoco pudo hacer la paz entre Venecia y Nápoles, profetizando ante los gobernantes de ambas regiones que un mal peor vendría. Y así fue, siendo asolados ambos por los húngaros al año siguiente.

En 1357 volvió el santo a Avignon, el papa le encomendó la difícil tarea de lograr la unidad con la Iglesia de Constantinopla. Partió a la embajada en espíritu de oración y fuertes penitencias para lograr algo y no fracasar. Predicó ante el emperador Juan el Paleólogo, exhortándole a la unidad y a la vuelta al redil de Cristo. Además, logró que este monarca abjurase de los errores y reconociera a la Iglesia romana como la Iglesia de Cristo. Alentado con esta "victoria", Pedro quiso visitar Tierra Santa y el santo Monte Carmelo. Pasó por Chipre, donde vivió con los carmelitas y siguió luego camino. En Jerusalén fue feliz visitando los Santos Lugares, predicando a los fieles y viviendo con la gente. Los musulmanes le tomaron rabia, porque no callaba sus errores, así que de determinaron eliminarlo. Los fieles le avisaron para que se fuese y no provocara más tensiones. Antes de irse, predicó en la iglesia de los franciscanos, sobre la dicha del martirio y la importancia de la confesión de la fe. Llegaron los moros a matarle y el santo bajó del púlpito, les enfrentó serenamente y pasó en medio de ellos, quedando los musulmanes estupefactos de su valor.

Volvió a Chipre, retirándose un tiempo en el convento de Famagusta, dedicado solamente a la oración y la penitencia. Durante los ratos de oración, un resplandor inmenso se veía salir de su celda, iluminando la ciudad. En 1359 el papa le nombró obispo de Coron, perteneciente a Venecia, y le envió de nuevo a Constantinopla. Entró a tierras turcas ese mismo año, al frente de un ejército de caballeros de San Juan, que lograron doblegar a los moros. Igualmente en Creta, Rodas, Esmirna, logró echar a los musulmanes, trayendo el consuelo a los cristianos. Recompuso las iglesias, restauró el culto cristiano y levantó los monasterios. En Creta redujo, además, a unos herejes, privándoles de sus iglesias arrebatadas a los católicos y eliminando su engaño. En Rodas cayó enfermo, temiéndose por su vida, pero la Santísima Virgen y San Gregorio Magno (12 de marzo y 3 de septiembre, elección papal), de quien era muy devoto, le sanaron milagrosamente, para asistir a la coronación de Pedro de Chipre, que llevó a cabo en la catedral de Famagusta, a nombre del papa. Luego convocó un Concilio para atraer a la Iglesia romana a los griegos. Les predicó y convenció a muchos del error de su cisma. Mientras, un presbítero griego alentaba a los cismáticos contra el legado y la Iglesia romana. Cuando fueron muchos, se fueron adonde el concilio a matarle, pero el santo, poniéndose frente a los que aceptaban su mensaje, se dispuso a ser el primero en ser martirizado. El rey envió tropas que redujeron a los rebeldes, pudiendo seguir el concilio en paz. Por último, redujo al principal obispo de los chipriotas, trayéndole a la obediencia del papa. Tomó luego de esto el santo posesión de su sede de Coron, donde reformó la Iglesia, revitalizó la vid piadosa, el culto y la caridad. Pero poco tiempo estuvo allí, pues hubo de volver a Chipre a asuntos de su legacía. Allí le sorprendió la peste, ante la cual organizó ayunos, penitencias y varios ejercicios piadosos. Encabezó descalzo una procesión en Nicosia para pedir misericordia, haciendo todos los habitantes de la isla numerosas penitencias para ello. Y la plaga cesó, con casi ningún muerto, sanando los enfermos.

En 1362 murió el papa Inocencio VI y fue elegido el Beato Urbano V (19 de diciembre). Nuestro Pedro fue a Avignon a rendirle obediencia y ponerse a su disposición. El Viernes Santo de 1363 este papa proclamó la Cruzada, comisionando a los reyes de Francia y Chipre para ella, y nombrando Supremo Legado del papa a nuestro santo carmelita. Su primer trabajo fue hacer la paz entre los príncipes cristianos e italianos para así, fuertes, poder acometer al turco. Esto le trajo incomprensiones y algún peligro por parte de cristianos, pero no se arrendró. La Cruzada habría seguido adelante, pero los genoveses no querían turbar su paz con los moros, y se hacía difícil sin ellos, y por otro lado, atacaron Chipre, teniendo el santo que imponer la paz, siendo agredido por ello a pedradas, cosa que soportó pacientemente. En 1364 murió Guillermo, Patriarca de Constantinopla, que permanecía unido a Roma, y el papa nombró a Pedro Tomás como Patriarca para tan importante sede, manteniéndole como Legado. 

Al fin partió la Armada hacia la Santa Cruzada. El 3 de octubre de 1365 llegaron los cristianos a Alejandría, por donde querían comenzar la reconquista. El santo tomó un crucifijo y desde la proa de su barca alentó a los soldados cristianos. Allí le alcanzó una saeta, pero aún herido continuó animando a las tropas. Los moros resistieron todo lo que pudieron, pero finalmente huyeron a El Cairo, pudiendo entrar los cristianos a la ciudad. Pero no se comportaron como debían, pues desunidos entre ellos, se pelearon por robar y saquear, huyendo muchos a sus barcos después, dejando la ciudad desierta y desprotegida, además de arruinada. El santo, dolorido por ello, escribió al papa contándole lo ocurrido, lanzó excomuniones contra todos aquellos que habían renegado de la causa en aras de la rapiña y tristemente regresó a Chipre. No cejó por ello, sino que se dispuso a viajar a Avignon a continuar su causa ante el papa y otros príncipes para reconquistar la Ciudad Santa.

La gloria de San Pedro Tomás.
Pero otra cosa quería Dios: Estando en el convento carmelita de Famagusta, rezando el el coro luego de celebrar la Vigilia de Navidad de 1365, Dios le reveló que su fin estaba cerca. El día 27 se le vio desfallecer, pero aún así celebró la misa de pontifical en un santuario mariano, al que se dirigió en procesión y descalzo, aunque los religiosos le previnieron de lo arduo del camino. Vuelto al convento guardó cama, aunque pidió le pusieran en la tierra desnuda y con una soga al cuello, para hacer penitencia hasta en sus últimos momentos. Así hizo una confesión general y recibió la santa comunión y fue vuelto a la cama. Los diablos le tentaban, pero su gran valedora, la Virgen del Carmen los alejó con su intercesión, que clamaba el santo continuamente. La víspera de la Epifanía de 1366 volvió a confesarse y recibió la extremaunción vestido de áspero sayal, repartió entre los pobres mil florines que tenía de su sueldo como Legado y que jamás tocaba, y pidió le leyeran de la Pasión del Señor. Llegado el día de la Epifanía, entró en éxtasis, luego arregló unos asuntos de su legacía y quedó en paz. Hacia mediodía clamó "bien, bien", y murió.

Esa noche mientras velaban el cuerpo unas religiosas, vieron como una luz celestial iluminaba el santo cuerpo, que de pronto apareció bellísimo, sin marcas de edad, trabajos, enfermedades ni penitencias. Además, emanaban las manos un aceite suavísimo de delicado olor, que por más paños que pusieron, no cesaba. Con estos paños luego se obraron grandes milagros. Y por último, el cuerpo aparecía flexible, como si el santo durmiera. Fue sepultado, luego de sentidos funerales, el 14 del mismo mes.

En 1375 la orden pidió al papa Gregorio XI su canonización, junto con la de San Alberto de Sicilia (7 de agosto). Su fiesta aparece fijada en un misal de 1505 a 9 de enero, luego se movió al 14 y finalmente al 8 del mismo mes. Una crónica no datada cuenta que se hizo una traslación de las reliquias, en la que pudo comprobarse la incorrupción, especialmente del corazón, que permanecía fresco y húmedo. Tuvo que ser antes de 1424, año de la toma de Famagusta por los sarracenos, que saquearon la ciudad durante tres días e hicieron desaparecer las reliquias de nuestro santo. 


Su iconografía le pinta con una palma de tres coronas, por virgen, doctor y mártir.


Fuente:
-"Flores del Carmelo, vidas de los santos de N. S. del Carmen". FR. JOSÉ DE SANTA TERESA. Madrid, 1678. 



A 8 de enero además de celebra a 
San Alberto de Cashel, obispo.
Santa Peggy de Crowland, virgen.

martes, 8 de noviembre de 2016

Alabanza de gloria...

Santa Isabel de la Trinidad, virgen carmelita. 8 de noviembre.

Isabel Catez nació el 18 de Julio de 1880 en un campo militar de Avor, cerca de Bourges, luego de un embarazo difícil. En contra de todos los pronósticos la niña nace saludable y hermosa. El 22 de julio siguiente es bautizada con los nombres de Isabel Josefina. Desde pequeñita Isabel fue piadosa y despierta, aprendió a leer muy pronto y a los cinco años ya mostraba talento para la música. A los siete años su madre la inscribe en el Conservatorio, para que estudie piano. Y será la única escuela que conozca, pues a la familia no le gustan las escuelas, pues una vez suprimidas las escuelas religiosas, las del Estado son extremadamente laicas e "ideologizantes" (las cosas no han cambiado). Sin embargo, en su casa recibirá Isabel una sólida formación. A los 11 años recibe su primera comunión, viviéndola con un gran gozo y plenamente consciente del Dios al que recibe. Es su primera y más íntima unión con Jesús y que ella percibe como una donación mutua: ella se entrega y Él a su vez se entrega más aún. Sus experiencias místicas comienzan con la contemplación de la naturaleza: la belleza de las estrellas o las flores, todo le habla de Dios, al más puro estilo sanjuanista.

En la adolescencia y juventud participa como todas las jóvenes en las fiestas, devaneos e ilusiones juveniles, aunque en su caso, la llama y el sentimiento de su primera comunión (la entrega mutua) no desfallece, sino que aumenta y fructifica en una vocación religiosa que la llama a la oración, la humildad y la vida escondida en Cristo. Así, 2 de agosto de 1901 entra en el Carmelo de Dijon, donde halla el sitio perfecto para hallar a Cristo y solo a Cristo. El trabajo, la oración, la Regla van desfilando ante ella, se adapta, sufre, ora y persevera, y en todo halla al Señor, que la va configurando. El 8 de diciembre de 1902 toma el hábito con el nombre de Isabel "de la Trinidad", que será su sello durante su corta vida terrenal. El 11 de enero de 1903 pronuncia sus votos.

Su pasión por la lectura, que la acompañaba desde la niñez, se sacia en el Carmelo con la lectura asidua del Evangelio y de San Pablo, del que extrae abundante tema de meditación y oración. “Padre de su alma” llamará al Apóstol. Descubre al santo místico del Carmelo, Nuestro Padre San Juan de la Cruz (14 de diciembre y 24 de noviembre) y su alma se abre a la profundidad de sus escritos. Comienza a experimentar la unión esponsal de Cristo y el alma que el Santo vivió y relata en sus escritos, sobre todo en su único "Cántico Espiritual". El 21 de noviembre de 1904 Isabel pasa un especial momento de gracia ante el Santísimo Sacramento, donde Dios le penetra el alma profundamente y ella se abisma en la inmensidad del amor de Dios. Esa noche escribe su más conocida obra, todo un texto místico que quedará para los siglos: su alabanza a la Santísima Trinidad.
"Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme totalmente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y tranquilo, como si ya mi alma estuviera en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, oh mi inmutable, sino que cada minuto me sumerja más en la hondura de tu Misterio.

Pacifica mi alma, haz de ella tu cielo, tu morada de amor y el lugar de tu descanso. Que en ella nunca te deje solo, sino que esté ahí con todo mi ser, todo despierto en fe, todo adorante, totalmente entregado a tu acción creadora.

Oh mi Cristo amado, crucificado por amor, quisiera ser, en mi alma, una esposa para tu Corazón, quisiera cubrirte de gloria, quisiera amarte..., hasta morir de amor. Pero siento mi impotencia: te pido ser revestido de Ti mismo, identificar mi alma con cada movimiento de la Tuya, sumergirme en Ti, ser invadido por Ti, ser sustituido por Ti, para que mi vida no sea sino irradiación de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.

Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero volverme totalmente dócil, para aprenderlo todo de Ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas mis impotencias, quiero fijar siempre la mirada en Ti y morar en tu inmensa luz.

Oh Astro mío querido, fascíname, para que ya no pueda salir de tu esplendor.

Oh Fuego abrasador, Espíritu de amor, desciende sobre mí, para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo: que yo sea para Él como una prolongación de su Humanidad Sacratísima en la que renueve todo su Misterio.

Y Tú, oh Padre, inclínate sobre esta pobre criatura tuya, cúbrela con tu sombra, no veas en ella sino a tu Hijo Predilecto en quien tienes todas tus complacencias.

Oh mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad en que me pierdo, me entrego a Vos como una presa. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vos, hasta que vaya a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas".

Al igual que su contemporánea y coterránea Santa Teresita del Niño Jesús (1 de octubre), Isabel descubre su vocación en el amor en las Escrituras: "ser alabanza de gloria" (Ef 1,6). Alabar constantemente a la Trinidad que vive en ella. Ser la voz y el corazón de los que le alaban y suplir a aquellos que no lo hacen. Trasmitir, transfigurar a la Trinidad en su vida cotidiana mediante la caridad, la palabra y la oración. Salvar, salvar almas es su anhelo y misión.

Reliquias de la santa.
San Miguel de Dijon.
En 1906 Isabel comienza a sufrir desvanecimientos y vómitos de sangre y en marzo pasa a la enfermería. Una úlcera estomacal ha hecho presencia, y los ayunos y austeridades propias del Carmelo no ayudan en nada. El 30 de octubre ya no puede levantarse de la cama y el 1 de noviembre comulga por última vez. El 7 de noviembre pronuncia sus últimas palabras: "Voy a la Luz, al Amor, a la Vida". Pasa el día 8 en silencio, como en éxtasis. El día 9, recién sale el sol, Isabel de la Trinidad vuela allá mismo: a la Trinidad. El día 12 de noviembre fue enterrada en el cementerio municipal, como mandaban las leyes, que impedían las sepulturas en los recintos monásticos, y el 10 de octubre de 1930, al abrirse el proceso de canonización, se exhumaron sus restos. El 23 de marzo de 1931 se incoó la causa y los interrogatorios duraron hasta 1941. En 1944 la Sagrada Congregación de Ritos declara que en los escritos de Sor Isabel de la Trinidad no hay nada contra la fe y la moral. Fue beatificada por el papa Juan Pablo II el 25 de noviembre de 1984 y canonizada por el papa Francisco el 16 de octubre de 2016.

Algunas frases suyas:
"La Trinidad: aquí está nuestra morada, nuestro hogar, la casa paterna de la que jamás debemos salir... Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día que comprendí eso todo se iluminó para mí."

"Creer que un ser que se llama El Amor habita en nosotros en todo instante del día y de la noche y que nos pide que vivamos en sociedad con El, he aquí, os lo confío, lo que ha hecho de mi vida un cielo anticipado."

"Mi Esposo quiere que yo sea para Él una humanidad suplementaria, en la cual Él pueda seguir sufriendo para gloria del Padre y para ayudar a la Iglesia."


Fuentes:
-"Sor Isabel de la Trinidad. Obras Completas". Manuel Ordoñez Villarroel (Traductor)
-"Sor Isabel de la Trinidad: Experiencia de Dios en su vida y escritos". Ciro García Fernández
-http://carmelnet.org/chas/santos/isabel.htm


A 8 de noviembre además se celebra a  
Los Cinco Santos Escultores, mártires.
San Willehad de Bremen, obispo.

Santa Almedha, virgen y mártir.

Santa Almedha, virgen y mártir. 1 de agosto.   Fue esta una de las legendarias hijas del rey de Britania, San  Brychan  ( 6 de abril ). Hast...