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domingo, 8 de enero de 2017

San Pedro Tomás, virgen, doctor y mártir.

San Pedro Tomás, obispo carmelita. 8 de enero.

Nació en Francia, en Salines, en el año 1308, de padres pobres, pero buenos cristianos. A base de limosnas y trabajo, sus padres pudieron enviarle a Montpellier, donde trabajó y padeció para poder estudiar. Con buenas recomendaciones pasó a Agen donde estudió Retórica y Filosofía, y con tan admirables resultados que a los 17 años, apenas graduarse, ya fue tutor de algunos niños. En esta ciudad frecuentaba el convento del Carmen, fundado hacía poco, y con cuyos religiosos trabó una sólida amistad. Como era piadoso, inteligente y de buen corazón, el prior le solicitó fuera maestro de los religiosos jóvenes necesitados de Gramática y Retórica. Así, conviviendo con los religiosos, le llamó Dios a la Orden de la Virgen, de la que Pedro había sido gran devoto desde siempre. Un año pasó en aquella casa como profesor, y luego se fue al convento de Condomio, cuando con 19 años tomó el hábito. Fue un excelente novicio, siendo cumplidor de la Regla y las costumbres, calló sus dotes para las letras y enseñanza, para no sobresalir entre los demás. Era caritativo con los religiosos mayores, dado a la oración y la devoción mariana, tan importante para el Carmelo. En 1328 profesó y le encomendaron la enseñanza de Gramática a los demás religiosos. A los dos años le trasladaron al convento de Agen donde volvió a formar a los frailes en Lógica y Filosofía, esta vez ya como uno de ellos.

A los 25 años, en 1333 le ordenaron sacerdote, con gran regocijo y humildad de su parte. Fue maestro de Filosofía en Agen, Burdeos y Alvia durante tres años. En 1336 pasó a París, a estudiar la Teología. Como era pobre, no tenía amigos o familiares ricos que le sustentaran de lo necesario, como libros, lámpara o pluma para escribir. En la soledad de su celda, de la que salía poquísimo, solo para ir a clases o el coro, sufría su pobreza sin jamás pedir nada. Una noche se le apareció la Santísima Virgen que, asiéndole de la capa, le dijo: "Hijo mío, no te desanime tu pobreza, que no te desampararé. Prosigue en tus estudios y mi devoción, que yo cuidaré que nunca te falte lo necesario". Y lo cumplió la Señora, pues al día siguiente, confesó Pedro a un soldado que le entregó 15 escudos de oro y que luego le socorrió oportunamente sin el santo pedirle nada.

En 1339 le enviaron a Caturn a impartir Teología y como predicador del convento carmelita. Aquí destacó en el ministerio de la predicación. También logró que lloviese luego de una larga sequía, al predicar al pueblo la penitencia y la conversión, y orar profundamente. Este portento, se dice, llegó a oídos del General de la Orden, el Beato Pedro de Cesis (3 de agosto). En 1342 volvió a París, donde fue profesor al mismo tiempo que terminaba la Teología. En 1345 le enviaron al Capítulo General de Milán, donde le nombraron Procurador de la Orden ante la corte pontificia, a la sazón en Avignon, Francia. Allí el General de la Orden, Pedro Raymundo, le vio tan pequeño de estatura (porque lo era), pobre y humilde, callado y reservado, que consideró un error su nombramiento, y no lo presentó a los cardenales y dignatarios pontificios. Pero resultó que el cardenal Taleirand, que le conocía, le invitó a una cena con otros cardenales, y al cabo de esta, se movieron algunos asuntos de letras, teología y otras cuestiones en las que todos daban su parecer. Pedro callaba hasta que le pidieron su opinión, y entonces, encomendándose a la Santísima Virgen, dio su explicación y todos los presentes quedaron admirados de su elocuencia y juicio. El cardenal le eligió entonces como predicador pontificio, cosa que Pedro Tomás intentó rehusar, pero no hubo remedio. El General de la Orden mudó su parecer con respecto a él, por supuesto. En Avignon conoció al insigne carmelita San Andrés Corsini (9 de enero, 4 de febrero, traslación de las reliquias, y segundo domingo de junio, en Florencia), que le sustituyó como Procurador General en 1346, cuando Pedro fue enviado de nuevo a París a clases de Sagrada Escritura, doctorándose en ella en 1349. Volvió entonces a Avignon, con regocijo de los cardenales y del papa Clemente VI, el cual acudía siempre que podía a sus misas y prédicas. También los nobles y el pueblo llano se sirvió de su sabiduría y elocuencia en el púlpito y en el confesionario, cambiando de costumbres y llenando las iglesias para los ejercicios de devoción.

La promesa de la Santísima Virgen.
En 1351 ocurrió un hecho que ha configurado la iconografía de San Pedro Tomás: asolaba la peste a Avignon y a media Europa, los conventos carmelitas quedaron semivacíos a causa de las muertes o los religiosos que huían. Los que quedaban abandonaban la observancia para salir, comer lo que fuera, tener visitas, etc. Lloraba Pedro Tomás el estado de la Orden, cuando la Santísima Virgen se le apareció y le reveló que la Orden del Carmen duraría hasta el fin del mundo. Que así se lo había pedido San Elías a Cristo en el momento de la Transfiguración y este se lo había concedido. En 1352 murió el papa y Pedro Tomás fue el predicador de los funerales. Tanto duraron, que el santo perdió la voz, siendo que el último día estaba lo más concurrido del clero y nobleza. Dudaba el santo si subir a predicar sin voz, cuando pidió a la Virgen que le supliera, subió al púlpito y entonó el sermón con la voz más clara que nunca. 

El nuevo papa, Inocencio VI tomó más afecto aún a Pedro, y le nombró legado apostólico en el conflicto entre Génova y Venecia. Luego le envió igualmente como legado al rey Luis de Nápoles para que hiciera la paz con los reinos vecinos. Y una tercera vez le envió como legado a las iglesias y reinos búlgaros a reconciliarse con la Iglesia. Al mismo tiempo que le nombraba obispo de Liparia. Tomó posesión el santo de su sede y siguió su camino, no sin peligro, pues en las costas de Albania toparon con una embestida de los moros. Se puso en oración el santo y una nube de aire y polvo cegó a los moros, pudiendo huir los cristianos. Otra vez calmó una tempestad y una tercera logró que el barco hallara en medio de la noche un puerto seguro donde repararse y continuar camino. La legacía no resultó tal como se esperaba, pues Pedro pronto comprendió que la pretendida sujeción de los búlgaros a la Iglesia romana solo era un ardid político del rey para lograr el apoyo de Occidente contra los turcos que le asolaban. Las relaciones se enturbiaron cuando Pedro le desenmascaró, haciéndole ver que aún se mantenía en el cisma oriental. Entonces le prohibió el rey celebrar en rito romano y predicar sobre la unidad con Roma, aunque a eso había ido Pedro y no a otra cosa. Tuvo que irse Fray Pedro con el dolor de no haber conseguido la unidad. Tampoco pudo hacer la paz entre Venecia y Nápoles, profetizando ante los gobernantes de ambas regiones que un mal peor vendría. Y así fue, siendo asolados ambos por los húngaros al año siguiente.

En 1357 volvió el santo a Avignon, el papa le encomendó la difícil tarea de lograr la unidad con la Iglesia de Constantinopla. Partió a la embajada en espíritu de oración y fuertes penitencias para lograr algo y no fracasar. Predicó ante el emperador Juan el Paleólogo, exhortándole a la unidad y a la vuelta al redil de Cristo. Además, logró que este monarca abjurase de los errores y reconociera a la Iglesia romana como la Iglesia de Cristo. Alentado con esta "victoria", Pedro quiso visitar Tierra Santa y el santo Monte Carmelo. Pasó por Chipre, donde vivió con los carmelitas y siguió luego camino. En Jerusalén fue feliz visitando los Santos Lugares, predicando a los fieles y viviendo con la gente. Los musulmanes le tomaron rabia, porque no callaba sus errores, así que de determinaron eliminarlo. Los fieles le avisaron para que se fuese y no provocara más tensiones. Antes de irse, predicó en la iglesia de los franciscanos, sobre la dicha del martirio y la importancia de la confesión de la fe. Llegaron los moros a matarle y el santo bajó del púlpito, les enfrentó serenamente y pasó en medio de ellos, quedando los musulmanes estupefactos de su valor.

Volvió a Chipre, retirándose un tiempo en el convento de Famagusta, dedicado solamente a la oración y la penitencia. Durante los ratos de oración, un resplandor inmenso se veía salir de su celda, iluminando la ciudad. En 1359 el papa le nombró obispo de Coron, perteneciente a Venecia, y le envió de nuevo a Constantinopla. Entró a tierras turcas ese mismo año, al frente de un ejército de caballeros de San Juan, que lograron doblegar a los moros. Igualmente en Creta, Rodas, Esmirna, logró echar a los musulmanes, trayendo el consuelo a los cristianos. Recompuso las iglesias, restauró el culto cristiano y levantó los monasterios. En Creta redujo, además, a unos herejes, privándoles de sus iglesias arrebatadas a los católicos y eliminando su engaño. En Rodas cayó enfermo, temiéndose por su vida, pero la Santísima Virgen y San Gregorio Magno (12 de marzo y 3 de septiembre, elección papal), de quien era muy devoto, le sanaron milagrosamente, para asistir a la coronación de Pedro de Chipre, que llevó a cabo en la catedral de Famagusta, a nombre del papa. Luego convocó un Concilio para atraer a la Iglesia romana a los griegos. Les predicó y convenció a muchos del error de su cisma. Mientras, un presbítero griego alentaba a los cismáticos contra el legado y la Iglesia romana. Cuando fueron muchos, se fueron adonde el concilio a matarle, pero el santo, poniéndose frente a los que aceptaban su mensaje, se dispuso a ser el primero en ser martirizado. El rey envió tropas que redujeron a los rebeldes, pudiendo seguir el concilio en paz. Por último, redujo al principal obispo de los chipriotas, trayéndole a la obediencia del papa. Tomó luego de esto el santo posesión de su sede de Coron, donde reformó la Iglesia, revitalizó la vid piadosa, el culto y la caridad. Pero poco tiempo estuvo allí, pues hubo de volver a Chipre a asuntos de su legacía. Allí le sorprendió la peste, ante la cual organizó ayunos, penitencias y varios ejercicios piadosos. Encabezó descalzo una procesión en Nicosia para pedir misericordia, haciendo todos los habitantes de la isla numerosas penitencias para ello. Y la plaga cesó, con casi ningún muerto, sanando los enfermos.

En 1362 murió el papa Inocencio VI y fue elegido el Beato Urbano V (19 de diciembre). Nuestro Pedro fue a Avignon a rendirle obediencia y ponerse a su disposición. El Viernes Santo de 1363 este papa proclamó la Cruzada, comisionando a los reyes de Francia y Chipre para ella, y nombrando Supremo Legado del papa a nuestro santo carmelita. Su primer trabajo fue hacer la paz entre los príncipes cristianos e italianos para así, fuertes, poder acometer al turco. Esto le trajo incomprensiones y algún peligro por parte de cristianos, pero no se arrendró. La Cruzada habría seguido adelante, pero los genoveses no querían turbar su paz con los moros, y se hacía difícil sin ellos, y por otro lado, atacaron Chipre, teniendo el santo que imponer la paz, siendo agredido por ello a pedradas, cosa que soportó pacientemente. En 1364 murió Guillermo, Patriarca de Constantinopla, que permanecía unido a Roma, y el papa nombró a Pedro Tomás como Patriarca para tan importante sede, manteniéndole como Legado. 

Al fin partió la Armada hacia la Santa Cruzada. El 3 de octubre de 1365 llegaron los cristianos a Alejandría, por donde querían comenzar la reconquista. El santo tomó un crucifijo y desde la proa de su barca alentó a los soldados cristianos. Allí le alcanzó una saeta, pero aún herido continuó animando a las tropas. Los moros resistieron todo lo que pudieron, pero finalmente huyeron a El Cairo, pudiendo entrar los cristianos a la ciudad. Pero no se comportaron como debían, pues desunidos entre ellos, se pelearon por robar y saquear, huyendo muchos a sus barcos después, dejando la ciudad desierta y desprotegida, además de arruinada. El santo, dolorido por ello, escribió al papa contándole lo ocurrido, lanzó excomuniones contra todos aquellos que habían renegado de la causa en aras de la rapiña y tristemente regresó a Chipre. No cejó por ello, sino que se dispuso a viajar a Avignon a continuar su causa ante el papa y otros príncipes para reconquistar la Ciudad Santa.

La gloria de San Pedro Tomás.
Pero otra cosa quería Dios: Estando en el convento carmelita de Famagusta, rezando el el coro luego de celebrar la Vigilia de Navidad de 1365, Dios le reveló que su fin estaba cerca. El día 27 se le vio desfallecer, pero aún así celebró la misa de pontifical en un santuario mariano, al que se dirigió en procesión y descalzo, aunque los religiosos le previnieron de lo arduo del camino. Vuelto al convento guardó cama, aunque pidió le pusieran en la tierra desnuda y con una soga al cuello, para hacer penitencia hasta en sus últimos momentos. Así hizo una confesión general y recibió la santa comunión y fue vuelto a la cama. Los diablos le tentaban, pero su gran valedora, la Virgen del Carmen los alejó con su intercesión, que clamaba el santo continuamente. La víspera de la Epifanía de 1366 volvió a confesarse y recibió la extremaunción vestido de áspero sayal, repartió entre los pobres mil florines que tenía de su sueldo como Legado y que jamás tocaba, y pidió le leyeran de la Pasión del Señor. Llegado el día de la Epifanía, entró en éxtasis, luego arregló unos asuntos de su legacía y quedó en paz. Hacia mediodía clamó "bien, bien", y murió.

Esa noche mientras velaban el cuerpo unas religiosas, vieron como una luz celestial iluminaba el santo cuerpo, que de pronto apareció bellísimo, sin marcas de edad, trabajos, enfermedades ni penitencias. Además, emanaban las manos un aceite suavísimo de delicado olor, que por más paños que pusieron, no cesaba. Con estos paños luego se obraron grandes milagros. Y por último, el cuerpo aparecía flexible, como si el santo durmiera. Fue sepultado, luego de sentidos funerales, el 14 del mismo mes.

En 1375 la orden pidió al papa Gregorio XI su canonización, junto con la de San Alberto de Sicilia (7 de agosto). Su fiesta aparece fijada en un misal de 1505 a 9 de enero, luego se movió al 14 y finalmente al 8 del mismo mes. Una crónica no datada cuenta que se hizo una traslación de las reliquias, en la que pudo comprobarse la incorrupción, especialmente del corazón, que permanecía fresco y húmedo. Tuvo que ser antes de 1424, año de la toma de Famagusta por los sarracenos, que saquearon la ciudad durante tres días e hicieron desaparecer las reliquias de nuestro santo. 


Su iconografía le pinta con una palma de tres coronas, por virgen, doctor y mártir.


Fuente:
-"Flores del Carmelo, vidas de los santos de N. S. del Carmen". FR. JOSÉ DE SANTA TERESA. Madrid, 1678. 



A 8 de enero además de celebra a San Alberto de Cashel, obispo.

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