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sábado, 14 de diciembre de 2019

Del más grande predicador alemán.

Beato Berthold de Regensburg, franciscano. 14 de diciembre.

Nació en Regensburg, alrededor de 1210. A los 11 años entró al convento franciscano de Augsburg para estudiar y allí mismo tomaría el hábito. Sobre 1235 fue ordenado presbítero y al año siguiente fue nombrado profesor de Teología del convento de Magdeburg. Es curioso que siendo uno de los más grandes predicadores alemanes de todos los tiempos, solo estos pocos datos imprecisos se tengan de su persona.

En 1240 comenzó una ardiente labor misionera que le llevó por media Alemania, Suiza, Bohemia, Austria y otros reinos, como Francia, donde trató a San Luis IX (25 de agosto). En sus sermones públicos, ardientes pero sencillos, se dice llegó a haber hasta 200.000 personas. Se hacía construir tarimas enormes o subía a los tejados o a los árboles. Organizaba los sermones comprobando la dirección del viento y según este, mandaba situarse a la gente, aunque muchos le oían desde otros tejados o árboles. En 1260 fue nombrado predicador oficial del reino de Hungría, desde cuyo puesto dirigió una crucial defensa de los flagelantes y los judíos perseguidos sin causa.

Fue amigo personal del también franciscano Beato David de Augsburg (19 de noviembre) e íntimo de San Alberto Magno (15 de noviembre). En 1270 Berthold se retiró al convento de Regensburg, un convento sencillo, pobre y muy austero, donde olvidó sus viejas glorias y vivió como un simple religioso, dícese que sin volver a hablar jamás, de tanto que había hablado antes.

Berthold murió en 1272 y fue sepultado en la iglesia conventual, donde su tumba fue objeto de pronta veneración. En 1626 el obispo Albert deTörring elevó sus reliquias a un altar dedicado a su memoria, beatificándole.


A 14 de diciembre además se celebra a:


San Juan de la Cruz,
presbítero carmelita.
San Espiridión,
obispo carmelita
.






lunes, 21 de octubre de 2019

Madre de los indígenas.

"Celebramos el centenario de la madre Laura Montoya y celebramos que está en marcha su proceso de canonización. Puede que para esto último pasen algunos años, puede que pasen muchos! Grande dicha seria para vosotros todos que un día pudierais estar en la basílica de San Pedro, el primer templo de la cristiandad, presenciando la ceremonia. Estaríais con miles de peregrinos de todo el mundo pero especialmente colombianos. Tensa vuestra emoción, a punto de explotar vuestra dicha, un ilustre sacerdote, el padre postulador, lee un balance de la vida de Laura Montoya, mejor de la madre Laura. Habla de sus virtudes, de su obra misional, de sus escritos, de sus prodigios, de la extensión de su comunidad y pide al Papa que en vista de que no se encuentra nada que la empañe declare que es digna de llegar a los altares. El Papa pronuncia una alocución, acepta el concepto del postulador y declara solemnemente lo que se le pide, se descorre en este mismo momento un velo en el altar de la gloria y aparece el cuadro de la nueva santa! Estalla el órgano en un himno jubiloso, los aplausos y los vítores ensordecen el amplio recinto, resuenan las campanas en el aire de Roma y por vuestras mejillas corren lágrimas de alegría; es que en el firmamento de los santos ha nacido una estrella, y esa estrella es nuestra!"

De esta manera el escritor, periodista y político colombiano Fernando Gómez Martínez vaticinaba en sus escritos, publicados luego de su muerte con el titulo de "Vigencia de un pensamiento", la gloria futura que traería para la iglesia colombiana la glorificación de una de sus más ilustres y admirables hijas: la madre Laura de Santa Catalina de Siena. Su presagio nacía de la pura admiración y devoción, pero solo los designios divinos llevarían a cabo semejante obra, cuando en 2013 esta insigne religiosa fuera elevada a los altares, convirtiéndose así en la primera persona de nacionalidad colombiana en ser declarada santa:

Santa María Laura de Jesús Montoya y Upegui, virgen fundadora. 21 de octubre.

Primera Infancia.
María Laura de Jesús Montoya y Upegui, o mejor conocida como la Madre Laura, nació el 26 de mayo de 1874 en Jericó, Antioquia (Colombia) en el hogar de Juan de la Cruz Montoya y Dolores Upegui. La mayor de tres hijos, es bautizada apenas unas horas después de su nacimiento por petición de su madre, que al ser una mujer de profunda convicción religiosa se negaba a darle pecho a la recién nacida hasta que no recibiera las aguas santas del bautismo y entrara a ser parte de la familia de Dios. Años más tarde, cuando Laura, de 35 años, regresó por primera vez a su pueblo natal buscaría con desespero la pila bautismal en la catedral y se arrodillaría envuelta en lagrimas ante esta, profundamente agradecida por el don de haber nacido a la gracia de Cristo en aquel lugar.

Cuando la niña tenía apenas dos años de edad, su padre, Don Juan de la Cruz es asesinado en medio de una riña por motivos religiosos y políticos de la época. Aunque a su padre ya se le tiene como un mártir de su causa, la familia queda completamente desprotegida y la viuda, Doña Dolores Upegui, sin un solo centavo y preocupada por el futuro de sus hijos: Laura, Carmelita y Juan de la cruz, se ve obligada a salir de Jericó y dirigirse a la hacienda de su padre, Lucio Upegui, en el municipio de Amalfi.

Dolores aprovecha este tiempo para educar a sus hijos en el don de la piedad y la misericordia. Cada noche sin falta la familia se reúne para orar juntos el rosario, Laura se ve intrigada al escuchar cada día el nombre de un hombre desconocido por el cual se oraba con intenso fervor; cuando la niña pregunta a su madre si ese hombre por el que rezan pertenece a la familia su madre le responde: "Ese hombre es el asesino de tu padre, debemos orar por nuestros enemigos porque ellos nos acercan a Dios". Sin embargo, su estadía en aquella casa no duraría mucho. Incapaz de pedirle demasiado al abuelo Lucio, deja al cuidado de sus padres a Laura y Carmelita mientras que ella se lleva consigo al pequeño Juan de la Cruz.

Al referirse a sus recuerdos de infancia Laura siempre los pondrá como el periodo más difícil y triste de su vida. Huérfana de padre, se vio separada de su madre por la imposibilidad de ella de velar por su hija, además, su madre nunca fue una mujer muy cariñosa o cercana. Laura confesaría años más tarde al escribir sus memorias que su madre tenía su manera muy propia de expresarle cariño pero que no recordaba la hubiera abrazado alguna vez en toda su vida. Por el otro lado, su abuelo materno siempre demostró gran molestia ante su presencia por verla "morena y poco agraciada" mientras que su hermana, al ser mas pálida, de cabellos rubios y rasgos finos se llevaba todas las demostraciones de afecto. Laura terminaría sintiéndose una extraña indeseable y fea en el hogar que le tocó en sus primeros años. Su carácter, dulce y amistoso del principio cambio por uno más serio y retraído, cosa que ella luego agradecería ante Dios por sentir que de esta manera su apego hacia las criaturas no tuvo oportunidad de crecer.

En su niñez no se sintió en lo absoluto atraída hacia Dios o la religiosidad de su familia. Cumplía con los preceptos devocionales a los que era obligada a asistir y hasta se preparó para la primera comunión, pero para ella esos ritos no significaban casi nada. Su concepto de Dios era de algo lejano. El rechazo familiar la hizo una niña arisca y rebelde, a la que fue muy difícil llevar a la escuela y hacerla convivir con otros niños de su edad. Pero en la soledad de las montañas y los campos era otra, cuando jugaba en la soledad de los montes no se sentía sola ni atacada, era como su santuario y allí fue donde Dios le salió por primera vez al encuentro.

La Madre Laura en su juventud.
La Gracia "de las homigas".
Cuando tenía algo más de 8 años, mientras jugaba a las afueras de su casa como de costumbre, se fijó en un hormiguero y veía como las hormigas salían y entraban de aquel agujero. Ella se propuso en ayudarlas a llevar su carga de hojas hasta la entrada del hormiguero y mientras estaba en esto sintió como un rayo la atravesaba, haciéndola estremecer por completo hasta el punto de sentir que perdía la razón. Se levantó, miró el cielo y lo vio limpio y despejado con un sol brillante y ni una sola nube a la vista. Dice ella que fue en este preciso instante que reconoció a Dios como su verdadero y único padre. Empezó a gritar fuertemente llamando a Dios con alaridos y gemidos envueltos en lágrimas de alegría y de dolor por sentirlo tan cerca pero no poseerlo por completo. Fue la primera de varias experiencias místicas que la santa viviría. Después de ello su vivencia espiritual se vería del todo transformada. El solo deseo de la presencia de Dios la movía de forma sobrenatural en su interior, la quemaba por hacerlo conocer y amar, tanto que la empujaba a salir muy de madrugada, cuando aun nadie se había levantado, a lomo de mula hasta el pueblo más cercano y allí participar y comulgar en la primera misa del día.

Más tarde, cuando tendría unos 12 años de edad, mientras tendía la ropa en el tendedero de su casa sintió de nuevo que un rayo la atravesaba y la dejaba con un deseo inmenso de recibir a Cristo en el Santísimo Sacramento, un sentimiento tan grande que la dejo como electrizada y envuelta en lagrimas, revelándole así la grandeza de la presencia eucarística y postrándola como derrotada por el amor sobre un banco cercano. A estos fenómenos la santa llama "el golpe del hormiguero" y el "golpe del banco" respectivamente. De inmediato empieza a querer verse rodeada de confesores y directores espirituales para buscar en humildad el camino que Dios tenia trazado para ella.

Solo viviría unos cuantos años en la casa del abuelo Lucio, puesto que cuando su madre estuvo lo suficientemente estable regresó a por sus dos hijas mayores y se las llevó consigo. La Sra. Dolores las preparaba poco a poco enseñándolas a leer y escribir, más algunos otros conocimientos básicos hasta que tuvieron edad para ir a la escuela, cuando Laura tenía 11 años aproximadamente. La convivencia con su madre no duraría mucho. Afanada por las necesidades económicas, Dolores regresaría a trabajar en la finca de su padre y dejaría a Laura como interna en el colegio del Espíritu Santo en Medellín.

A pesar de su carencia de medios económicos, de aptitudes sociales y de ser despreciada por las niñas pudientes que compartían con ella las aulas de clase, Laura muestra aptitudes para el estudio y la directora del colegio, la Sra. Rosalía Restrepo, junto a otros amigos cercanos ven en ella un muy buen prospecto de maestra. Laura ve todo aquello con buenos ojos pues solo piensa en poder colaborarle a su madre con los gastos y deudas, aunque su corazón ya se ha visto atraído por la idea de entrar al Carmelo, después de saber la noticia de la muerte de una de las religiosas del convento carmelita en Medellín.

Juventud.
A los 16 años termina sus estudios básicos y se propone a convertirse en una maestra de escuela para ayudar a su familia. Durante aquel tiempo tiene que también esquivar continuamente a varios pretendientes que se ven atraídos por sus bellas facciones y ojos encendidos. Ella ya hace tiempo ha escogido a Cristo como Esposo para toda la vida y por consejo de su confesor empieza a usar gafas oscuras para esconder sus atributos de los hombres, cosa que solo causa el rechazo de las otras señoritas de la ciudad que la piensan en extremo presumida como para esconder sus ojos de los demás.

Después de una corta estadía con su madre se traslada de nuevo a Medellín para estudiar en la Normal de Institutoras y convertirse así en maestra. Pasa a vivir con su tía, la hoy Sierva de Dios, María de Jesús Upegui, mujer muy estricta y de profunda piedad que era responsable de un asilo para enfermos mentales en el que vivía y en donde Laura se vería obligada a trabajar para ayudar con su mantenimiento. Años más tarde la tía María de Jesús fundaría también una congregación religiosa: Las Siervas del Santísimo y de la Caridad, hoy presentes en nueve países. Laura tendría entonces que trabajar en el manicomio, atendiendo a cada uno de los enfermos junto a los demás trabajadores cuando su tía se ausentaba y además encontrar tiempo para cumplir con sus deberes académicos, esto hasta que tuvo la oportunidad de mudarse a la Normal y terminar allí sus estudios.

Laura como maestra.
Después de tres años (1891-1893) Laura consigue su título de maestra y es designada para enseñar en el pueblo cerca a la finca de su abuelo, Amalfi. De inmediato brilla por sus aptitudes para la enseñanza y para infundir el deseo de una vida más piadosa en las personas. Tanto, que hizo que nacieran envidias contra ella y se levantaran calumnias en su contra que terminaron sacándola de allí, eso sí, no sin dejar una estela de almas convertidas y mas temerosas de Dios. Luego, desde 1895 a 1907 fue enviada a otros institutos en Fredonia, Santo Domingo, La Ceja, Marinilla y de regreso a Medellín.

En esta última ciudad su prima, Leonor Echevarría funda el Colegio de la Inmaculada y la invita a ella para que la ayude a dirigir el instituto. Juntas logran hacer de aquel establecimiento uno de los mas respetados en toda la ciudad por el espíritu de piedad y moralidad que allí se respira. Las familias más importantes envían a todas sus hijas e estudiar allí y el colegio no para de crecer mientras era recomendado por las autoridades eclesiásticas de Medellín. Con todo y el éxito que juntas tenían, Laura, que ya había profesado votos de pobreza, castidad y obediencia ante su confesor, no se siente satisfecha pues continuamente piensa en el claustro carmelitano. Pero Mons. Joaquín Pardo, arzobispo de Medellín y amigo de la obra de la santa la compele a abandonar los deseos de la clausura, cosa que ella obedece exteriormente. Durante esta misma época llega las manos de Laura la biografía de un nuevo santo, San Benito José Labre (16 de abril). Este santo mendigo francés la deja profundamente enfervorecida y conmovida, hasta el punto de, si lo del claustro carmelitano no se daba, desear abrazar ella misma la vida de mendiga por amor a Cristo.

El colegio parecía prosperar cada vez más, aun después del fallecimiento de su prima Leonor, quien le había entregado el colegio por completo antes de morir, pero la desconfianza de Laura por las glorias del mundo, que le eran tan efímeras, no la dejan bajar la guardia. Un día el demonio mismo se presenta ante ella en forma de un perro negro gigante, con ojos de fuego y cuernos largos advirtiéndole que la va a destruir a ella y al colegio pues se siente ofendido por la cantidad de almas que Laura ha logrado arrebatarle en todo aquel tiempo. La santa lejos de tener miedo le reprende y lo golpea hasta someterlo en el suelo, pero las amenazas se cumplen y poco tiempo después el colegio, y de manera especial la persona de Laura Montoya, se ven fulminados con un sin fin de acusaciones y calumnias que terminan por lograr el cierre del colegio y que Laura salga en medio de burlas, insultos y humillaciones de la ciudad.

Algún tiempo después y con la ayuda de amigos de gran influencia en la alta sociedad, Laura lograría defenderse de las calumnias y limpiar su buen nombre en aquella ciudad mediante una carta abierta dirigida a toda la ciudad, pero ya no volvería abrir el colegio y se propondría a huir con esmero del reconocimiento de los del mundo, eso sí, perdonando cualquier ofensa que recibiera en el pasado. Es durante esta misma época que también atraviesa un periodo de profunda sequedad espiritual. Ya ni las fuertes penitencias con que antes se castigaba le emocionan o atraen hacia la piedad, se siente más como una mundana que camina en un mundo al que no pertenece y al que ha dicho adiós para siempre.




Vocación Misionera.
En 1907 Laura recibe las primeras noticias de comunidades indígenas que moraban a los alrededores del rio Norosi, tributario del Magdalena, y cuando aún era rectora de la Inmaculada en Medellín, hace su primera excursión a la selva, acompañada de varios hombres y algunas mujeres jóvenes. Allí se da su primer encuentro con los indios y en su interior un fuego nuevo se enciende. Su corazón se dividiría en dos, entre el claustro y la selva y aun después de los trágicos sucesos del colegio y de su humillación pública, no logra desterrar de su corazón ninguno de esos dos proyectos hasta que después de conocer nuevas noticias sobre la lamentable situación en que se encontraban muchas de estas comunidades se da cuenta que aunque del Carmelo desea una celda para consumirse toda en el amor de Dios, nunca podría ser feliz allí sabiendo de sus "hijos" que sin Dios, morían solos e ignorados en las selvas. Y lo pone en estas palabras a su confesor: "Mi llaga son los indios americanos. Me siento madre de todos ellos. Me duelen por olvidados, por su indigencia de todo, por su recelosa hurañía, porque en sus cuevas y guaridas vegetan y mueren lejos de Dios, teniéndolo tan cerca."

Su director espiritual sin embargo no lo ve con buenos ojos, le dice que ese trabajo es de hombres y le plantea más bien ayudarle a que se construya en su casa una ermita para vivir a imitación de Santa Rosa de Lima (23 y 30 de agosto). Pero ella nunca llega a convencerse de aquella vía de perfección que le proponía su director espiritual. Laura entonces empieza a reunir recursos y piensa en reclutar mujeres que la quieran acompañar en su misión. Pero su director no es el único en el clero de Medellín que no ve con buenos ojos los deseos de Laura por considerar "peligroso para la moral" que un puñado de mujeres solteras partieran al monte a convivir con los indios, con su desnudez y "su falta de conciencia".

Es así que empieza a recibir negativas de varios prelados, obispos y sacerdotes y se ve obligada a plantearse un viaje a Roma, para pedirle al papa San Pio X (21 de agosto) que se acuerde de los pobres indígenas que morían en medio de la indigencia, vagando sin rumbo en las montañas, después de ser expulsados de sus tierras por los colonos y que enviara la mas pronta ayuda. Pero, considerando mejor como ese poco dinero que tenia para el viaje a Roma lo podría utilizar para llevarles provisiones a sus hijos en la selva, corre a la catedral y se arrodilla ante la imagen de la Inmaculada Concepción y le pide a ella, en todo su madre, que lleve su angustia por los indígenas a la recamara del sumo pontífice, y que ese día, cuando el Santo Padre descansara su cabeza en la almohada se acordara de los indios americanos. No se va sin dejar una última súplica ante la virgen: "Los indios están huérfanos y me parten el alma. ¿No querrás ser su madre? ¡Yo llevare tu nombre entre ellos y te serviré hasta de rueda de carro que te lleve a sus corazones. Ábreme sus caminos y reinaras en ellos!"

Madre y Fundadora.
Decidido ya cancelar su viaje a Roma, deja el asunto en manos de la virgen inmaculada, a quien desde ya pone como patrona de su obra. Y he aquí que unos meses más tarde, el 12 de junio de 1912, Pío X publicaba la encíclica "Lacrimabili Statu Indorum", la cual exhortaba a los prelados del continente americano a hacer lo posible por remediar el terrible estado de las comunidades indígenas. Ya con este respaldo desde Roma y después de hacer pequeñas excursiones a la selva que siempre la dejaban con el corazón roto por no poderse quedar entre ellos, Laura parte del todo a la misión, con el permiso y bendición de Mons. Maximiliano Crespo, responsable del terreno de la diócesis donde comenzaría.

El 7 de mayo de 1914 sale la caravana a lomo de mulas, encabezada por Laura Montoya, ya casi de 40 años, seguida por su madre, Dolores (quien más tarde sería una de las primeras religiosas de la comunidad y moriría vistiendo el habito de la congregación y refiriéndose a su hija como "madre"), el sacerdote Lubin Gómez y 5 señoritas más, quienes después de pasar por una rigurosa entrevista por parte de Laura, se convierten así en las primeras integrantes de la nueva comunidad. Después de varios días de camino, llegan a la pequeña población de Dabeiba, verdadera cuna de su obra, la más cercana a alguna tribu indígena en kilómetros. Los primeros meses son difíciles pues los habitantes de aquella población las quieren muy lejos y los indígenas están muy temerosos y desconfiados como para acercarse. Pero poco a poco "las catequistas" como primero se hacen llamar, armadas de regalos y de ternura los hacen acercarse y con mucha paciencia van sembrando las primeras semillas de educación y fe en aquellas pobres almas, almas que se alegraban al saber que tenían alma pues hasta ahora la noción de esa pertenencia se les había sido negada por los "otros blancos".

Providencialmente uno de los primeros amores de los indios, e introductora a estos de la religión, es la Santísima Virgen María, representada en un cuadro que llevaban consigo las misioneras. Los indios se presentaban ante la choza de las catequistas con flores para "Maria mare mia" como ellos la llamaban. Varios años mas tarde, cuando los primeros misioneros protestantes llegaron a los terrenos indígenas en la región, espantaban a los indígenas al prohibirles el culto a la madre de Jesús, pues ellos ya no concebían el cristianismo sin su "María mare mia".

Cuando la obra se hacía cada vez más grande y las responsabilidades y trabajos también crecían, ya Laura no pudo escapar mas a la idea que desde hace años su amigo, el obispo Crespo y otros sacerdotes le proponían, levantar canónicamente una congregación religiosa. Así es que Laura escribe las primeras constituciones y nace la congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena. Esta ultima por que el obispo Crespo encontró parecido el espíritu de la nueva comunidad al de la santa de Siena. Tendrían que pasar 39 años para que Roma aprobara oficialmente la comunidad, y 4 después de la muerte de la fundadora. Desde aquel momento todas pasan a llamarse hermanas y adoptar un nombre religioso, para Laura reservan el apelativo de madre y ella decide conservar su nombre y agregarle también el de Santa Catalina de Siena.

No todos, en especial dentro de la Iglesia, entendieron la obra de la madre Laura, ciertamente el ambiente de la época junto a algunas envidias, llevaron a que varios prelados se levantaran en contra de la naciente congregación y especial contra la figura de la fundadora. Entre estos estaban los padres carmelitas, quienes al llegar a Colombia en 1911, pretendían hacerse cargo de la obra de los indios y encontrar a una mujer "con ínfulas de religiosa" haciéndose cargo del asunto no les cayó nada bien. Más tarde, cuando las asperezas con los carmelitas pasaron serian los padres eudistas y el obispo, hoy Venerable Miguel Ángel Builes, quienes arremeterían contra ella. Aun con todo esto, de entre los carmelitas surgió el padre Elías del Santísimo Sacramento que fue uno de los pocos que entrevistó en persona a Laura, examino su espíritu y encontró la voluntad de Dios en sus obras. Por supuesto, la madre Laura no cosechó en toda su vida ni un solo enemigo, a las acusaciones que contra ella se levantaban respondía con claridad y practicando encarecidamente la humildad, siempre velando por el bien y el futuro de la obra, reconociendo en ella misma un mero instrumento, algo de lo que Dios se servía para establecer su reinado entre los indígenas.

Durante casi 26 años Laura Montoya estuvo recorriendo las montañas y selvas del noroccidente colombiano, algunas veces a pie, otras a lomo de mula y otras en canoa, surcando los ríos más caudalosos, otras veces obligada a dormir sobre el suelo de la selva, a merced del clima, de las serpientes y demás animales salvajes, todo por la ansia intensa de calmar su sed, y la sed de Cristo por aquellas almas perdidas y solas en medio de las montañas.

En el escapulario de su habito pone la palabra SITIO (tengo sed en latín) que vendría a ser la inspiración de su obra. En la sed de Cristo crucificado, su llaga, su maternidad espiritual de los indios americanos llegaría a su plenitud. En su hombro derecho lleva cosida una imagen de la inmaculada, que iba a su lado como una compañera mas de misión, primer faro de auxilio en medio de las dificultades y verdadera reina y madre de las "ambulancias". Así le llamo ella a los pequeños puestos de misión que iba fundando en cada comunidad indígena y afro descendiente que encontraba y en la cual dejaba religiosas listas para servir, educar y trabajar en aquellas tribus. En cada uno de estos lugares abundan por montones testimonios e historias de milagros y curaciones obradas por la sola presencia de la madre Laura, quien veía todos estos prodigios como los hechos más comunes y corrientes. También historias conmovedoras como la de un indígena que bañado en llanto se lanzó a abrazarla al entender que Cristo había pagado con su muerte todos sus pecados, Laura supo en ese momento que aquella inocente alma entendía mejor que cualquier otro cristiano de ciudad lo inmenso e incomparable del amor de Dios.

Sepulcro de la Madre Laura.
Fue en el transcurso de su obra misional que su obra literaria nació y empezó a crecer a la luz de su robusta espiritualidad. La madre Laura escribió 814 cartas y más de 25 libros, entre ellos su autobiografía, un compendio de más de 1000 páginas escrita por mandato de su confesor donde expresa con su puño y letra la "historia de las misericordias de Dios en un alma" como ella lo llamó y catecismos traducidos a algunos dialectos indígenas. Académicos actuales que se han acercado a sus escritos destacan de manera especial un destello místico, como chispazos o ráfagas de luz que recuerdan de manera inmediata a otros santos escritores como Santa Teresa de Jesús (15 de octubre, 26 de agosto, La Trasverberación, y 13 de julio, la Traslación) o la misma Santa Catalina de Siena (29 de abril y 1 de abril, La Impresión de las Llagas). Es tanto el asombro que han causado sus obras que poco después de su canonización se empezó el proceso en Roma para lograr que un día sea reconocida como Doctora de la Iglesia.

Al cielo.
Al acercarse al final de su vida Laura se asienta en Medellín, donde decide erigir la Casa Madre de su congregación, junto al noviciado de esta. En la mitad de ambas estructuras levanta el "templo de la luz", un santuario donde ella desea dar gloria y solemnidad al Santísimo Sacramento como no puede recibirlo en las capillas de las ambulancias que ha fundado en las selvas por la humildad y falta de recursos. Es en la casa del noviciado donde transcurrirán los últimos 9 años de su vida, confinada a una silla de ruedas después de sufrir una terrible parálisis y donde empieza a sufrir los dolores por el inicio de la linfagitis que haría que su cuerpo se hinchara hasta el punto de casi imposibilitarse moverse por sí sola y causándole grandes dolores físicos. Este último periodo de su vida lo dedica a imprimir el carisma de su obra en las jóvenes novicias, a continuar su correspondencia y dejar algunos folletos nutridos en espiritualidad para aliviar las sequedades de sus hijas que estaban en campo de misión, y de manera encendida a la adoración del Santísimo Sacramento.

Después de ofrecer al Señor una larga y penosa agonía y de recibir de su confesor el permiso para morirse, la madre Laura de Santa Catalina de Siena entrega su alma a Dios el 21 de octubre de 1949, a los 75 años de edad. Toda Medellín se mueve a sus funerales y sus hijas ya ven en ella una segura intercesora. Pero el proceso para su santificación no inicia si no hasta 1963. En 1991 son reconocidas sus virtudes heroicas, después de verificarse un primer milagro por su intercesión es beatificada por el papa San Juan Pablo II (22 de octubre) el 25 de abril de 2004, y después de comprobarse un segundo milagro es canonizada por el Papa Francisco el 12 de mayo de 2013. A la ceremonia acuden más de 3000 colombianos para ver elevada a los altares a su primer compatriota, entre ellos sus hijas misioneras, ya esparcidas por 21 países.


Fuentes:
-"Historia de las misericordias de Dios en un alma" (autobiografía de Santa Laura Montoya Upegui), Congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, quinta edición, Medellín, 2013.
-"Beata Laura Montoya, mujer intrépida". Manuel Díaz Álvarez, editorial San Pablo, Bogotá, 2004.


A 21 de octubre además se celebra a
Santa Dorotea de Colonia, virgen y mártir.
San Walfroy de Trier, estilita.

Santa Celina de Laon, viuda.

lunes, 1 de octubre de 2018

De la Santa más grandes de los tiempos modernos.

Santa Teresa del Niño Jesús, virgen carmelita. 1 de octubre.

En Francia, la rebelde hija de la Iglesia, y durante la segunda mitad del siglo XIX aparecería una de las santas "más grandes de los tiempos modernos" tal y como la describiría el papa Pío XI; y es que su presencia en esta época histórica realmente se puede valorar como una palabra de Dios para el cristianismo que comenzaba a resurgir en Francia. Un cristianismo ahogado y reinterpretado por la corriente jansenista, que negaba la posibilidad de todos a la comprensión y experiencia de la gracia divina y la reservaba para algunos pocos escogidos, o más bien, "predestinados". Este don de Dios para la Iglesia, al que el mundo luego conocería como Santa Teresita, llegaría para romper todos aquellos esquemas y de manera increíble, arrebatar a Dios de esas elites teológicas y esparcirlo por el mundo como mana del cielo, alimento para todos y padre común, muy al estilo del evangelio, acomodado para los pequeños y humildes, y además incendiado con un amor casi seráfico.

María Francisca Teresa Martin Guerin (como fue bautizada) nació el 2 de enero de 1873 en Alençon, provincia de Normandía, Francia, en el hogar de San Luis Martin (29 de julio, 12 de julio) y Santa Celia Guerin (28 de agosto, 12 de julio). Es la novena y última hija del matrimonio Martin. De su unión ya habían nacido previamente cinco niñas: María, Paulina, Leonie, Celina y otros cuatro hijos que murieron a muy temprana edad. Es bautizada en la iglesia de nuestra señora (hoy basílica menor) el 4 de enero de ese año. Sirven como padrinos, su hermana María y Paul Boul, hijo de un amigo de la familia. En sus primeros meses de vida experimenta el primer toque de la enfermedad y su madre, que ya se encuentra muy angustiada después de perder a cuatro de sus hijos en circunstancias similares, decide enviarla al campo, a unos ocho kilómetros de Alençon. Allí la niña empezaría a recobrar la salud paulatinamente y gracias a los cuidados de Rosa Taillè, su nodriza. Cuando ya se encuentra del todo mejor regresa a la casa de sus padres.

Sus primeros cuatro años están marcados por la alegría e inocencia propia de un cálido ambiente familiar. En el hogar de los Martin se respira cariño, respeto, sentido del deber y un profundo y coherente sentimiento religioso, todo en su justa medida. Es por el ejemplo de sus padres y hermanas de quien Teresa aprende a buscar asiduamente a Dios y luego a querer llevarlo a los demás. Como la benjamina de la casa que era, es rodeada de manera especial por el cariño, mimos y regalos de sus hermanas y de entre ellas ve a Celina, solo tres años y medio mayor que ella, como su compañera de juegos. Por su parte, los padres la llenan de bellos recuerdos de excursiones dominicales al campo, y es que entre ellos el domingo siempre se solemnizó por ser el día del Señor, el día en que se celebraba de manera especial la presencia de Cristo en torno a la familia.

Este periodo, que luego Teresa describiría como uno de los más felices de su vida, termino abruptamente con el fallecimiento de su madre, el 28 de agosto de 1877, a causa de un tumor en el pecho. Santa Celia había dejado a sus hijas el testimonio de una mujer virtuosa y de fe inquebrantable, que oró con fe para afrontar la voluntad de Dios y pensó en el futuro de sus hijas, todas aun muy jóvenes como para casarse, y las encargo al cuidado de la esposa de su hermano, Isidoro Guerin, quienes se habían establecido en Lisieux, ciudad de la baja Normandía. Después de los funerales de su esposa, y considerando el encargo que esta le hizo a su cuñada, Luis decide mudarse junto a toda su familia a Lisieux. Allí son recibidos por la familia Guerin y se establecen en una casa acomodada, rodeada por arbustos y algo distante del centro de la ciudad, llamada Les Buissonnets. En esta propiedad Teresa viviría los próximos diez años y por aquellos corredores, habitaciones y jardines, su alma se iría ennobleciendo y disponiendo para afrontar la voluntad de Dios, siempre rodeada por el cariño de sus familiares, en especial de su padre, que la llevaba consigo cada tarde a dar pequeños paseos por la ciudad y a visitar las diferentes iglesias y capillas, ella para él era su reinecita y él para ella su rey querido.

En este nuevo hogar, carente de la presencia materna, las hijas mayores son las que se encargan de suplir el papel de la madre. Paulina, de manera especial, acoge a Teresa como su hijita y comienza a prepararla intelectual y espiritualmente, impartiéndole clases en casa. La niña, que aunque ha dejado su temperamento risueño y alegre por uno un poco más serio, aprende con increíble rapidez sus lecciones. Es tanto su adelanto que en poco tiempo queda lista para comenzar oficialmente sus estudios y a la edad de ocho años Teresa ingresa como semi-interna al colegio/abadía de las benedictinas de Lisieux. Al contrario de lo que todos esperaban, para Teresa el periodo en la abadía se convertiría en uno de los más amargos de su vida, pues aunque era una niña aplicada, al chocar con un ambiente nuevo y completamente distinto, en el que no estaba protegida por sus familiares y se encontraba a la merced de sus compañeras, niñas de sentimientos muy distintos a los suyos, la experiencia se le hacía insufrible. Solo la compañía de Leonie y Celina, la consolaba, pero cuando sus hermanas no estaban cerca prefería quedarse sola o refugiarse en la capilla del colegio, donde hablaba con el único que en aquel lugar le era familiar: Jesús eucaristía.


La niña Teresa a los 8 años.
En los próximos meses, aunque se gana el cariño de sus maestras y de las religiosas, el ambiente no cambia en lo absoluto e incluso empeora cuando recibe la noticia de la decisión de Paulina, su segunda madre, de seguir su vocación al Carmelo, siendo la primera de las Martin en optar por el claustro. A pesar de las palabras de ánimo de su hermana, Teresa queda desconsolada y en octubre de 1882 va a despedir a su hermana, junto al resto de la familia, en la clausura de las carmelitas descalzas de Lisieux. El ambiente en la abadía mezclado con el terrible vacio que dejo Paulina en casa hacen que la salud de Teresita decaiga considerablemente. Logra resistir un poco para poder estar presente en la toma de habito de su hermana en abril de 1883, pero apenas terminada la ceremonia la enfermedad recrudece hasta dejarla postrada de gravedad en cama, sufriendo de temblores nerviosos, crisis de terror y alucinaciones. Varias semanas de incertidumbre y preocupación serian vividas por la familia Martin, que no se despegaba de la cama de la pequeña Teresa. Al mismo tiempo oraban fervientemente por la curación que ningún médico de la tierra podría alcanzar. Luis manda a pagar algunas misas por la curación de su pequeña en el santuario de Nuestra Señora de las Victorias en Paris y en la fiesta de Pentecostés de ese año, 13 de mayo de 1883, Teresita recobra milagrosamente la salud y expresa llena de alegría y seguridad que ha sido una gracia de la madre de Dios, pues fue al ver la radiante sonrisa de la imagen de la virgen María que se había puesto junto a su cama, que ha sentido su curación.

Aunque se encuentra ya completamente restablecida en el cuerpo, ahora parece empieza a sufrir dolores en el alma, pues la tentación de los escrúpulos y el dudar de la gravedad de su enfermedad y la intervención milagrosa de la virgen la hacen sufrir en silencio. Este periodo de nubes oscuras solo se vería eclipsado durante la fervorosa preparación para su primera comunión y la celebración del sacramento, el 8 de mayo de 1884, que la inundarían de celestial alegría y la marcaría en los años venideros. En junio de ese mismo año recibe el sacramento de la confirmación y de inmediato empieza a avivarse fuertemente en ella un gran deseo de sufrir por amor y de desprenderse del todo de los gozos de la tierra y abrazar por completo los tesoros del cielo. Junto a estos nuevos ímpetus Teresa sigue luchando contra sus terribles escrúpulos, que parecen no querer dejarla. Solo encuentra remedio al confiar las preocupaciones de su alma a su hermana María, "su madrinita", quien la ira guiando, evitándole el dejarse castigar mucho por ella misma. Aun con los avances que logra con la ayuda de su hermana como nuevo confesor, Teresa se hace cada vez más sensible hasta casi tornarse insoportable, bastaría separarla solo unos días de María para que hasta su salud se viera afectada. Sería muy difícil decir lo mucho que le dolería el enterarse por aquellas épocas del deseo de su madrinita de seguir a Paulina en su vocación al Carmelo.

En octubre de 1886 Leonie ingresa al postulantado de las Clarisas de Alençon y María es recibida en el Carmelo de Lisieux. La familia Martin, antes tan numerosa se ve ahora reducida a Luis y sus dos hijas menores. Teresa por su parte, al quedar desolada al perder por tercera vez a su figura materna, no encuentra otro alivio que suplicar al cielo y al pedir la intercesión de sus hermanitos fallecidos es liberada de los escrúpulos que la hacían sufrir, aunque aun tendrá que luchar contra su terrible sensibilidad.

Su última y gran conversión llegaría en la noche de navidad de aquel año. Después de llegar a casa de la misa de gallo, Teresa tiene una crisis emocional al no encontrar los tradicionales regalos junto a la chimenea y al percibir cierto fastidio de parte de su padre por su comportamiento infantil. Sube corriendo las escaleras hecha un mar de lágrimas pero cuando cree que su rabieta va a llegar al clímax siente la intensidad de la gracia interrumpiendo su llanto, haciendo que por fin deje atrás su exagerada sensibilidad y la dispone para emprender de una vez por todas su carrera de gigantes. Su padre y hermana quedan muy sorprendidos al ver regresar tan pronto a Teresa, ya del todo tranquila, sonriente y en paz. No imaginarían el gran milagro que Jesús obro en ella aquella noche bendita cuando él, el fuerte, se hizo débil por nuestro amor. 

Después de esta noche para Teresa comenzaría lo que ella llamaría el periodo de su vida "más hermoso y más lleno de gracias del cielo". Los próximos meses crecería en estatura y sobretodo en gracia y aunque acaba de cumplir los 14 años cada día se encuentra más segura en que Cristo ha puesto los ojos en ella por un motivo en particular, al experimentar los frutos de la gracia en su alma entiende que él la desea para sí de manera especial. Ahora que ha superado las distracciones de su extrema sensibilidad y apego a las criaturas, entiende que se ha convertido en un abismo hambriento del amor de Dios y sabe que solo hay un lugar donde tanto amor puede ser colmado: El Carmelo.

Al ser tan joven sus ímpetus de abrazar la vida religiosa tendrían que ser calmados, al menos por un tiempo, permaneciendo en la casa paterna, pero su dimensión apostólica y la necesidad de ganar almas para el cielo le hicieron imposible quedarse de brazos cruzados. De Paris llegan las temibles noticias de Henri Pranzini, un hombre que había sido condenado a la pena capital al encontrarlo culpable del brutal asesinato de tres mujeres en aquella ciudad. Las fotografías de los cadáveres junto a la del asesino aparecen en la primera plana de varios periódicos y la historia conmociona a toda Francia. Teresa se encuentra con la historia de Pranzini, y así como estaba, toda necesitada de exaltar el amor y la misericordia de Dios, decide adoptarlo como "su primer hijo", se propone fulminar el cielo con plegarias para alcanzar su conversión o al menos un pequeño acto de arrepentimiento. En agosto de 1887, cuando las ultimas noticias de Pranzini aparecen en los periódicos, Teresa no podría sentirse más segura de lo que sentía en su corazón. Al leer que aunque Pranzini negó confesarse, besó un crucifijo tres veces antes de subir a la guillotina, sintió que lo había logrado: Dios había tenido misericordia de aquel asesino, sus oraciones fueron escuchadas y ahora el cielo era el límite.


La joven Teresa a los 15 años.
Sintiendo tan profundamente la voluntad divina sobre ella, se decide por completo a confesarle sus intenciones de entrar al carmelo a su padre. En la tarde del día de Pentecostés de 1887, Teresita y su padre se reúnen en el jardín de Les Buissonnets y allí ella abre del todo su corazón. Aunque su padre duda un poco al principio, al verla tan joven y sabiendo lo difícil que le fue despegarse de sus dos hermanas mayores que ya eran carmelitas, se termino por convencer al reconocer en las palabras de la más joven de sus hijas un autentico deseo de entregar la vida al Señor. Poco tiempo después, en una de sus cartas, Luis explicaría a sus amigos lo muy bendecido que se sentía al entregar a todas sus hijas a Dios, incluso a la más joven entre ellas. Teresa ya tenía la bendición de su padre, pero solo esa, pues aunque la comunidad del Carmelo de Lisieux ya estaba enterada de sus intenciones y le daban su apoyo, eso era todo. Ni su tío Isidoro Guerin, el hermano de su madre y que, junto a Luis, tenía cierta autoridad sobre sus sobrinas, ni los superiores del monasterio veían con buenos ojos su ingreso. Hasta el obispo de Bayeux (responsable por la diócesis de Lisieux) no había aceptado su petición, después de que su padre y ella le hicieran una visita. Al sentir tantas negativas hacia su vocación Teresa no puede dejar de sentirse abatida, pero aun en paz, pues sabe que solo busca la voluntad de Dios.

Aunque el superior del carmelo sigue oponiéndose, su tío, después de escucharla una vez más, cambia de opinión y se convence de la legitimidad de su vocación. Poco después de su encuentro con el obispo de Bayeux, en noviembre de 1887, Teresa, Luis y Celina se unen a una peregrinación francesa con rumbo a Roma, para celebrar las bodas de oro sacerdotales del Papa León XIII. Una de las primeras paradas de la peregrinación seria París, allí la familia Martin visitaría el santuario de Nuestra Señora de las Victorias y en este lugar, a los pies de María santísima, Teresa seria liberada de todas las dudas que conservara sobre la naturaleza sobrenatural de su curación en 1883. El viaje a Roma sería de casi un mes de duración, pasando por varias ciudades italianas que eran punto de frecuente peregrinación, como Asís o Loreto, hasta llegar por fin a la ciudad eterna y participar allí en una audiencia privada con el Sumo Pontífice. Teresa se había estado armando de valor durante todo el recorrido, pidiendo la intercesión de los santos, para ella misma pedirle al santo padre su bendición para entrar al convento siendo tan joven. 

El 20 de noviembre de aquel año, la peregrinación francesa se encuentra con el Papa en la basílica vaticana, entre ellos, nuestra santa. Aunque se había indicado no dirigirle la palabra al Papa por su desgaste físico, Teresa lo apuesta todo y se arroja al regazo del pontífice con lagrimas en los ojos pidiendo su ingreso al carmelo. León XIII la exhorta a confiar en la voluntad de Dios y seguir en obediencia a los superiores, pero eso es todo. Teresita es casi arrebatada de la presencia del Papa por dos guardias suizos y así termina su encuentro, luego regresaría a Francia, con el corazón en pedazos y en las semanas venideras sufriría fuertes pruebas hacia su fe.

Aún con la profunda decepción después del viaje a Roma, Teresita y su familia, tanto fuera como dentro del convento no se rinden y siguen buscando los medios para que ingrese lo antes posible como postulante. Todos esperaban verla en la puerta del claustro para antes de navidad pero la aprobación del obispo de Bayeux no llegaría sino hasta el 28 de diciembre y a Teresa se le informaría el 1 de enero de 1888. Una alegría inmensa la desborda al saber las buenas nuevas, pero aun tendría que esperar algunos meses, pues por recomendación de la hermana Inés de Jesús (Paulina), su entrada se prolongaría hasta la Pascua de ese año. El 9 de abril de 1888, a solo unos meses de haber cumplido los 15 años, Teresa Martin es acompañada por toda su familia al Carmelo de Lisieux. Allí, junto a la puerta de la clausura se daría la tierna pero sentida despedida entre Teresa y su padre, quien como un nuevo Abraham subía de nuevo a este monte para inmolar a otra de sus hijas, sin saber que pocos meses después, la última de ellas, Celina, también le confesaría su deseo de ingresar al Carmelo.

Teresa es recibida con entusiasmo por sus hermanas y el resto de la comunidad, pero los superiores no pueden ver en ella más que a una niña caprichosa que opto por una vida que no sabe si será digna de llevar. La puerta se cierra y Teresa sella allí mismo su destino para siempre. Todo en aquel lugar le parece hermoso y fascinante, pero en especial la gran austeridad de su celda, para ella no podría haber mejor desierto donde cosechar flores para Dios. Aquellos primeros meses en el monasterio también serian tocados por el sufrimiento al enterarse de la progresiva desmejoría en la salud mental de su padre. Estas angustias tendrían su descanso en enero de 1889 cuando se da su toma de hábito. Esta importante celebración la había encontrado con fuertes dudas sobre su vocación, pero al llegar el gran día no puede sino sentir alegría y belleza en todos lados, en el claustro, que su esposo se digno vestir con manto de nieve para festejarla y en su padre, que al estar un poco mejor, esperaba para verla vestida de novia ingresar a la capilla. Después de la ceremonia Teresa ingresaría al monasterio ya vistiendo el hábito de nuestra señora y allí, en la portería, la esperaba la imagen del niño Jesús con vestido rosa, que a ella tanto le encantaba y a quien había decidido poner en su nuevo nombre de religiosa junto a su devoción personal de la pasión de Cristo, de ahí en adelante seria conocida como Sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Con esta ceremonia se daba por iniciado su año de noviciado, al final de este realizaría su profesión solemne puesto que en aquel tiempo no existía las profesiones temporales.

Para Teresa el período del noviciado en el exterior sería vivido con mucha paz, alegría y diligencia, pero en el interior estaría repleto de pruebas, sufrimientos y angustias. La enfermedad de su padre regresaría más fuerte que antes, sus capacidades mentales se verían rápidamente disminuidas y pronto el Sr. Martin se volvería un peligro hasta para el mismo por lo cual se decide internarlo en una casa de salud, donde Celina y Leonie, que había desistido de su vocación de clarisa, lo cuidaban día y noche. Teresa realizaría con profunda fe y en espíritu de total abandono su profesión solemne el 8 de septiembre de 1890. Ella ofrece el dolor por la ausencia de su padre en la ceremonia y no le pide más a Jesús que: "la paz y también el amor, un amor infinito, y sin más fronteras que él mismo". 


Teresa caracterizada como su
 amada Santa Juana de Arco.
En los meses siguientes, y ya siendo parte oficial de la comunidad, Teresa encuentra luz del cielo para los primeros años de su vida contemplativa en la lectura asidua de las sagradas escrituras, en especial de los evangelios y los escritos de San Juan de la Cruz (14 de diciembre y 21 de mayo, la Traslación), a quien toma por maestro en la disciplina del deshacimiento interior. Así mismo empieza a mover una provechosa correspondencia con sus hermanas en el exterior, en quienes percibe con claridad el mismo llamado que Jesús le ha hecho a ella y que está dispuesta a cuidar por ellas con los afanes de una madre por sus hijas. En diciembre de ese año, la llegada del invierno es acompañada por una temible gripa que contagia a casi todo el monasterio y en menos de unos días se cobra la vida de tres hermanas. Solo tres religiosas permanecen sanas y en pie para atender las necesidades de las demás y cuidar del monasterio, entre ellas Teresa, que después de esta gran prueba termina por desvanecer cualquier duda de sus superiores hacia su persona al ver lo diligente y responsable de su comportamiento.

En 1893 Sor Inés de Jesús es elegida priora y con esto se empieza a hacer campo a Celina, que aunque cuida de su padre, no pierde su esperanza de entrar al Carmelo. Un año más tarde Luis Martin muere, el 29 de julio de 1894, rodeado de sus hijas y familiares queridos y al Carmelo no llegan más que palabras de felicitación para sus hijas, de sacerdotes y amigos que ven en el Sr. Martin un candidato seguro a los altares. Celina ingresa al Carmelo seis semanas después, aun después de presentarse cierto malestar entre el resto de la comunidad que no veía con buenos ojos que tantas de la misma familia escogieran el mismo monasterio para entregarse a la vida religiosa. Teresa logra conquistar el corazón de las hermanas más reacias con oraciones y su cándida personalidad, a la que parece que ni Dios puede negarse. Durante el priorato de su hermana Paulina, la espiritualidad de Teresita comienza a asentarse y robustecerse rápidamente y su doctrina comienza a tomar forma. 

Al término del mandato de Sor Inés y el regreso como priora de la Madre María de Gonzaga, esta, por consejo de Paulina le pide a Teresa que deje por escrito sus memorias autobiográficas, memorias que terminaría apenas unos meses antes de su muerte y que nuestra santa creyó que nunca traspasarían los limites el convento, pero que no mucho después se esparcirían con el viento por toda Francia, Europa y el mundo, atrayendo a cientos de peregrinos que querían venerar y recorrer los mismos caminos que la "santita" de Lisieux.

Junto a su biografía, Teresa prosigue un amplio trabajo epistolar para con sus familiares y hermanas de comunidad a par de varias oraciones, poesías y hasta algunas piezas teatrales que fueron presentadas durante fechas especiales ante la comunidad. Una de sus inspiraciones favoritas fue otra santa, con la que llegará a compartir el patronato sobre Francia: Santa Juana de Arco (30 de mayo) a quien Teresita se encargaría de interpretar, guardándose para sí el mismo ardor de la doncella de Orleans, buscando encender el mundo con el amor del Dios que siempre buscaba servirse de vírgenes para hacerlas sus testigos. Junto a su labor de escritora y poeta, en la comunidad fue encargada en oficios tales como sacristana, pintora y encargada de la ropería. Se ve profundamente estremecida en su interior al encontrar pasajes en la escritura que la invita a lanzarse a Dios con la confianza de los niños, específicamente en el libro de los proverbios (9,4) y el libro de Isaías (66, 12-13). 

A raíz de sus meditaciones y la lectura de la carta de San Pablo a los Corintios encuentra no solo la clave de su vocación: El amor! Un amor incendiario que lo consume todo en todos y por el cual ella sería capaz de unir la austeridad y anonimato de su vida a las obras apostólicas mas temerarias, sino que también siente definido su camino de unión total con Cristo, o mejor dicho "caminito". Una vía sencilla, corta y que cualquiera puede seguir. Tan apta para todos que más tarde conmocionaría a fieles de todas las naciones y épocas, fieles que reconocerían en su doctrina una sabiduría inspirada y que terminarían por pedir a la Iglesia que incluyera su nombre en la lista de los grandes pedagogos de la Fe.


Las religiosas Martin-Guerin.
Teresa en un extremo.
En junio de 1895, en fiesta de la Santísima trinidad, Teresa, primero de manera personal y luego acompañada por su hermana Celina, profesa "el acto de entrega como holocausto al amor misericordioso de Dios". Una consagración, un compendio detallado y esmerado para expresar las profundas aspiraciones de Teresa para con su Dios. Allí pone toda su alma y corazón, su necesidad inmensa de verlo conocido y amado por todos y su entrega total, un abandono tal que la empuja a ser un cordero que salte al fuego devorador antes de que si quiera sea sacrificado. Unas semanas más tarde en efecto, mientras meditaba en la capilla los pasos de la pasión de Cristo, se vio herida en el pecho por un fuego divino. De esta gracia solo sus superioras se verían enteradas.

En 1896 es reelegida priora la madre María de Gonzaga y ella le permite a Teresa empezar a tener correspondencia con un joven seminarista, próximo a ordenarse, el abate Bellière, quien se convertiría en el primero de sus hermanos sacerdotes, poco después también acogería como tal al padre Roulland. Además de esto, también la priora, convencida de las cualidades excepcionales que Teresita tenía como religiosa, le encarga el delicado cargo de maestra de novicias. La santa, de 23 años, se siente profundamente indigna para servir en tal labor, pero la llevaría adelante con humildad y paciencia hasta que las fuerzas la abandonasen. En el triduo pascual de ese año, exactamente entre la madrugada del jueves y el viernes santo, Teresa experimenta una hemoptisis, señal innegable de la terrible tuberculosis, a la que ella recibe sin una gota de miedo o preocupación más que con alegría y agradecimiento por sentir comenzar su calvario el día en que Cristo moría en la cruz. El resto de ese año logra hacer convivir la rapidez con que la enfermedad la consume con la vida silenciosa en medio de la comunidad, hasta abril de 1897, cuando la tuberculosis se recrudece a tal punto que ya no se le permite seguir el ritmo de las demás religiosas.

Junto al progreso de la enfermedad que poco a poco la acerca al encuentro con el amado, Teresa, por el contrario se siente progresivamente cada vez mas lejos del cielo hasta llegar a ser rodeada de unas profundas tinieblas espirituales que la sumergen en lo que su padre, San Juan de la Cruz, llamaba la noche oscura o noche de la fe. Ahora para ella levantar su alma a lo divino, a las delicias del cielo, es imposible y cualquier consuelo espiritual para ayudarla a llevar su progresiva des mejoría le es negado. Pensar en lo de arriba le causa un profundo dolor y hasta llega a sentirse aterrada de lo voraces de sus dudas acerca de Dios y la eternidad, tanto que se niega a ponerlas por escrito para no escandalizar a nadie con sus blasfemias. Solo Dios sabría la terrible batalla dentro de ella porque si, Teresa luchaba! Y en medio del fuego, sin saberlo, su alma se purificaba para pronto adornar el cielo. Un cielo que con dificultad podía creer como cierto. 

En junio de 1897, Teresa es trasladada a la enfermería del Carmelo, allí, ya en brazos de su hermana Paulina e incapaz de sostener una pluma por sí sola, la santa escribirá sus últimas cartas dirigidas a sus hermanas de comunidad, algunos familiares y sus hermanos sacerdotes, que por la época ya se encontraban de misión por Asia. Por su parte, sus hermanas empiezan a recoger con esmero los últimos pensamientos y palabras de la santa en unos cuadernillos, que años después serian publicados bajo el título de "Últimas Conversaciones".

Sus últimas semanas las pasa en medio de profundos dolores, que ahora ya no solo ofrece en silencio, sino que es incapaz de poner en palabras por su extrema debilidad. Antes de que entrara en el silencio, promete a sus hermanas que si llega al cielo no descansara ni un día, que trabajaría por la salvación de las almas hasta que el número de los bienaventurados estuviera completo y junto a esto les deja también la promesa de su segura intercesión, que ella expresa en el símbolo de una lluvia de rosas que enviaría desde el cielo. Cuando le preguntan que como deben invocarla para recibir su ayuda ella responde: "La petite Thérèse" (Teresita). Su última oración escrita se la dedica a su reina y madre, pero más madre, la virgen María. 

Recibe con dificultad los últimos sacramentos y en la tarde-noche del 30 de septiembre de 1897, después de ser consumida por una terrible agonía, Teresa, rodeada por toda la comunidad pronuncia sus últimas palabras: "Oh si, le amo, Dios mío, te amo!" Entra en un breve éxtasis que dura por el espacio de un credo, luego se recuesta apaciblemente en la almohada y entrega su espíritu. Tenía 24 años y 9 de vida religiosa. Es sepultada cuatro días después en la parcela de las carmelitas en el cementerio de Lisieux. A su funeral no habían asistido más que algunos amigos y familiares, encabezados por su hermana Leonie que ya confiada de la intercesión de su hermana se decide ingresar de manera definitiva a la visitación de Caen, donde muere ya en su ancianidad con aroma de santidad.


Teresa en sus funerales.
Exactamente un año después de su muerte su autobiografía es publicada bajo el titulo "Historia de un alma". De inmediato se convierte en una sensación y cientos de peregrinos empiezan a llegar a Lisieux, buscando su tumba, pidiendo y dando gracias por los milagros recibidos al invocarla. En 1914 es finalmente introducida su causa de beatificación, después de escuchar los ruegos de sus cientos de devotos. Sus hermanas de sangre, todas en la vida religiosa, son las primeras en presentar sus testimonios ante el tribunal eclesiástico. En 1921 son reconocidas sus virtudes heroicas y en 1923, unos meses antes de su beatificación, los restos, pronto reliquias, de Teresa regresan al Carmelo. El ataúd es acompañado por voces de júbilo, en medio de una gran procesión que anunciaba el "huracán de gloria" que pronto se desembocaría en toda la Iglesia. 

Después ser presentados y corroborados los respectivos milagros para la necesidad, sor Teresa del niño Jesús y de la santa faz es beatificada el 29 de abril de 1923 y canonizada el 17 de mayo de 1925, en ambas ocasiones por el Papa Pio XI, que nunca escondió su fervorosa devoción por la santa de Lisieux. Para la última de estas dos celebraciones la basílica de San Pedro es adornada con cientos de cirios, que de noche anuncian a la ciudad y al mundo el gozo por la nueva santa. En Lisieux y el resto de Francia las celebraciones no son menos y ya se habla sobre la construcción de una imponente basílica en su honor, templo que sería consagrado en 1951 y terminado en 1954.

En 1927, Pío XI la declara patrona universal de las misiones, junto al gran evangelizador de Asia, San Francisco Javier (3 de diciembre) y Pío XII la declara co-patrona de Francia en 1944. Finalmente es proclamada Doctora de la Iglesia Universal por el papa San Juan Pablo II (22 de octubre) el 19 de octubre de 1997, durante las celebraciones por el primer centenario de su muerte. Con ello la convirtió en la más joven entre los santos que llevan este título y la tercera mujer, después de Santa Teresa de Jesús (15 de octubre, 26 de agosto, la Trasverberación, y 13 de julio, la Traslación) y Santa Catalina de Siena (29 de abril y 1 de abril, la Impresión de las Llagas).


Fuentes:
-"Historia de un alma". Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Laicos carmelitas descalzos de Colombia, Medellín, Colombia, 2015.
-"Santa Teresa de Lisieux". Obras completas. Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2010.


Jhonatan Alarcón.

Muchas gracias le doy a Jhonatan por otro artículo sobre un santo del Carmelo, en esta ocasíon la gran Teresita. Espero no sea la última vez que nos escriba algo sobre nuestra amada espiritualidad carmelitana o nuestros santos.


Ramón.

A 1 de octubre además se celebra a:


San Suliau de
Bretaña, abad
.
Santa Sidonia
de Georgia, virgen
.
San Remigio,
obispo.




viernes, 28 de septiembre de 2018

"...nuestra meta era predicar el amor divino de Cristo".

Beato Guillermo Courtet, presbítero dominico mártir. 28 de septiembre.

Nació en Sérignan, cerca de Béziers, en 1589. Se educó con los jesuitas de su ciudad natal, y siendo joven llegó al colegio la noticia y testimonio del martirio de los jesuitas, franciscanos y seglares en Nagasaki en 1597. Este ejemplo movió su corazón, impulsando su alma a la vocación misionera.

Courtet estudió teología con los capuchinos de Tolouse, no estando claro si tomó el hábito de la Orden. Si lo hizo fue muy poco tiempo, pues el 15 de agosto de 1608 tomó el hábito dominico en el noviciado de Albi, sitio célebre por las predicaciones de los frailes Predicadores. En 1616, con 24 años, fue ordenado presbítero y ese mismo año se le encargó la cátedra de Filosofía en Saint-Maximin y unos años despuñes la de Teología en Tolouse. Sus virtudes para la enseñanza, la predicación y la dirección de almas le hicieron famoso en la Provincia religiosa, en Francia y más allá.

En 1624, fue elegido prior del Priorato de Avignon, un prestigioso convento dominico, con gran historia. En 1626 ejerció una misión diplomática en nombre de Francia, siendo alabado por Richelieu por su capacidad para la empresa encomendad. En 1628 pidió a los superiores le relevaran de cualquier cargo para poder cumplir su primera vocación misionera. Existía el escollo de que España y Portugal mantenían el control de los misioneros que podían ir a Oriente, previniendo intromisiones de otras potencias. Guillermo se fue a Madrid en diciembre de ese mismo año, donde tomó la nacionalidad española y el nombre religioso de Tomás de Santo Domingo. En España aprendió las lenguas españolas, filipina y japonesa, además de algunas costumbres de Oriente, para poder ejercer su misión. Mientras, ejerció de profesor de Teología en el mismo convento.

En 1633 pasó a Filipinas, luego de una breve estancia en La Habana y México. En la Universidad de Manila también fue profesor de Teología. Allí pronto se hizo famoso y querido por su ascetismo, su caridad y prontitud al servicio de los necesitados de su consuelo y palabra. Podría haberse quedado allí, pues el campo de misión era amplio, pero el pensamiento de los cristianos japoneses privados de sacerdotes para celebrar los sacramentos le era como un martillo en los oídos, por lo cual en 1636 obtuvo el permiso para entrar de incógnito a Japón. No se conoce mucho del viaje y primera estancia de Courtet y sus cinco acompañantes, salvo que, según los marineros del barco en el que viajaron, desembarcaron en las Islas Okinawa el 10 de julio de 1636, luego de vestirse con trajes japoneses.

La siguiente noticia sobre los cinco misioneros (uno de ellos laico español) es de septiembre de 1637, siendo trasladados a Nagasaki. No conocemos si predicaron, vivieron escondidos o estuvieron presos mucho tiempo antes de este traslado. En Nagasaki fueron conminados públicamente a renunciar a la fe y sometidos a torturas terribles a causa de su entereza. Tenemos los testimonios de algunos presentes, marinos españoles sobre todo, que narraron los tormentos padecidos por estos campeones. Padedieron el turushi, un terrible tormento consistente en ser metido cabeza abajo en un pozo húmedo hasta que el preso obedeciera. En este caso renegara de Cristo. Nuestro mártir además padeció la dolorosa exungulación, martirio que trata de introducir astillas o pequeños hierros ardiendo bajo las uñas de manos y pies. En ocasiones, además, se terminaba sacando las uñas al reo a base de tirones con pinzas. 


La exungulación del santo.
Uno de los testigos mencionados cuenta que un carcelero que se apiadó de sus prisioneros y preguntó a nuestro santo: "¿Por qué viniste a Japón sabiendo que te matarían después de tan atroz sufrimiento?" Y Guillermo le contestó: "No vinimos buscando ni la muerte ni la tortura, nuestra meta era predicar el amor divino de Cristo aunque nos costara la vida".

Finalmente, Guillermo y Miguel, el español, fueron decapitados la noche del 29 de septiembre de 1637. Para que los cristianos no pudieran obtener reliquias los cuerpos fueron incinerados y las cenizas arrojadas al mar.

La Causa de canonización fue introducida por el P. Fidel Villarroel, O.P. luego de varios siglos, Guillermo fue beatificado por Juan Pablo II en su visita a Filipinas el 18 de octubre de 1987.


Fuentes:
https://paroisses-beziers-littoral.catholique.fr
https://apapec.pagespro-orange.fr
-"Année Dominicaine". Volumen 10. Lyon, 1902.

A 28 de septiembre además se celebra a:


Santas Lioba y Tetta,
abadesas
.
San Simón de Rojas,
presbítero trinitario
.
San Fausto de Ríez,
obispo
.




Santa Almedha, virgen y mártir.

Santa Almedha, virgen y mártir. 1 de agosto.   Fue esta una de las legendarias hijas del rey de Britania, San  Brychan  ( 6 de abril ). Hast...