La Beata Ana de San Bartolomé (7 de junio)
es uno de los pilares del carmelo teresiano, a la que debemos mucho los
que amamos este carisma. De las monjas fieles, luchadoras, impregnadas
del espíritu teresiano, que se enfrentaron a frailes, generales y
obispos para conservar el espíritu de Nuestra Madre. De las santas, en
fin. Lega, fundadora, priora, mística, intuitiva, consejera de
gobernantes, libertadora de los cristianos... Muchas cosas podríamos
decir de ella, leyendo sus cartas y su autobiografía, escrita por
obediencia a los superiores. Por falta de tiempo no puedo hacer un
artículo como se merece (suponiendo que pudiera hacerlo yo), sino que os brindo un sencillo resumen del libro "La Beata Sor Ana de San Bartolomé. Una maravilla de Dios", del agustino recoleto P. Ángel Peña.
I. Los inicios:
Ana García Manzanas nace
el 1 de octubre de 1549, sexta de siete hermanos, e hija de Alonso
Sánchez y María Sánchez. De su infancia sabemos que dedicaba largos
ratos a la penitencia y la oración y que tuvo la gracia de ser
acompañada frecuentemente por el Niño Jesús, que según ella crecía, se
iba mostrando de su edad. A los diez años habían muerto sus padres y fue
enviada como pastora por sus hermanos. A los 13 años la quieren casar,
pero ella desecha a todos los pretendientes y suplica a Dios la libre de
matrimonio alguno si no es con Él mismo. Tiene una revelación de una
orden nueva: carmelitas que viven la regla primitiva, y con ellas quiere
entrar. Rechaza a las jerónimas, que la invitan a profesar con ellas.
Los hermanos le dicen que de carmelitas fundadas por "una loca llamada Teresa";
nada, que si quiere, a las jerónimas. Uno llega a acuchillarle.
Finalmente su tío intercede por ella y la llevan a Ávila, donde le
dilatan la entrada y mientras, los hermanos le hacen la vida imposible,
cargándola de trabajos todo el día. Al fin, el 2 de noviembre de 1570
entra al monasterio como hermana lega, siendo la primera de la
descalcez.
II. Con Teresa:
En 1571, siendo novicia aún, conoce a la Santa Madre Teresa de Jesús (15 de octubre y 26 de agosto), que al verla, dice: "Aunque sea novicia, llévenla a mi celda, que quiero que sea mi compañera".
Siendo priora la santa en la Encarnación le dará permiso para la
profesión, que ocurrió el 15 de agosto de 1572. Fue tornera y enfermera.
Jamás estaba ociosa y aún de priora, si iba al locutorio, hilaba,
cosía, escribía o rezaba el rosario. En
1574 enferma de cuidado, por lo que la Santa no puede llevarla consigo,
como quería, a las fundaciones de Beas de Segura y Sevilla. Vuelta la
santa de Sevilla, encuentra gran pobreza en el monasterio, y varias
enfermas por el hambre que pasaban. Pone a Ana de enfermera y esta, por
obediencia, arrastrando su enfermedad, consuela a las otras y mejora su
salud. Desde ese momento, comienza a atender a la Santa y no se separará
de ella hasta ayudarla a morir en sus brazos. Juntas vivieron los
caminos calurosos o fríos, secos o húmedos; los desplantes de Burgos y
las alegrías de Palencia. Juntas por esos mundos: Valladolid,
Salamanca, Villanueva de la Jara. Juntas padeciendo, riendo, enfermando
y sanando. Juntas temieron la persecusión de los "calzados", la
angustia por la prisión del Santo Padre, los ataques a Gracián y el casi
derrumbe de la obra teresiana. Juntas agradecieron a Dios por el
Capítulo de Alcalá de Henares. Juntas, en fin, llegaron a Alba de Tormes
el 20 de septiembre de 1582, para morir la santa el 4 de octubre del
mismo año, sostenida por Ana de San Bartolomé.
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| Muerte de Santa Teresa |
III. Sin Teresa:
Enterrada
la Santa en Alba, quiso Ana quedarse a la vera de su cuerpo, pero fue
enviada a Ávila, su verdadero convento. Fue testigo entre 1583 y 1588 de
las desastrosas e indignas traslaciones del cuerpo de Santa Teresa, de
Alba a Ávila y viceversa. Tuvo, como otras religiosas, apariciones de la
santa, ya fuera bendiciendo a la priora, en el coro sentada entre las
demás monjas, o sintiendo el mismo olor que expedía su cuerpo incorrupto
en varias estancias del convento de Ávila. En
1591 María de San Jerónimo es nombrada priora del convento de Madrid
para atajar un atisbo de separación de las monjas de dicho convento, y
llevó consigo a nuestra beata a dicha ciudad. En 1595 la llevaría
consigo a la fundación de Ocaña, donde permaneció hasta 1598 y se fraguó
la tercera y definitiva parte de su vida. Ella lo cuenta:
"Estando
en esta fundación de Ocaña, la noche de Navidad, después de los
Maitines, me quedé recogida y en sueños me mostraron la venida que había
de hacer a la Francia. Entráronme en un mar muy oscuro que me daba
temor y me enviaron con unas compañeras que no eran mis conocidas, sino
una conocí después en este recogimiento. Me hallé forzada mi espíritu
antes de esta vista en un vivo deseo de ser mártir, y aunque algunas
veces se me han apretado estos deseos, no tan perfectos como esta vez,
que me hallaba con una conformidad y gozo, tomándolo por Dios con el más
encendido amor que en esta parte he tenido (...) Se me mostró
Nuestro Señor como cuando andaba por el mundo, mas con grandísima
hermosura y Majestad, pero por otra parte afligido, dándome a entender
la mucha pena que tenía y tocándome en el hombro, me dijo: “Hija,
ayúdame. Mira las almas que se me pierden en Francia”. Y fuéme mostrando
todo el reino y estas tierras de por acá cómo se están abrasando en
herejías y grandes pecados. Y de aquel tocarme en el hombro me parece
descargó su pena y me la dio a mí tan grande y sentí tan gran dolor que
me parece me moría. Los efectos con que quedé de este arrobamiento y
visión fue un amor tan abrasado con aquellas almas y las de todos mis
prójimos que me parece me iba secando".
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"estando de rodillas recogida, vi a Nuestro Señor Jesucristo (...) que me puso la mano en el hombro porque descargue en mi su pena, y quedéme como desmayada, porque me dio su Divina Majestad a entender las muchas almas que se perdían en Francia, y dejóme" Diálogos sobre su espíritu. |
IV. A Francia, o sea, al Calvario:
La fundación en Francia, procurada por Madame Acarie y
su primo Pedro Berulle, había pasado por varios contratiempos que
podéis leer en el artículo dedicado a esta santa mujer en este blog. En
1604 Berulle fue a España a buscar las religiosas necesarias, pero halló
que la religiosa que más lo había procurado, la Gran María de San José,
había fallecido. Berulle la sustituyó con Ana de San Bartolomé, cosa que
no gustó ni al Nuncio ni a las demás monjas (Ana de Jesús Lobera, Leonor de San Bernardo, Isabel de los Ángeles, Isabel de San Pablo y Beatriz de la Concepción),
pues Ana de San Bartolomé era una lega sin instrucción. Entraron en
Francia el 29 de agosto de 1604, y llegaron a París el 15 de octubre. El
18 se fundaría el convento de la Encarnación, nombrando a Ana de Jesús
como priora.
A
los dos meses los superiores determinaron darle el velo negro de
corista a Ana, que se negó rotundamente. Era necesario, para que fuera
fundadora y priora, dada la posibilidad de hacer otras fundaciones. La
Venerable Ana de Jesús se opuso fuertemente, diciendo que iba contra la
Santa, que la había querido de velo blanco, que jamás se había visto que
una lega cambiase al velo negro, y menos para ser priora y fundadora.
Dice la Beata su autobiografía:
"La prelada [Ana de Jesús] no
quería. Yo estaba sola y ella me tenía a veces en una celda una hora
entera, diciéndome cosas de harta temeridad, que no los creyese, que me
condenaría y que por mí se perdería y relajaría la Orden en Francia y en
España".
Finalmente
Berulle y los superiores harían su voluntad, y el 11 de enero de 1065
tomaría el velo negro. Dos días después sería encomendada como fundadora
y priora de Pontoise. El 15 de enero llegó a la ciudad. No le fue
fácil; estaba acostumbrada a obedecer, no a mandar. No podía enseñar a
rezar el breviario a las cuatro novicias que entraron, pues no sabía
leer latín. Ninguna hablaba español, ni ella hablaba francés.
Finalmente, por un milagro, pues Ana de San Bartolomé tenía don de
lenguas, lograron entenderse. Mientras, en París, la tensión entre
Berulle y Ana de Jesús crecía, puesto que este, pretendía mantener a
perpetuidad la autoridad sobre las carmelitas, en contra de lo acordado,
que era que sólo sería hasta que los carmelitas descalzos entraran en
Francia. Como no se preveía aún dicha fundación, Berulle maquinaba, y,
todo sea dicho, los descalzos desentendidos de sus monjas. Pronto entendió Ana de San Bertolomé las verdaderas intenciones de Berulle de hacerla monja de coro: manipularla e influir en las monjas para imponer su propia visión de la vida religiosa reformada, valiéndose de una figura tan cercana a la Santa Madre como Ana de San Bartolomé. Pero no contaba con el temple de una hija de Santa Teresa como era la Beata.
Ana
de Jesús dejó París, y fue de fundadora a Dijon, por lo que Ana de San
Bartolomé fue mandada de priora a París, y para que las monjas de
Pontoise no protestaran, la sacaron disfrazada de hombre. Toda una
locura e improvisación por parte de Berulle y compañía. Milagros casi
eran necesarios para que todo aquello prosperase. El primer año le fue
bien, pero al cabo, las tensiones de Berulle con las monjas se
acentuaron y Ana de San Bartolomé las padeció. La acusaron de pretender
introducir a los frailes (¡como si ese no fuese el "convenio"!)
para librarse de su obediencia. Comenzaron a sembrar cizaña entre las
monjas francesas contra la beata, diciéndoles (según cuenta Ana en su
autobiografía):
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Cardenal Berulle. Solo hay que ver esa cara... |
"No tratéis con la Madre
vuestras almas, que su espíritu no es para vosotras. Ella es extranjera, y más,
española. No os fiéis de ella, que si quiere a los frailes, os darán una vida
muy cruel. Son recios; no es para vosotras su término".
Menuda
cara dura, cuando el rigorismo del Carmelo francés fue obra suya y no de
los frailes ni monjas españolas. Más aún, Berulle gobernaba el
monasterio, aceptando o echando monjas, cambiando oficios a su antojo, o
poniendo o quitando prácticas de devoción o penitencias, sin contar con
la priora para nada. O más, diciéndole "que no tengo que tener pena ni cuidado, que ellos lo tendrán". La vigilaba, le ponía una monja espía de tornera o de compañera, prohibía a las monjas y a ella misma elegir confesor, a las monjas que le hablaran cualquier cosa de espíritu, siendo esto contra la regla y constituciones teresianas.
En
1608 logró salir de allí, para fundar en Tours, donde le tocó
otra persecución era ciudad casi totalmente protestantizada, y
las calumnias llovieron sobre ella y las monjas: que si vivían con
sacerdotes, que si una prostituta era monja allí, que si tenían hijos a
escondidas. Y tampoco tuvo paz: la supriora era afín a Berulle y le
informaba de cada paso que daba la beata. Llegaron a interceptarle las
cartas que enviaba y recibía de España. En 1611 quiso volver a París, ya
que, al fin, los descalzos estaban a punto de fundar. Berulle aceptó,
pero le prohibió pidiese la obediencia a los descalzos, pues "ellas eran suyas"
(!). Pero el General envió una orden a Ana para que fundase en Flandes,
lo que enfureció a Berulle que quiso hacerla negarse y que le prestara
obediencia. Ella, claro está, se negó rotundamente y fue castigada. Pero
no osó Berulle contradecir al General y en octubre de 1611 partió Ana
de San Bartolomé hacia Flandes. Y dice:
"Salí
antes del amanecer fuera del lugar adonde me llevaron, que estaban allí
los religiosos aguardando. Dios me dio tan grande consuelo de verme
vuelta a la Orden que me parecía estaba como cuando echan una piedra en
un pozo y se va al centro y allí reposa como en su gloria y paraíso".
V. Flandes, la nueva y definitiva morada.
Y a Flandes llegó. Tenía 62 años, que no son pocos para el siglo XVI, siendo ella
también una "inquieta y andariega". Llegada a Flandes, estuvo un
año con las carmelitas de esta ciudad, hasta el 17 de octubre de 1611,
que partió como fundadora a Amberes. Esta fundación le infundía algunos
temores, pero Jesucristo se le reveló consolándola y diciéndole: "No
temas, que esta fundación resplandecerá con el tiempo como una antorcha
que da mucha luz". El 26 de octubre llegarían a Amberes. Revisó
los últimos retoques de la casa provisional y alquilada, y el 6 de
noviembre se hizo el traslado solemne y se inaugura la clausura, em una
probreza teresiana al cien porciento:
"Vinimos
aquí en tanta pobreza que no teníamos sino 50 florines prestados, y los
padres jesuitas nos dieron recaudo para decir la primera misa, que no
teníamos cosa, y los del Magistrado no nos querían; querían tornarnos a
enviar, y Dios lo ha todo allanado de tal manera que de toda la villa
está este monasterio estimado y, en tres años que ha estamos aquí, está
más proveído que otros de diez años. Hemos comprado el mejor sitio del
lugar… La santa es la Priora, que lo más ordinario me imagino que la
ando sirviendo como lo hacía cuando era viva, y que lo demás ella lo
hace. Y sin ser muchas veces imaginación, actualmente la he sentido
conmigo y que lo hace todo. Dios me ha dado en esto tanta paz y consuelo
que nadie lo podrá creer". (Autobiografía)
El
21 de noviembre profesaría la primera novicia, y muy pronto se
reencontraría con el P. Gracián, ya expulsado de la descalcez y en esos
momentos "calzado", que visitaba la ciudad para
predicar a los soldados y a unas religiosas con motivo del Adviento. El
11 de abril de 1619 profesaba en sus manos Sor Clara de la Cruz, antigua
dama de la Infanta Isabel Clara Eugenia, a la que la Beata había
profetizado años antes que sería monja. No solo acertó, sino que fue su
secretaria, su apoyo y amiga hasta la muerte de la Beata. El 1 de mayo de 1619 se
funda otro Carmelo de jóvenes inglesas, que pronto abandonarían la
obediencia a la Orden, con pena y disgusto de Ana de San Bartolomé, que
llegaría a escribir a Isabel Clara Eugenia, para que les llamara al
orden, o las expulsara del país incluso. El 15 de agosto se inaugura la
casa definitiva de las carmelitas, trasladadas de la primera casa. En
1618 será año de gran alegría para Ana de San Bartolomé: sus queridos
descalzos fundan en Amberes, aportándole consuelo y seguridad. En 1623
las carmelitas de Borges huyen de Berulle, la Beata las acoge y con la
misma comunidad funda el monasterio de Jeper. 1614 le llena de gran
alegría, por la beatificación de la Santa Madre, el 24 de abril.
Inmediatamente cambia el nombre a su monasterio de Amberes por el de
"Beata Teresa y San José", siendo el primero en llevar el nombre de su
amada Madre. Alegría completa en 1622, cuando Gregorio XV canoniza a
Santa Teresa de Jesús. Nuestra Beata escribe:
"Me consolé el día de su canonización… Yo quedé en paz y gozo, que lo he
tenido de ver esta santa honrada como lo merece de Dios y de su santa
Iglesia. Bendigamos día y noche al Señor que la escogió para poner en
ella tantas gracias, que es de su gloria mostrarlas en sus amigos".
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Ana de San Bartolomé, patrona de Amberes |
VI. Libertadora de Amberes.
Es
llamada, y con razón, libertadora de Amberes, pues en dos ocasiones el
poder se su intercesión salvó la ciudad. En 1621, las tropas españolas y
las holandesas terminan la tregua y se reanuda la guerra. Ana de San
Bartolomé aumenta su oración, sus penitencias en aras de la victoria
española y católica, contra los holandeses herejes, todo por la gloria
de Dios y el bien de las almas. Es el siglo XVII, recordad. Al año
siguiente, los españoles sufren pérdidas y el asedio a Bergen-op-Zoom es
un fracaso. Spínola tiene que abandonar el asedio para no someter a los
soldados a una matanza segura. Con esto, se quedaba el camino despejado
para que los herejes tomaran Amberes. En diciembre de 1622 llegó el
momento, las tropas holandesas atacaron la ciudad, pero no contaban con
aquella monja que se sacrificaba y oraba intensamente por la exaltación
de la fe católica, y perdieron.
Sobre este hecho contará la M. Teresa de Jesús, quien sería la priora que le sucedió:
"Pasaba
las noches en oración clamando a Dios por estas necesidades como lo
hizo aquella noche cuando los holandeses quisieron venir a tomar
Amberes, que antes de acostarse nos dijo a todas en el coro con
grandísimo fervor: que por amor de Dios que rezásemos bien y apretásemos
a Dios por estas cosas de su Iglesia, y esto tornaba a repetir con
tanto ímpetu, que nos espantábamos, y pensábamos que había tenido
nuevas, que se había de hacer alguna gran empresa. Y preguntádoselo dijo
que no sabía esto, mas que Dios le ponía este espíritu; y desde las dos
de la mañana se puso en oración hasta que yo fui a su celda a la mañana
antes de ir al coro como lo tenía de costumbre, y en entrando me dijo:
'¡Ay, hija!, y qué cansada que estoy, que parece tengo el cuerpo molido,
alguna gran traición debe de haber, porque toda la noche parece he
peleado y de la fuerza que me han hecho para que yo rezase que al
momento que yo quería bajar los brazos que tenía levantados para clamar a
Dios, me decían siempre reza más, más, más, y aunque hubiera peleado
con un ejército no creo estuviera más cansada, que estoy toda en agua'. Y
así fue menester mudarle la túnica, y a la mañana sosegó y dijo: 'Ya
está hecho', y dos o tres horas de ahí vino la nueva de cómo había
faltado muy poco para que los holandeses tomasen Amberes, y fuíselo a
decir a nuestra Madre, la cual dio hartas gracias a Dios por esta
merced. Hartas veces decía sentía había alguna traición, y de ahí
algunos días venían las nuevas cómo era verdad. (Procesos de canonización).
Dos años después , en agosto de 1624, Spínola comienza
el asedio de Breda, y aún con el temor que los holandeses aprovecharan
para atacar Amberes de nuevo, como pasó de hecho el 13 de octubre del
mismo año, con el fracaso de los herejes, en la rendición de Breda.
Cartas dela Beata, estampas o pañuelos que habían sido tocados o
bendecidos por ella eran tenidos como reliquias y muchos soldados
llevaban alguno, confiando en la oración de esta Esposa de Cristo. Su otra gran intervención
en favor de las tropas católicas, esta vez a distancia, fue en la
batalla de la Montaña Blanca, el 8 de noviembre de 1620, donde el
paladín de la victoria sería el carmelita Venerable Domingo de Jesús
María y la Capitana de los ejércitos sería Nuestra Señora, en su
advocación carmelitana de Nuestra Señora de la Divina Gracia. La Beata profetizaría sobre esta batalla: "En este día los cristianos han obtenido una gran victoria”, y a los pocos días la noticia de la victoria le dio la razón.
VII. También muere hija de la Iglesia
En
este mismo 1624, los primeros síntomas de su partida al cielo se
hicieron notar. Sufrió una apoplejía de la que no se recuperó del todo,
aunque la Infanta le hizo ver de los mejores médicos y tomar los mejores
remedios del momento. Casi tenía que moverse a gatas, y aún así no
abandonó sus oraciones y el trabajo. En una ocasión llegó incluso a
cortar la leña para que se calentasen las monjas al salir del Oficio
Divino. Dos años duró esta agonía, durante los cuales, intensificó su
unión con el Amado, recitando frecuentemente con San Juan de la Cruz
"adonde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido". Los días de
comunión se preparaba desde la madrugada, con oraciones, ratos de
silencio y se hacía leer los salmos. El
4 de junio de 1626 tuvo una recaída, el 7 del mismo mes se le impartió
la extremaunción, y luego de comulgar tuvo un éxtasis de unos quince
minutos, para luego morir dulcemente, sin tensión ni dolor aparente. A
los pocos días, la venerable Catalina de Cristo escribió contando a la
M. Teresa, como había tenido revelación de la muerte nuestra beata:
"El
Señor me dio a entender en la oración que estaban a su cabecera todos
los santos y toda la Trinidad y la Madre de Dios y nuestra santa Madre y
el maestro, santísimo padre san José, con las demás vírgenes; y en
saliendo su bendita alma del cuerpo, fue al cielo derecha con cánticos
celestiales de todos los santos y santas y ángeles".
El cuerpo fue puesto en el coro bajo de
las monjas, y fue tanta la afluencia de gente a venerar el cuerpo de su
"santa española", que las monjas, sin permiso, lo acercaron a la
ventanilla de comulgar del presbiterio, para que los fieles la tocaran,
besaran y pasaran objetos de devoción. Cuando les regañó el superior, ya
no pudo impedirlo. Durante esos días de continua devoción, se tocaron
miles de rosarios, los carros provenientes de Bruselas, Mons, y otras
ciudades llegaron a atascar las entradas y salidas de Amberes. Aún no
estaba enterrada y ya se hizo patente el primer prodigio: una
endemoniada que llevaba poseída dos años fue liberada en la iglesia de
los agustinos de Amberes, luego que le aplicaran una reliquia tocada al
cuerpo de la Beata. Los procesos narran que continuaron los prodigios:
las ropas, cama y objetos que había usado desprendían un olor
sobrenatural, incluso después de haber sido lavados en lejía algunos,
para probar.
En 1625 el P. Matías de San Francisco,
General de la Orden, quiso ver el estado de las reliquias, se abrió el
sepulcro y el cuerpo estaba íntegro y oloroso. Se le cambió de caja. En
1634 se volvió a abrir la sepultura, por deseo de la reina de Francia,
María de Médicis, sanada milagrosamente en 1633 por la intercesión de
Ana. Se comprobó por parte de los asistetes, el olor del cuerpo. En 1635
se
concluyó el proceso ordinario, como de costumbre; recopilación y
análisis de sus escritos, declaración de testigos, certificación de
milagros y prodigios, evidencias de devoción popular, etc.
En
1783 se abrió el sepulcro y se vio el cuerpo en buen estado. Se tocaron
varios objetos, para reliquias. Pero el proceso se detuvo, se
ralentizó, hasta recibir un definitivo impulso entre los siglos XIX y
XX. En 1917 los restos fueron exhumados y colocados en su celda,
convertida en oratorio. Finalmente Benedicto XV el 6 de mayo de 1917, y
actualmente proceso para la definitiva su canonización duerme en el
sueño de los papeles.
VIII. Un alma mística
Varios
dones místicos tuvo Ana de San Bartolomé, como la bilocación: Sabiendo
que su confesor, el P. Juan de San Cirilo estaba para morir, oró por él,
se sintió arrebata y se vio a su lado, recomendándole un remedio al
enfermero. A los pocos días el antes enfermo fue al monasterio a darle
las gracias. Tuvo muchos éxtasis, mediante los cuales contemplaba y
comprendía misterios de la fe, como la Santísima Trinidad, o la
presencia de Cristo en el Sacramento. Tuvo don de conocimiento de las
alma, y lo usaba para orar por los demás, y para aconsejar a religiosas y
seglares, sin que estos le contasen sus problemas, o antes que lo
hicieran, si iban a visitarla. Varios milagros realizó en vida, como
multiplicar el dinero de un mercader que les había dado a guardar una
suma, sanar a hermanas de melancolía, fiebres, dolores de muelas o de
cabeza. Y todo con sencillez, discreción y naturalidad, sin alterar sus
oficios, ni pavonearse por ello.
Sufrió
ataques y tentaciones del demonio, al que llegó a ver en forma de perro
gigante en la cocina de Ávila. Se le enfrentó diciéndole que no le
temía, y que más prefería tener a siete demonios en el monasterio que a
un solo hombre, con lo que el diablo se esfumó por la chimenea. Otro
ataque del demonio lo venció con la oración, y como premio vio como San
Juan Evangelista, San José, Santiago Apóstol y San Bartolomé bendecían
la casa derramando agua bendita. Como no podía ser menos en una
carmelita, fue hija amantísima de la Virgen María. Escribe en su
autobiografía:
"Estando
una vez en la fiesta de Navidad haciendo mi oración, adoraba las llagas
de los pies de Jesucristo y vínome a la memoria: “Ahora, Señor, venís
niño, y Vos en la cruz. ¿Qué haré de veros siempre así, oh Niño?”. Y en
ese momento se le apareció la Virgen con el Niño en sus brazos
mostrándomelo desnudo y pequeñito como lo tenía en sus sagradas entrañas
y tenía en sus pequeñitos pies señaladas las llagas como llagas con
unas gotas de sangre, que parecía le habían caído como señalados los
clavos que había de tener"
De su devoción y trato frecuente con los santos, dice, igualmente en su Vida:
"Tuve
devoción (desde niña) con los gloriosos San José, San Juan Bautista,
San Francisco, San Bernardo y el arcángel San Gabriel, y a cada uno
rezaba un padrenuestro y un avemaría cada día, y tres a las once mil
vírgenes a quienes rogaba guardasen mi castidad (...) Una vez, el día de
San José, habiéndome levantado, me puse en oración diciendo que como
estaba mala me pesaba de no poder solemnizar su fiesta como yo quisiera.
Entonces el glorioso San José me representó todas las mercedes que Dios
le había hecho desde su niñez; de que quedé tan consolada y elevada
que, si no me hubiera ido a la mano, me hubiera hecho mucho daño. Y
cuando empezaron los cantores a cantar la misa, estaba fuera de mí".
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La Beata contempla a San Elías sobre los capitulares. |
Tal
vez la revelación más conocida, y representada en los ambientes
carmelitanos, por su trascendencia es aquella donde vio a Nuestro Padre San Elías (20 de julio; 12 de enero, en la Iglesia Oriental, la
ascensión al Paraíso; y 20 de junio, traslación de reliquias a la
iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla) bendecir el
importante Capítulo de Valladolid de los descalzos:
"Una
vez, estando nuestros padres en capítulo en Valladolid, habiéndose
juntado de toda la provincia para definir cosas de la Orden y hacer
prelados, acabando de comulgar que era cuando querían entrar en el
Capítulo, yo los estaba encomendando a Dios. Y mostróme el Señor al
santo padre nuestro Elías, que estaba sobre el convento donde estaban
juntos, en una manera de nube como fuego, tendida su capa y abiertos los
brazos sobre ellos, mostrando darles su espíritu. Y acabado el Capítulo
vino el provincial a nuestro convento de Ávila, que era el padre fray
Nicolás [Doria], un santo varón, y dijo a la Priora que había
tenido un Capítulo de cielo que, entrando los frailes en él, se hallaron
tan suspensos y recogidos que ninguno discrepó de otro en cuantas cosas
se ordenaban. Y todos tenían un mismo espíritu sin hablarse los unas
con los otros. Y dividían entonces las provincias y todos a una voz
dijeron: 'llamemos ésta de San Elías' [provincia de Castilla], que
parece en esto que sentían su espíritu. Y así lo dijo el provincial:
'Este Capítulo ha sido de Dios y de su Santo Espíritu por los efectos
que todos me han confesado y lo que yo he sentido'".
Y muchos más dones y virtudes podríamos relatar, pero necesitaríamos mucho más espacio y tiempo.
A 7 de junio además se celebra a
San Deochar de Herrieden, abad.
San Mériadec de Vannes, obispo.