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sábado, 22 de junio de 2013

Las doctoras de la Iglesia: Parte II. Hildegarda


El presente artículo tiene como finalidad hablarnos de una de las personalidades femeninas y religiosas más fascinantes de la Baja Edad Media: Santa Hildegarda de Bingen (17 de septiembre). Recientemente nombrada doctora de la Iglesia (en octubre de 2012), este análisis nos presenta a grandes rasgos la vida, extensa obra y espiritualidad de esa abadesa nacida en el año 1098 en Bermersheim, en la región de Renania-Palatinado, al suroeste de Alemania. Antes de comenzar, es preciso recordar que ya hice mención en este artículo de otras santas que comparten junto a ella la dignidad de llevar el birrete doctoral y ser reconocidas como parte de ese grupo. Aquí nos dedicamos de lleno a Hildegarda, haciendo algunas anotaciones con respecto al contexto histórico y social en el que nació y se desenvolvió, esto es, en la Europa cristiana del siglo XII. Finalmente haremos un análisis y explicación de las facetas que caracterizaron la personalidad de Santa Hildegarda, a saber: su don profético, su vocación de escritora (a pesar de que rara vez escribió, más bien dictó sus visiones), su papel como fundadora y abadesa de conventos, y su propuesta espiritual para lograr un mayor acercamiento con Dios.

Santa Hildegarda de Bingen fue nombrada doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, junto a San Juan de Ávila (10 de mayo). Resulta extraño que al ser una de las personalidades más polifacéticas e interesantes de la Europa medieval (pues tuvo conocimientos en teología, medicina, geometría, astronomía, arquitectura, gramática, música y otros) haya pasado tanto tiempo para nombrarla doctora. Tampoco se debe olvidar el contexto histórico en el que le tocó vivir, una época difícil para el ingreso de una mujer en la religión y, más aún, para destacar y escribir sobre ella. Veamos pues la situación de la Europa medieval para después introducirnos en la personalidad y obra de nuestra santa.  


La Europa cristiana del siglo XII. 
En el año 1098 el Papa Urbano II convocó a todos los cristianos a recuperar Jerusalén, que se hallaba en manos de los musulmanes, que impedía el paso de los creyentes a visitar el lugar más santo de la tierra: el Sepulcro de Cristo. Así comenzaron los primeros movimientos políticos y religiosos conocidos como las Cruzadas, y más tarde surgió la orden del Temple, cuyo principal objetivo era defender a los peregrinos en su viaje a la ciudad santa. Los templarios eran una combinación de monje y guerrero, hombres piadosos que profesaban los votos monásticos y al mismo tiempo se comprometían a mantener seguros los caminos hacia Jerusalén. Como podemos notar, estamos ante un siglo en la que la conciencia religiosa era el motor de la vida diaria. 

En este contexto, los monasterios desempeñaron un importante papel como productores y repositorios de buena parte de la literatura europea medieval. En ellos se guardaban y copiaban obras religiosas: escritos de los Padres de la Iglesia, reglas monásticas, de oraciones, salterios, aunque también conservaban escritos de autores clásicos, de medicina, de herbolaria, e incluso de música [1]. En esa época también se restableció la regla benedictina, columna vertebral del monaquismo occidental y cuya espiritualidad y modo de vida sirvió de inspiración a otras órdenes religiosas. El poder de esta orden llegó a ser tal que consiguió depender solamente de Roma y comenzó entonces una etapa dorada en cuanto a fundación de conventos.

En un sector más profano, la estructura económica y social medieval eran los señoríos, que se agrupaban a su vez en señoríos más grandes o en reinos y que seguía el sistema del feudo. Los nombres de Luis VII, Conrado III y Federico I Barbarroja nos remiten inmediatamente a ese tiempo aristocrático y caballeresco. 

En cuanto al pensamiento que se puso de moda en las altas esferas fue el amor cortés [2]. Este surgió en los círculos de la nobleza francesa, cultivado por los trovadores quienes le cantaban al amor puro y refinado, a la dama noble y virtuosa, y a las hazañas heroicas de un señor enamorado. Los poemas de este tipo normalmente se acompañaban con música de cuerdas y se interpretaban en los salones palaciegos. Pero no toda la población europea era cristiana. Surgieron varios movimientos religiosos que distaban en mucho de las enseñanzas de la Iglesia, por ejemplo, los cátaros, que se originaron en el sur de Francia. Estos negaban la divinidad de Cristo (pues lo consideraban el mensajero de Dios, más no su Hijo) atacaban casi todos los sacramentos y creían en el principio de dos fuerzas creadoras en igual poder, es decir, que Dios y Satán eran polos opuestos y complementarios. Por estas declaraciones fueron censurados y perseguidos incansablemente.

San Bernardo de Claraval (20 de agosto) y Santa Hildegarda fueron algunos de los combatientes más enérgicos contra la herejía cátara. San Bernardo, uno de los pilares de la Iglesia occidental, fue promotor de la segunda Cruzada, financiada por Luis VII de Francia y el emperador alemán Conrado III. Santa Hildegarda por su parte expresó en una de sus cartas que los cátaros habían sido tentados por el Diablo, pues “entró en esos hombres de un modo tal que no les retiró la castidad. Se introdujo en ellos a través de los demonios del aire (…) Esos hombres tampoco aman a las mujeres, sino que les huyen[3]. La labor de nuestra santa no se limitó solo a combatir herejías, sino que en su vida se manifestaron otras facetas que quedaron constatadas en su leyenda. 

Santos Benito e Hildegarda
Hildegarda de Bingen.
Nació en Bermesheim, cerca de Maguncia, Alemania, en el año 1098 [4]. Fue la última hija de una familia de la baja nobleza conformada por Hildeberto y Matilde. Al ser la hija número diez sus padres consideraron ofrecerla al servicio religioso, como una especie de pago o diezmo a la Iglesia, esto según la mentalidad piadosa de la época. 

En su biografía se refiere que la santa desde pequeña veía cosas que el común no podía, pues “Aún no podía pronunciar palabra cuando logré que mis familiares comprendieran, por medio de sonidos y gestos, que podía ver luces e imágenes provenientes del cielo[5]. Ese precoz don profético la acompañaría toda su vida, y a la tierna edad de cinco años ya podía ver los acontecimientos futuros, como cuando exclamó ante su nodriza: “¡Mira qué hermoso ternero hay dentro de esa vaca! Es blanco, con manchas en la frente, las patas y el lomo. Cuando el ternero nació, resultó ser como la niña lo había descrito[6].

Cuando tenía ocho años, su padre la envió al monasterio benedictino de Disobodenberg, para que ahí comenzará su educación. Fue recibida por la hija del conde de Spanheim, Santa Jutta (22 de enero y 22 de noviembre), la cual le enseñó a cantar los salmos y a leer en latín [7]. Jutta e Hildegarda vivieron en una casita anexa al monasterio, y más tarde ingresaron en él como novicias. El monasterio pasó a ser entonces dúplice, es decir, que era masculino pero que aceptó recibirlas en una celda apartada de las habitaciones de varones. La fama de virtuosas de maestra y alumna traspasó los muros monásticos y algunos nobles se animaron a llevar a sus hijas para que ahí fueran educadas, y entonces fue preciso ampliar ese espacio por el número cada vez más creciente de vocaciones.

La pequeña y enfermiza Hildegarda siguió percibiendo visiones y cuando ella comentaba si todos las podían ver, al recibir negativas, se asustaba, por lo cual, finalmente optó por no volver a mencionarlas (al menos en ese momento) [8]. También informó de ellas a su maestra y ésta al monje Volmar, también benedictino, quien más tarde se convertiría en el secretario de Hildegarda, y luego su copista hasta la muerte. 

A los quince años Hildegarda profesó los votos según la regla de San Benito (11 de marzo y 11 de julio) [9]. La vida de toda monja estaba marcada por las horas canónicas, en donde la oración, los trabajos en comunidad, el silencio y la meditación eran las labores del día a día. Jutta murió en 1136 y la comunidad de religiosas (que ya había crecido) eligió a Hildegarda como su nueva abadesa. Ella tenía 38 años y desconocía que su destino como profetisa apenas iba a iniciarse. 


Retablo de Santa Hildegarda en su abadía de Rüdesheim


Hildegarda, la profetisa del Rhin.
En 1141 Santa Hildegarda contaba con casi 43 años y sus visiones se incrementaron en profundidad, frecuencia y cantidad. Ella misma refiere que recibió por orden divina la obligación de escribirlas. La voz que venía del cielo le ordenó:

"Oh pobredumbre de pobredumbre, di y escribe lo que ves y oyes (…) y esto no a tu manera, ni a la manera de otro hombre, sino según la voluntad de aquel que sabe, ve y dispone todas las cosas en el secreto de sus misterios". [10]

Y también:

"En el año mil ciento cuarenta y uno de la Encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios, cuando yo tenía cuarenta y dos años y siete meses. Una luz de fuego, de brillo extremo, que venía del cielo abierto, se fundió sobre mi cerebro todo entero, y sobre todo mi cuerpo, y todo mi pecho, como una llama que sin embargo, no quemaba, sino que más bien por su calor inflamaba, en el modo en el que el sol calienta lo que toca con sus rayos". [11]

Lo que percibió en esa ocasión le pareció más misterioso y sublime (que las visiones que tuvo cuando era joven) y por tanto, habló de ello al monje Godfrey, su confesor, quién lo reveló a su abad (de Disibodenberg), y éste a su vez consideró anunciarlo al arzobispo de Maguncia. El arzobispo, rodeado de un séquito de estudiosos y expertos en teología, examinó las visiones y finalmente dictaminó que eran de inspiración divina [12]. Como era de esperarse, la fama de la Visionaria se disparó inmediatamente.

En ese mismo año Santa Hildegarda comenzó a escribir su principal obra, el "Scivias" (Scire vías Domini ó vías lucís, o sea "Conoce los Caminos"), escrito que tardó diez años en terminar. Como ella todavía dudaba si era correcto o no escribir lo que veía, recurrió al consejo de San Bernardo de Clavaral, quién lo aprobó sin dudar de la fuente de la que provenía, y se convirtió en su amigo y consejero epistolar durante mucho tiempo. Cuando el papa Beato Eugenio III (8 de julio), cisterciense como Bernardo, visitó el arzobispado con motivo del Sínodo de Tréveris en 1147-1148, el arzobispo a instancias del abad de Disibondenberg presentó al Papa una parte del Scivias [13]. El Papa designó una comisión de teólogos para examinarlos, y después de recibir el informe favorable de la comisión, dió su aprobación y él mismo llegó a leer partes del Scivias ante su concurrencia. El Papa señaló que su obra era al estilo de los profetas, la invitó a seguir escribiendo y autorizó la publicación de sus obras.


Ese don profético fue algo que la santa entendió desde sus inicios. Se concebía a sí misma como un simple instrumento de Dios, como un medio a través del cual se manifestaba sus grandezas. No se preocupaba tanto por interpretar lo que veía, sino que su labor se reducía a la simplicidad de comunicarlas. Santa Hildegarda nos dice que sus visiones nos las veía en sueños, ni en éxtasis, ni con los ojos corporales o los oídos humanos:
Sino que las veo con mis ojos y mis oídos humanos interiormente, cuando estoy despierta. Simplemente en espíritu, y las he recibido en lugares descubiertos según la voluntad de Dios”. [14]

Es decir, las percibió a través de los sentidos corporales, pero la inspiración venía del interior, del alma (o si se quiere de la mente), como una cosa infunsa desde lo Alto. Comenzó entonces a escribir entusiasta, ayudada por Volmar, su secretario y copista, y por Richardis de Stade, una monja de su comunidad por la que llegó a sentir un gran cariño.


En 1148, Santa Hildegarda dió inicio a un plan para fundar un convento en Ruperstberg. Desde algún tiempo atrás ya se había hecho evidente que la comunidad de religiosas se encontraba demasiado ceñida en el pequeño claustro que se les había destinado en Disibodenberg, así que la abadesa comenzó las gestiones para un nuevo establecimiento [15]. Ante esto, los monjes se opusieron al traslado pues veían disminuir sus donativos y las visitas al lugar (que atraía a hombres piadosos con aras de conocer a la abadesa). La tenacidad de Hildegarda se sobrepuso y en 1150 el Arzobispo consagró el nuevo monasterio dedicado a San Ruperto (o Roberto) de Bingen (15 de mayo). Es de reconocerle esta labor pues en aquella época los monasterios benedictino femeninos no tenían un gobierno propio y sus monasterios siempre dependían de uno masculino. Ella rompió con esa barrera y se puede decir que su convento fue el primer establecimiento femenino que no estaba adosado a uno masculino. Las visiones se siguieron manifestando y darían como fruto numerosos tratados que le dieron la fama de escritora. 

Hildegarda, la escritora.
Hasta aquí hemos hablado de dos de los rasgos que toda doctora de la Iglesia debía cumplir y que en el caso de Santa Hildegarda se manifestaron al pie de la letra: una vida santa y virtuosa, y el haber profesado una doctrina ortodoxa según los preceptos cristianos. El siguiente requisito era haber dejado un tratado que defendiera o profundizara una o varias verdades de la fe. Santa Hildegarda fue una elocuente defensora del cristianismo que se refleja a través de sus escritos, sus cartas, sus consejos, predicas y obras. Como visionaria, manifestó lo que ocurría en el plano celeste: reveló la naturaleza de Dios, la disposición de las estrellas, señaló el papel que tiene el hombre en la creación y el plan de salvación que se le tiene destinado, puntualizó la manera en cómo se agrupaban las diferentes jerarquías angélicas en torno al Creador, habló sobre el sacrificio de Cristo y la Iglesia, y muchas otras verdades o dogmas. También combatió a los cátaros a través de sus escritos y sermones.


Sus dos obras teológicas son el "Scivias" y "Liber Divinorum Operum" (Libro de las Obras Divinas). Scivias la dividió en tres partes: la primera la dedicó a Dios Padre y a los ángeles, en la siguiente aborda el estudio de la Trinidad, la Iglesia, la Confirmación y el ángel caído. En la última parte hay varios simbolismos relacionados con la plenitud de los tiempos y el Juicio final. En Liber Divinorum, señala la complejidad de la Creación y reconoce en ella la gloria y la omnipotencia de Dios. Tomemos, por ejemplo, la descripción que hace de Él en Liber Divinorum y en la cual describe lo que ve y seguidamente señala el significado de la misma:
Visión sobre el Origen de la vida.
En ella se aprecia la representación
trinitaria de Dios, según el Liber Divinorum.
"Vi como en el centro del cielo austral surgía la imagen de Dios, con apariencia humana, bella y magnífica en su misterio. La belleza y el esplendor de su rostro eran tales que mirar al sol hubiera sido más fácil que mirar aquella imagen. Un ancho círculo dorado ceñía su cabeza. En el mismo círculo, sobre la cabeza, apareció otro rostro, el de un anciano, cuyo mentón y barba rozaban la coronilla del cráneo de la imagen. A cada lado del cuello de esta imagen brotó un ala, y ambas alas se irguieron por encima del mencionado círculo dorado y allí se unieron la una a la otra. El punto extremo de la curvatura del ala derecha llevaba una cabeza de águila, sus ojos de fuego irradiaban el esplendor de los ángeles como en un espejo. En el punto extremo de la curvatura del ala izquierda había algo como un rostro humano que brillaba como relumbran las estrellas. Y estos dos rostros miraban hacia oriente. Además, desde cada hombro de la imagen bajaba otra ala hasta sus rodillas. La imagen estaba revestida por una túnica tan resplandeciente como el sol y en las manos tenía un cordero que brillaba como la deslumbrante luz del día. Bajo los pies aplastaba un monstruo de forma horrible, venenoso y de color negro, y una serpiente". [16]

Esa imagen le explicó ser Él mismo “La energía suprema y abrasadora. Yo soy quien ha encendido la chispa en todos los seres vivientes, nada mortal mana de Mí, y juzgo todas las cosas[17]. Es decir, se trata de una visión trinitaria de Dios donde se presenta a sí mismo como un hombre con dos cabezas (el Padre y el Espíritu Santo) mientras que en los brazos lleva un Cordero (el Hijo). La cualidad celeste se acentúa por el doble par de alas que tiene. Hildegarda explica que la figura representa al Amor, que los reflejos del espejo son los ángeles y el monstruo y la serpiente representan las injusticias y las dudas (es decir el pecado). 

En todos sus tratados, la santa describe lo que ve y después señala lo que la voz interior explica de ellas. Algunas ediciones de sus libros están bellamente decoradas con grabados que la muestran en actitud contemplativa, sentada en banquillo de respaldo alto, con la vista puesta hacia lo alto, mientras que una luz resplandeciente cae sobre su frente, como señalando que recibe la visión. A veces la escena ocupa todo el cuadro, y en una esquina, aparece una pequeña representación de la abadesa. 

Es autora de otras obras en donde aborda temas tanto de índole científico como artístico. En 1150 comenzó su obra musical, El "Symphonia armoniae celestium revelationum" (Sinfonía de la Armonía de Revelaciones Divinas) que contiene letra y música y donde destacan tres poemas: el himno al Espíritu Santo, el himno a Santa María y la Secuencia de San Maximino

También tiene un auto sacramental titulado "Ordo virtutum" (Orden de las Virtudes), en el cual hace una serie de diálogos entre el alma, las virtudes que adornan a esta y las tentaciones del maligno. Entre 1151 y 1158 escribió el Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum (Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas) en donde hacia importantes anotaciones respecto a la medicina de su tiempo y de la plantas medicinales. Entre 1158 y 1163 escribió el "Liber Vitae Meritorum" (Libro de los Méritos de la Vida) en donde narra la historia de la Salvación, donde virtudes y vicios se enfrentan entre sí y finalmente la divinidad sale victoriosa.

Otra de sus obras es la "Lingua Ignota" (1150?) formada por unas 900 palabras y un alfabeto de veintitrés letras. Se cree que este es un lenguaje secreto o desconocido, tal vez una nueva codificación a través de la cual la divinidad deseaba comunicarse con su sierva. Fue consultada como un oráculo, muestra de ello son las más de 300 cartas en las que se comunicó y aconsejó a Papas, cardenales, obispos, reyes y emperadores [18], religiosos y hombres de todas clases y condiciones. También mantuvo correspondencia con Santa Isabel de Shönau (18 de junio) y San Gerlach (5 de enero). Todo esto reflejo de lo trascendental que llegó a ser esta monja benedictina en su tiempo. 


"O vis aeternitatis"
Composición musical de Santa Hildegarda.

Casi en el ocaso de su vida realizó cuatro viajes en su labor predicativa: a Tréveris en 1160, donde se cree predicó un sermón en la suntuosa catedral, luego fue a Colonia entre 1163 o 1164, el tercero a Maguncia por invitación de su arzobispo, y el cuarto a Suabia en 1170 [19].

Murió el 17 de septiembre de 1179, a la edad de 92 años y fue sepultada en la iglesia del convento de Rupertsberg [20]. En la leyenda de su vida nuevamente se confunde lo maravilloso con lo histórico, pues señala que con motivo de su muerte en el cielo apareció un gran círculo y dentro de éste una cruz resplandeciente, primero pequeña, pero después se agrandó hasta ocupar un lugar prominente hacia el oriente [21]. Sus reliquias permanecieron allí hasta que el convento fue destruido y sus restos fueron trasladados al convento cercano de Eibingen, que también fue obra suya. Con merecimiento se le otorgó el título de la "Sibila del Rin", (en clara alusión a su actividad visionaria) y también es llamada la Profetisa Teutónica. Es patrona de los lingüistas y de las novicias benedictinas, de los farmacéuticos, y contra la calvice. Sus atributos son el hábito benedictino (en ocasiones con el cisterciense), la paloma del Espíritu Santo; frascos y hierbas, que recuerdan su labor como farmacéutica; una lira, pues fue compositora; la cruz pectoral, una pluma y un libro, un conventillo que recuerda que fue fundadora, y a veces lleva un báculo en reconocimiento de abadesa.  y, claro, como no, el birrete doctoral a partir de su nombramiento.


Conclusión.
Las doctoras de la Iglesia son mujeres que alcanzaron el más alto grado honorífico que se puede otorgar. No solo dieron muestra de una vida santa, virtuosa y apegada a los preceptos de la religión cristiana, sino que también contribuyeron con sus obras y argumentos a la defensa de su fe. Casi todas tuvieron un marcado misticismo que las llevo a tener experiencias sobrenaturales con la divinidad, a lograr una unión más cercana con Él, y cuyo sentir lo expresaron por escrito para el conocimiento de las generaciones futuras. Guardaron con celo su virginidad y desde pequeñas resolvieron llevar una vida apartada del mundo. 

Santa Hildegarda de Bingen, la cuarta doctora de la Iglesia, llegó más allá de lo que se le permitió a una monja común de su tiempo: fue abadesa, logró independizarse de la comunidad masculina a la cual estaba sujeta, a través de sus visiones señaló lo que Dios quería que se supiera y se realizará, trabó amistad con papas y obispos, con reyes y emperadores, y fue un pilar importante contra la herejía cátara. A pesar de que siempre fue una mujer de salud frágil, logró sacar fuerzas de su flaqueza para cumplir con su destino, se levantó del lecho cuando el asunto reclamó su presencia y cultivó prácticamente todas las artes, todo esto en nombre de la Luz Viviente, que era la voz suprema que le dio la autoridad necesaria para hablar de tal manera a sus contemporáneos.

José Alejandro Valadez Fernández 



Referencias:
Bingen, Hildegarda Santa, El libro de los méritos de la Vida, trad. Rafael Renedo, en www.hildegardiana.es, consultada el 15 de marzo de 2013. 

Bingen, Hildegarda Santa, Scivias: conoce los caminos, trad. de Antonio Castro Zafra y Mónica Castro, Madrid, Editorial Trotta, 1999. 

Martinez Lira, Verónica y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegarda von Bingen: Vida y obra, UNAM- Editorial Espejo de viento, 2003.


Pernoud, Regine, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, Barcelona, 1998.


Renoig, Louis, Iconografía del arte cristiano: Iconografía de los santos, tomo 1 y 2, vol. 3 y 4. Joan Sureda I Pons dir., Daniel Alcoba trad., España, Ediciones del Serbal, 1997. 



[1] Verónica Martínez Lara Lira, y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 33-34. 
[2] Op. Cit., p. 43. 
[3] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 44.
[4] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[5] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 51. 
[6] Ídem. 
[7] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 17. 
[8] Op. cit; p. 16. 
[9] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[10] Regine Pernoud,, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 21. 
[11] Op. cit., p. 22. 
[12] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[13] Ídem. 
[14] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 22. 
[15] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 54.
[16] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad. Rafael Anedo para www.hildegardiana.es.
[17] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad. Rafael Anedo para www.hildegardiana.es.
[18] El emperador alemán Conrado III y su hijo y sucesor Federico I Barbarroja, le pidieron consejo.
[19] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998.
[20] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es.
[21] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 136.

miércoles, 6 de marzo de 2013

San Cirilo de Constantinopla, Padre Nuestro

El 6 de marzo celebraba la Iglesia y la Orden del Carmen a este semi-legendario personaje, del que, salvo crónicas carmelitanas antiguas, no existen referencias históricas, ni de vida, obra o culto. Aún así, el "Flores del Carmelo" se hace eco de algunas "vitae", resumiéndolas y dándolas por ciertas, error que no comete Butler o el "Acta Santorum", obra bastante severa con las leyendas carmelitanas. Sospechosamente, las vidas más antiguas eran inglesas y "se perdieron", así como toda la obra escrita que se le atribuye. En fin, como sea, que diremos algo, resumiendo de nuestro "Flores..." de este santo "padre nuestro":

Según estas “vitae” más o menos legendarias, San Cirilo nació cerca de 1141, en Constantinopla, de padres nobles y cristianos piadosos y ejemplares. Para no ser menos que otros santos, desde niño fue inclinado por voluntad propia a las letras y la piedad y antes del uso de razón, ya había hecho voto de virginidad y de entregarse a Dios. No se sabe mucho de su infancia y juventud (por lo menos eso sí lo admite el “Flores del Carmelo”), sino que cuando tuvo la edad pertinente fue ordenado sacerdote, siendo ya (y cito) “consumadísimo teólogo y letrado, conque era inmenso el fruto que así con sus sermones, como con sus consejos hacía”. Quiso Cirilo predicar a los alejados o que no conocían a Cristo y la ocasión le vino por medio de un prodigio: En 1168 ocurrió que la madre del Sultán
de Iconio, cristiana en secreto, estando moribunda mandó a su hijo levantar un mausoleo y poner sobre este una cruz. Murió la mujer y el hijo, por miedo al pueblo, puso la cruz de noche. Al otro día llegaron algunos turcos celosos de su fe y pretendieron quitar la cruz. El primero se subió, cayó y se hizo papilla; el segundo lo mismo; el tercero se hizo acompañar de millares (!) y lograron tirarla, pero de pronto se formó una tormenta de rayos que mató a la mayoría y apareció un ángel que colocó otra cruz más hermosa aún en el sitio de la otra. Muchos se convirtieron, pero no podían bautizarse, por no haber ministros de Cristo. Enterado Cirilo de este milagro, allá se fue, instruyó al Sultán y a todos los que quisieron aprender la fe cristiana.

Escribió el Sultán al papa Alejandro III (bueno, en realidad no escribió nada, es una carta apócrifa), pidiéndole enviase desde Roma algunos presbíteros valientes para predicar en esta tierra. La carta la llevó el mismo Cirilo, que regresó antes que los embajadores del Sultán, que a su vez recibiría otra carta de Alejandro III. Otra legación ante el papa llevó a cabo, por mandato del Emperador Emanuel Commeno, pero aunque Baronio y otros intentan casar fechas, documentos y personas, todo es bastante confuso. En fin, que según la leyenda, regresó Cirilo a Iconio, y continuó la catequesis del Sultán, que recibió el Bautismo secretamente, en la Pascua de ese mismo año. Lo de secreto bien parece una excusa, pues no consta ninguna conversión de sultán alguno, aunque sí un período de paz para los cristianos en aquellas tierras en estas épocas del sglo XII. En fin, que regresó Cirilo a Constantinopla donde tuvo que enfrentarse en la plaza pública al Patriarca Miguel, que propagaba la herejía de que el Espíritu Santo sólo procede del Padre, y no del Padre y del Hijo. Sufrió Cirilo el acoso del Patriarca y sus seguidores. Amenazas y castigos, hasta que una noche, mientras oraba, se le apareció la Madre de Dios, que le dijo (y cito):

 No quieras temer, Cirilo. Si pretendes huir de los errores de los griegos y alejarte de sus lazos, busca el sosiego y la soledad del Carmelo. En él gozarás de sosiego, tendrás paz y yo seré siempre en tu amparo”.

Museo del Ex Convento
Nuestra Señora del Carmen, D.F.
Un regalito de Tacho Juárez
Respondió Cirilo a esta visión con determinación, repartió sus bienes a los pobres y se embarcó a Tierra Santa. Llegado a Jerusalén, encontró a San Brocardo (2 de septiembre), prior del monasterio del Carmelo. Este había recibido por revelación que un santo varón y una gloria de la Orden vendría a su encuentro y por ello había bajado a la ciudad. Cirilo le contó su visión de María, y Brocardo lo llevó consigo al Carmelo, donde le enseñó los santos lugares de Elías y Eliseo. Al otro día pidió y obtuvo el hábito. ¿Hay que decir fue dechado de virtudes y ejemplo de todos los religiosos, aún de los mayores, en todas las virtudes? No, ya lo sabéis. A los ocho años, se le apareció San Basilio Magno (2 de enero y 14 de junio), que le conminó ir a Armenia a predicar el Evangelio, del que casi ni recuerdo quedaba.
Le dejó partir San Brocardo y le dio por compañero a Fr. Eugenio. Llegó Cirilo a Armenia y fue “llegar y tocar el santo”. El inefable “Flores…” dice: 
llegando el santo a la Corte, la conmovió toda y con la eficacia de su predicación y santidad de su vida, acreditada con insignes milagros, alumbró a los Gentiles, redujo a los Cismáticos, reformó a los Católicos, y a todos los dejó tan obedientes al Sumo Pontífice, que el rey y sus vasallos enviaron a Roma a dar humildes la obediencia a Su Santidad, que era a la sazón Lucio III”.
En estas tierras, además de entre los medos, los esclavones y los partos, según dice el Beato Bautista Mantuano (17 de abril), estuvo 10 años Cirilo como predicador, hasta 1191, año en que regresó a su amado Monte Carmelo y sus soledades. Aunque estuvo a punto de durar poco allí, pues el nuevo papa, Celestino III, le nombró Patriarca de Jerusalén, a lo que se negó nuestro santo.

En el monte Carmelo tuvo el santo, un día de San Hilarión (21 de octubre), una revelación: se le apareció un ángel que le entregó unas azucenas, y enseñándole unas tablas de plata de las que debía transcribir el texto y luego fundirlas para hacer un cáliz y un incensario. Las tablas narraban las once persecuciones que hasta el fin del mundo padecería la Iglesia. Las remitió a Joaquín, abad de los cistercienses de Calabria (al cual hay que tomar con pinzas en todo lo que dice, pues alguna obra suya fue condenada por el III Concilio de Letrán). Otra visión tuvo cuando, al lamentar los peligros de la Orden en manos de moros o cristianos griegos, la Virgen María se le apareció, prometiéndole que la Orden se expandiría y a ella vendrían hombres de muchas naciones. Como fue, al año siguiente se fundaba en Colonia, y luego en Sicilia. 

Milagros obró el santo, como con un mendigo enfermo y ciego que subió al Carmelo a por limosna. Le dio Cirilo una moneda, que el hombre besó y posó en sus ojos, para ver inmediatamente. Conmovido, pidió el hábito, pero se le dilató hasta que regresara San Brocardo, que estaba ausente. A los tres días murió y estando para enterrarlo, llegó Brocardo; preguntó quien era, y el mismo difunto se levantó y dijo “por los méritos de Cirilo he recuperado la luz del cuerpo y del alma, y juntamente la vida”, con lo que se le dio el hábito, y fue un religioso ejemplar.

En 1221 murió San Brocardo, y los religiosos eligieron, por unanimidad, a Cirilo para sucederle como General, ya que le había sido muy fiel y junto a este había obtenido la Regla de manos de San Alberto (7 de agosto). Teniendo este oficio de General, estuvo Cirilo en la canonización de San Ángelo (5 de mayo) en Jerusalén; envió como vicario suyo al futuro general San Simón Stock (16 de mayo), aunque el mismo libro dice que fue San Brocardo, al tratar de la vida de este; visitó a los monasterios dependientes del Monte Carmelo; escribió cartas y obras espirituales, como terminar hasta sus días la “historia” de la Orden que había comenzado Juan Silvano, el patriarca de Jerusalén, o algunos tratados sobre el Espíritu Santo. En 1224, a los 82 años, cansado ya, pidió a Dios le llevase con Él. Obtuvo por una revelación que sería pronto, por lo que apenas enfermó, dispuso todo para su partida, pidiendo perdón a los religiosos y alentándoles a ser fieles. Murió el 6 de marzo de ese mismo año, y fue enterrado junto a sus predecesores, Santos Bertoldo y Brocardo, no sin antes obrar varios milagros en algunos que subieron al Monte Carmelo a venerar sus reliquias. Fue sucedido por el Beato Bertoldo II de Lombardía (17 de mayo), IV General latino.

En 1399 el Capítulo General de la Orden en la Toscana, pidió y obtuvo su canonización a la par de celebrar su memoria litúrgica. Eugenio IV lo canonizó directamente. Recoge el “Flores…” algunos milagros, como resurrecciones; o el regaño a dos religiosos parlanchines del Colegio de Nueva España, a los que amonestó junto a Santo Tomás de Aquino (28 de enero y 8 de marzo); y otro más en las monjas de Sevilla, a las que enturbiaba el agua de una fuente constantemente por haberla hecho reutilizando unos azulejos en los que había estado su imagen. En 1635, el P. Próspero del Espíritu Santo, al "reconquistar" para la Orden el Monte Carmelo, comenzó una serie de excavaciones, identificando, sin mucha crítica, los sitios de Elías, los profetas y el primitivo convento. En una gruta, al tirar un tabique, aparecieron tres tumbas que, inmediatamente, y con menos crítica aún, identificó como las tumbas de los tres Generales: Bertoldo, Brocardo y Cirilo.

En la iconografía carmelitana aparece casi siempre entre los sabios y doctores, junto a San Cirilo de Alejandría (27 de junio; 18, con San Atanasio, y 28 de enero, antes los carmelitas; 9 de junio, liturgia bizantina) y San Cirilo de Jerusalén (18 de marzo), con los que se piensa haya sido confundido, creando un personaje nuevo. Sus atributos son el hábito, el birrete doctoral, la pluma y el libro, la paloma del Espíritu Santo, las mencionadas tablas "proféticas" y unas azucenas.


A 6 de marzo además se celebra a:






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