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sábado, 22 de junio de 2013

Las doctoras de la Iglesia: Parte II. Hildegarda


El presente artículo tiene como finalidad hablarnos de una de las personalidades femeninas y religiosas más fascinantes de la Baja Edad Media: Santa Hildegarda de Bingen (17 de septiembre). Recientemente nombrada doctora de la Iglesia (en octubre de 2012), este análisis nos presenta a grandes rasgos la vida, extensa obra y espiritualidad de esa abadesa nacida en el año 1098 en Bermersheim, en la región de Renania-Palatinado, al suroeste de Alemania. Antes de comenzar, es preciso recordar que ya hice mención en este artículo de otras santas que comparten junto a ella la dignidad de llevar el birrete doctoral y ser reconocidas como parte de ese grupo. Aquí nos dedicamos de lleno a Hildegarda, haciendo algunas anotaciones con respecto al contexto histórico y social en el que nació y se desenvolvió, esto es, en la Europa cristiana del siglo XII. Finalmente haremos un análisis y explicación de las facetas que caracterizaron la personalidad de Santa Hildegarda, a saber: su don profético, su vocación de escritora (a pesar de que rara vez escribió, más bien dictó sus visiones), su papel como fundadora y abadesa de conventos, y su propuesta espiritual para lograr un mayor acercamiento con Dios.

Santa Hildegarda de Bingen fue nombrada doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, junto a San Juan de Ávila (10 de mayo). Resulta extraño que al ser una de las personalidades más polifacéticas e interesantes de la Europa medieval (pues tuvo conocimientos en teología, medicina, geometría, astronomía, arquitectura, gramática, música y otros) haya pasado tanto tiempo para nombrarla doctora. Tampoco se debe olvidar el contexto histórico en el que le tocó vivir, una época difícil para el ingreso de una mujer en la religión y, más aún, para destacar y escribir sobre ella. Veamos pues la situación de la Europa medieval para después introducirnos en la personalidad y obra de nuestra santa.  


La Europa cristiana del siglo XII. 
En el año 1098 el Papa Urbano II convocó a todos los cristianos a recuperar Jerusalén, que se hallaba en manos de los musulmanes, que impedía el paso de los creyentes a visitar el lugar más santo de la tierra: el Sepulcro de Cristo. Así comenzaron los primeros movimientos políticos y religiosos conocidos como las Cruzadas, y más tarde surgió la orden del Temple, cuyo principal objetivo era defender a los peregrinos en su viaje a la ciudad santa. Los templarios eran una combinación de monje y guerrero, hombres piadosos que profesaban los votos monásticos y al mismo tiempo se comprometían a mantener seguros los caminos hacia Jerusalén. Como podemos notar, estamos ante un siglo en la que la conciencia religiosa era el motor de la vida diaria. 

En este contexto, los monasterios desempeñaron un importante papel como productores y repositorios de buena parte de la literatura europea medieval. En ellos se guardaban y copiaban obras religiosas: escritos de los Padres de la Iglesia, reglas monásticas, de oraciones, salterios, aunque también conservaban escritos de autores clásicos, de medicina, de herbolaria, e incluso de música [1]. En esa época también se restableció la regla benedictina, columna vertebral del monaquismo occidental y cuya espiritualidad y modo de vida sirvió de inspiración a otras órdenes religiosas. El poder de esta orden llegó a ser tal que consiguió depender solamente de Roma y comenzó entonces una etapa dorada en cuanto a fundación de conventos.

En un sector más profano, la estructura económica y social medieval eran los señoríos, que se agrupaban a su vez en señoríos más grandes o en reinos y que seguía el sistema del feudo. Los nombres de Luis VII, Conrado III y Federico I Barbarroja nos remiten inmediatamente a ese tiempo aristocrático y caballeresco. 

En cuanto al pensamiento que se puso de moda en las altas esferas fue el amor cortés [2]. Este surgió en los círculos de la nobleza francesa, cultivado por los trovadores quienes le cantaban al amor puro y refinado, a la dama noble y virtuosa, y a las hazañas heroicas de un señor enamorado. Los poemas de este tipo normalmente se acompañaban con música de cuerdas y se interpretaban en los salones palaciegos. Pero no toda la población europea era cristiana. Surgieron varios movimientos religiosos que distaban en mucho de las enseñanzas de la Iglesia, por ejemplo, los cátaros, que se originaron en el sur de Francia. Estos negaban la divinidad de Cristo (pues lo consideraban el mensajero de Dios, más no su Hijo) atacaban casi todos los sacramentos y creían en el principio de dos fuerzas creadoras en igual poder, es decir, que Dios y Satán eran polos opuestos y complementarios. Por estas declaraciones fueron censurados y perseguidos incansablemente.

San Bernardo de Claraval (20 de agosto) y Santa Hildegarda fueron algunos de los combatientes más enérgicos contra la herejía cátara. San Bernardo, uno de los pilares de la Iglesia occidental, fue promotor de la segunda Cruzada, financiada por Luis VII de Francia y el emperador alemán Conrado III. Santa Hildegarda por su parte expresó en una de sus cartas que los cátaros habían sido tentados por el Diablo, pues “entró en esos hombres de un modo tal que no les retiró la castidad. Se introdujo en ellos a través de los demonios del aire (…) Esos hombres tampoco aman a las mujeres, sino que les huyen[3]. La labor de nuestra santa no se limitó solo a combatir herejías, sino que en su vida se manifestaron otras facetas que quedaron constatadas en su leyenda. 

Santos Benito e Hildegarda
Hildegarda de Bingen.
Nació en Bermesheim, cerca de Maguncia, Alemania, en el año 1098 [4]. Fue la última hija de una familia de la baja nobleza conformada por Hildeberto y Matilde. Al ser la hija número diez sus padres consideraron ofrecerla al servicio religioso, como una especie de pago o diezmo a la Iglesia, esto según la mentalidad piadosa de la época. 

En su biografía se refiere que la santa desde pequeña veía cosas que el común no podía, pues “Aún no podía pronunciar palabra cuando logré que mis familiares comprendieran, por medio de sonidos y gestos, que podía ver luces e imágenes provenientes del cielo[5]. Ese precoz don profético la acompañaría toda su vida, y a la tierna edad de cinco años ya podía ver los acontecimientos futuros, como cuando exclamó ante su nodriza: “¡Mira qué hermoso ternero hay dentro de esa vaca! Es blanco, con manchas en la frente, las patas y el lomo. Cuando el ternero nació, resultó ser como la niña lo había descrito[6].

Cuando tenía ocho años, su padre la envió al monasterio benedictino de Disobodenberg, para que ahí comenzará su educación. Fue recibida por la hija del conde de Spanheim, Santa Jutta (22 de enero y 22 de noviembre), la cual le enseñó a cantar los salmos y a leer en latín [7]. Jutta e Hildegarda vivieron en una casita anexa al monasterio, y más tarde ingresaron en él como novicias. El monasterio pasó a ser entonces dúplice, es decir, que era masculino pero que aceptó recibirlas en una celda apartada de las habitaciones de varones. La fama de virtuosas de maestra y alumna traspasó los muros monásticos y algunos nobles se animaron a llevar a sus hijas para que ahí fueran educadas, y entonces fue preciso ampliar ese espacio por el número cada vez más creciente de vocaciones.

La pequeña y enfermiza Hildegarda siguió percibiendo visiones y cuando ella comentaba si todos las podían ver, al recibir negativas, se asustaba, por lo cual, finalmente optó por no volver a mencionarlas (al menos en ese momento) [8]. También informó de ellas a su maestra y ésta al monje Volmar, también benedictino, quien más tarde se convertiría en el secretario de Hildegarda, y luego su copista hasta la muerte. 

A los quince años Hildegarda profesó los votos según la regla de San Benito (11 de marzo y 11 de julio) [9]. La vida de toda monja estaba marcada por las horas canónicas, en donde la oración, los trabajos en comunidad, el silencio y la meditación eran las labores del día a día. Jutta murió en 1136 y la comunidad de religiosas (que ya había crecido) eligió a Hildegarda como su nueva abadesa. Ella tenía 38 años y desconocía que su destino como profetisa apenas iba a iniciarse. 


Retablo de Santa Hildegarda en su abadía de Rüdesheim


Hildegarda, la profetisa del Rhin.
En 1141 Santa Hildegarda contaba con casi 43 años y sus visiones se incrementaron en profundidad, frecuencia y cantidad. Ella misma refiere que recibió por orden divina la obligación de escribirlas. La voz que venía del cielo le ordenó:

"Oh pobredumbre de pobredumbre, di y escribe lo que ves y oyes (…) y esto no a tu manera, ni a la manera de otro hombre, sino según la voluntad de aquel que sabe, ve y dispone todas las cosas en el secreto de sus misterios". [10]

Y también:

"En el año mil ciento cuarenta y uno de la Encarnación de Jesucristo, Hijo de Dios, cuando yo tenía cuarenta y dos años y siete meses. Una luz de fuego, de brillo extremo, que venía del cielo abierto, se fundió sobre mi cerebro todo entero, y sobre todo mi cuerpo, y todo mi pecho, como una llama que sin embargo, no quemaba, sino que más bien por su calor inflamaba, en el modo en el que el sol calienta lo que toca con sus rayos". [11]

Lo que percibió en esa ocasión le pareció más misterioso y sublime (que las visiones que tuvo cuando era joven) y por tanto, habló de ello al monje Godfrey, su confesor, quién lo reveló a su abad (de Disibodenberg), y éste a su vez consideró anunciarlo al arzobispo de Maguncia. El arzobispo, rodeado de un séquito de estudiosos y expertos en teología, examinó las visiones y finalmente dictaminó que eran de inspiración divina [12]. Como era de esperarse, la fama de la Visionaria se disparó inmediatamente.

En ese mismo año Santa Hildegarda comenzó a escribir su principal obra, el "Scivias" (Scire vías Domini ó vías lucís, o sea "Conoce los Caminos"), escrito que tardó diez años en terminar. Como ella todavía dudaba si era correcto o no escribir lo que veía, recurrió al consejo de San Bernardo de Clavaral, quién lo aprobó sin dudar de la fuente de la que provenía, y se convirtió en su amigo y consejero epistolar durante mucho tiempo. Cuando el papa Beato Eugenio III (8 de julio), cisterciense como Bernardo, visitó el arzobispado con motivo del Sínodo de Tréveris en 1147-1148, el arzobispo a instancias del abad de Disibondenberg presentó al Papa una parte del Scivias [13]. El Papa designó una comisión de teólogos para examinarlos, y después de recibir el informe favorable de la comisión, dió su aprobación y él mismo llegó a leer partes del Scivias ante su concurrencia. El Papa señaló que su obra era al estilo de los profetas, la invitó a seguir escribiendo y autorizó la publicación de sus obras.


Ese don profético fue algo que la santa entendió desde sus inicios. Se concebía a sí misma como un simple instrumento de Dios, como un medio a través del cual se manifestaba sus grandezas. No se preocupaba tanto por interpretar lo que veía, sino que su labor se reducía a la simplicidad de comunicarlas. Santa Hildegarda nos dice que sus visiones nos las veía en sueños, ni en éxtasis, ni con los ojos corporales o los oídos humanos:
Sino que las veo con mis ojos y mis oídos humanos interiormente, cuando estoy despierta. Simplemente en espíritu, y las he recibido en lugares descubiertos según la voluntad de Dios”. [14]

Es decir, las percibió a través de los sentidos corporales, pero la inspiración venía del interior, del alma (o si se quiere de la mente), como una cosa infunsa desde lo Alto. Comenzó entonces a escribir entusiasta, ayudada por Volmar, su secretario y copista, y por Richardis de Stade, una monja de su comunidad por la que llegó a sentir un gran cariño.


En 1148, Santa Hildegarda dió inicio a un plan para fundar un convento en Ruperstberg. Desde algún tiempo atrás ya se había hecho evidente que la comunidad de religiosas se encontraba demasiado ceñida en el pequeño claustro que se les había destinado en Disibodenberg, así que la abadesa comenzó las gestiones para un nuevo establecimiento [15]. Ante esto, los monjes se opusieron al traslado pues veían disminuir sus donativos y las visitas al lugar (que atraía a hombres piadosos con aras de conocer a la abadesa). La tenacidad de Hildegarda se sobrepuso y en 1150 el Arzobispo consagró el nuevo monasterio dedicado a San Ruperto (o Roberto) de Bingen (15 de mayo). Es de reconocerle esta labor pues en aquella época los monasterios benedictino femeninos no tenían un gobierno propio y sus monasterios siempre dependían de uno masculino. Ella rompió con esa barrera y se puede decir que su convento fue el primer establecimiento femenino que no estaba adosado a uno masculino. Las visiones se siguieron manifestando y darían como fruto numerosos tratados que le dieron la fama de escritora. 

Hildegarda, la escritora.
Hasta aquí hemos hablado de dos de los rasgos que toda doctora de la Iglesia debía cumplir y que en el caso de Santa Hildegarda se manifestaron al pie de la letra: una vida santa y virtuosa, y el haber profesado una doctrina ortodoxa según los preceptos cristianos. El siguiente requisito era haber dejado un tratado que defendiera o profundizara una o varias verdades de la fe. Santa Hildegarda fue una elocuente defensora del cristianismo que se refleja a través de sus escritos, sus cartas, sus consejos, predicas y obras. Como visionaria, manifestó lo que ocurría en el plano celeste: reveló la naturaleza de Dios, la disposición de las estrellas, señaló el papel que tiene el hombre en la creación y el plan de salvación que se le tiene destinado, puntualizó la manera en cómo se agrupaban las diferentes jerarquías angélicas en torno al Creador, habló sobre el sacrificio de Cristo y la Iglesia, y muchas otras verdades o dogmas. También combatió a los cátaros a través de sus escritos y sermones.


Sus dos obras teológicas son el "Scivias" y "Liber Divinorum Operum" (Libro de las Obras Divinas). Scivias la dividió en tres partes: la primera la dedicó a Dios Padre y a los ángeles, en la siguiente aborda el estudio de la Trinidad, la Iglesia, la Confirmación y el ángel caído. En la última parte hay varios simbolismos relacionados con la plenitud de los tiempos y el Juicio final. En Liber Divinorum, señala la complejidad de la Creación y reconoce en ella la gloria y la omnipotencia de Dios. Tomemos, por ejemplo, la descripción que hace de Él en Liber Divinorum y en la cual describe lo que ve y seguidamente señala el significado de la misma:
Visión sobre el Origen de la vida.
En ella se aprecia la representación
trinitaria de Dios, según el Liber Divinorum.
"Vi como en el centro del cielo austral surgía la imagen de Dios, con apariencia humana, bella y magnífica en su misterio. La belleza y el esplendor de su rostro eran tales que mirar al sol hubiera sido más fácil que mirar aquella imagen. Un ancho círculo dorado ceñía su cabeza. En el mismo círculo, sobre la cabeza, apareció otro rostro, el de un anciano, cuyo mentón y barba rozaban la coronilla del cráneo de la imagen. A cada lado del cuello de esta imagen brotó un ala, y ambas alas se irguieron por encima del mencionado círculo dorado y allí se unieron la una a la otra. El punto extremo de la curvatura del ala derecha llevaba una cabeza de águila, sus ojos de fuego irradiaban el esplendor de los ángeles como en un espejo. En el punto extremo de la curvatura del ala izquierda había algo como un rostro humano que brillaba como relumbran las estrellas. Y estos dos rostros miraban hacia oriente. Además, desde cada hombro de la imagen bajaba otra ala hasta sus rodillas. La imagen estaba revestida por una túnica tan resplandeciente como el sol y en las manos tenía un cordero que brillaba como la deslumbrante luz del día. Bajo los pies aplastaba un monstruo de forma horrible, venenoso y de color negro, y una serpiente". [16]

Esa imagen le explicó ser Él mismo “La energía suprema y abrasadora. Yo soy quien ha encendido la chispa en todos los seres vivientes, nada mortal mana de Mí, y juzgo todas las cosas[17]. Es decir, se trata de una visión trinitaria de Dios donde se presenta a sí mismo como un hombre con dos cabezas (el Padre y el Espíritu Santo) mientras que en los brazos lleva un Cordero (el Hijo). La cualidad celeste se acentúa por el doble par de alas que tiene. Hildegarda explica que la figura representa al Amor, que los reflejos del espejo son los ángeles y el monstruo y la serpiente representan las injusticias y las dudas (es decir el pecado). 

En todos sus tratados, la santa describe lo que ve y después señala lo que la voz interior explica de ellas. Algunas ediciones de sus libros están bellamente decoradas con grabados que la muestran en actitud contemplativa, sentada en banquillo de respaldo alto, con la vista puesta hacia lo alto, mientras que una luz resplandeciente cae sobre su frente, como señalando que recibe la visión. A veces la escena ocupa todo el cuadro, y en una esquina, aparece una pequeña representación de la abadesa. 

Es autora de otras obras en donde aborda temas tanto de índole científico como artístico. En 1150 comenzó su obra musical, El "Symphonia armoniae celestium revelationum" (Sinfonía de la Armonía de Revelaciones Divinas) que contiene letra y música y donde destacan tres poemas: el himno al Espíritu Santo, el himno a Santa María y la Secuencia de San Maximino

También tiene un auto sacramental titulado "Ordo virtutum" (Orden de las Virtudes), en el cual hace una serie de diálogos entre el alma, las virtudes que adornan a esta y las tentaciones del maligno. Entre 1151 y 1158 escribió el Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum (Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas) en donde hacia importantes anotaciones respecto a la medicina de su tiempo y de la plantas medicinales. Entre 1158 y 1163 escribió el "Liber Vitae Meritorum" (Libro de los Méritos de la Vida) en donde narra la historia de la Salvación, donde virtudes y vicios se enfrentan entre sí y finalmente la divinidad sale victoriosa.

Otra de sus obras es la "Lingua Ignota" (1150?) formada por unas 900 palabras y un alfabeto de veintitrés letras. Se cree que este es un lenguaje secreto o desconocido, tal vez una nueva codificación a través de la cual la divinidad deseaba comunicarse con su sierva. Fue consultada como un oráculo, muestra de ello son las más de 300 cartas en las que se comunicó y aconsejó a Papas, cardenales, obispos, reyes y emperadores [18], religiosos y hombres de todas clases y condiciones. También mantuvo correspondencia con Santa Isabel de Shönau (18 de junio) y San Gerlach (5 de enero). Todo esto reflejo de lo trascendental que llegó a ser esta monja benedictina en su tiempo. 


"O vis aeternitatis"
Composición musical de Santa Hildegarda.

Casi en el ocaso de su vida realizó cuatro viajes en su labor predicativa: a Tréveris en 1160, donde se cree predicó un sermón en la suntuosa catedral, luego fue a Colonia entre 1163 o 1164, el tercero a Maguncia por invitación de su arzobispo, y el cuarto a Suabia en 1170 [19].

Murió el 17 de septiembre de 1179, a la edad de 92 años y fue sepultada en la iglesia del convento de Rupertsberg [20]. En la leyenda de su vida nuevamente se confunde lo maravilloso con lo histórico, pues señala que con motivo de su muerte en el cielo apareció un gran círculo y dentro de éste una cruz resplandeciente, primero pequeña, pero después se agrandó hasta ocupar un lugar prominente hacia el oriente [21]. Sus reliquias permanecieron allí hasta que el convento fue destruido y sus restos fueron trasladados al convento cercano de Eibingen, que también fue obra suya. Con merecimiento se le otorgó el título de la "Sibila del Rin", (en clara alusión a su actividad visionaria) y también es llamada la Profetisa Teutónica. Es patrona de los lingüistas y de las novicias benedictinas, de los farmacéuticos, y contra la calvice. Sus atributos son el hábito benedictino (en ocasiones con el cisterciense), la paloma del Espíritu Santo; frascos y hierbas, que recuerdan su labor como farmacéutica; una lira, pues fue compositora; la cruz pectoral, una pluma y un libro, un conventillo que recuerda que fue fundadora, y a veces lleva un báculo en reconocimiento de abadesa.  y, claro, como no, el birrete doctoral a partir de su nombramiento.


Conclusión.
Las doctoras de la Iglesia son mujeres que alcanzaron el más alto grado honorífico que se puede otorgar. No solo dieron muestra de una vida santa, virtuosa y apegada a los preceptos de la religión cristiana, sino que también contribuyeron con sus obras y argumentos a la defensa de su fe. Casi todas tuvieron un marcado misticismo que las llevo a tener experiencias sobrenaturales con la divinidad, a lograr una unión más cercana con Él, y cuyo sentir lo expresaron por escrito para el conocimiento de las generaciones futuras. Guardaron con celo su virginidad y desde pequeñas resolvieron llevar una vida apartada del mundo. 

Santa Hildegarda de Bingen, la cuarta doctora de la Iglesia, llegó más allá de lo que se le permitió a una monja común de su tiempo: fue abadesa, logró independizarse de la comunidad masculina a la cual estaba sujeta, a través de sus visiones señaló lo que Dios quería que se supiera y se realizará, trabó amistad con papas y obispos, con reyes y emperadores, y fue un pilar importante contra la herejía cátara. A pesar de que siempre fue una mujer de salud frágil, logró sacar fuerzas de su flaqueza para cumplir con su destino, se levantó del lecho cuando el asunto reclamó su presencia y cultivó prácticamente todas las artes, todo esto en nombre de la Luz Viviente, que era la voz suprema que le dio la autoridad necesaria para hablar de tal manera a sus contemporáneos.

José Alejandro Valadez Fernández 



Referencias:
Bingen, Hildegarda Santa, El libro de los méritos de la Vida, trad. Rafael Renedo, en www.hildegardiana.es, consultada el 15 de marzo de 2013. 

Bingen, Hildegarda Santa, Scivias: conoce los caminos, trad. de Antonio Castro Zafra y Mónica Castro, Madrid, Editorial Trotta, 1999. 

Martinez Lira, Verónica y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegarda von Bingen: Vida y obra, UNAM- Editorial Espejo de viento, 2003.


Pernoud, Regine, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, Barcelona, 1998.


Renoig, Louis, Iconografía del arte cristiano: Iconografía de los santos, tomo 1 y 2, vol. 3 y 4. Joan Sureda I Pons dir., Daniel Alcoba trad., España, Ediciones del Serbal, 1997. 



[1] Verónica Martínez Lara Lira, y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 33-34. 
[2] Op. Cit., p. 43. 
[3] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 44.
[4] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[5] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 51. 
[6] Ídem. 
[7] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 17. 
[8] Op. cit; p. 16. 
[9] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[10] Regine Pernoud,, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 21. 
[11] Op. cit., p. 22. 
[12] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es
[13] Ídem. 
[14] Regine Pernoud , Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 22. 
[15] Verónica Martínez Lara Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen: Vida y obra, p. 54.
[16] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad. Rafael Anedo para www.hildegardiana.es.
[17] Santa Hildegarda de Bingen, El de las Obras Divinas, trad. Rafael Anedo para www.hildegardiana.es.
[18] El emperador alemán Conrado III y su hijo y sucesor Federico I Barbarroja, le pidieron consejo.
[19] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998.
[20] Santa Hildegarda de Bingen, El libro de los méritos de la Vida, trad. de Rafael Renedo para Hildegardiana, www.hildegardiana.es.
[21] Regine Pernoud, Hildegarda de Bingen: una conciencia inspirada del siglo XII, Paidos, 1998, p. 136.

lunes, 29 de abril de 2013

Las doctoras de la Iglesia: Parte I

Se estrena como colaborador de mi blog (y ya son cuatro), el amigo José Alejandro Valadez Fernández, con un tema que, en principio sería un solo artículo: Santa Hildegarda de Bingen. Afortunadamente, lo ha desarrollado muy bien, con una amplia introducción sobre las Doctoras de la Iglesia, que presentaré en un primer artículo, por lo sustancioso de su contenido, para en otro momento, dar paso al segundo, propiamente sobre Hildegarda. Y os dejo ya con él:



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Santa
Hildegarda
Recientemente fue nombrada Doctora de la Iglesia, en Octubre de 2012, Santa Hildegarda de Bingen (17 de septiembre) una de las personalidades femeninas y religiosas más fascinantes de la Baja Edad Media [1]: este análisis nos presenta a grandes rasgos la vida, extensa obra y espiritualidad de esa abadesa nacida en el año 1098 en Bermersheim, en la región de Renania-Palatinado, al suroeste de Alemania [2]. Pero antes de comenzar, es preciso hacer mención de otras santas que comparten junto a ella la dignidad de llevar el birrete doctoral y ser reconocidas como parte de ese grupo. En otro artículo haremos algunas anotaciones con respecto al contexto histórico y social en el que nació y se desenvolvió, esto es, en la Europa cristiana del siglo XII; también haremos un análisis y explicación de las facetas que caracterizaron la personalidad de Santa Hildegarda, a saber: su don profético, su vocación de escritora (a pesar de que rara vez escribió, más bien dictó sus visiones), su papel como fundadora y abadesa de monasterios, y su propuesta espiritual para lograr un mayor acercamiento con Dios [3].

Las Doctoras de la Iglesia:
En el universo de los santos de la Iglesia católica existen casos de algunos de ellos que destacaron de manera especial porque fueron eminentes defensores de la fe cristiana, a través de la producción de obras o tratados que explicaban o profundizaban algún aspecto de la religión [4]. Por lo general en estos tratados se defendía, de manera notable, los dogmas de la fe, por ejemplo, sobre el misterio y la naturaleza de Dios y sus criaturas, o sobre el origen del mundo o la jerarquía angélica. En otros se proponía una espiritualidad y modelo de vida totalmente innovador, resultado de un profundo conocimiento teológico.


Sto. Tomás y los
Doctores de la Iglesia
Debido a lo trascendental que resultaron esos escritos, la Iglesia reconoció a esos santos como doctores, es decir, les otorgó el grado máximo en conocimiento que se puede dar, y se les reconoció entonces como maestros para la cristiandad. Para ser considerados doctores debían cumplir tres cualidades: haber llevado una vida santa, haber profesado una doctrina ortodoxa y como ya señalamos, haber escrito una obra relevante. Las instituciones encargadas de estudiar los casos son la Congregación para la doctrina de la fe [5] y la de la Causa de los santos [6], las cuales examinan a detalle la vida y obra del candidato y luego lo presentan ante el Papa, quien es el que dictamina el veredicto.

Entre los santos doctores están Santo Tomás de Aquino (28 de enero y 7 de marzo) llamado “el Doctor Angélico”, San Buenaventura (15 de julio) conocido como “el Doctor Seráfico”, San Agustín (28 de agosto; 24 de abril, bautismo; 29 de febrero, traslación de las reliquias a Pavía; 15 de junio, en la Iglesia oriental), San Gregorio Magno (12 de marzo y 3 de septiembre, elección papal), San Jerónimo (30 de septiembre y 9 de mayo, traslación de las reliquias), San Anselmo de Canterbury (21 de abril; 4 de diciembre, consagración episcopal; y 12 de septiembre, invención de las reliquias) y San Bernardo (20 de agosto), por mencionar algunos. Sin embargo, en el terreno de las santas doctoras no es tan fructífero, pues solo se cuenta como tales a Santa Teresa de Jesús (15 de octubre y 26 de agosto, la Trasverberación), Santa Catalina de Siena (1, la impresión de las llagas, y 29 de abril) Santa Teresa del Niño Jesús (1 de octubre) y, en últimos tiempos, a Santa Hildegarda (17 de noviembre). Pero, ¿cuáles fueron esos requisitos que debieron cumplir estas mujeres para ser consideradas como tal?, veamos algunos de ellos. 

En primer lugar, todas estas mujeres llevaron una vida de santidad, y además, hicieron gala de su virginidad. El hecho de consagrarse en cuerpo y alma a su Creador fue indispensable para entrar en ese estrecho círculo (recordemos que hay santas que fueron casadas o viudas, pero ninguna de estas es doctora), caso contrario de los doctores varones, ya que algunos de ellos, antes de reformarse y llevar una vida virtuosa, tuvieron tropiezos en su vida mundana. Las doctoras, en cambio, fueron doncellas que desde su temprana niñez se predestinaron a llevar una vida de pureza y santidad. Según la tradición católica, esta virtud fue la que hizo posible que algunas de ellas recibieran favores o gracias, por ejemplo Santa Catalina, que en reconocimiento de su vida consagrada y virginal, fue tomada por Cristo como esposa, el cual le entregó un anillo como símbolo de su unión [7].

Delicioso anacronismo
en el abrazo de Teresa, Catalina
y Clara. A esta última también
se le ha propuesto para Doctora.
Un rasgo característico de estas mujeres (y de otras santas) es que pertenecieron a la nobleza, o a familias de clase media con cierta influencia local. Sabemos que en aquella época solo las hijas de familias acomodadas podían aspirar a profesar como religiosas (pues la dote y el linaje eran algunos de los requisitos que les pedían). Además podemos notar que casi todas estas mujeres durante su infancia tuvieron contacto con la literatura piadosa que formaba parte del acervo de la biblioteca familiar, reflejo de su posición económica. Otra cualidad (que no es requisito para ser doctora pero que se presenta en estas vírgenes, en mayor o menor medida) fue que experimentaron visiones o arrobamientos místicos [8]. Aquí es preciso hacer un paréntesis entre lo que diferencia una visión de un éxtasis. 

En la experiencia visionaria, el sentido principal por el que se percibe lo divino es la vista, a veces se refiere a que se ve “con los ojos interiores o del alma”, es decir, como una representación mental, en la que si bien intervienen los ojos físicos lo que realmente permite percibir la escena es que el alma se haya en un estado de gracia y purificación tal que puede mirar y comprender lo que sucede en otros planos o dimensiones. El visionario contempla con necesidad de una imagen, y se cree que el entendimiento de esa visión se le da por infusión divina. 

El extático o místico desea la unión espiritual e intelectual con Dios, y actúa sin necesidad de una imagen: Es el anonadamiento, la absorción en y por Dios, del espíritu [9]. Otra característica del extático es que se le permite intervenir en el acontecimiento: por ejemplo, Cristo le permitió a Santa Catalina ver y besar la herida de su costado derecho. En los desposorios de Santa Teresa, también con Cristo, a ella se le colocó un velo y un collar como símbolo de novia mística, y en el que intervinieron como padrinos la Virgen María y San José. Es decir, el místico traza una relación directa con Dios, en un diálogo y actuar mutuo, y no solo lo contempla. En las vidas de las doctoras, hay casos que presentaron estas dos facetas, y otras solo de una.

La santa extática por excelencia es Santa Teresa de Jesús, reformadora de los carmelitas descalzos. En uno de sus arrobamientos más asombrosos (conocido como la Transverberación) Santa Teresa experimenta un intenso dolor que al mismo tiempo era gozo divino pues un Serafín le atravesó el pecho con un dardo. La Santa relata:
Trasverberación de Santa Teresa.
Josefa de Óbidos. Siglo XVII.
"Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no eragrande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido queparecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja departicipar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento" [10].


La segunda cualidad para ser doctora es una vida ortodoxa. El llevar una existencia de acuerdo al modelo y conducta cristiana era algo que se lograba día a día, en la convivencia diaria y la firme convicción de no apartarse del camino ni un instante. Según las hagiografías de estas vírgenes en algunas se manifestaron éxtasis, otras obraron milagros en vida o post-mortem, y otras más dejaron en su lecho un distintivo aroma que fue tomado como signo de su santidad. Son múltiples los pasajes de sus vidas que nos muestran esa postura. Solo mencionaremos algunos:

Santa Teresa de Lisieux ingresó al Carmelo, casi se puede decir, para seguir donde vivían dos de sus hermanas mayores, y donde más tarde profesaron, en el mismo convento, una hermana y una prima. En sus relatos, Teresita cuenta que al principio ella era una chiquilla imberbe y sensible que no comprendía el verdadero significado de la vida religiosa. Pero un suceso marcó su conversión: sucedió que un 24 de diciembre de 1886, el festejo del nacimiento del Niño Jesús, le hizo madurar y reconocer que ahí era su lugar:
En esta noche en la que él se hizo débil y doliente por mi amor, me hizo a mi fuerte y valerosa; me revistió de sus armas, y desde aquella noche bendita ya no conocí la derrota en ningún combate[11].
Un ejemplo de la santidad en la carne lo muestra Santa Teresa de Jesús. En su muerte ocurrida en Alba de Tormes en 1582 dejó un dulce aroma que se expandió por todo el convento, una luz hermosa invadió la celda y alguien vio volar una paloma al lado de su cama [12]. Nadie dudó de su santidad. Su cuerpo fue exhumado varias veces y en cada ocasión le desprendieron partes de su cuerpo que los creyentes tomaron como reliquias: hoy en día se venera su corazón (que se cree incorrupto) en un ornamentado relicario en el convento de Alba de Tormes. 

Impresión de las llagas
de Santa Catalina de Siena
El tercer gran requisito (el más importante) es el haber escrito obras en donde explicaban o profundizaban una verdad de fe. La máxima obra de Santa Catalina de Siena son sus "Diálogos de la Divina Providencia", de los cuales se dice que fueron por inspiración del Espíritu Santo, aunque también dejó voluminosas cartas dirigidas a varias autoridades eclesiásticas, entre ellas a los papas Gregorio XI y Urbano VI. 

Santa Catalina también tuvo experiencias de este tipo, pues mientras oraba ante un crucifijo, “Vio descender cinco rayos sangrantes de las llagas de su Salvador”. Cuando estos cinco rayos la alcanzaron le produjeron un intenso éxtasis que provocó “que se desmayara en los brazos de sus compañeras como si hubiese sido herida[13]. Esto ocurrió en la ciudad de Pisa en 1375 mientras oraba ante un Crucificado. La diferencia de sus estigmas con los de San Francisco fue que los de ella no se percibieron, es decir, fueron invisibles. Esta aseveración generó una acalorada discusión entre franciscanos y dominicos. Los primeros argumentaron que esta fue una gracia especial concedida a su santo patrono. Los dominicos, por su parte, defendieron que Santa Catalina como Sponsa Christi también era merecedora de esas señales. El litigio terminó con la prohibición del papa Sixto IV de representar los estigmas en las imágenes de la santa, aunque posteriormente el papa Inocencio VIII las autorizó de nuevo y “se marcaron entonces como rayos luminosos y a veces como azucenas[14].

En su faceta como diplomática, Santa Catalina fue consejera de Papas y obispos, y en no pocas ocasiones mantuvo discusiones sobre religión con encumbrados estudiosos, los cuales le reconocieron su sapiencia. También obró el prodigio de trasladar al Papa Gregorio XI de Aviñón hasta Roma [15]. Murió en Roma en 1380, fue canonizada en 1461 por Pío II, y reconocida doctora de la Iglesia el 4 de octubre de 1970 por Pablo VI. Es considerada co-patrona de Europa, y especialmente de Italia (y en esto también comparte el crédito con San Francisco de Asís). 

Santa Teresita, sus hermanas
y la M. María de Gonzaga
Santa Teresa del Niño Jesús o Lisieux, nombrada la “Florecilla” fue una carmelita francesa que también redactó una autobiografía: "Historia de un alma", aunque también realizó cartas, poemas y oraciones. Tuvo un ferviente deseo de ser una monja misionera, cosa que no pudo lograr debido a su delicada salud [16]. Sin embargo, fue reconocida como Patrona de las misiones. Profesó que el camino seguro para llegar a Dios era la sencillez de alma: “Hacer por amor a Dios nuestras labores de todos los días.” El sentido de su propuesta era reconocer la pequeñez del hombre ante Dios, de su poder infinito y de sentir plena confianza en Él, es decir, reconocer su misericordia. Se le construyó una basílica en Lisieux y en 1945 se le nombró co-patrona de Francia, con Santa Juana de Arco (30 de mayo) [17]. El 19 de octubre de 1997 fue nombrada doctora de la Iglesia por el Papa Juan Pablo II, quién le concedió el título de "Doctor Amoris".

La obra de Santa Teresa de Ávila comprende varios tratados, cartas y poemas, entre los que destacan su autobiografía conocida como "El libro de la Vida", "Camino de perfección", "Las moradas (o Castillo Interior)". En estos tratados Santa Teresa propusó un modelo para acercarse a Dios: a través de diversos estadios o habitaciones que el alma tenía que pasar, para finalmente, en la última morada, en el interior del castillo, lograr la unión mística con su Creador. Es considerada patrona de España (junto a la Inmaculada Concepción y Santiago Apóstol), patrona de los escritores españoles y es invocada como auxiliadora de las almas del purgatorio. Tuvo una intensa vida activa y contemplativa pues equilibró sus actividades como priora y fundadora de conventos, también logró madurar y entender sus experiencias místicas para después plasmarlas en sus escritos dejando una guía espiritual para la posteridad. Fue nombrada doctora de la Iglesia el 27 de septiembre de 1970 por Pablo VI [18].



José Alejandro Valadez Fernández.


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Y, como hemos dicho, a la cuarta Doctora, Hildegarda, le dedicará el siguiente artículo.



[1] La Baja Edad Media es el período que comprende desde los siglos XI al XV. 
[2] En lo que en la actualidad se conoce como el land Renania Septentrional-Westfalia. Otras versiones nos dicen que nació en Böckelheim, o en el condado de Spanheim pero todas coinciden en el mismo año de nacimiento. 
[3] Su experiencia mística la podemos percibir a través de sus visiones y de la interpretación que ella misma les dio, pues fue conocedora en teología y sus simbolismos. 
[4] Muchos de ellos se convirtieron en documentos cumbre de la teología cristiana. 
[5] El antecedente de esta congregación era la Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición, o simplemente Santo Oficio. La principal función de la Congregación para la doctrina de la fe es, como su nombre lo dice, promover la doctrina de la fe y la moral en el catolicismo. También impulsa el estudio de la doctrina cristiana, su comprensión y que genere argumentos que la defiendan. Así mismo estudia los textos y ver si son ortodoxos y siguen el modelo planteado. 
[6] Le compete todos los asuntos que tienen que ver con la Beatificación de los Siervos de Dios, su canonización, y la Conservación de Reliquias. Ambas congregaciones forman una parte de la Curia romana. 
[7] "Diálogos de Santa Catalina de Sena", trad. Fray Lucas Loarte, Profesor de la Sagrada Teología del Orden de S. Domingo, 1668, Madrid, en Google Books: books.google.com.mx/books?id=K20GCPMFC2wC 
[8] El éxtasis o arrobamiento, según la Real Academia, es un estado del alma, caracterizado interiormente por cierto unión mística con Dios mediante la contemplación y el amor, y exteriormente por la suspensión mayor o menor del ejercicio de los sentidos. Diccionario de la real academia. La experiencia extática no fue exclusiva de las mujeres, también hay casos de santos varones que fueron grandes místicos como San Juan de la Cruz (14 de diciembre), San Francisco de Asís (4 de octubre y 17 de septiembre, la impresión de las llagas) y San Pedro de Alcántara. 
[9] San Ignacio (31 de julio) ideó un modelo de ascesis o actividad espiritual que incluía a cualquiera que deseara acercarse a Dios y no solo para los místicos que desde pequeños hubiesen presentado el don. “El hombre no tiene más que dirigirse hacia Dios por los debidos caminos para alcanzarlo; a él puede llegar solamente con su fervor y el conveniente uso de sus facultades naturales”. Francisco de la Maza, Catarina de San Juan: Princesa de la India y Visionaria de Puebla, CONACULTA, 1990, p. 49. 
[10] Santa Teresa de Jesús, El libro de la Vida, 29, 13. 

[11] Teresa de Lisieux, Historia de un alma. 
[12] Cathleen Medwick, "Teresa de Jesús, una mujer extraordinaria", Marcelo Coiván, trad., España, editorial Maeva, col. Embolsillo, 2002. 

[13] Luis Réau, Iconografía del arte cristiano: Iconografía de los santos, tomo1, vol. 3.Daniel Alcoba, trad., Joan Sureda I Pons dir., España, Ediciones del Serbal, 1997. El pasaje de las llagas tiene su origen en la leyenda de San Francisco de Asís, santo que presentó los estigmas del Señor por primera vez.
[14] Luis Monreal y Tejada, "Iconografía del cristianismo", Barcelona, El acantilado, 2000. Las llagas de Santa Catalina no debían aparecer sangrantes y solo se permitió que fueran representadas por una pequeña fisura, las cuales se pueden apreciar sobre todo en las manos. Otros atributos que acompañan a la santa son las azucenas, símbolo por excelencia de la virginidad, un crucifijo, un rosario, un corazón flameante, y en la cabeza, una corona de espinas. Esta representación con azucenas se usó también para las dominicas Santa Margarita de Hungría (18 de enero) y la Beata Elena de Hungría (12 de junio), aunque esta sólo en la mano derecha.

[15] Louis Reau, "Iconografía del arte cristiano: Iconografía de los santos", vol. 3, tomo 2, Daniel Alcoba, trad., Joan Sureda I Pons dir., España, Ediciones del Serbal, 1997, p. 285. 
[16] En estricto orden de nombramiento, primero fue nombrada doctora Santa Teresa de Jesús, luego Santa Catalina, y después Santa Teresa de Liseux. 
[17] Murió de tuberculosis a los 24 años de edad.
[18] Santa Teresa de Lisieux en Wikipedia la enciclopedia libre, es.wikipedia.org/wiki/Santa_Teresa_de_Jesús

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