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martes, 5 de septiembre de 2017

"sin lucha obtuvieron la victoria..."

Santos Juventino y Maximino de Antioquía, mártires. 5 de septiembre, 25 y 29 de enero.
"Ardían en tan grande amor de Dios, que aun fuera del tiempo de persecución fueron ceñidos con la corona del martirio, y sin batalla lograron levantar el trofeo, y sin lucha obtuvieron la victoria, y sin certamen lograron el premio". 

Ilustración hecha para este blog
por Efrén Sarmiento.

Así habla San Juan Crisóstomo (27 de enero, traslación de las reliquias a Constantinopla; 30 de enero, Synaxis de los Tres patriarcas: Juan, Gregorio y Basilio; 13 de septiembre, muerte; 13 de noviembre, Iglesia oriental; 15 de diciembre consagración episcopal) en una homilía que predicó en honor de estos santos en Antioquía, en año incierto, pues no se conserva la fecha.

Vivieron estos santos en Antioquía, en el siglo IV y bajo el imperio de Juliano, llamado "el Apóstata", por haber renunciado a la fe cristiana para imponer la vuelta del paganismo. Muchos cristianos que se enfrentaron a esto terminaron martirizados, como Santos Bonoso y Maximiano (21 de agosto), San Manuel (17 de junio), o Santos Macedonio, Teódulo y Taciano (12 de septiembre), o el célebre presbítero San Teodoro (23 de octubre), que llegó a decir que Juliano volvía al paganismo "como vuelve el perro a su vómito".

Había mandado el gobernador de Antioquía que se hicieran sacrificios y se consagraran las fuentes de la ciudad, así como los alimentos que ordinariamente se vendieran. Los sacerdotes paganos rociaron todo con agua lustral, ante lo cual muchos cristianos se negaron a comer o beber agua de las fuentes, pero pocos de ellos, pues la mayoría prefirió sobrevivir, y los presbíteros para tranquilizarles, les recordaban como dice San Pablo "De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por causa de la conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud. Y si algún incrédulo os llama, y queréis ir, de todo lo que se os ponga delante comed, sin preguntar nada por causa de la conciencia. Mas si alguien os dijere: 'Esto fue sacrificado a los ídolos', no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por causa de la conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud. La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro. Pues ¿por qué ha de ser juzgada mi libertad por otra conciencia?". (1 Cor 10, 25-28).

Sin embargo, esa exhortación del apóstol no bastaba para nuestros santos, y en una ocasión en que se celebraba un banquete militar, hablaron claramente de la injusticia que cometía el emperador. Compararon a los cristianos con los jóvenes del horno de Babilonia, sobre los que escribe San Daniel (21 de julio), de como habían sido entregados a un príncipe infiel, apóstata y terror de los mortales. Y además, criticaron el ambiente pagano que se vivía desde que el emperador había vuelto a adorar a los ídolos. Muy pronto supo Juliano de lo dicho por Juventino y Maximino, pues ambos eran oficiales de la Compañía de Guardias del emperador. Siendo personas tan ilustres no quiso juzgarles sin más, sino comprobar por sí mismo si era cierto lo que habían dicho de él.

Ambos comparecieron serenos ante el monarca. Y no solo se reafirmaron de lo dicho, sino que además, le recriminaron su política: "Señor, habiendo recibido ambos en el seno de la Iglesia una educación del todo santa, y obedecido siempre a las leyes llenas de piedad, y de religión del Gran Constantino, y de los emperadores sus hijos, no podemos ver, sin gran dolor y sentimiento, que llenéis de abominaciones todo el Imperio, y que con sacrificios impuros manchéis los bienes que Dios ha dado a los hombres, y las cosas más necesarias que les ha suministrado para la conservación de su vida. Por estas desgracias, Señor, hace mucho tiempo que secretamente lloramos, y nos tomamos ahora la licencia de derramar tantas lágrimas su presencia".

Juliano, irritado ante esta reprimenda, mandó que ambos oficiales fueran despojados de sus bienes y estos subastados. Los dos atletas de Cristo le replicaron, según el Crisóstomo: "¿Para qué necesitamos riquezas ni de vestidos preciosos? ¡Aunque sea necesario despojamos por Cristo de nuestro más íntimo vestido, que es la carne, no nos opondremos, sino que espontáneamente lo cederemos". Y efectivamente, les dejaron en la miseria y les metieron en la cárcel. Allí fueron a parar también otros cristianos que apreciaron el gesto de los dos oficiales, y denunciaron la injusticia. Y en la prisión se alentaban unos a otros, oraban y salmodiaban. El emperador mandaba de vez en cuanto a algunos para que les tentaran con promesas de libertad si renunciaban a su fe, pero Juventino y Maximino siempre les rechazaban.

Finalmente, viendo Juliano que la prisión de los santos solo les hacía más respetados entre los cristianos, mandó que los sacaran en secreto de la cárcel y los degollaran, como así se hizo. Juliano fue advertido por algunos de que aquello podía ir en su contra, sabiendo el aprecio que los cristianos tenían de los mártires, así que mandó se publicara que la causa del castigo y la muerte había sido la falta a su autoridad, y no motivo religioso alguno. Pero, sin embargo, los cristianos conocían perfectamente la causa, por lo cual honraron como mártires a ambos santos y levantaron un bello sepulcro en una iglesia.

Y termino con el mismo sermón del inicio. Dice San Juan Crisóstomo: 
"¡Visitémoslos con frecuencia! Toquemos su urna y con grande fe abracemos sus reliquias, a fin de sacar de aquí alguna bendición. Porque, a la manera que los soldados, mostrando a su rey las heridas que recibieron en la batalla, le hablan con grande confianza, así estos mártires, llevando en sus manos las cabezas cortadas y poniéndolas en frente, pueden alcanzar del Rey de los cielos cualquiera cosa que le pidan. ¡Vengamos, pues, aquí con grande presteza, con grande fe; para que, habiendo contemplado estos santos despojos y habiendo considerado sus combates, saquemos en todos sentidos grandes tesoros; y de tal manera pasemos esta vida presente, que lleguemos al puerto de la eternidad con grandes mercancías; y consigamos el reino de los cielos por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea al Padre y juntamente al Espíritu Santo la gloria, el poder, el honor y la adoración, por los siglos de los siglos. Amén".



Fuentes:
-"Las Verdaderas actas de los Martires". Tomo III. Teodorico Ruinart. OSB. Madrid, 1776.
-https://clerus.org


A 5 de septiembre además se celebra a
Santa Raïssa de Antinoe, virgen, y compañeros mártires.
San Bertin de Sithiu, abad.

lunes, 5 de septiembre de 2016

San Bertin de Sithiu.

San Bertin de Sithiu, abad. 5 de septiembre.

Nació a finales del siglo VI en Constanza, y era pariente cercano de San Omer (9 de septiembre), perteneciendo ambos a una de las más poderosas familias del país. Recibió una esmerada educación, impregnada de piedad y ciencias. Como su pariente Omer, a quien quería mucho, cuando Bertin llegó a la juventud, junto a sus amigos San Mumolin (16 de octubre) y San Ebertram (24 de enero), se fue al monasterio de Luxeuil, donde les recibió el abad San Walbert (2 de mayo) y les dio el hábito monástico.

Su leyenda nos dice, como no, que desde el primer día fue un modelo de todas las virtudes, superando en ejemplaridad a monjes más ancianos y con años de vida religiosa. Obediente, cumplidor, caritativo, orante, penitente… etc. A los cinco años los tres amigos fueron ordenados presbíteros al mismo tiempo. En 637 Omer fue nombrado obispo de Thérouanne, y al poco tiempo llamó a su lado a su pariente y sus amigos para ayudarse de su saber y ejemplos para la evangelización de su vasta diócesis. Bertin se dedicó esmeradamente a extirpar los vestigios de paganismo de las gentes del campo. Predicaba, bautizaba, hacía la paz entre los feroces clanes, socorría a los pobres y realizaba portentos para con los enfermos y necesitados.

Diez años gastó el santo en la expansión del evangelio cuando Adrowald, señor de Thérouanne, pidió a San Omer para que fundase un monasterio, dándole la tierra que el santo eligiera. Bertin y Omer se subieron a una barca y se dejaron llevar. Allí donde el barquito encalló, a la altura de Sithiu, desembarcaron y comenzaron la construcción del monasterio. Una vez construido, muchos de los conversos llamaron a sus puertas y Omer pensó en Bertin para que fuera s abad y encaminase los fervores de los nuevos cristianos que querían consagrarse a Cristo. Pero Bertin se negó una y otra vez, por lo que Omer tuvo que poner de abad al no menos santo Mumolin. Celebraban los monjes continua liturgia, sustituyéndose unos a otros, cual acemetas. Aunque tenían numerosas posesiones vivían, en origen, en gran austeridad y pobreza, destinando grandes partes de sus ganancias al culto y a hospital adjunto. En 659 murió el obispo de Noyon y Tournai, el gran San Eloy (1 de diciembre y último domingo de junio, traslación de las reliquias) y San Mumolin fue elegido para sucederle. Ante esto, volvió el báculo abacial a rodear a Bertin, que esta vez no pudo negarse, y fue nombrado abad, con contento de todos los monjes. Bajo su gobierno se trasladó el monasterio a una iglesia cercana dedicada a Nuestra Señora, haciéndolo más grande y bello. Pero a los pocos años igualmente fue necesario trasladarlo por la cantidad de monjes que lo poblaban. El señor de Worenhult le donó un castillo, que el santo convirtió en monasterio, dando pie a la abadía hoy conocida como St-Berthin, célebre por ser un centro importantísimo de santidad y erudición.

Su leyenda no deja de regalarnos con algunos milagros, como el realizado al conde Walbert. Todos los años visitaba este noble la abadía, confesando y comulgando, y nunca se iba antes de pedir la bendición al santo abad. Un día se fue de prisa por resolver un negocio y no pidió la bendición de Bertin. Un monje se extrañó y lo comentó al santo abad, que solo dijo: "Ya Dios se encargará, y con severidad". Y al punto llegó un criado del conde, pidiendo a Bertin que sanase a su amo, enfermo de muerte. Bertin bendijo un odre de vino y lo mandó al conde, que con solo beberlo, sanó y en seguida fue a dar gracias al santo abad.

Bertin y Omer
construyen el monasterio.
Bertin rigió el monasterio con santidad, justicia y caridad durante muchos años, hasta que se sintió cansado del gobierno y pasó la dignidad abacial al monje Rigoberto. A partir de entonces se dedicó a vivir en oración en la soledad de una ermita dedicada a la Santísima Virgen en el cementerio del recinto, esperando la definitiva llamada del Señor. El 5 de septiembre de 709, a los 112 años, expiró dulcemente. Fue sepultado en la iglesia abacial, con gran devoción de los monjes y el pueblo, que le veneraron como santo desde el primer momento. En 840, temiendo las incursiones normandas se escondieron las reliquias del santo, perdiéndose hasta 1042 cuando fueron halladas en la construcción de la nueva iglesia abacial, de estilo románico. 

En cuanto a la abadía, en el siglo XIV se reformó al estilo gótico y los monjes la ocuparon hasta la Revolución Francesa, cuando fueron expulsados y el recinto saqueado y destruido finalmente en el siglo XIX. Las reliquias del santo, que se salvaron, pasaron a la iglesia parroquial, donde se veneran en un bello relicario.




Fuente:
-"Vidas de los Santos". Tomo X. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.


A 5 de septiembre además se celebra a 
Santa Raïssa de Antinoe, virgen y mártir.
Santos Juventino y Maximino, mártires

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