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lunes, 27 de agosto de 2012

Santa Mónica, madre de San Agustín

Quería escribir un poco sobre esta gran santa, pero ¿qué mejor que transcribir algo de lo que el mismo San Agustín (28 de agosto; 24 de abril, bautismo; 29 de febrero, traslación de las reliquias a Pavía; 5 de mayo, conversión; 15 de junio, en la Iglesia oriental) nos dice de ella? Así que hago un extracto de las "Confesiones", y añado una nota histórica sobre su culto e iconografía:

Santa Mónica y el niño Agustín.
Iglesia de su nombre, Valencia.
LÁGRIMAS POR AGUSTÍN 
"Por este tiempo [adolescencia] creía yo, creía ella [Mónica] y creía toda la casa, excepto sólo mi padre, quien, sin embargo, no pudo vencer en mí el ascendiente de la piedad materna para que dejara de creer en Cristo, como él no creía. Porque mi madre cuidaba solicita de que tú, Dios mío, fueses padre para mí, más que aquél. En eso tú la ayudabas a triunfar sobre él, a quien servía, no obstante ser ella mejor, porque en ello te servía a ti, que así lo tienes mandado.
¡Ay de mí! ¿Y me atrevo a decir que callabas cuando me iba alejando de ti? ¿Es verdad que tú callabas entonces conmigo? ¿Y de quién eran, sino de ti, aquellas palabras que por medio de mi madre, tu creyente, cantaste en mis oídos, aunque ninguna de ellas penetró en mi corazón para ponerlas por obra?.
Pero enviaste tu mano de lo alto y sacaste mi alma de este abismo de tinieblas. Entre tanto, mi madre, fiel sierva tuya, lloraba por mí ante ti mucho más que las demás madres suelen llorar la muerte corporal de sus hijos, porque ella veía mi muerte con la fe y espíritu que había recibido de ti. Y tú la escuchaste, Señor; tú la escuchaste y no despreciaste sus lágrimas, que, corriendo abundantes, regaban el suelo debajo de sus ojos allí donde hacía oración; sí, tú la escuchaste, Señor. Porque ¿de dónde si no aquel sueño con que la consolaste, viniendo por ello a admitirme en su compañía y mesa, que había comenzado a negarme por su adversión y detestación a las blasfemias de mi error?
Visión del ángel y el
"donde tú estás, alli está él"
En efecto, se vio de pie sobre una regla de madera y a un joven resplandeciente, alegre y risueño que venía hacia ella, toda triste y afligida. Éste, como le preguntase la causa de su tristeza y de sus lágrimas diarias, no por aprender, como ocurre ordinariamente, sino para instruirla, y ella a su vez le respondiese que era mi perdición lo que lloraba, le mandó y amonestó para su tranquilidad que atendiese y viera cómo donde ella estaba allí estaba yo también. Lo cual, como ella observase, me vio junto a ella de pie sobre la misma regla. ¿De dónde vino esto sino porque tú tenías tus oídos aplicados a su corazón, oh tú, omnipotente y bueno, que así cuidas de cada uno de nosotros, como si no tuvieras más que cuidar, y así de todos como de cada uno?
¿Y de dónde también le vino que, contándome mi madre esta visión y queriéndola yo persuadir de que significaba lo contrario y que no debía desesperar de que algún día sería ella también lo que yo era al presente, al punto, sin vacilación alguna, me respondió: «No me dijo: donde él está, allí estás tú, sino donde tú estás, allí está él?»". (Confesiones XI. 17-20).

MUERTE DE SANTA MÓNICA

"Estando ya inminente el día en que había de salir de esta vida –que tú, Señor, conocías, y nosotros ignorábamos–, sucedió a lo que yo creo, disponiéndolo tú por tus modos ocultos, que nos hallásemos solos yo y ella apoyados sobre una ventana, desde donde se contemplaba un huerto o jardín que había dentro de la casa, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de las turbas, después de las fatigas de un largo viaje, cogíamos fuerzas para la navegación. Allí solos conversábamos dulcísimamente; y olvidando las cosas pasadas, ocupados en lo por venir, nos preguntábamos los dos, delante de la verdad presente, que eres tú, cuál sería la vida eterna de los santos, que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre concibió.
Abríamos anhelosos la boca de nuestro corazón hacia aquellos raudales soberanos de tu fuente –de la fuente de vida que está en ti– para que, rociados según nuestra capacidad, nos formásemos de algún modo una idea de algo tan grande.
Santa Mónica entronizada
Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas palabras. Pero tú sabes, Señor, que en aquel día, mientras hablábamos de estas cosas –y a medida que hablábamos nos parecía más vil este mundo con todos sus deleites–, ella me dijo: «Hijo, por lo que a mí toca, nada me deleita ya en esta vida. No sé ya qué hago en ella ni por qué estoy aquí, muerta a toda esperanza del siglo. Una sola cosa había por la que deseaba detenerme un poco en esta vida, y era verte cristiano católico antes de morir. Superabundantemente me ha concedido esto mi Dios, puesto que, despreciada la felicidad terrena, te veo siervo suyo. ¿Qué hago, pues, aquí?»

No recuerdo yo bien qué respondí a esto pero sí que apenas pasados cinco días, o no muchos más, cayó en cama con fiebres. Y estando enferma tuvo un día un desmayo, qúedando por un poco privada de los sentidos. Acudimos corriendo, pero pronto volvió en sí, y viéndonos presentes a mí y a mi hermano, nos dijo, como quien pregunta algo: «Adónde estaba?». Después, viéndonos atónitos de tristeza, nos dijo: «Enterráis aquí a vuestra madre». Yo callaba y frenaba el llanto, mas mi hermano dijo no sé qué palabras, con las que parecía desearle como cosa más feliz morir en la patria y no en tierras tan lejanas. Al oírlo ella, lo reprendió con la mirada, con rostro afligido por pensar tales cosas; y mirándome después a mí, dijo: «Enterrad este cuerpo en cualquier parte, ni os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor doquiera que os hallareis». Y habiéndonos explicado esta determinación con las palabras que pudo, calló, y agravándose la enfermedad, entró en la agonía.
Mas yo, ¡oh Dios invisible!, meditando en los dones que tú infundes en el corazón de tus fieles y en los frutos admirables que de ellos nacen, me gozaba y te daba gracias recordando lo que sabía del gran cuidado que había tenido siempre de su sepulcro, adquirido y preparado junto al cuerpo de su marido. Porque así como había vivido con él concordísimamente, así quería también –cosa muy propia del alma humana menos deseosa de las cosas divinas– tener aquella dicha y que los hombres recordasen cómo, después de su viaje transmarino, se le había concedido la gracia de que una misma tierra cubriese el polvo conjunto de ambos cónyuges.

Ignoraba yo también cuándo esta vanidad había empezado a dejar de estar en su corazón, por la plenitud de tu bondad; me alegraba, sin embargo, admirando que se me hubiese mostrado así, aunque ya en aquel discurso nuestro, el de la ventana, me pareció que no deseaba morir en su patria al decir: «¿Qué hago ya aquí?». También oí después que, estando yo ausente, como cierto día conversase con unos amigos míos con maternal confianza sobre el desprecio de esta vida y el bien de la muerte, estando ya en Ostia, y maravillándose ellos de tal fortaleza en una mujer –porque tú se la habías dado–, le preguntasen si no temería dejar su cuerpo tan lejos de su ciudad, respondió: «Nada hay lejos para Dios, ni hay que temer que ignore al fin del mundo el lugar donde estoy para resucitarme».

Así, pues, a los nueve días de su enfermedad, a los cincuenta y seis años de su edad y treinta y tres de la mía, fue libertada del cuerpo aquella alma religiosa y pía.
(Confesiones XI. 23, 27-28)"
.

Sepulcro de Santa Mónica en Roma.

Culto, patronatos e iconografía de Santa Mónica:
Ha tenido Santa Mónica varias festividades, a lo largo del tiempo: 9 (segunda traslación) y 20 de abril (primera traslación), 4 de mayo (víspera de la antigua memoria de la conversión de San Agustín) y, actualmente, 27 de agosto (víspera de San Agustín).

Su culto, aunque tardío en la Iglesia, en la Orden Agustina comienza desde los inicios, en el siglo XII. El 20 de abril de 1162 sus restos fueron trasladados al monasterio agustino de Arras. El 9 de abril de 1430, fueron trasladados otra vez, con gran solemnidad a Roma, hecho que se considera su canonización oficial. Fueron llevados a la iglesia de San Agustín de Plaza Navona para ser puestos junto a los de su hijo. El Concilio de Trento fijó su memoria para el 4 de mayo, el día antes de la conversión de san Agustín (celebrada el 5 de mayo, hasta el Concilio Vaticano II, luego trasladada a su día real: 24 de abril). luego de la reforma del calendario litúrgico, se trasladó al día de hoy, 27 de agosto, víspera de San Agustín.

Es patrona de California, de Germolles-sur-Grosne, en Bretaña, donde se le proclamó como tal en el siglo XVI, ya que un 4 de mayo cayó una granizada masiva y se pidió su protección, y no hubo heridos ni daños considerables. Esta ciudad celebraba una feria y procesión el primer domingo de mayo. Por extensión, en la región se le invoca contra el granizo. En algunos países del norte de Europa quedan imágenes y altares suyos, vestigios de otrora presencia agustina. Y, claro, allí donde están establecidos, su memoria se mantiene. En Colonia existe una hermandad "de la Correa", de inspiración agustina, que la tiene por patrona. Es patrona de madres, mujeres y esposas cristianas, protectora de las que tienen los hijos descarriados y matrimonios difíciles.

Su iconografía es bastante repetitiva. Normalmente la vemos como matrona anciana, con pañuelo en las manos, que recuerda las lágrimas por el hijo descarriado. A veces se presenta vestida, en un delicioso anacronismo, con el hábito agustino (báculo incluido), protegiendo a la orden, como madre de los religiosos y religiosas. En el arte pictórico abunda el pasaje de la conversación entre madre e hijo, en Ostia, o la conversión de San Agustín. Y no falta la representación con el niño Agustín. El rosario (la oración incesante por el hijo) y un libro (la Regla de la Orden) le son también atributos típicos.




A 27 de agosto además se celebra a
San Marcelo de Oxirrinco y compañeros, mártires.
San Maelrubha de Apurcrossan, monje.



MI LIBRO ELECTRÓNICO

"TUS PREGUNTAS SOBRE LOS SANTOS

(SANTOS PATRONOS DE LAS ENFERMEDADES)

YA ESTÁ DISPONIBLE.

domingo, 17 de junio de 2012

La Dolorosa de Izucar, la Virgen que lloró.


Salve Reina hermosa, Salve triste Madre.
Salve Mar de pena, Fuente de piedades
(Canto popular)
El lienzo original.
En la Mixteca Poblana, México, al sur del estado se encuentra la ciudad de Izúcar de Matamoros, rica en tradiciones, costumbres y de un gran fervor religioso. La zona fue evangelizada en el siglo XVI por la Orden de Predicadores o dominicos. Entre los habitantes existe una profunda piedad mariana, manifestada en la devoción a distintas advocaciones y festividades en honor a la Madre de Cristo; entre ellas la Asunción, que es titular de la Parroquia y dos de sus barrios; del Rosario, patrona y devoción extendida por los dominicos, la Guadalupana y muchas más. Destaca la imagen milagrosa de la Dolorosa del Convento Dominico, cuya imagen es objeto de tierna veneración entre los fieles izucareños. 

La imagen.
Es una imagen al óleo que representa en un busto a la Virgen en su título de los Dolores, en una actitud devota y conmovedora. Sobre un fondo claroscuro se destaca la imagen de la Virgen, que lleva un vestido en tenue violeta y manto azul oscuro. La daga perforando el lado del corazón hace a la Virgen volver su rostro hacia el lado opuesto con una angustiosa convulsión. Tres serafines entrecruzando sus alas contemplan a María, y pareciera que participan a su modo de los Dolores de Nuestra Señora. Junto a la figura de la Virgen, aparece una peña que sobre la cual está el pensamiento de la Madre: los tres clavos tintos aún en la sangre de Cristo. Apenas una tenue ráfaga de luz que hace distinguir el bello rostro de María abatido, pero radiante. Tal parece que aquella luz viene como del cielo para alumbrar un poco las tinieblas del dolor por la soledad. La imagen es un cuadro pequeño posiblemente de finales del siglo XVIII o principios del XIX de autor anónimo, pero seguro éste emanaba gran piedad y conocimiento en el arte y distribución de los colores, sabiéndolo plasmar en esta bella imagen mariana. 

El milagro.
En la Ciudad de Izúcar de Matamoros en la última década de la paz porfiriana, vivía una existencia impregnada de hospitalidad y sencillez, en este ambiente donde aconteció el hecho verdaderamente milagroso del cual se dio testimonio los supervivientes que tuvieron la dicha de presenciarlo. En la calle que antiguamente se llamaba “de la Acequia Chiquita” vivían en unos aposentos adjuntos a la casa de Dn. Néstor Torres, una familia pobre de tejedores: Rafael Soriano, su esposa Nazaria Flores, y su hija adolecente, Ana María. En dichos aposentos, dada la pobreza de la familia que no se permitía lujos, todo era muy humilde, había un cuadro de pequeñas dimensiones, que les había obsequiado un tío de Nazaria cuando estaban en Guerrero (posiblemente Tlapa), su tierra natal. 

Reproducción del lienzo milagroso
El cuadro estaba en completo abandono sobre una mesa de rincón sin más adorno que un marco sencillo y deteriorado. Aquel óleo que representaba a María en sus Dolores, y por la inclemencia del tiempo y el descuido de sus dueños estaba un tanto ennegrecido. Pero el cielo tomó cartas en el asunto el 24 de septiembre de 1900, este cuadro de tanta inspiración debía salir del rincón en que se hallaba. Serían las ocho de la mañana, cuando la joven Ana María, se disponía a barrer el aposento donde se encontraba la pintura, mientras su madre se ocupada en otras tareas domésticas cuando repentinamente se oyó un grito de sorpresa que resonó en el humilde hogar: - “Mamá, mamá, ¡la Virgen esta llorando!”. Apresuradamente entró y preguntó su madre: -“¿donde hija mía?". Ana María respondió señalando la imagen de la Dolorosa. Un temor piadoso las embargó. Fuera de sí, salió Nazaria a dar cuenta de ello a Dn. Agustín Verdín vecino suyo y Dña. Luisa Cuevas, quien salió de inmediato acompañada de su pequeña hija de 7 años María, siendo estas las primeras en presenciar el portento después de los dueños.

Efectivamente, dice María Montaño siendo ya una persona adulta: “Yo la vi llorar y estuve ahí desde la primeras horas hasta las seis de la tarde en que me fui a comer. Durante diez minutos que la estuve contemplando, brotaban de sus ojos lágrimas de que se deslizaban lentamente, una lágrima más grueso rodó hasta la parte inferior del marco de la Virgen”. Tanto este testigo, como las demás que la vieron, aseguran -“que no se podía ver este fenómeno sin sentirse movidos a llorar". La piedad transformó en un momento aquel recinto pequeño en santuario de María, escuchándose y recitándose ante ella el santo rosario dirigido por una piadosa profesora llamada Flora Martínez. Después de terminado el rezo siguieron llegando las multitudes trayendo flores y lágrimas de emoción. Los testigos nos dicen que se realizó otra maravilla en la imagen de Nuestra Señora: "los ojos que parecían más verdaderos que dibujados, estaban enrojecidos y como escaldados por el llanto, pero lo que admiró fue que también simultáneamente sudaba la santa imagen. Bañaba su frente un tenue sudor como rocío y en forma de diadema y sobre el labio superior el mismo sudor, semejante al que brota en las personas que han llorado mucho”-Con todo esto, según los testimonios de los presentes, se desvanecía la duda sobre la realidad de las lágrimas del cuadro de la Virgen.
Las lágrimas no se secaron hasta que llegara alguna autoridad eclesiástica que debía juzgar el hecho. Ello hizo que Dn. Agustín Verdín buscara al Sr. Cura Delfino González, que por el momento no se encontraba en la población. En tanto, a nadie se le permitía tocar el venerable cuadro hasta que llegaron los Padres Vicarios Gilberto Roldán y José María López, quienes al principio atribuyeron primero a una alucinación colectiva cuando les referían el hecho de las “lacrimaciones “de la imagen. Cambií su opinión cuando, cerciorándose ellos mismos, vienron lo que pasaba. El Padre Roldán pidió algodones y con el mayor respeto limpio el rostro de la Virgen. La gente lloraba, gritaba y pedía perdón a María Santísima. Algo debía de suceder para que llorara la Madre de Jesús. Salieron los sacerdotes hondamente conmovidos. La noticia eléctricamente se había difundido. Toda la ciudad de Izúcar de Matamoros desfiló hacer guardia de honor a la Virgen Milagrosa.
Siendo las once de la mañana, el prodigio se repitió por segunda vez. La Virgen volvió a sudar y a llorar. “No era compatible que manos pecadoras tocaran el cuadro”, decían las gentes; fue la niña Carmen Ibarra quien respetuosamente enjugó por segunda vez el rostro de la Santa Imagen. Todos los testigos aseguran que el cuadro de la Virgen Dolorosa, hasta entonces ennegrecido, quedó renovado milagrosamente desde aquel día. María Montaño que junto con la joven Ana María Soriano repartían flores a cuantos se acercaban, confiesan que “era imposible describir la gran multitud, sus gemidos y el esfuerzo que hacían por entrar a ver a la Virgen. A las cuatro de la tarde aquello era una verdadera feria, el recinto estaba perfumado con flores y las plegarias que brotaban de los corazones de los fieles”.

El lienzo en su lugar habitual,
la predela del altar del Sagrado Corazón
Al caer la tarde de ese mismo día, llego el Señor Cura de la Parroquia, el Padre Delfino González y seguramente experimentaría los que sentían cuantos entraban: un santo temor y luego una honda conmoción. Lo mismo sintió uno de los que ponían en duda el portento: “y cuando entré –dice- sentí que se erizaban mis cabellos, no acerté a hablar, solo pude rezar”. Como era natural, profunda fue la pena de Rafael y Nazaria al saber que se iban a llevarse su único tesoro. Al fin consintieron no sin dolor y mediante una venta simbólica (esto según algunas versiones) y fuese trasladada la venerada imagen al Templo de Santo Domingo, lo que se hizo por orden del Sr. Cura González a las ocho de la noche. Él mismo llevó personalmente el bendito cuadro y aunque no hizo la procesión con toda la pompa indicada, fue sin embargo muy devota.
Bajo un dosel colocaron a la imagen donde al día siguiente se le honró de un modo especial prometiendo no ofenderla jamás. Aquél día no se habló de otra cosa si no de la “virgen que lloró”. Ffue un día tan especial que recordará siempre la Ciudad de Izúcar de Matamoros. Para honrar tan gloriosa fecha comenzaron a celebrarse los días 21 al 23 de septiembre un solemne triduo y el día 24, se hacía procesión con la imagen de María, y se exponía a la veneración pública en un lugar accesible para que los fieles tuvieran la oportunidad de besar tan preciosa y milagrosa reliquia.

En el Templo del Ex convento de Santo Domingo de Guzmán, ha quedado hasta la fecha el cuadro Milagroso, derramando gracias y beneficios a cuantos la invocan. Los devotos de esta piadosa imagen adornaron su cuadro y altar con multitud de exvotos como símbolos de su gratitud y de los favores que han recibido de Ella, lamentablemente hoy esas muestras visibles de devoción ya no existe o no se exhiben. La Imagen prodigiosa de Nuestra Señora de los Dolores se encuentra ubicada en el altar dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, un tanto abandonada actualmente, aunque es elemento invaluable de la Historia de la Ciudad de Izúcar.
 
"¿Qué hombre no lloraría,
si viese a la Madre de Cristo
en atroz suplicio?
"
(Stabat Mater)

Tacho de Santa María. 

Fuentes:
-Relato Histórico de Nuestra Señora de los Dolores. Párroco Arturo Márquez Aguilar, Izúcar de Matamoros.
- Colaboración del Lic. Noé López García, Miembro de la Guardia de la HH. De Nuestra Señora de la Soledad del Templo de Sto. Domingo, de Izúcar de Matamoros, Puebla. 



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