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sábado, 15 de agosto de 2015

El caso Napoleón, una verguenza.

El 15 de agosto, día jubiloso de la Asunción de la Madre de Dios tuvo su rejuego político en la Francia del siglo XIX. En este juego de intereses se mezclan un mártir antiguo, un emperador ensorbecido y una Iglesia débil y servil. Todo para confluir en el expediente X de:
San Napoleón, soldado mártir. 15 de agosto y 2 de mayo.

Los delirios de uno que se hizo emperador. 
El de 2 de diciembre de 1804 Napoleón Bonaparte se coronaba como emperador de los franceses, y al año justo, el 2 de diciembre de 1805, ganaba la batalla de Austerlitz, dando inicio al Imperio Napolónico, que como todo gobierno en manos de un iluminado, pretendía cambiar los destinos del mundo. Y si para ello la realidad era un obstáculo, pues tanto peor para la realidad. Historia, culto, vida cotidiana debían ser cotejadas con la única “realidad” posible: la voluntad del Emperador. No se inventaba nada Napoléon, pues ya la República Francesa en un delirio renovador había hasta cambiado los meses y años, como quien pone a 0 un cronómetro.

Una de las primeras medidas, autocomplaciente por demás, fue declarar una Fiesta Nacional que pusiera la mirada en el emperador. No le valía la fiesta de San Luis de Francia (25 de agosto), que era patrono de los Borbones. Del 14 de julio, ni hablar. Así que se decidió fuera el cumpleaños del mismo Napoleón, que había nacido el 15 de agosto de 1769. Ya lo había hecho antes, pues el Concordato con la Santa Sede había sido firmado el 15 de julio, pero Napoleón lo retrasó su publicación a 15 de agosto, para que coincidiera con su cumpleaños. En 1802 hizo lo mismo, el 3 de agosto era creado Cónsul Vitalicio, pero no lo hizo público hasta el día 15, para que igualmente coincidiera con el día de su nacimiento. Así las proezas, glorias de Francia se personalizaban en él. Pero el deseo de proclamar su cumpleaños como Fiesta Nacional chocaba con un obstáculo: era día de la Asunción, celebración mariana profundamente arraigada en Francia, que además, ya era festiva. Para colmo, había sido una de las fiestas más promovidas por la antigua monarquía francesa, de la que él quería distanciarse. Necesitaba su propia fiesta.

Resurge San Neopolus.
Portalis, Ministro de Cultos del Imperio fue quien sugirió que si tantos hombres en Córcega llevaban el nombre de Napoleón, necesariamente tenía que haber un santo llamado así, por lo que encargó a la Iglesia y a historiadores que lo hallaran. Y mientras, para ir adelantando, el 19 de febrero de 1806 hizo público que el 15 de agosto de ese mismo año el 15 de agosto se celebraría a San Napoleón, patrono del Emperador. Pero ni rastro de un santo de ese nombre. La solución la halló el Cardenal Cappara, que estaba en Francia enfrascado en la elaboración del “Catecismo Imperial” (da miedo el nombre). Cappara halló en el martirologio romano, a 2 de mayo, lo siguiente: “In Rome SS. Martyrum Saturnini, Neopoli”. Ya tenía el nombre. Habilmente tradujeron Neopolus a Napoleone, y de ahí a Napoleón. Ciertamente, el origen es el mismo: “ciudad nueva”. Que el martirologio pseudo jeronimiano pusiera este martirio en Alejandría no fue obstáculo alguno. 

Estampa de "san" Napoleón
con la cara de Napoleón Bonaparte.
Pero de un santo del que solo se sabía el nombre, no había que decir, así que el 14 de marzo de 1806 el obispo de Tournay, ante el desconcierto del clero, mandó que el 15 de agosto celebrasen a San Napoleón obispo, que ya se haría el oficio litúrgico propio. El 21 de mayo la leyenda ya estaba conformada, por obra de Cappara: San Napoleón era un soldado romano, victorioso en batallas y más aún victorioso en los innumerables tormentos a los que fue sometido, para finalmente morir en la prisión. El 15 de agosto la festividad fue solemne, pero solo en los ámbitos del Emperador, la mayoría de localidades celebraron la Asunción, aunque se hicieran referencias al santo del emperador. En territorios de la hoy Bélgica se celebró con desidia, e incluso algunos sacerdotes se negaron a celebrar aquella impostura que suplantaba a la Madre de Dios. El papa Pío VII protestó, pero con cautela, pues sabía que lo mismo que el emperador se servía de la Iglesia podía comenzar a perseguirla. Por su parte, la Iglesia francesa, tan nacionalista, se sumó con gozo a la novedad: la iglesia de Santa Genoveva de París, la abadía de Santa Cruz de Quimperle y otras, tomaron a San Napoleón como patrón. Los bonapartistas hicieron lo mismo. Incluso se llegó a imprimir y bendecir estampas del santo ¡con el rostro del emperador!

El fin de esta payasada imperial llegó pronto. En 1815 le llegó la derrota a Napoleón, y el nuevo rey, Luis XVIII anuló la fiesta del santo Napoleón, devolviendo a su sitio la Asunción de la Virgen Santísima. Napoléon III en 1852 volvió a celebrar el cumpleaños del primer emperador de los franceses, pero sin hacer alusión al santo soldado mártir. Con el tiempo, solo quedan los vestigios arquitectónicos e iconográficos, como alguna escultura o vidriera en iglesias, que recuerdan el infausto tiempo en que un emperador quiso un santo propio.

Fuentes:
-http://inmf.org/saintnapoleon.htm
-http://napoleon1er.perso.neuf.fr/Saint-Napoleon.html

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