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miércoles, 1 de mayo de 2013

Y el nombre de la Virgen era María... Parte II

El 12 de septiembre de 2012 publicamos una primera parte de este tema sobre la devoción al Dulce Nombre de María, que recomendamos releer para entrar en la óptica de esta segunda parte, que retomamos hoy por empezar el "mes de mayo", devota, aunque no litúrgicamente dedicado a María.

Introducción:
María. Oh nombre sagrado. Oh nombre digno de ser amado. Feliz el que lo repite a menudo con amor, quien lo saluda devotamente, quien lo reverencia sinceramente, quien lo invoca frecuentemente. Después del nombre de Jesús, nombre por encima de todo nombre, no hay ninguno más venerable, más dulce, más querido por todos los fieles. A la invocación de este nombre, el pecador se siente lleno de esperanza en la misericordia, el justo obtiene una mayor caridad, el que es tentado logra la victoria sobre sus pasiones, el que está afligido consigue la paciencia y el consuelo. Será, después del nombre de Jesús, mi recurso en las aflicciones, mi consejo en las dudas, mi fuerza en los combates, mi guía en el camino[1].

Haciendo míos los sentimientos del piadoso autor del párrafo anterior, quisiera que su traducción me sirviera de penitencia ante los lectores por mi retraso en concluir este artículo, cuya primera parte se publicó hace ya unos meses.

Aunque en la introducción a esa primera parte ya habíamos hecho alusión a las posibles etimologías del Nombre de María, queremos ampliar un poco el tema con las aportaciones del teólogo Leonardo Boff; somos conscientes de que se trata de un autor controvertido, pero creemos que el libro del que sintetizamos estos datos no se opone a la fe católica; recordemos que cuando fue escrito no había llegado al punto álgido en sus polémicas y continuaba siendo religioso franciscano y por ello nos parecen interesantes algunas de sus aportaciones [2].
"El significado etimológico que le parece más convincente es el de “la amada de Dios”, pues contiene una raíz egipcia, myr, que significa “la amada”, y otra hebrea, yam, que es una abreviatura del nombre de Yahve. Recordemos que la primera María de la que tenemos noticia es la hermana de Moisés y Aarón".

Otra etimología que Boff cree que “goza de algún fundamento” es la que se propuso tras el descubrimiento arqueológico de la antigua ciudad de Ugarit (entre 1929 y 1932), en donde aparece frecuentemente el término mrym, referido a una alta montaña; con esta raíz, María significaría “la sublime, la exaltada, la excelsa”. También toma en consideración la significación de María como “mar de amargura”, de mar-yam, con lo que “el nombre de María apuntaría al aspecto co-redentor de la madre de Jesús, tema siempre muy presente en la piedad católica[3].

Sin embargo, incluye entre las explicaciones etimológicas que “han sido abandonadas por insuficiencia de sentido filológico [4] una de las más extendidas, recogida incluso por San Jerónimo (30 de septiembre y 9 de mayo), la de “Señora”, que vendría del siríaco.

Por otra parte, recuerda que el relato lucano de la Anunciación, el ángel no llama a María por su nombre propio, sino que lo sustituye por el término griego 'kejaritoméne', que solemos traducir como “la llena de gracia”. Boff, para resaltar más la iniciativa del Espíritu Santo prefiere utilizar la palabra “contemplada”, por proceder etimológicamente de templo, y resaltar así el papel de María como Templo del Espíritu Santo, pues afirma que “existe una relación ontológica entre la Persona divina del Espíritu Santo y María, de tal suerte que ésta se convierte realmente (sin metáforas ni eufemismos) en Templo del Espíritu[5].


LA FIESTA DEL NOMBRE DE MARIA EN LA HISTORIA. Continuación.

Tras este paréntesis retomamos los datos del artículo del P. Aliaga. Recordemos que en la primera parte sintetizábamos los orígenes conquenses de esta fiesta y la influencia de San Simón de Rojas (28 de septiembre); volvemos a la historia tras la muerte del santo trinitario.

1. Desde la muerte de San Simón de Rojas hasta la inclusión en el Calendario Universal (1624-1683)
Tras la muerte de San Simón de Rojas, la Marquesa de Monterrey, doña Leonor de Guzmán, hermana del famoso Conde-Duque de Olivares, solicitó a través del Nuncio en España que se tramitase en Roma una nueva extensión de la fiesta del Santo Nombre de María, para todas las Provincias de la Orden Trinitaria, y para todas las diócesis de las Españas. A pesar de que Giulio Sacchetti recomendó especialmente esta petición de la Marquesa, el 6 de enero de 1625, la Sagrada Congregación de Ritos contestó negativamente a ésta [6]. Urbano VIII (Barberini) no era tan condescendiente como Gregorio XV; sin embargo sí accedió a la petición de los trinitarios, concediendo el rito doble de segunda clase a la fiesta del Nombre de María, tanto para la Orden calzada como para la descalza, sin duda por amistad hacia el P. Juan de la Anunciación, Procurador General de los Descalzos, que fue quien hizo la petición. Esta concesión se hizo mediante un decreto de la Congregación de Ritos, fechado el 17 de noviembre de 1640 [7].

Varias fueron las órdenes religiosas que se aprestaron a solicitar a la Santa Sede –con resultado positivo- la fiesta del Nombre de María [8]. En Sevilla se obtuvo también su celebración, que era una de las principales y más solemnes de su Iglesia Catedral. Igualmente, varias diócesis de las Américas pidieron y obtuvieron esta fiesta entre 1622 y 1671 [9].

Tendrían que pasar 46 años para que la petición de extensión de la fiesta a toda España (que se hizo a Urbano VIII en 1625) fuera acogida favorablemente por parte de la Santa Sede. Tras la elección de Clemente X como Romano Pontífice, en el mes de enero de 1671, el embajador de Carlos II don Pedro de Aragón, virrey de Nápoles, presentó al Papa la petición de la reina Mariana, de que se extendiera la fiesta del Nombre de María a todos los reinos de Carlos II, de modo que su oficio se pudiese celebrar por ambos cleros. Esta petición fue atendida favorablemente, emanándose el breve “Praeclara” en fecha de 26 de enero de 1671. El 7 de octubre del mismo año se firmaba en Roma un nuevo breve, dirigido como el anterior a la reina Mariana, por el que se concedía indulgencia plenaria a cuantas personas participaran en la celebración de la misa en dicha fiesta del Nombre de María [10].

En 1676 fue elegido papa Inocencio XI (Odescalchi), que era terciario de la Orden Trinitaria y por tanto conocía y vivía la devoción al Nombre de María [11]. Su objetivo principal fue parar el avance de los turcos por Europa, logrando la nada fácil unión de fuerzas del emperador Leopoldo I y de Juan III Sobieski de Polonia, que tuvo, como logro más vistoso, la liberación de Viena, en fecha 12 de septiembre de 1683. Fue en agradecimiento por esta victoria por lo que Inocencio XI se decidió a extender a la Iglesia universal la fiesta del Nombre de María, como reconocimiento a la protección de la Virgen sobre las tropas cristianas. El 25 de noviembre de 1683 mandaba que dicha fiesta se celebrara en toda la Iglesia, pasándola al domingo dentro de la octava de la Natividad de la Virgen, con oficio y misa propia de rito doble mayor.

2. Desde su extensión a la Iglesia Universal, hasta la promulgación del Calendario de Pablo VI (1683-1969)
La citada extensión a la Iglesia universal de la fiesta, trasladada a domingo, fue bien acogida por el pueblo cristiano, pero iba a suscitar diversas dificultades litúrgicas: un decreto general de 17 de junio de 1684 aclaraba que debía dejar de celebrarse el 17 de septiembre aunque hubiera sido otorgada anteriormente su celebración, que se debía considerar cesada la indulgencia concedida por Clemente X, siendo necesaria una nueva petición a Roma para poder lucrarla, y que se prohibía utilizar y reimprimir los textos litúrgicos propios anteriormente concedidos a España y a algunas órdenes religiosas [12]. Otras muestras de que el pontificado de Inocencio XI es el punto culminante en la difusión de esta devoción son la construcción de la Iglesia del Santo Nombre de María en el foro de Trajano, de Roma, encargada al arquitecto Mauro Fontana, así como la erección de una Archicofradía en su honor en la también romana iglesia de Santo Stefano del Cacco [13].

Por el contrario, cuando esta fiesta llegó a correr serio peligro fue en el pontificado de Benedicto XIV (Lambertini) (1740-1758). Este Papa, gran erudito y apasionado de la liturgia, nombró una comisión para la reforma del Breviario Romano en la que fueron objeto de amplia discusión las fiestas marianas consideradas menores, que habían proliferado abundantemente; se consideró trasladar a fecha fija las que se celebraban en domingo, pero también se pensó en suprimir algunas, como la que nos ocupa. Sin embargo, el Papa no quedó satisfecho con las propuestas de la comisión y asumió personalmente este proyecto, que no llegó a concluir, permaneciendo intacta la fiesta del Nombre de María.

Nuestro autor señala también la concesión por Clemente XII en 1738 de un “Jubileo plenísimo” con indulgencia plenaria a los que visitasen en esta fiesta una iglesia de la Orden Trinitaria [14]. Del mismo siglo XVIII es la concesión de indulgencias por Clemente XIII en 1759 a los que invoquen el Santo Nombre de María. En el XIX vemos que varias congregaciones religiosas de marcada espiritualidad mariana incluyen esta fiesta en sus calendarios propios; es el caso de la Sociedad de María (Padres Maristas) fundada en 1816 y de la otra Sociedad de María (Padres Marianistas), fundada en 1817; los primeros obtuvieron su concesión en 1847.

San Pío X (21 de agosto), mediante la bula “Divino afflantu”, de 1 de noviembre de 1911, reformó el breviario y uno de sus objetivos fue recuperar la importancia del domingo, como celebración principal de los cristianos, que en muchos casos había quedado oculto bajo innumerables fiestas, llevando a cabo lo que ya había intentado la antes mencionada comisión de Benedicto XIV. Así, por lo que a nuestra fiesta se refiere, se pasó del domingo infraoctavo de la Natividad de María, a la fecha fija del 12 de septiembre (que, recordemos, es el aniversario de la liberación de Viena en 1683). No se produjo ninguna novedad hasta la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II; únicamente señalemos que con la nueva denominación de los grados de las celebraciones litúrgicas tras las Rúbricas promulgadas por el Beato Juan XXIII (11 de octubre) en 1960, su categoría quedó fijada en “fiesta de tercera clase”.

El Concilio Vaticano II [15] preveía la revisión del calendario universal; el nuevo Calendario fue promulgado el 14 de febrero de 1969 [16] y de él desapareció la fiesta del Nombre de María. El motivo lo da monseñor Annibale Bugnini: “Se suprime, por estar incluida en la fiesta de su Natividad[17]. 

3. El Nombre de María, en la liturgia actual.
Sin embargo, la fiesta del Nombre de María había dejado gran huella en la liturgia y en la espiritualidad del pueblo cristiano, con lo que hubo muchas peticiones de una rectificación de este punto, que obtuvieron que en la segunda edición típica del Misal Romano de Pablo VI (1975) se incluyera una misa, entre las votivas, propia del Nombre de María, si bien se reduce a una oración colecta propia [18].

Recordando la vinculación de la fecha de esta fiesta, 12 de septiembre, con el cerco de Viena, no es de extrañar que entre los lugares donde se sigue celebrando el Nombre de María se encuentren diversas diócesis de Alemania, Austria y Suiza [19]. También lo recogen en sus calendarios algunos Institutos religiosos; es el caso de los Marianistas y Padres Maristas (como solemnidad), los Escolapios (como fiesta) y los Trinitarios y Hermanos Maristas (como memoria obligatoria).

En fecha 15 de agosto de 1986, con la aprobación del Beato Juan Pablo II, la Congregación para el Culto Divino promulgaba el libro de “Misas de la Virgen María[20], que incluye 46 formularios de misas marianas, sobre todo para su uso en santuarios; el número 21 lleva el título: “El Santo nombre de la Bienaventurada Virgen María” y lleva propios todos los textos eucológicos y del leccionario; estos textos, a excepción del prefacio [21] y con pocas variaciones, están tomados del "Proprium missarum Societatis Mariae" [22].

El último capítulo en la historia de esta festividad mariana viene con la tercera edición típica del Misal Romano (2002), en cuyo calendario se incorporan o recuperan algunas celebraciones; es el caso de la que nos ocupa, “El Santísimo Nombre de María”, que aparece en su fecha, ya tradicional, del 12 de septiembre, si bien con la categoría mínima de memoria libre y con un formulario que contiene únicamente la oración colecta.

Concluimos así este itinerario, y lo hacemos transcribiendo un bello texto de San Bernardo de Claraval (20 de agosto) en su Homilía “Sobre las excelencias de la Virgen Madre”:
El evangelista dice: «Y el nombre de la Virgen era María». Digamos algo a propósito de este nombre que, según dicen, significa «estrella del mar» y que resulta tan adecuado a la Virgen Madre. De manera muy adecuada es comparada con una estrella, porque, así como la estrella emite su rayo sin corromperse, la Virgen también dio a luz al Hijo sin que ella sufriera merma alguna. Ni el rayo disminuyó la luz de la estrella, ni el Hijo la integridad de la Virgen. Ella es la noble estrella nacida de Jacob, cuyo rayo ilumina todo el universo, cuyo esplendor brilla en los cielos, penetra en los infiernos, ilumina la tierra, caldea las mentes más que los cuerpos, fomenta la virtud y quema los vicios. Ella es la preciara y eximia estrella que necesariamente se levanta sobre este mar grande y espacioso: brilla por sus méritos, ilumina con sus ejemplos.

Tú, que piensas estar en el flujo de este mundo entre tormentas y tempestades en lugar de caminar sobre tierra firme, no apartes los ojos del brillo de esta estrella si no quieres naufragar en las tormentas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si te precipitas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres zarandeado por las olas de la soberbia o de la ambición o del robo o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira o la avaricia o los halagos de la carne acuden a la navecilla de tu mente, mira a María. Si turbado por la enormidad de tus pecados, confundido por la suciedad de tu conciencia, aterrado por el horror del juicio, comienzas a ser tragado por el abismo de la tristeza, por el precipicio de la desesperación, piensa en María.

En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No la apartes de tu boca, no la apartes de tu corazón y, para conseguir la ayuda de su oración, no te separes del ejemplo de su vida. Si la sigues, no te extraviarás; si le suplicas, no te desesperarás; si piensas en ella, no te equivocarás; si te coges a ella, no te derrumbarás; si te protege, no tendrás miedo; si te guía, no te cansarás; si te es favorable, alcanzarás la meta, y así experimentarás que con razón se dijo: «Y el nombre de la Virgen era María»" [23].


Ángel Luis Estecha González, pbro.




[1] Abbé (D´Hérouville): “Imitation de la très-Sainte Vierge sur le modèle de l´Imitation de Jésus-Christ”; Ed. Mame; Tours, 1855. Livre IV, Chap IX. (Pp. 346-347).
[2] Boff, Leonardo: “El Ave María, lo femenino y el Espíritu Santo”. Ed. Sal Terrae; Santander, 1982.
[3] Boff, o.c., p. 48.
[4] Boff, o.c., p. 49.
[5] Boff, o.c., p. 55.
[6] Petición, en ARCHIVO SECRETO VATICANO, Segreteria di Stato, Spagna, vol. 64, 689. Respuesta, en Fondo Pio, vol. 198, 223. Textos (ambos en italiano) recogidos por Aliaga en su Apéndice Documental. 
[7] Oficia Propria Festivitatum, et Sanctorum, quae in toto Ordine SS. Trinitatis R. C. generaliter celebrantur (Matriti 1717) s.f. (=Rubricae speciales).
[8] Nos recuerda el Artículo que sintetizamos: “Antes de 1670, lo habían pedido y obtenido: los cistercienses españoles, que compusieron un oficio propio, aprobado a instancias del Maestro fray Rafael de Oñate; los dominicos, franciscanos, agustinos, carmelitas (que consiguieron el rango de rito doble mayor), mercedarios, jesuitas y mínimos (que obtuvieron la facultad de poder celebrar el oficio del Nombre de María todos los sábados del año)”.
[9] Eliminando otros valiosos datos que nos da Aliaga, nos limitamos a enumerar dichas diócesis: Lima, León en Nicaragua, Cartagena de Indias, Panamá, Puerto Rico, Arequipa y Santiago de Cuba. La mayoría de los obispos peticionarios eran trinitarios.
[10] Ambos breves, publicados por J. J. Bourassé, Summa Aurea de laudibus Beatissimae Virginis Mariae VII (Paris 1866) 272-274. Textos recogidos por Aliaga.
[11] En 1677 respondió a varias cuestiones relativas a esta fiesta, como que no se podía obligar a los franciscanos a preferir el oficio del Nombre de María sobre el de las Llagas de San Francisco, que se celebraba en la misma fecha (17 de septiembre).
[12] El texto, tomado de “Decreta authentica Congregationis Sacrorum Rituum”, podemos verlo en Aliaga. Un nuevo decreto del mismo año regulaba otras cuestiones litúrgicas “menores”, como que en el Oficio del Nombre de María no se hiciese conmemoración de la Octava de la Natividad.
[13] Erigida por el breve “Cum nos” el 11 de mayo de 1689.
[14] Aliaga incluye el texto latino del Breve, del archivo del convento trinitario de San Carlino alle Quattro Fontane, de Roma.
[15] En la declaración que se puso como apéndice a la Constitución Sacrosantum Concilium, en 1963.
[16] Por el Motu Proprio "Misterii Paschalis".
[17] BUGNINI, A. “La Reforma de la liturgia 1948-1975” (Madrid 1999), p. 273. Citado por Aliaga.
[18] Mons. Bugnini afirma: "En la segunda edición del misal se incluyeron las misas de María Madre de la Iglesia, y del Smo. Nombre de María, por numerosas e insistentes peticiones": o.c., p. 351. Recogido por Aliaga.
[19] El arraigo que esta fiesta ha tenido en los países de lengua germana, y que es fácil intuir tiene su origen en la liberación de Viena (1683), ha quedado patente en el haber dejado la fiesta del Nombre de María en su ubicación del 12 de septiembre, para uso de aquellas diócesis que quieran celebrarla. Véase la edición oficial del Misal para el mundo de habla alemana, Die feier der heiligen Messe. Messbuch für die Bistümer des deutschen Sprachgebietes (Freiburg im Breisgau 1988) 769: 12 september, Mariä Namen. Citado por Aliaga.
[20] “Collectio Missarum de beata Maria Virgine”.
[21] Recordemos que citábamos un fragmento de este prefacio en la introducción a la primera parte de este artículo.
[22] La introducción a esta misa nos recuerda entre otras cosas que en este formulario “se glorifica ante todo a Dios Padre por el 'Nombre de Jesús' (…) En segundo lugar es glorificado por el 'Nombre de María', esto es, por la persona de la Madre de Cristo y su misión en la historia de la salvación”. Continúa desarrollando que los diversos elementos de la misa celebran el Nombre de María en cuanto que es glorioso, santo, maternal y providente.
[23] Este texto ha sido incorporado como segunda lectura del Oficio de Lectura de la celebración de esta memoria. Esta traducción litúrgica es la que durante varios años se publicó en apéndice al “Calendario Litúrgico-Pastoral” de la Comisión Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española.

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