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martes, 16 de marzo de 2021

"jamás pudieron quitarle el tesoro de la fe"

San Julián de Cilicia, mártir. 16 de marzo. 

La fuente para saber de este mártir es una homilía que San Juan Crisóstomo le dedica en su memoria: 

“La misma Provincia que vio nacer al gran Pablo para el Apostolado, produjo a Julián para el martirio y la Cilicia dio a la Iglesia estos dos Santos. Luego que se declaró la guerra a los soldados de Jesucristo, y que llegó el tiempo de la pelea, este último cayó en manos de un hombre quien, con el título de Magistrado, ejercía la crueldad de una bestia feroz. Pero considerad un poco el artificio. Conociendo este malvado Juez que el alma de Julián era de un temple tan impenetrable que los suplicios no podían alterarle, emprendió vencerle dándole tiempo dilatado. Hacíale comparecer ante sí todos los días y le volvía a enviar después a la cárcel, concediéndole nuevamente largas. No quiso cortarle luego la cabeza porque esta muerte tan pronta hubiera sido muy favorable al mártir y no era esto lo que pretendía aquel juez inhumano. Buscaba cómo probar su paciencia con repetidos interrogatorios, y amenazas, con la vista de los tormentos, con promesas y, en fin, sirviéndose de varias invenciones para estremecer este peñasco de constancia. 
 
Túvole por espacio de un año paseándole por toda la Cilicia, llevándole consigo como un reo, y cargándole a vista de toda la Provincia de oprobrios, y de afrentas. Pero se engañaba en esto, porque no hacía sino aumentar el mérito y la gloria de su prisionero (…) No solo confirmaba a los fieles en la fe por su reputación, sino que también atraía a los infieles; y esto con solo mostrarse él mismo a unos, y a otros. Pretendían hacer a todos los de Cilicia testigos de su vergüenza y de su infamia, y era muy al contrario. (…) 

Nuestro mártir publicaba la grandeza, y la majestad de Jesucristo, cuando padecía tan largas y tan crueles penas por sus intereses, y por su nombre. Menos brilla el firmamento en una noche de invierno cuando estando el aire puro, y sereno, nos deja ver todas sus estrellas, que [lo que] luce el cuerpo de Julián cubierto de llagas. Sí, por cierto: los astros, digo otra vez, fijos en el cielo, son menos luminosos que las heridas de nuestro mártir. Vosotros me confesareis que los demonios, y los hombres ven igualmente las estrellas: mas por lo que toca a las llagas de Julián, los hombres bien pueden verlas: los fieles muy buena vista tienen para mirarlas, pero los demonios se quedan deslumbrados. ¿Qué digo yo?, ni siquiera se atreven a echar una mirada: su resplandor los cegaba. 

Y esto es tanta verdad, que aun el día de hoy estos espíritus impuros no pueden sufrir esta luz tan superior. Traigan un energúmeno ante las Reliquias del Santo, por intrépido que sea el demonio que le posea, por furioso que parezca, jamás se acercará a ellas, y le veréis huir al llegar al pórtico: antes pasará por carbones encendidos: más presto se arrojará a ellos, que pasar a este lugar sagrado; y sola la vista del sepulcro le hará huir, y retirarse. Pues si después de tanto tiempo como se ha pasado desde la muerte del mártir, aun hoy, que este cuerpo no es más que ceniza y polvo, no se atreven los demonios ni aun a mirarle, ¿qué confusión y tinieblas no serían las suyas, cuando del todo brillante con la purpura de su sangre hería sus espantadizos ojos? 

Había, pues, llegado a ser Julián el objeto del furor insensato de un idólatra. Veíase rodeado por todas partes de un tropel de tormentos. Sufríalos todos a un tiempo: los que padecía, y los que aún no experimentaba: los que estaba pronto a pasar, y los que había de llevar después. Porque los verdugos estaban alrededor de él como otras tantas bestias insaciables: unos le herían los costados, otros le levantaban el pellejo: estos penetraban más adentro y descubrían los huesos, y aquellos llegaban a verle las entrañas. Pero en vano profundizaban, porque jamás pudieron quitarle el tesoro de la fe. No es este tesoro como el de los reyes, porque desde el momento en que os han abierto las puertas o habéis penetrado las paredes que los encierran, los veis y los tocáis. Aquí todo es al contrario: Jesucristo, divino tesoro de Julián, está en su corazón como en un santuario: los verdugos penetran las paredes, abren, rompen, quebrantan las puertas de este relicario, y no pueden ni hallar la riqueza que se oculta, ni mucho menos hacerse dueños de tan preciosa alhaja. (…) No obstante, profirió el mártir una palabra y salió de su boca acompañada de un rayo de luz, más brillante que los del sol: atraviesa esta el aire, elévase al cielo y penetra hasta lo más alto. Percibiéronla los ángeles, los arcángeles la hicieron lugar para que pasase, y los querubines la recibieron, y la condujeron al pie del trono de Dios Padre. 

Viendo en fin el juez la inutilidad de sus esfuerzos y el poco éxito de su empresa, conociendo que era tirar coces contra el aguijón, y dar en un diamante el continuar atormentando al invencible Julián, resolvió hacerle morir con brevedad. Porque la muerte de los mártires es una señal de su victoria, y de sus enemigos la vergonzosa derrota. Ved aquí el género de suplicio que inventó el tirano, o por mejor decir, que renovó para distinguir su crueldad, pero que al mismo tiempo señaló la grandeza del valor del santo mártir. Trajeron un gran saco lleno de arena hasta la mitad: metieron en él al Santo con víboras, escorpiones, y otras especies de serpientes muy venenosas y después echaron todo esto al mar. Y así ved al mártir a merced de estos horribles insectos: ved al justo segunda vez con las bestias: digo segunda vez, para traeros a la memoria la historia antigua de Daniel. Arrojaron a Daniel en un lago, y a Julián en la mar. Recibióle este elemento para coronarle y para dárnosle tal como le poseemos en esta caja. 

Se dignó Dios repartir con nosotros a los mártires: él toma el alma para sí y a nosotros nos deja el cuerpo, para que teniendo siempre a la vista estos sagrados despojos nos animásemos a la práctica de las virtudes que los han consagrado. Porque si la vista de las armas ensangrentadas de cualquier hombre valiente, excita cierto ardor marcial hasta en el corazón más cobarde, (…) ¿qué debemos sentir nosotros, que vemos, que tocamos, no las armas de este soldado de Jesucristo, sino su cuerpo ensangrentado por la gloria de su Maestro, y del nuestro? Aun cuando fuésemos los más cobardes de todos los hombres, esta vista sola es capaz de encender en nuestros corazones el mismo ardor que consumía al de Julián. Dios nos confía las reliquias de los Mártires para que tengamos entre manos la materia de una filosofía la más sublime y elevada”.


Fuente:
-"Las Verdaderas actas de los Martires". Tomo III. Teodorico Ruinart. OSB. Madrid, 1776.


A 16 de marzo además se celebra a:

San Heriberto de Colonia,
obispo
.
Santa Eusoye de Hamage,
abadesa
.
San Abraham Kidunaia,
eremita
.







sábado, 27 de febrero de 2021

"permanecieron firmes como benditas columnas del Señor"

Santos Julián, Cronión y Besas, mártires. 27 de febrero.

El testimonio de su martirio, escueto, pero elocuente, lo hallamos en la conocida carta del obispo San Dionisio de Alejandría (17 de noviembre) sobre los mártires de Alejandria, en la cual también se nos habla de Santa Apolonia (9 de febrero). Dice Dionisio, luego de lamentar la apostasía de algunos cristianos: 

"Pero otros permanecieron firmes como benditas columnas del Señor, confirmadas por el mismo Señor. Y recibiendo de Él la fuerza adecuada a su medida de fe, resultaron ser admirables testigos de su reino. El primero de ellos era Julián, un hombre afligido por la gota, que no podía andar ni estar de pie, y que, junto con otros dos que lo llevaban, fue procesado. De éstos, uno negó inmediatamente su fe, pero el otro, llamado Cronión, conocido como Euno, y el anciano Julián mismo, después de haber confesado al Señor, fueron llevados en camellos por toda la ciudad, que es muy grande, como sabéis, y fueron azotados, y finalmente consumidos en un inmenso fuego, en medio de una multitud de espectadores. Pero un soldado, llamado Besas, que estaba cerca, oponiéndose a la insolencia de la multitud mientras estos mártires estaban en camino a la ejecución, fue atacado por ellos con gritos fuertes, y este valiente soldado de Dios, después de haber sobresalido en el gran conflicto de la piedad, fue decapitado." 

Las reliquias de estos santos se veneran en Autun, Francia. 


A 27 de febrero además se recuerda a:

San Baldomero,
archidiácono
.
San Gelasio, mártir.
Santa Honorina,
virgen y mártir
.








miércoles, 24 de febrero de 2021

"hagamos lo que nos conduce al reino celestial"

Santos Montano, Flavio y compañeros mártires. 24 de febrero y 23 de mayo. 

El testimonio de estos mártires es de esos que nos llegan al alma y que, en mi opinión, deberían ser leídos en las iglesias, como se hacía antiguamente. Nos ha llegado de manera directa, pues está descrito en una carta que ellos mismos escribieron a la comunidad cristiana desde la cárcel, siendo completada por un sobreviviente. 

En septiembre de 258 fue martirizado el obispo de Cartago, el gran San Cipriano (16 de septiembre), quien dejó una sólida iglesia local, formada y fuertemente evangelizadora. Poco después del martirio de Cipriano, moría su ejecutor, el procónsul Galerio Máximo, quedando la ciudad sin sucesor, tomando el gobierno temporalmente el procurador Solon, un hombre más débil pero no menos fiero con los cristianos. En sus días se desató una rebelión en la que muchos funcionarios fueron asesinados. Solon, en lugar de ordenar averiguaciones y buscar culpables, dictaminó que los cristianos eran los culpables y que querían vengar la muerte de Cipriano. Fueron apresados ocho cristianos prominentes de la iglesia cartaginense. 

"En cuanto nos apresaron – dice la mencionada carta - nos entregaron en custodia a los soldados. Los soldados del gobernador nos dijeron que íbamos a ser condenados a las llamas; entonces rezamos a Dios, con gran fervor, para que nos librara de ese castigo, y él, en cuyas manos están los corazones de los hombres, se complació en acceder a nuestra petición. El gobernador alteró su primer intento, y nos ordenó que fuéramos a una prisión muy oscura e incómoda, donde encontramos al presbítero Víctor, y a algunos otros; pero no estábamos consternados por la inmundicia y la oscuridad del lugar, pues nuestra fe y gozo en el Espíritu Santo nos reconcilió con nuestros sufrimientos en ese lugar, aunque no eran tan fáciles de describir. Pero si grandes son nuestras pruebas, más grande es Aquel que las vence en nosotros. Nuestro hermano Reno, mientras tanto, tuvo una visión en la cual vio a varios de los prisioneros salir de la cárcel con una lámpara encendida delante de cada uno de ellos, mientras que los demás, que no tenían tales lámparas, se quedaban atrás. Él nos discernió en esta visión, y nos aseguró que éramos del número de los que salieron con lámparas. Esto nos dio una gran alegría, porque entendimos que la lámpara representaba a Cristo, la luz verdadera, y que debíamos seguirlo por el martirio. 

Al día siguiente fuimos enviados ante el gobernador para ser interrogados. Para nosotros fue un triunfo ser conducidos, como un espectáculo, por el mercado y las calles, con nuestras cadenas sonando. Los soldados, que no sabían dónde nos oiría el gobernador, nos arrastraron de un lugar a otro hasta que, al final, ordenó que nos llevaran a su presencia. Nos hizo varias preguntas; nuestras respuestas fueron modestas, pero firmes: al final fuimos enviados a prisión; aquí nos preparamos para nuevos conflictos. La prueba más dura fue la que sufrimos a causa del hambre y la sed, pues el gobernador ordenó que nos mantuviéramos sin comer ni beber durante varios días, de modo que el agua nos fue rechazada después de nuestro trabajo; sin embargo, el diácono Flavio agregó grandes penitencias voluntarias a estas dificultades, dando a otros el pequeño refrigerio que tan escasamente nos permitían los carceleros. 

Dios se complació en consolarnos en esta nuestra extrema miseria, por una visión que le dio al presbítero Víctor, quien sufrió el martirio pocos días después. ‘Anoche vi, nos dijo, a un niño, cuyo rostro era de un resplandor maravilloso, entrar en la cárcel. Nos llevó a todas partes para hacernos salir, pero no había salida; entonces me dijo: Aún te preocupas de ser retenido aquí, pero no te desanimes, yo estoy contigo; lleva estas noticias a tus compañeros, y hazles saber que tendrán una corona más gloriosa. Le pregunté dónde estaba el cielo; el niño respondió, Más allá del mundo’. Víctor entonces deseaba que se le mostrara el lugar de los bienaventurados, pero el niño en la visión lo reprendió suavemente, diciendo, ‘¿Dónde entonces estaría tu fe?’ Víctor dijo: ‘No puedo retener lo que me ordenas: dame una señal que pueda dar a mis compañeros’. Él respondió: 'Dales la señal de Jacob, es decir, su escalera mística, que llega hasta el cielo’. Poco después de esta visión, Víctor fue ejecutado. Esta visión nos llenó de alegría. 

Dios nos dio, la noche siguiente, otra garantía de su misericordia, por una visión a nuestra hermana Quartillosia, una compañera de prisión, cuyo esposo e hijo habían sufrido la muerte por Cristo tres días antes, y quien los siguió al martirio unos días después. ‘Yo vi’, dijo ella, ‘a mi hijo, que sufrió; estaba en la cárcel sentado en hermosa fuente, y me dijo: ‘Dios ha visto tus sufrimientos’. Entonces entró un joven, de una estatura maravillosa y dijo: ‘ten valor, Dios se ha acordado de ti’.  

Además de los trabajos propios de los prisioneros, el hambre y la sed los atormentaban, en ocasiones los hacinaban, en otras los separaban y dejaban en la soledad y la absoluta oscuridad, buscando que renegaran de la fe. Además de estos consuelos divinos en visiones, tuvieron el consuelo de la Eucaristía, el Pan Inagotable le llaman, amorosamente. La comunión les fue llevada por Julián, un presbítero que sería consagrado obispo de la ciudad. Y sigue la carta. 

"Todos tenemos el mismo espíritu, que nos une y consolida en la oración, en la conversación mutua y en todas nuestras acciones. Estas son los hermosos ejércitos que ponen en fuga al diablo, que son los más agradables a Dios, y que obtienen de Él, por medio de la oración conjunta, todo lo que piden. Estos son los lazos que unen los corazones y que hacen de los hombres hijos de Dios. Para ser herederos de Su reino debemos ser Sus hijos, y para ser Sus hijos debemos amarnos unos a otros. Es imposible que alcancemos la herencia de la gloria celestial, a menos que guardemos esa unión y paz con todos nuestros hermanos que nuestro Padre celestial ha establecido entre nosotros. Sin embargo, esta unión sufrió algunos prejuicios en nuestra tropa, pero la brecha pronto fue reparada. Sucedió que Montano tuvo unas palabras con Julián sobre una persona que no era de nuestra comunión, y que estaba entre nosotros (probablemente se trata de un hereje al que Julián habría dado la comunión en la cárcel).  

Montano reprendió a Julián, y ellos, durante algún tiempo después, se comportaron entre sí con frialdad, lo cual era una semilla de discordia. El cielo se apiadó de ambos y, para reunirlos, amonestó a Montano mediante un sueño que nos relató de la siguiente manera: ‘Parecía que los centuriones venían a nosotros, y que nos llevaron a través de un largo camino hacia un campo espacioso, donde nos encontraron Cipriano y Luciano. Después de esto, llegamos a un lugar muy luminoso, donde nuestras vestiduras se volvieron blancas, y nuestra carne más blanca que nuestras vestiduras, y tan maravillosamente transparentes, que no había nada en nuestros corazones excepto lo que estaba claramente expuesto a la vista. Así, al mirarme a mí mismo, pude descubrir algo de suciedad en mi propio pecho: y, reconociendo a Luciano, le dije que lo que había observado en mi pecho denotaba mi frialdad hacia Julián. Por lo tanto, hermanos, amemos, apreciemos, y promovamos, con todas nuestras fuerzas, la paz y la concordia. Estemos aquí unánimes, a imitación de lo que seremos en el futuro. Así como esperamos compartir las recompensas prometidas a los justos, y para evitar los castigos con que los malvados son amenazados, como deseamos ser, y reinar con Cristo, hagamos las cosas que nos conducirán a Él y a Su reino celestial’." 

Aquí terminaría la primera parte, escrita por alguno de los cristianos prisioneros. La segunda parte fue escrita por testigos, a petición del diácono Flavio, quien también terminaría mártir, según la misma carta, que prosigue: 

“Después de sufrir hambre y sed extremas, con otras dificultades, durante un encarcelamiento de muchos meses, los confesores fueron llevados ante el presidente, e hicieron una confesión gloriosa. El edicto de Valeriano condenaba a muerte sólo a los obispos, sacerdotes y diáconos. Los falsos amigos de Flavio sostuvieron ante el juez que no era diácono y que, en consecuencia, no estaba comprendido en el decreto del emperador; por lo que, aunque Flavio protestó que lo era, no fue condenado, sino que solo los demás fueron condenados a muerte. Caminaron alegremente hasta el lugar de la ejecución, y cada uno de ellos exhortó al pueblo. 

Lucio, que era naturalmente suave y modesto, estaba un poco desanimado a causa de una enfermedad que había contraído en la cárcel; por lo tanto, fue antes que los demás, acompañado sólo por unas pocas personas, para que no fuera oprimido por la multitud, y así no tuviera el honor de derramar su sangre. Algunos le gritaban: 'Acuérdate de nosotros'. 'Ustedes también' - les dijo él - 'recuérdenme'. Julián y Víctor exhortaron a los hermanos a la paz, y recomendaron que se ocuparan de todo el cuerpo del clero, especialmente de aquellos que habían sufrido las penurias del encarcelamiento. Montano, que fue dotado de una gran fuerza, tanto de cuerpo como de mente, gritó: 'El que sacrifica a cualquier dios, pero no al verdadero, será destruido por completo’. Y esto lo repitió a menudo.  

También expuso el orgullo y obstinación malvado de los herejes, diciéndoles que podrían discernir la verdadera Iglesia por la multitud de sus mártires. Como un verdadero discípulo de Cipriano, y un celoso amante de la disciplina, exhortó a los que habían caído (en la herejía) a que no desesperaran, sino que cumplieran plenamente su penitencia. Exhortó a las vírgenes a preservar su pureza, y a honrar a los obispos, y a todos los obispos les conminó a permanecer en concordia. Cuando el verdugo estaba listo para dar el golpe, rezó en voz alta a Dios para que Flavio, quien había sido indultado, pudiera seguirlos al tercer día. Y, para expresar su seguridad de que su oración sería escuchada, partió en dos pedazos el pañuelo que le iban a poner en los ojos y ordenó que se reservara la mitad del mismo para Flavio, y deseó que se le guardara un lugar donde el fuera enterrado, para que no fueran separados ni siquiera en la tumba.  

Flavio, al ver su corona retrasada, la hizo objeto de sus ardientes deseos y oraciones. Y mientras su madre se mantenía a su lado, con la constancia de la madre de los santos Macabeos, y con el anhelo de verle glorificar a Dios con la muerte, le dijo: ‘Tú sabes, madre, cuánto he anhelado disfrutar de la felicidad de morir por el martirio’. En una de las dos noches durante las cuales sobrevivió, fue favorecido con una visión, en la cual uno le dijo: ‘¿Por qué te afliges? Dos veces has sido confesor, y sufrirás el martirio por la espada’. Al tercer día se ordenó que fuera llevado ante el gobernador. Como era muy querido por el pueblo, este se esforzaba por todos los medios para salvarle la vida. Ellos repitieron ante el juez que no era diácono; pero él afirmó que sí lo era. 

Un centurión presentó un escrito que decía que él era no. El juez lo acusó de mentir para procurar su propia muerte. Él respondió: ‘¿Es eso probable? ¿No son más bien culpables de mentir los que dicen lo contrario?’ La gente exigió que lo torturaran, con la esperanza de que no lo torturaran y que renegara de su condición en el potro de tortura; pero el juez condenó para que lo decapiten. La sentencia lo llenó de alegría, y fue conducido al lugar de la ejecución, acompañado por una gran multitud, y por muchos sacerdotes.   

Una fuerte lluvia dispersó a los infieles, y el mártir fue llevado a una casa hasta que pasara la tormenta, y allí tuvo la oportunidad de despedirse por última vez de los fieles, sin la presencia de cualquier espectador pagano. Les dijo que en una visión le había preguntado a Cipriano si el golpe de muerte era doloroso, y el mártir respondió: ‘El cuerpo no siente dolor cuando el alma se entrega por completo a Dios’. En el lugar de la ejecución, oró por la paz de la Iglesia y la unión de los hermanos. Habiendo terminado de hablar, le ataron los ojos con la mitad del pañuelo que Montano había ordenado que se le guardara, y, arrodillándose, recibió el último golpe.  

A pesar de que sufrió dos días después de los otros, toda la gloriosa compañía recibe conmemoración juntos en un día”. 


Hermosa confesión de fe, ¿cierto? Que el testimonio de estos mártires, quienes alcanzaron el cielo el 24 de febrero de 259, anime a nuestro propio testimonio. Amén. 


A 24 de febrero además se recuerda a:

San Ethelbert, rey.
Beato Roberto,
monje fundador
.
San Pretextato,
obispo y mártir
.





sábado, 27 de enero de 2018

Del Evangelio a la Galia.

San Julián de Le Mans, obispo. 27 de enero.

San Julián ordenado por San Clemente.
Probablemente vivió sobre el siglo V, pero… la leyenda le hizo retroceder unos cuantos siglos, nada menos que hasta los tiempos evangélicos. Sí, habría sido nuestro santo nada menos que Simón el Fariseo, aquel que habría invitado a Cristo a su mesa y en cuya casa habría ocurrido el bello pasaje de la pecadora convertida (Lc 7, 36-50). Una vez convertido y bautizado, formó parte de los 70 discípulos mencionados en Lc 10. Luego de la Ascensión del Señor habría sido enviado por a la Galia por el apóstol San Pedro (29 de junio, martirio; 18 de enero, Cátedra de Roma; 22 de febrero, cátedra de Antioquía; 1 de agosto, "ad Víncula", 16 de enero, "ad Víncula" en la Iglesia oriental; 18 de noviembre, Dedicación de la Basílica).

Otra versión, igualmente legendaria, nos dice que era un romano de ascendencia noble y que fue el papa San Clemente (23 de noviembre) quien le encargó la predicación del Evangelio en la Galia. Allá se fue Julián acompañado del presbítero San Thuribe (16 de abril) y el diácono Pavatio. Julián habría sido el primer obispo de la actual Le Mans, ciudad que en aquella época se llamaba "Suindinum", donde predicó con cierta facilidad dado que cuando llegó a la ciudad, esta estaba cercada por enemigos y no permitían la entrada a nadie. Julián tuvo paciencia y cuando algunos principales salieron en busca de agua, les predicó a Cristo y plantó su báculo en la tierra y al punto brotó agua. Este milagro le abrió las puertas de la ciudad y el santo convirtió a muchos a Cristo. Por cierto, esta fuente aún se conserva y junto a ella hay una capilla que recuerda el milagro. Devolvió Julián la vista a un ciego que resultó ser un noble, quien le donó al santo tierras para edificar una iglesia.

Julián predicó a Cristo muchos años, hasta que falleció, sucediéndole Thuribe en el episcopado. En 837, San AIderic (7 de enero), trasladó las reliquias de ambos santos al altar de San Julián de la Catedral, junto con las de todos los santos obispos de Le Mans. En la Revolución Francesa la cartedral fue asaltada y las reliquias profanadas y luego recogidas y depositadas con otras en una capilla lateral, sin que conste cuales son cuales. En 1243, parte de sus reliquias habían sido trasladadas a Paderborn. Su cabeza se veneraba aparte y aún se venera en la abadía de St. -Julien-du-Pré.

Es abogado de malabaristas, de los funambulistas y los viticultores. Es uno de los tantos "Santos en la Máquina del Tiempo".


Fuente:
-"Vidas de los Santos". Tomo I. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.


A 27 de enero además se celebra a
Santa Cándida de Banyoles, eremita.
San Emer, abad y eremita.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

San Cesáreo, el "aguafiestas".

Santos Cesáreo, diácono, y Julián, presbítero; mártires. 1 de noviembre.

San Cesáreo.
Cuenta su leyenda que, imperando Claudio, a mediados el siglo I, Cesáreo, diácono africano, llegó a Campania para predicar el Evangelio. Llegó a Terracina en plenas fiestas de Apolo, durante las cuales los devotos del dios tenían la costumbre de despeñar a un joven, al que previamente habían alimentado copiosamente durante 9 meses, y al que luego quemaban (vivo o muerto, como estuviera) como un sacrificio en honor al dios para obtener prosperidad para el pueblo y larga vida para el emperador. Apenas Cesáreo supo de aquella abominación, les "aguó la fiesta" clamando contra aquella maldad, al tiempo que predicaba a Jesucristo. Entonces fue arrestado por orden de Luxorio, gobernador de Terracina, quien lo entregó a Leoncio, procónsul de Campania.

Este mandó que desnudaran al santo, y así le llevaran al templo de Apolo. Estando ante el templo, Cesáreo hizo oración y el edificio se destruyó por sí solo, matando a Firmino, un sacerdote pagano que era conocido por denunciar cristianos y pedir tormentos para ellos. Ante semejante portento, comenzó una protesta popular, pues muchos querían que asesinaran de una vez a Cesáreo, mientras que otros clamaban por que le dejaran libre, no fuera que tuviera razón en sus palabras. Leoncio buscó el punto medio y envió a Cesáreo a la prisión, donde el santo padeció hambre, castigos y frío casi dos años. Pero Dios le confortaba, y además, hizo crecer sobre su cuerpo un espeso pelaje para que no tuviera frío. A los dos años fue sacado de la prisión para ser condenado a muerte. En el momento de su sentencia una luz milagrosa descendió sobre él, lo cual provocó la conversión de Leoncio. Este renunció a asesinar a Cesáreo, que fue devuelto a la cárcel. Leoncio abandonó su cargo, se hizo bautizar por el presbítero Julián y al poco tiempo fue martirizado. Su memoria es a 30 de octubre. 

Luxorio tomó el cargo de procónsul y mandó detener al presbítero Julián. Cuando lo tuvo ante él, lo metió en un saco junto a Cesáreo y los arrojó al mar, donde murieron ahogados. Un cristiano llamado Eusebio sacó los cuerpos del mar, y los enterró piadosa y secretamente. A los pocos días Luxorio murió mordido por una serpiente.

Hay que decir que las Actas de estos santos no son originales, pero son antiguas y parecen basarse en tradiciones conocidas por los cristianos. Sus nombres aparecen ya en martirologios del siglo IV y, además, Cesáreo está mencionado en el Sacramentario de San Gregorio Magno (12 de marzo y 3 de septiembre, elección papal), lo cual es evidencia de un culto al santo ya establecido. Ciertamente, todo sea dicho, hay algunos errores, pues muchos hagiógrafos los hacen padecer en el año 300, bajo Diocleciano, lo cual sería imposible, pues los sacrificios humanos habían sido prohibidos en el año 97, y esta condena fue ratificada sucesivamente por los demás emperadores hasta que ya no hizo falta hacerlo, pues era algo del pasado. Debieron padecer antes del 97, y bien pudo ser durante Claudio.   

Busto relicario.
Terracina.
Otros hagiógrafos hablan de dos santos diferentes, uno el martirizado en Terracina y otro romano, con una iglesia dedicada a su memoria en la Vía Appia, donde habría reliquias suyas, llevadas allí por el monje San Eusebio (5 de noviembre). Esta coincidencia con el nombre del protador de las reliquias es lo que les hace pensar que las Actas, tardías sin duda, se basarían en el culto del Cesáreo romano.


Fuentes:
-"Vidas de los Santos". Tomo XIII. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.
-"Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los dias del año". P. JEAN CROISSET. S.I. Barcelona, 1863.


A 1 de noviembre además se celebra a
San Harold Bluetooth de Dinamarca, rey mártir.
San Sabaulin de Bretaña, abad. 
San Austremonio de Clermont, obispo.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Orando por los enemigos... ¡para que se mueran!

San Julián Sabas, eremita. 18 de octubre y 14 de enero.

Fue Teodoreto quien escribió la vida de este santo. Según él, Julián Sabas nació a inicios del siglo IV, era de humilde condición, rudo y sin educación, pero estaba de tal modo asistido por el Espíritu Santo, que San Jerónimo (30 de septiembre y 9 de mayo, traslación de las reliquias) escribió que apenas era inferior a San Pablo Ermitaño (15 de enero) y a San Antonio Abad (17 de enero).

Julián Sabas, deseoso de servir a Dios con toda libertad, se fue a una pequeña cabaña en los desiertos de Osrhoene, Mesopotamia. Allí vivía austeramente, comiendo solo un pan de hierbas una vez por semana y bebiendo agua solo la necesaria para no morir. y eso comería toda su vida, añadiendo higos cuando ya era anciano. Trabajaba, oraba y cantaba salmos todo el día. Su virtud le hizo atraer discípulos, y llegó a tener cien. Para ese momento ya vivía en una cueva húmeda e insalubre de la que los discípulos lograron sacarle solo con sus ruegos. El ritmo orante de la comunidad era constante, diariamente se cantaban los 150 salmos de David, empezándose a medianoche y alternándose en grupos los monjes, mientras otros trabajaban. Oraban de esta manera: uno, de pie, cantaba quince salmos mientras los demás del grupo permanecían postrados. Luego le sustituía otro, mientras el que había cantado se postraba con los demás. Y así, uno tras otro, se sucedían los salmos en la orante comunidad. Al atardecer se reunían para comer algo frugal, orar todos juntos e irse a dormir, hasta la medianoche, cuando volvía a repetirse todo. 

Julián Sabas visitó el Monte Sinaí con su discípulo Asterio. Julián construyó una pequeña capilla en el Sinaí, y luego volvió a su desierto de Osrhoene. Al volver a su recinto, supo de la campaña militar que el emperador Juliano el Apóstata estaba llevando a cabo contra los persas y, temiendo que el emperador volviera a perseguir a la Iglesia si ganaba aquella campaña, pasó diez días de incesante oración a Dios para que entregara al emperador en manos de sus enemigos. Al cabo de ese tiempo, oyó una voz que le dijo: "Alégrate, ese cerdo apestoso y vil está muerto". Entonces Julián reunió a sus hermanos y les mandó cantar himnos de alabanza por aquella derrota de Juliano que, efectivamente, no regresó de esa campaña. Tal vez, todo sea dicho, Julián no sabía que los feroces persas paganos serían aún más crueles en sus persecuciones a los cristianos.

Desierto de Osrhoene.
Imperando Valente, monarca arriano, Julián Sabas fue llamado por los cristianos de Antioquía para que alentara su fe, ya que se veían reducidos ante los ataques de los arrianos, perdiendo sus templos y con su obispo, San Melecio (12 de febrero), desterrado. Una leyenda cuenta que al entrar a la ciudad, Julián Sabas entró en la casa de una mujer piadosa y pidió un refrigerio. La dueña de casa mandó a su esclava prepara una cena para el santo, pero en ese momento, el hijo de la esclava cayó al pozo y la esta comenzó a gritar. La dueña le dijo: – "No grites, pon la tapa al pozo y prepara la cena como te he mandado". Así lo hizo la esclava. Luego de comer el santo preguntó por el niño, pidiendo lo trajeran a su presencia para bendecirlo. Dijo el ama: –"Está en el fondo del pozo, hemos estado tan ocupadas preparando la cena, que no hemos tenido tiempo de sacarlo". Inmediatamente Julián fue al pozo, quitó la tapa, y las aguas comenzaron a subir, devolviendo el niño a la superficie, sano y salvo. De regreso a su desierto, Julián Sabas pasó por Ciro, donde el emperador Valente había colocado un obispo arriano llamado Asterio. Los católicos imploraron la ayuda de nuestro santo, que hizo lo que único que sabía hacer: hizo varios días de oración y al día siguiente de que Julián dejara la ciudad, el obispo arriano murió ahogado en sus vómitos y putrefacto. 

El año de la muerte de Julián Sabas no se sabe con certeza, pero debe haber sido alrededor de 378.


Fuente:
-"Lives of Saints". Tomo XI. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.


A 18 de octubre además se celebra a
Santa Gwendolin (Cándida) de St-Vennec, madre.
San Justo de Beauvais, niño cefalóforo mártir.

lunes, 9 de octubre de 2017

Dos enamorados y un Amor.

Santos Andrónico y Atanasia, esposos y monjes. 9 de octubre y 27 de febrero (Iglesias Griegas).

Su "vita" se halla insertada en una colección de vidas ejemplares de los Padres del Desierto. Vivían Andrónico y Atanasia en Damasco, Siria, donde él ejercía de platero. Eran piadosos y caritativos, y cuando tuvieron numerosas ganancias, ambos las dividieron en tres, de las cuales dieron una parte a los pobres, una segunda la usaron para prestar a aquellos que estaban en necesidad, aunque sin pedir intereses por ello. Y la tercera parte, la reservaron para el sustento de su familia. 

Tenían dos hijos, un niño y una niña, a los que, como todos los padres, amaban hasta el extremo. Pero un día, los niños murieron y ambos esposos se sumieron en la tristeza. Andrónico se refugió en su oficio de platero, mientras que Atanasia pasaba el día llorando junto a la tumba de sus hijos en la iglesia de San Julián, diciéndose "moriré aquí junto a mis hijos y me reposaré a su lado para siempre". Un día llegó a ella un venerable abad y le preguntó: – "Mujer, ¿qué te pasa? ¿Por qué no dejas que los muertos duerman en paz?" Atanasia le replicó: – "Mi Señor, no te enojes con tu sierva, porque estoy abrumada por el dolor. Tuve dos hijitos y los perdí a ambos en un día, y aquí yacen". Entonces el anciano le dijo: – "No llores por ellos, porque te aseguro que como la naturaleza humana anhela y clama por el alimento, y languidece si no la encuentra; así también tus hijos anhelan y claman a Cristo donde están, por la bienaventuranza de las cosas futuras, diciendo: 'Juez justo, danos el descanso celestial en lugar de aquellas alegrías terrenas de las que fuimos desposeídos'", y se alejó en la oscuridad. Cuando Atanasia reflexionó, toda su tristeza se convirtió en gozo y fue en busca del abad. Preguntó al portero y este le dijo que aquella iglesia no tenía dignidad abacial. Entonces ella entendió que había sido el glorioso San Julián quien se le había aparecido, dándole paz a su corazón.

Aparición de San Julián
a Atanasia.
Con esta certeza, se fue a casa, contó a su marido lo ocurrido y ambos decidieron que lo mejor era vivir una vida de entrega a Cristo para llegar algún día adonde estaban sus hijitos. Reunieron a sus esclavos, les dieron la libertad entregaron sus posesiones a los pobres. Cuando se alejaban, Atanasia se volvió a su antigua casa y clamó: "Oh Señor Dios, que dijiste a Abraham y a Sara: 'Sal de tu tierra y de tu familia, a una tierra que yo te mostraré', guíanos, te lo ruego, en el camino de tu temor. Ya que dejamos nuestra casa por amor a Ti, y tú no nos cierres tu casa en tu Reino". Y se fueron a Jerusalén, donde veneraron los Santos Lugares. Luego se fueron a la Tebaida, en cuyas soledades hallaron al abad Daniel, y le pidieron consejo. Este envió a Andrónico al monasterio de Tabenna, y envió a Atanasia a una laura de Esceta, donde debía vestir como un eremita y vivir alejada de los monjes, solo reuniéndose con ellos los domingos para la Eucaristía.

Doce años pasaron cada uno en su lugar, en oración, trabajo y penitencias, anhelando el cielo. Al cabo de ese tiempo, brotó en el corazón de Andrónico, que ya era un venerable anciano de larga barba blanca, el anhelo de volver a visitar los Santos Lugares. Pidió permiso a su abad, y este se lo concedió. De camino a Jerusalén, Andrónico encontró a otro anciano de pelo gris y rostro quemado por el sol, apoyado contra el tronco, exhausto por el calor y cansado de andar. Y aquel anciano… ¡era Atanasia!, la cual reconoció a su marido y aunque tuvo una gran alegría, no quiso revelar quién era. Andrónico, sin embargo, no la reconoció, porque su belleza había sido destruida por la penitencia y el ayuno. 

Entonces Andrónico le preguntó: - "¿Cómo te llamas, hermano?" Y ella respondió: - "Me llamo Atanasio". -"¿Hacia dónde vas, hermano mío?", volvió a preguntar Andrónico. -"Voy a visitar los Santos Lugares", fue la respuesta de Atanasia. Andrónico se alegró de la respuesta y dijo: "Mi corazón anhela tu compañía, santo eremita, caminemos juntos hasta Jerusalén". Y así, ambos visitaron Jerusalén, hicieron oración en los Santos Lugares, y al terminar su peregrinación, decidieron volver juntos a Egipto. Cuando regresaban, llegaron al mismo árbol bajo el cual se habían encontrado y Andrónico pidió a "Atanasio" vivir juntos en las soledades de la Tebaida, ya que eran ancianos, y así podrían cuidarse uno al otro y cuando el primero muriera, el otro podría sepultarle. Atanasia accedió, y así vivieron varios años, en oración y trabajo, con gran júbilo de Atanasia, que amaba muchísimo a su marido.

Y llegó un día en que Atanasia se sintió morir. Entonces Andrónico fue adonde vivía un anciano presbítero, para que asistiera al viejo "Atanasio". Cuando ambos llegaron, Atanasia lloraba, y el viejo eremita le dijo: -"¡Qué! ¿Lloras en lugar de alegrarte de estar en camino al encuentro del Señor?". Atanasia replicó: -"Lloro por mi amigo Andrónico, porque sé que echará de menos mi compañía". Y además, le dijo en secreto: "Cuando muera, mete tu mano bajo mi cabeza, hallarás un trozo de escritura, y se la darás a Andrónico". Y Atanasia recibió el Cuerpo del Señor y expiró alegremente, pues ¡al fin! estaría con sus hijitos amados. Entonces, antes de ser sepultada, los monjes entregaron a Andrónico el pergamino, este lo leyó y se arrojó sobre el cadáver clamando: "¡Esta es mi mujer Atanasia!". Pronto se corrió la voz, y muchos monjes acudieron con palmas en las manos, para celebrar a Atanasia, que siendo mujer había vivido varonilmente. 

Andrónico pasó a vivir junto a la sepultura de su amada mujer, hasta el día en que Dios quiso llamarle a renuirse con ella y sus hijos. Antes de morir, hizo oración y murió dulcemente. Fue sepultado junto a Atanasia.


Fuente:
-"Lives of Saints". Tomo XI. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.


A 9 de octubre además se celebra a
San Luis Bertrán, presbítero dominico.
Santa Publia, abadesa.

domingo, 18 de septiembre de 2016

San Ferreol, el encadenado.

San Ferreol de Vienne, soldado mártir. 18 de septiembre.

Ferreol era natural de Vienne, en la Galia, y llegó a ser tribuno de la guardia romana. Imperando Diocleciano se desató la persecución y Ferreol, que sabía que entre sus tropas estaba el soldado San Julián (28 de agosto), que era cristiano, le animó a irse de la ciudad. La leyenda dorada de Santiago La Vorágine (13 de agosto) cuenta que no fue por huir, sino por poder padecer martirio con más gloria al ser mártir en un sitio donde no fuera conocido, además de para no dejarse convencer de sus padres. Pero eso se lo inventa el escritor porque le parece que por irse el santo tiene menos mérito. Ya sabemos cómo era La Vorágine.

Pues una vez que Julián partió, el gobernador Crispín mandó apresar a los cristianos que había en la ciudad, sobre todo a los principales, con especial encomienda que apresaran a Ferreol, del que se decía era cristiano. Cuando estuvieron frente a frente, Crispín intentó hacer que Ferreol sacrificara a los dioses, a lo que respondió el santo: "Yo soy cristiano, y no puedo adorar a tus dioses. A los Emperadores he servido en la milicia el tiempo que les podía servir como cristiano, y cuando di la obediencia, determiné de obedecer leyes justas, y nunca a leyes injustas, sacrílegas y malas; y así tengo puesto de militar contra los enemigos del Estado como debo, pero no contra los cristianos". Y un largo diálogo, legendario, tuvo lugar, para concluir Ferreol: "Me he propuesto adorar al Criador, y no a la criatura, ni a tus dioses, hechos por manos de hombres".

Viendo Crispín la constancia de Ferreol, lo mandó a azotar, y echarlo después a la cárcel cargado de cadenas. Pero al tercer día de estar en ella cayeron milagrosamente las cadenas quebradas en mil pedazos, y se le abrieron las puertas de par en par. Reconoció el santo este singular favor de Dios, y comprobando que los guardas dormían, salió del calabozo y de la ciudad, y se fue camino a Lyon. Pero dos leguas más arriba de Vienne, cayó otra vez en manos de sus perseguidores, que le ataron y le llevaron de nuevo a la ciudad, pero a medio camino le cortáron la cabeza a las orillas del Ródano sobre el año 304.

Las leyendas en torno a Ferreol y Julián son confusas, pues hay varias versiones. La más extendida cuenta que los verdugos llevaban la cabeza de Julián, la enseñaron a Ferreol y le dijeron: "Esto haremos contigo si no sacrificas a nuestros dioses", y como Ferreol se negó, le martirizaron y le sepultaron con la cabeza de Julián en las manos. En 431 San Mamerto de Vienne (11 de mayo) halló las reliquias de Ferreol y Julián, pero no falta la versión que dice que fue San Germán de Auxerre (31 de julio). Ambas versiones sí que coinciden en que la cabeza de Julián y el cuerpo de Ferreol estaban incorruptos, como acabados de enterrar.

La devoción a San Ferreol pasó a España y en Cataluña tuvo alguna devoción, llegando a trasladarse algunas reliquias suyas a Besalú, donde aún se le venera. En Olot, Gerona, se le venera también.


Fuente:
-"Vidas de los Santos". Tomo X. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.
-"Diccionario de los Santos" C. LEONARDI, A. RICCARDI Y G. ZIARRI. Ed. San Pablo. Madrid, 2000. 
-"Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los días del año". Septiembre. R.P. JUAN CROISSET. S.J. Barcelona, 1863.


A 18 de septiembre además se celebra a 
San José de Cupertino, religioso franciscano
San Lantpert de Friesing, obispo.

domingo, 28 de agosto de 2016

Cuando vale más la vida en Cristo.

San Julián de Brioude, soldado mártir. 28 de agosto.

Si bien la leyenda de San Julián es tardía y sin trazas de fiabilidad, su culto es antiguo y está atestiguado por el martirologio pseudo-jeronimano, que sitúa su martirio en la Auvernia, imperando Diocleciano. 

Según su leyenda, Julián natural de Vienne, y era un valeroso soldado bajo el mando de San Ferreol (18 de septiembre), quien ante la persecución que se avecinaba, le animó a que huyese. La leyenda dorada de Santiago La Vorágine (13 de agosto) cuenta que no fue por huir, sino por poder padecer martirio con más gloria al ser mártir en un sitio donde no fuera conocido, además de para no dejarse convencer de sus padres. Pero eso se lo inventa el escritor porque le parece que por irse el santo tiene menos mérito. Ya sabemos cómo era La Vorágine. En fin, que Julián se fue a la región de Auvernia, en Begge, donde se alojó en la casa de una viuda. Se celebraba allí grandes festejos en honor a un ídolo al cual todos sacrificaban y le hacían ofrendas de bailes y cantos. Sabiendo los lugareños que había un extranjero que no había ido a ofrecer culto con ellos, fueron a buscarle a casa de la viuda para que sacrificara y no ofendiera al dios. Se presentó Julián y les dijo: "Yo soy quien buscáis; haced lo que os manden vuestros príncipes, que no quiero tanto esta miserable vida, para que me estorbe desear trocarla por aquella en la que pueda gozar de la dulce presencia de mi Señor Jesucristo". Apenas oyeron el nombre de Cristo los paganos, lo arrastraron fuera y le cortaron la cabeza. Su martirio habría ocurrido entre 298 y 303.

Algunos cristianos ancianos que había entre los paganos, sepultaron el cuerpo con gran de reverencia. Y Dios obró el primer portento por medio de su mártir: los ancianos se volvieron fuertes y vigorosos como jóvenes, durando muchos años más. La Leyenda Áurea dice que fueron los verdugos los que llevaron la cabeza de Julián a Ferreol y le dijeron: "Esto haremos contigo si no sacrificas a nuestros dioses", y como Ferreol se negó, le martirizaron y le sepultaron con la cabeza de Julián en las manos.

En 431 San Mamerto de Vienne (11 de mayo) halló las reliquias de Ferreol y Julián, pero no falta la versión que dice que fue San Germán de Auxerre (31 de julio). Ambas versiones sí que coinciden en que la cabeza de Julián y el cuerpo de Ferreol estaban incorruptos, como acabados de enterrar. En el sitio del martirio de Julián se levantó un santuario, en cuya milagrosa fuente se sucedieron milagros durante siglos. Ciegos, cojos, sordos, endemoniados, etc., hallaban consuelo venerando sus reliquias. Su culto se extendió por Francia, España, Alemania y en ocasiones se funde con San Julián Hospitalario (29 de enero y 12 de febrero).


Fuente:
-"Vidas de los Santos". Tomo IX. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.
-"Diccionario de los Santos" C. LEONARDI, A. RICCARDI Y G. ZIARRI. Ed. San Pablo. Madrid, 2000. -"Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los días del año". Agosto. R.P. JUAN CROISSET. S.J. Barcelona, 1863.


A 28 de agosto además se celebra a  
San Vivien de Saintes, obispo
San Elouan de Bretaña, ermitaño.

jueves, 16 de abril de 2015

San Thuribe, otro en la máquina del tiempo

San Thuribe de Le Mans, obispo 16 de abril.

Imagen en la iglesia 
de Asse-le-Bérenger.
Era Thuribe, según la leyenda gala, de origen romano,  vivió en el siglo II, y fue discípulo de San Juan Evangelista (27 de diciembre y 6 de mayo), quien le envió con San Julián de Le Mans (27 de enero) cuando este fue nombrado obispo de esta ciudad. En la Galia, Thuribe ayudó al santo obispo a extender el Evangelio, y cuando este murió, luego de 47 años de episcopado, le sucedió en la sede. Le costó bastante la evangelización, en varias ocasiones fue perseguido y castigado. Solo con su tesón y los prodigios que obraba, fue reduciendo el paganismo y llevando a los pueblos a la fe de Cristo: Sanó a una noble muy principal, con gran influencia en el pueblo, que al saber la curación, abrazó a Cristo. En otra ocasión, al convertir a una noble llamada Sabina, su marido, Gaiano, arremetió contra su mujer, encerrándola en casa. Sabiéndolo Thuribe, oró a Dios y Gaiano quedó mudo y ciego. Este, desesperado, pidió a su mujer que el santo le sanara, prometiendo convertirse a Cristo. Ella fue, suplicó al santo y este devolvió la salud al pagano, que se hizo bautizar inmediatamente, y donó su casa al santo, para que se construyese una capilla. Además, Gaiano construyó una iglesia en honor de Santos Pedro y Pablo, en el que Thuribe estableció una comunidad de monjes. La iglesia y monasterio serían arrasados por los bárbaros en el siglo VII, hasta que San Calais (1 de julio) los reconstruyó, para ser derruidos de nuevo con los siglos.

Estando predicando en Asse-le-Bérenger, los habitantes le pidieron agua, pues la sequía les hacía enfermar, mataba los animales y las cosechas. El santo comenzó a orar y una fuente brotó delante de todos. Los paganos se convirtieron y los cristianos se afirmaron más en la fe. Esta fuente aún se conserva, con el nombre del santo. Allí se le invoca contra los males de la vista. Después de una corta, pero intensa vida de cinco años como pastor de sus fieles, sabiendo que la muerte se acercaba, Thuribe se retiró a la soledad junto al río Sarthe, para prepararse en oración y penitencia, como mismo había hecho su maestro San Julián. Allí estuvo hasta el 16 de abril, cuando entró en la gloria del cielo. Otra versión dice que murió de sufrimientos al ser perseguido hasta la muerte por Juillé, jefe de una aldea de romanos paganos, que no aceptaron su predicación y le apalearon y apedrearon. Por tal razón, en ocasiones se le llama “mártir”. Fue enterrado en la iglesia de Santos Pedro y Pablo, y una capilla, hoy en ruinas, fue erigida en su memoria en el sitio de su muerte, frente a la capilla de San Julián. 


En el siglo XI ambas capillas tenían comunidades monásticas, donde se escribe la vida de San Julián, la diócesis y sus santos, reescribiendo y reinterpretando, fundiendo leyenda con historia. Y es que consta en el siglo V un obispo en Le Mans llamado así: Thuribe, al que ante la falta de datos históricos, la leyenda le hizo retroceder al siglo I. Ya hemos visto otros casos, especialmente en este artículo. En 835, San AIderic de Le Mans (7 de enero), le dedicó un altar en la catedral de San Julián y en 837 trasladó las reliquias de ambos santos a este altar, junto con las de todos los santos obispos de Le Mans. En la Revolución Francesa la cartedral fue asaltada y las reliquias profanadas y luego recogidas y depositadas con otras en una capilla lateral, sin que conste cuales son cuales.


Fuentes:
-"Vidas de los Santos". Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.
-"Dix mille saints: dictionnaire hagiographique". A. SIGIER. 1991.
-"France historique et monumentale". ABEL HUGO. 1837.



A 16 de abril además se celebra a






Santa Almedha, virgen y mártir.

Santa Almedha, virgen y mártir. 1 de agosto.   Fue esta una de las legendarias hijas del rey de Britania, San  Brychan  ( 6 de abril ). Hast...