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viernes, 28 de mayo de 2021

“Veni Sponsa Christi”

Santa Ubaldesca Taccini, virgen de la Orden de Malta. 28 de mayo y 31 de julio (traslación de las reliquias). 

Nació en una familia de labradores de Calcinaia, Pisa, en 1136. Como nos cuenta su “vita”, fue una niña piadosa y dada a la religión y la penitencia. A los 14 años se le apareció su ángel de la guarda y le dijo: “Ubaldesca, siempre has rogado, y suplicado con rendimiento a mi Dios y tuyo, te manifieste su voluntad para que tomes el estado más conveniente para tu salvación, y más proporcionado a tu vida espiritual; y por tanto, habiendo oído con piedad tus peticiones, me envía desde la Eternidad a decirte, vayas luego a la Ciudad de Pisa, al monasterio de San Juan del Templo, y allí tomes el hábito de la ínclita, y Sagrada religión de San Juan de Jerusalén, y vivas en compañía de aquellas religiosas, para desposarte con Dios por medio de la virtud en que allí te has de ejercitar”. Puso algunos reparos la santa niña, sobre si podría soportar la austeridad del claustro o vivir con santas religiosas. El ángel le confortó diciendole que Dios la sostendría todo el tiempo, además de revelarle que la ciudad la necesitaría, pues por su intercesión se alcanzarían grandes beneficios.

Cuenta la leyenda que sus adres recibieron su decisión con gran alegría e, inmediatamente, dejaron unos panes que estaban cociendo y se pusieron en camino a Pisa para entregarla a Dios. Los vecinos le salían al paso y la saludaban con alegría, le pedían oraciones y se encomendaban a ella, pues sabían de su gran santidad. Igualmente la recibieron entre cánticos las 40 religiosas del monasterio de San Juan, de la Orden Hospitalaria de Malta, el elegido por Dios para Ubaldesca. La noche anterior las monjas habían tenido una aparición de un ángel, que las preparó para recibir a un dechado de virtudes y santidad. La abadesa la tomó de la mano y llevándola al templo, le dio el hábito monástico. Los padres regresaron a su casa, gozosos, pero con alguna tristeza. Pero Dios les confirmó con un portento que habían hecho bien dándole a su hija: al llegar a su casa hallaron que aquellos panes que habían dejado cociendo en el horno no solo no se habían quemado, sino que, además, estaban en su perfecto punto de cocción, como nunca habían estado. Eso dice la leyenda, no yo. 


Mientras, en el monasterio, Ubaldesca crecía en virtudes. Elegía los trabajos más bajos de la casa, estaba pronta a la caridad con las hermanas, sobre todo con las enfermas y mayores, soportando sus impaciencias y quejas. A todas amaba y perdonaba sus faltas, y por todas hacía penitencias, para que crecieran en santidad, olvidándose de pedir por ella misma. Por los pecados del mundo se disciplinaba constantemente, usando un cilicio muy punzante, ayunando y no comiendo más que pan y agua todos los días de su vida, y eso cada tres días, pues los demás, los vivía en ayuno permanente. 


Ejerció el oficio de limosnera del convento, oficio que ella aprovechó para predicar sobre las bondades de seguir a Cristo radicalmente. A muchísimos movió a mejor vida, y a otros inclinó al estado religioso. Muchos maridos trataron mejor a sus mujeres luego de tratar con Ubaldesca y su palabra firme, pero llena de caridad. De las limosnas que conseguía, pareciéndole muchas para unas monjas, daba parte a los pobres, a los que igualmente predicaba de Cristo, y entre quienes se hallaba a gusto, como una pobre más.  


En una de sus salidas, ocurrió este milagro: pasaba por el puente de la Espina, cuando una gran piedra se desprendió de un edificio y le golpeó duramente en la cabeza. Todos pensaron la habría matado, mas Ubaldesca se levantó y continuó camino a su monasterio como si nada. Allí no dejó que la curaran, considerando que, si Cristo no rehuyó de las llagas, ella tampoco debía hacerlo. La llaga fue a más, se llenó de pus y gusanos, oliendo pestilentemente, mas para ella aquello era perfume celestial. Ni los terribles dolores de cabeza que siempre padeció por ello le hizo cambiar de parecer. Solamente la obediencia le habría hecho aceptar ser curada, mas como nunca se lo mandaron, vivió toda su vida con la cabeza abierta y purulenta. 


Otro portento, que ha configurado su iconografía, cuenta que en un Viernes Santo en que volvía al monasterio llevando un cántaro de agua, encontró a unas mujeres que visitaban las iglesias, haciendo las Estaciones. Las piadosas mujeres le pidieron agua, y Ubaldesca se las dio, mas las señoras insistieron en que bendijera el líquido. La santa lo hizo y, al punto, el agua se convirtió en vino. 


Setenta años vivió Ubaldesca, siendo muy conocida y amada en Pisa, por sus milagros y su palabra santificante. Su última enfermedad, de las muchas que padeció, la llevó con harta virtud. Poco antes de su muerte la visitó Dotto, un presbítero de la Orden, quien, admirado por sus virtudes y milagros, pidió a las religiosas le avisasen cuando la santa estuviera en agonía, para presenciar lo que creería sería un momento glorioso. Ubaldesca le respondió: “Padre, no os preocupéis de estar presente a mi muerte, porque no me habéis de ver morir”. Y así fue, ido el padre, Ubaldesca quiso dormir un poco, y las religiosas la dejaron para que descansara. Y del plácido sueño pasó a la muerte, y por esta a la Vida, en soledad y silencio. Fue el 28 de mayo de 1206, Domingo de Trinidad.


Las monjas supieron de su muerte al tener todas ellas una visión en la que una legión angélica descendía del cielo cantando el “Veni Sponsa Christi”, y llevaban consigo al empíreo el alma de Ubaldesca. El cuerpo permaneció expuesto una semana para los funerales, y durante ese tiempo los fieles la veneraron incesantemente, arrancándole numerosos milagros a la que llamaban santa, y con razón. Al cabo de ese tiempo fue sepultada en la iglesia monástica. Entre los milagros que se cuentan está una aparición al padre Dotto, quien lamentaba no haber estado presente en la muerte de la santa. Ubaldesca se le apareció mostrando toda la gloria que Dios le había concedido. Este mismo padre mandó hacer un bello sepulcro para la santa, adonde él mismo trasladó las reliquias, aumentando con ello la devoción del pueblo. En el siglo XVII parte de su cuerpo fue trasladado a Zaragoza, quedando la cabeza en el convento de los Caballeros, en Pisa, y el otro resto en el convento de las monjas, dentro de una imagen relicario. El 31 de julio de 1587 otras reliquias fueron trasladadas a Malta.


Entre los patronatos de Santa Ubaldesca está el de la protección del pan y el vino. Ya contamos dos milagros realizados en vida sobre estos elementos, pero otros muchos se cuenta que ocurrieron al decir sus devotos las palabras “Santa Ubaldesca te guarde”. Como el restablecer el sabor de una cosecha de vino que estaba agrio, convertir un campo de cebada en trigo, preservar viñas del ataque de las plagas, o convertir vino tinto en vino blanco. Además se le invoca contra los rayos, el granizo y las plagas de insectos.



Fuente:
-"Vida milagrosa de la esclarecida Virgen Santa Ubaldesca". JUAN RUIZ LUMBIER. S.O.S.J.J.

A 28 de mayo además se recuerda a:

jueves, 10 de abril de 2014

Dos milagros de San Miguel de los Santos

Pregunta: tú sabes por que san Miguel de los Santos es patrono en contra de "los males cancerosos, tisis y fiebres malignas"? es que en mi iglesia de San Jaime de Barcelona encontré una estampa súper vieja del santo y no se a cuento de que es patrono de eso. España.

Respuesta: Te respondo tomando los datos de la "Vida de San Miguel de los Santos" escrita en 1862 por el carmelita Fray Anselmo de San Luis Gonzaga, en vistas a la canonización de San Miguel. Este libro narra la vida y, lo que responde la pregunta, los milagros para canonización del aún Beato, aprobados en 1841, por Gregorio XVI. Ambos milagros fueron plenamente estudiados, recogidos los testimonios y exámenes médicos de antes y luego del prodigio. Solo pueden negarse desde el apriorismo arreligioso de negar por negar. Pero antes de hablar de estos dos prodigios que han dado pie a este patronato, una reseña de la vida del Santo:

San Miguel de los Santos, presbítero trinitario. 8 de junio y 10 de abril.

El niño Miguel Argemir
huye al desierto.
Infancia.
Nació Miguel en Vich, el 29 de septiembre de 1591 y fue bautizado al día siguiente con los nombres de Miguel José Jerónimo. Su padre se llamaba Enrique Argemir y su madre Margarita Mitjana. Su padre fue Notario de la ciudad y conseller dos veces. Tuvieron varios hijos de los cuales algunos murieron en la infancia. Fue despierto a la piedad y la religión y por ello, con solo cuatro años se escapó a la montaña Montseny para hacer vida eremítica junto con dos amiguitos, aunque uno de ellos regresó a mitad de camino, temeroso del castigo de sus padres. Llegados Miguel y su amigo a un descanso de la montaña, tomaron posesión de una cueva y plantaron una cruz. El niño que había vuelto avisó a los adultos que ya estaban asustados y a la montaña se fue Enrique a buscar a su hijo. Al ser inquirido, Miguel respondió que por la Pasión del Señor y para consolarle, se había ido a la montaña. Le preguntó su padre como pensaba alimentarse allí, y Miguel le respondió que Dios ya le proveería. Te abrazó con cariño su padre, entendiendo que tenía un santito por hijo, pero se lo llevó consigo de vuelta a casa.

Por estas fechas falleció su piadosa madre, quedando con su padre y sus hermanos. Ya que no podía ser ermitaño, el niño Miguel comenzó a ejercitarse en la castidad, la pobreza y la penitencia. Y cuando era reprendido por ello, se las ingeniaba para ayunar o disciplinarse sin que fuera notado por sus mayores. Sobre los siete años intentó de nuevo la aventura del desierto con otros dos amigos, pero estando de camino, fueron avisados por tres ángeles, que les dijeron que volviesen a casa y se santificasen en ella. Era Miguel muy devoto de San Nicolás de Bari (6 de diciembre y 9 de mayo, traslación de las reliquias) a quien los estudiantes de Vich se encomendaban, como lo hizo Miguel más de una vez para obtener buenos resultados en sus estudios, como ocurrió desde pequeño, cuando se acercó a las letras. El 2 de noviembre de 1602, teniendo Miguel once años, murió su padre, encomendando a los hijos que nunca abandonasen la piedad y que fueran muy devotos de la Santísima Virgen María. Apenas falleció tuvo el niño la revelación de que su padre padecería poco purgatorio. Los niños fueron encomendados a los tutores Juan Taraval y Miguel Colamada, que les trataron bien. Juan pasó a casa de Taraval.

Religioso, sí o sí.
Cuando Miguel, ya adolescente, fue preguntado sobre el destino que quería dar a su vida, respondió que quería ser religioso. Su hermano mayor, Agustín, no lo consintió y en secreto visitó los conventos de la región, advirtiendo a los superiores que no lo admitiesen, pues no tenía permiso para ello. Mientras, el niño se preparaba para algún día poder ser religioso, pero los Taraval, por miedo a que enfermase, le prohibieron sus ásperas penitencias, como dormir sobre sarmientos o en el suelo. Se las apañaba para hacerlo, pero le reprendieron ásperamente y por obedecer, que tiene más mérito, no lo hizo más. Con los ayunos, otro tanto; como no le permitieron ayunar, entonces pasó a comer lo peor, lo que desechaban los demás. Además, todo lo que podía lo daba a los pobres. También se preocupaba de los pecadores, por los cuales rezaba todos los días a San Onofre (12 de junio), famoso convertido.

Taraval lo colocó de dependiente en casa de unos amigos, enviándole, además, a vivir allí. La mujer del comerciante pronto le tomó afecto y le quería y se edificaba con la piedad del niño, al que más de una vez vio absorto en oración en la oscuridad de la bodega de vino. También le quiso mucho Catalina Campana, amiga de la familia que había tomado a su cargo a Magdalena, la hermana del santo, luego de la muerte de la madre. Esta señora lo llevó consigo a una granja para que holgase un poco, pero el niño lo primero que hizo al llegar era procurarse palos y piedras sobre las que dormir para penitenciarse. Con esta mujer visitó un día el convento de los Franciscanos Observantes, y aprovechó un descuido de ella para pedir el hábito, pero los frailes, advertidos por Agustín, se lo negaron. Esa noche le oyeron quejarse en oración con el mismo San Francisco de Asís (4 de octubre, 17 de septiembre y 25 de mayo, traslación de las reliquias). Al poco tiempo se le apareció su padre, que le conminó a ser religioso para que pudiera ofrecerle sufragios y sacarle del purgatorio. Ese mismo día se fue al convento de los Carmelitas Calzados y tanto rogó, que los frailes le admitieron con la condición de que esperase un año y mientras sirviera como monaguillo en los oficios. El tutor Colamada montó en cólera al saberlo, por considerarlo una humillación (este tipo de servicios lo hacían niños pobres a cambio de estudios o unas monedas). 

Miguel en éxtasis
ante el Sacramento.
Visto que los hombres no le permitían ser religioso, Miguel huyó a Barcelona luego de encomendarse a la Santísima Virgen. Luego de un duro viaje se fue al convento de los Trinitarios Calzados, los cuales luego de oir sus esfuerzos por seguir su vocación, le dieron el hábito, aunque no de inmediato, pues antes de los doce años era imposible. Mientras, los familiares, viendo que nada habían podido hacer y se contentaron con saber que estaba bien. Al cabo de un mes, viendo el superior las prendas del niño, su obediencia, pureza, caridad y penitencia, decidió saltarse las normas y le dio el hábito, que Miguel recibió con alegría, añadiendo desde entonces a su apellido Argemir el "de los Santos". De novicio fue ejemplar y pronto aprendió todas las reglas y costumbres de la Orden y era muy observante. Era amigo de disciplinarse frente al altar de Nuestra Señora del Remedio (8 de octubre), la patrona de la Orden a la que enseguida tomó afecto.

Trinitario descalzo. Gracias espirituales.
En 1606 fue enviado al convento de San Lamberto de Zaragoza, para que pudiera terminar sus estudios de Humanidades, pero había en Miguel un deseo oculto: pasarse a la reforma descalza de los trinitarios, iniciada por San Juan Bautista de la Concepción (14 de febrero). Temía profesar no poder pasarse, pero una vez solventada esta cuestión, hizo sus votos solemnes el 30 de septiembre de 1607 en Zaragoza. A los dos meses conoció al trinitario descalzo Manuel de la Cruz, de paso por Zaragoza, que se negó a llevárselo consigo, por no hacer oprobio a los calzados que le habían acogido. Así que en enero de 1608 abandonó Zaragoza y se fue a Pamplona, donde tomó el hábito descalzo a 28 del mismo mes. Pasó a Madrid, a hacer el noviciado descalzo en Alcalá, donde profesó en fecha desconocida. Como era costumbre, dejó de usar definitivamente su apellido y quedó simplemente con "de los Santos".

Una vez profeso le enviaron a Solana a formarse. Allí, como en todos los sitios por donde pasaba, causaba admiración por su austeridad de vida, su oración constante y su obediencia puntual. Era ejemplo para todos y le querían por su humildad y sencillez. Nunca comió carne, ni siquiera los días en que la regla descalza lo permitía. Una vez que, por obediencia, tomó un caldo de carne, se sintió muy triste y dijo a todos "Dios no me guía por este camino". Tenía permiso para comulgar más días que los demás, pues el Sacramento del altar era su gran amor y consuelo. Hablar del cielo y la vida de los santos en el paraíso le inflamaba el corazón de tal manera que quedaba en éxtasis, o corría a la iglesia a postrarse ante el Sacramento rendido de amor. Incluso una vez saltó dos tapias enormes como si volara, para estar a solas con su Amado. Cuando le buscó el superior, le halló de rodillas y con los brazos abiertos, abierto el hábito y el pecho hinchado y encendido, y su corazón visible desde fuera, como si no le cupiera en el cuerpo, de tanto amor que vivía con Cristo. Otros arrebatos de amor le daban, y no podía reprimirlos como algunos religiosos le pedían. Su grito "Hermanos, amemos a Dios" era constante, y siempre en medio de estos raptos de amor. Los mismos ímpetus que se leen de Santa María Magdalena de Pazzi (25 de mayo) o de San Felipe Neri (26 de mayo). 

Cristo y Miguel
intercambian sus corazones.
El intercambio de corazones.
En 1610 fue su espíritu fue examinado por el célebre y santo trinitario padre Mata, el cual luego de varios meses dictaminó que no había engaño, ni demonio en los sucesos místicos del joven Miguel. Y aún más, predijo que sería una de las glorias más sonadas de la Orden en España y el mundo entero. Por estas fechas tuvieron Miguel y Cristo su matrimonio espiritual, sellado con el fenómeno místico conocido como "intercambio de corazones". En este grado de unión, Cristo toma todos los afectos, preocupaciones y deseos del alma y las hace suyas, purificándolas definitivamente, y pone sus intenciones, amor y todo Él en el corazón del agraciado. Para el alma ya no hay más afectos, ni consuelos, ni otra cosa que no sea amar a Cristo y por Él a los demás. La salvación de las almas, el que se conozca a Cristo y su misericordia lo llena todo. Este fenómeno se lee también de otros santos como Santa Margarita María (16 de octubre), Santa Teresa (15 de octubre y 26 de agosto), Santa Catalina de Siena (29 de abril y 1 de abril, impresión de las llagas) o Santa Lutgarda (16 de junio). Además que Miguel lo confió a su confesor, que lo contaría luego de la muerte del santo, este portento le fue revelado a una terciaria trinitaria de Sevilla, que contempló como Cristo cambiaba su corazón herido por otro que resplandecía como cristal, y el Señor le explicaba que "he cambiado mi corazón con el de Fray Miguel, porque nos amamos mucho y es una misma cosa conmigo". Es en vano decir que luego de esta entrega mutua de corazones, Miguel buscó más aún el silencio y la oración y su caridad con los demás se hizo más exquisita. En alguna ocasión se inflamaba tanto en la oración, que los frailes pensaban que ardía su celda, del calor y luz que salían de ella.

Estudiante y presbítero.
También en 1610 fue enviado al convento de Baeza a estudiar la filosofía, donde pronto destacó además de su virtud, por su aplicación, inteligencia y excelentes resultados, obteniendo muchas veces obtenía premios por ellos. Los éxtasis continuaron y su amor por el Sacramento se vio recompensado por la comunión frecuente, que los superiores le permitieron. En 1612, cursada la filosofía con gran éxito, Miguel fue enviado a Salamanca para estudiar la teología. Allí tampoco su corazón pudo estarse quieto y en una lección sobre la Encarnación del Verbo, entró en éxtasis y quedó de pie solo apoyado con la punta de los pies durante unos 15 minutos, con gran confusión del santo al volver a los sentidos, pues no quería ser reconocido ni alabado por nadie. Otro éxtasis público tuvo en Carnaval, cuando organizó una procesión penitente con predicación de un padre, para advertir a todos los que festejaban, de la vanidad del mundo, los vicios y el peligro de condenarse en el que caían en dichas celebraciones. Predicaba el padre cuando Miguel miró un crucifijo y casi volando se acercó y quedó mirándole fijamente sin pestañear, extático. No consta cuando recibió el Orden sacerdotal, Miguel, pero cuenta su primer biógrafo que no quería ordenarse por no considerarse digno de tocar con sus manos al Señor. En una ocasión le preguntó su superior sobre cómo se preparaba para celebrar la misa, Miguel le respondió que vivía preparado siempre para agradar al Señor y celebrar su Sacrificio, extrañándose que hubiera alguna preparación especial. 


Ya sacerdote le enviaron de nuevo a Baeza, donde alcanzó de Dios algunas gracias para el convento, como limosnas inesperadas, multitud de bienhechores, etc., que fueron una bendición para la casa, siendo como era un convento pobre. Predicaba casi siempre de las postrimerías, de cómo se debía odiar el pecado y las vanidades del mundo. En el púlpito también quedaba en éxtasis al mencionar el nombre de Jesús o un misterio del Señor, elevándose en algunas ocasiones hasta la altura de la barandilla del púlpito. Celebrando la misa igualmente quedaba absorto, contemplando el misterio que celebraba. En una ocasión quedó con la mano sobre una vela y se le quemó sin que notara nada. Las misas solían ser larguísimas, por sus arrobamientos, pero nadie quería perdérselas, pues durante ellos, algunos recibían gracias como la conversión, la salud o solución en negocios.

Su predicación y ejemplo logró varias conversiones muy sonadas, por ser gente principal, que debía dar ejemplo y que vivía alejado de Cristo. Sus mortificaciones aumentaron y se hicieron más dolorosas, como estar cerca del agua cuando se había prohibido beberla. Se imponía ceniza en la cabeza, aparecía en el refectorio con una cuerda al cuello y cilicios en la frente, suplicando perdón y misericordia a los demás religiosos. En una ocasión llevaba tantos instrumentos de penitencias, que el superior hubo de prohibirle la más mínima penitencia fuera de la Regla sin su consentimiento. Pero sufrió tanto por aquella prohibición, que enfermó y le fue levantada la prohibición, dándole alas para penitenciarse. A razón de tanta penitencia su cuerpo lacerado comenzó a oler tan mal, que los religiosos se quejaron y de nuevo el superior le pidió aliviase sus penitencias y curase sus heridas. Oró fervientemente Miguel al Señor y desde ese día su cuerpo comenzó a oler maravillosamente, aun bálsamo que nadie podía identificar. Y no solo él, sino su celda, su sitio del coro y las cosas que tocaba.

Pero si en algo son probados los santos es en la persecución: dos religiosos de vida impura fueron reprendidos por el provincial en una visita. Los dos, pensando que Miguel les había delatado, le calumniaron ante el prelado, acusándole de criticarle a él y a otros prelados, de creerse más santo y por ello digno de gobernar la Orden. El provincial le interrogó y Miguel contestó humildemente: "Capaz soy de hacer cosas peores si Dios me abandonase". Calló ante las acusaciones y el provincial tomó el silencio como aceptación de la culpa, por lo cual le condenó a ser encarcelado. No duró mucho el inmerecido castigo, sino cosa de un mes. Cuando se supo la verdad, no solo no recriminó a los superiores, sino que abrazó a sus calumniadores y cuando fueron separados y enviados a otros conventos, les escribía con afecto, como hermanos en Cristo que tanto le habían ayudado a merecer.

Tantos portentos y ejemplos, dieron lugar a que en Baeza le venerasen como santo, y muchos quisieran confesarse con él y oír sus sermones. Estar cerca suyo, al menos tocarle la capa o el escapulario ya era tenido por una bendición por parte de muchos. Le llamaban a poner paz, a atender enfermos, bendecir niños y sobre todo le abrían su alma, siempre saliendo los penitentes mejores de cuando llegaron a él. A no pocos devolvió la salud con bendecirles u orar por ellos. Por ello no es de extrañar que a los 27 años le nombraran subprior o vicario del convento de Baeza. Por esta época asesinaron a su hermano Agustín, cosa que el santo supo por revelación. En mayo de 1622 le enviaron como prior a Valladolid, aunque por humildad él intentó negarse a aceptar cargo alguno, pero finalmente tuvo que obedecer. Los de Baeza intentaron retenerle y luego que le trasladaran de vuelta, pero el cardenal y Duque de Lerma, que ya se le había aficionado escribió al General de la Orden para que de ningún modo lo apartase de su lado en Valladolid. En esta ciudad obró también varias conversiones, como la de Don Juan de Alano, que era un noble de vida escandalosa que al convertirse tomó el hábito cartujo con admiración de todos. También sanó de fiebres a un amigo que tenía que ganar un pleito, tomando él mismo las fiebres hasta el día de Navidad, en que dijo que ese mismo día se le quitarían.

Muerte y veneración.
Miguel predijo su muerte en varias ocasiones, pues siempre decía que moriría a la misma edad de Cristo, a los 33 años. El 1 de abril de 1625, Lunes de Pascua, cayó enfermo de fiebres, que resultaron ser consecuencia de un tabardillo. Hasta el día 8 no vieron los médicos gravedad, pero el santo sabía que se moría, y por ello se mostraba muy alegre, a pesar de los dolores y malestares. No se quejaba, no pedía alivio, solo se lamentaba de no amar a Jesús lo suficiente, decía. El día 8 de abril le dieron el viático, luego de pedir perdón a todos sus religiosos. El día 9 tuvo varias visitas, les bendijo y rezó por ellas. Recibió la extremaunción y quedó en silencio. Entrado el día 10 de abril, a la una de la mañana dijo las palabras "Creo en Dios, espero en Dios, amo a Dios. Señor, me pesa en el alma de haberos ofendido", y expiró en medio de un éxtasis, quedando con el rostro resplandeciente y el cuerpo con un suave olor.


Desde esa misma hora comenzó a llegar la gente al convento, y a la mañana siguiente la iglesia estaba repleta de devotos del frailecillo, que esperaban venerar su cuerpo. Se dice que la gente lo supo tan pronto porque la campanilla del convento usada para los difuntos se oyó más allá de la ciudad, a cientos de kilómetros en derredor. Así que hubo que trasladar el cadáver desde la capilla conventual a la iglesia. El afán de reliquias se nos dice que fue bastante grotesco pues llegaron a arrancarle uñas y cabellos, amén de trozos del hábito. Con tanto concurso de gente, hasta las cinco de la tarde no se dispuso el entierro, aunque antes hubo que enseñarlo al pueblo tres o cuatro veces. Los frailes fueron arrastrados por el gentío y solo los cuatro que llevaban el ataúd y los guardias que ponían orden llegaron a la sepultura. Y llegados a esta, tres días hubo que dejar el cuerpo en la tierra, para satisfacer a los devotos. En estos tres días el cuerpo continuó flexible, con los ojos resplandecientes y oliendo maravillosamente. El pintor Diego López aprovechó para hacerle un retrato. Los funerales se celebraron el día 19 y algunos lo celebraron como una novena, pues le consideraban santo, y muchos alcanzaron gracias por su intercesión. El 23 de abril colocaron el féretro en el muro de la iglesia conventual. En 1681 se hizo un reconocimiento de los restos y se halló el cuerpo incorrupto, solo tenía la nariz algo dañada. Su cuerpo se venera en la misma iglesia, diocesana desde la Desamortización. Su casa natal de Vich fue convertida en iglesia y allí se venera uno de sus huesos.

Muchísimos milagros y apariciones del santo se cuentan en los procesos del santo, con vistas a la beatificación, que llegó el 2 de mayo de 1779. El 22 de agosto de 1841 Gregorio XVI aprobaba dos milagros para la canonización, que llegó el 8 de junio de 1862. Para la canonización se tuvieron en cuenta los siguientes milagros, que le han consagrado como santo patrono contra los tumores y fiebres y que dan pie a tu pregunta:

El primer milagro.
Sucedió a Francisca Navarrete, que padeció un cáncer o tumor en la garganta, que le salía por la boca, tocando la barbilla, por lo que era perfectamente visible (me ahorro detalles escatológicos que da la obra sobre el color, aspecto y olor, pero os los podéis imaginar…). Fue operada en varias ocasiones, pero sin resultado, volvía a crecer. Así estuvo desde 1770 a 1780; en el mes de mayo de este año, los Trinitarios celebraron el aniversario de la beatificación de Miguel y se dio el prodigio de la cura de “mal de nervios” de una religiosa dominica.  Sabiendo esto Francisca, obtuvo una estampa del Beato, la puso en lugar digno y comenzó a pedirle su curación. Prometió pedir limosna para su misa, y vestir el medio hábito trinitario. Pasó la novena, no ocurrió el milagro, pero ella siguió rezando al santo. Al día undécimo, estando en sus oraciones, le vino una tos y el tumor se desprendió sin dolor ni sangramiento alguno. Lo tomó en un pañuelo y junto a sus familiares, jubilosos, fueron a dar gracias al santo en la iglesia de los Trinitarios, encargando una novena de acción de gracias. Está claro que fue conocido por todos, yendo a visitarla hasta gente incrédula, que recobraron la fe.

Reliquia del santo.
Vich.
El segundo milagro.
La curación también instantánea del lego trinitario Juan Bautista de la Santísima Trinidad, víctima de la tisis. Este religioso contrajo la enfermedad en 1829, mientras visitaba arrabales pobres, adonde socorría con limosnas a los necesitados. Aún enfermo siguió de limosnero, expuesto a fríos, calores y mal tiempo. Se manifestó la enfermedad, en forma de fiebres de las que no se hizo caso. Luego vinieron dolor de costado y, finalmente, los esputos sangrientos, los dolores atroces y la inmovilización. En 1830 ya estaba agonizante, y el 3 de marzo, se ordenó que se le diera la extremaunción, pero antes, ocurrió el milagro. El religioso tomó un folleto de la vida del Beato Miguel de los Santos, aplicó la imagen a su pecho y le pidió le sanara, ya que el convento necesitaba hermanos legos y él aún era joven. Prometió que pediría limosna para la canonización. En ese momento, se sintió con fuerzas, se vistió el hábito y se presentó en la iglesia, con los demás religiosos, a dar gracias al Beato, contándole al superior lo que había pasado. Este le probó, mandándole por obediencia fuera a ver al farmacéutico, donde tropezó con el médico, contándole el suceso. Al volver al convento, estaba animoso, ni siquiera cansado. A los pocos días se incorporó a la vida comunitaria, como uno más, y murió anciano, sin enfermar jamás de nada.

La fiesta del santo se celebró en origen a 10 de abril, hoy es a 8 de junio, coincidiendo con su canonización. Además de los males antes mencionados, es patrono de los noviciados trinitarios.


A 8 de junio además se celebra a  
San Maximino de Aix, obispo.
San Medardo de Noyon, obispo.
Santa Helga de Bregenz, virgen eremita. 

jueves, 16 de mayo de 2013

San Simón Stock y la historia de un hábito

San Simón Stock, una de las figuras más importantes de la Orden del Carmen, es un santo lamentablemente casi desconocido. En parte porque se sabe poco de su vida de infancia y juventud, así como algunas lagunas de su vida carmelita. Todos los detalles legendarios que se le añadieron a partir del siglo XV para rellenar vacíos, más que bien, le hicieron mal, llegando incluso a su eliminación del calendario litúrgico por parte de los carmelitas descalzos. Hoy, afortunadamente, ha vuelto a figurar en él. Generalmente se le menciona solamente con relación al Escapulario del Carmen, pero su obra de consolidación y propagación de la Orden es interesante y muy digna de considerarse. También tocaré algunos detalles de la historia del Escapulario, dejando aparte, por razones de espacio, los detalles de la leyenda, que siempre aportan "sabor y floritura", al decir de una conocida. Y ahora, vámonos al siglo XIII: 

San Simón Stock, VI General de la Orden, Padre Nuestro. 16 de mayo.
La referencia más antigua a un Simón, General de la Orden, se halla en la vida del Beato Jordán de Sajonia (13 de febrero), en el “Vitæ Fratrum Ordinis Prædicatorum”, de Gerardo de Frachet, en el siglo XIII. Nos dice que Fray Simón, prior General de la Orden del Carmelo, narró a los dominicos como otro fraile carmelita tuvo una visión de Jordán de Sajonia, el mismo día del ahogamiento de este, que le alentó a no abandonar la Orden, tentación que tenía dicho carmelita. Y le prometió que todo el que al Señor servía, se salvaría [1].

No aparece otra referencia hasta el siglo XIV, en el catálogo de Priores Generales de Juan Grossi. Le mencionan como “Simón Stock, de la provincia de Inglaterra, hombre santo y célebre por sus milagros, muerto el 16 de mayo, en Burdeos". Curiosamente, en el siglo XV, en un Catálogus conocido como “muy breve” no aparece entre los Generales, sino entre los confesores. A esta redacción le seguirían las “breve”, “larga” y “larga parisina”, siendo que los últimos son ampliaciones o correcciones de los primeros [2]. Ya sea en datos de un santo o de nuevos santos. El texto “breve” le pone como VI General, sucediendo al Beato Alano (12 de noviembre), de quien fue vicaro. Además, narra la visión de la Virgen entre ángeles, dándole el Escapulario. Le llama Simón de Gascuña, por el sitio donde murió. La redacción “larga” ya añade los datos que han pasado a la leyenda: habitó en un tronco de árbol, profesión en Aylesford, elección milagrosa como General, admiración de papas, reyes y obispos por él. Y, claro, la narración de la visión del Escapulario y la vestición de Eduardo II de Inglaterra como terciario. Este texto dice que gobernó la Orden 20 años. Mientras, el texto “largo parisino” añade que fue General cincuenta años, aunque esto hoy se sabe que sólo se puso para poner bajo su priorato e influencia, todas las batallas y triunfos de la Orden en el siglo XIII.

Simón murió el 16 de mayo de 1265 en Burdeos, donde se hallaba de visita. Se desconocen las causas de la muerte, aunque si vivió 100 años como dice la leyenda, pues no hay que averiguar mucho. El culto a San Simón aparece junto a su tumba, en 1435, y pasa a Inglaterra e Irlanda en 1458. Toda la Orden asume su culto en 1564, fecha bastante reciente, como vemos. Las reliquias se salvaron de la destrucción de la Revolución Francesa y luego de esta se depositaron en la Catedral de Burdeos. En 1951, con el VII Centenario de la Entrega del Escapulario y la reintroducción de los carmelitas de la Antigua Observancia en el santo monasterio de Aylesford, un trozo del cráneo fue enviado a este sitio. Su culto permaneció y aumentó hasta la revisión del calendario litúrgico, en que los carmelitas descalzos lo suprimieron del oficio propio, en algunos sitios se quitó su imagen y casi parecía una figura molesta. Mientras, los “calzados” lo mantuvieron con categoría de Fiesta. Finalmente volvió al calendario "descalzo". Su día es uno de los varios que se gana la indulgencia plenaria a los que llevamos el Escapulario del Carmen [3].

Su iconografía está relacionada íntimamente con la visión del Escapulario, y le ha hecho famoso y le ha encumbrado entre los más importantes santos de la Orden, aunque no dejó ni escritos místicos o teológicos. Es sobre todo en la pintura donde ha sido más favorecido, aunque no le faltan hermosas esculturas del momento de la visión. 

La visión del Escapulario:
No se sabe a ciencia cierta el año exacto, pues hasta el siglo XVII no se fija la fecha del 16 de julio de 1251. El P. Ildefonso de la Inmaculada OCD, a quien debemos la rehabilitación de San Simón Stock en el propio de la Orden, en su libro “San Simón Stock. Reivindicación histórica”, da pautas para seguirle la pista al santo Escapulario y al mismo San Simón. Con respecto al primero, tomaré datos de una separata de la Revista “Monte Carmelo”, de 1987, sobre un texto del mismo P. Ildefonso. Y resumo, esperando no alargarme demasiado:


Historicidad de la visión:
Estampa devota.
Erróneamente, Simón lleva
puesto el Escapulario, a la par
que recibe el de la Virgen.
Lo primero para dilucidar este tema es si, efectivamente, el Escapulario fue dado por la misma Virgen María y si era hábito de la Orden. Al primer punto nunca se podrá responder con total seguridad, pues la visión, si ocurrió, fue en privado y no existe ninguna alusión a ella ni por parte de San Simón, ni sus sucesores en el Generalato de la Orden. Al segundo punto, algunos han intentado responder que el escapulario formaba parte del hábito y que San Simón sólo le dio importancia a partir de una supuesta revelación mariana, como forma de consolidar la Orden, pero la historia del Escapulario desmiente que formara parte del hábito. 

El primer testimonio escrito es muy posterior, aunque atribuido erróneamente al secretario del santo, Pedro Suavington. Una prueba de esto último es que, precisamente, en la narración de la visión de María, la expresión “llevando en la mano el Escapulario de la Orden” es bastante anacrónica, pues en las fechas en que se dice ocurrió la aparición (1251) el Escapulario no es hábito de la Orden, y lo demostraron fácilmente los Bolandistas, en su dura pelea contra las leyendas carmelitanas. Pero esa demostración, si bien pareciera destruir la afirmación del origen celestial del uso del Escapulario en la Orden; también demuestra que, en el tiempo de la verdadera redacción, siglo XIV, sí que era considerado ya como prenda propia de los carmelitas.

Origen de los Escapularios:
El Escapulario, signo ya presente en el monacato oriental, era prenda utilizada en origen para el trabajo, pero solo en los carmelitas tiene valor como pieza perteneciente al hábito, y, al mismo tiempo singular y distintiva, con su historia propia. El Escapulario está presente en las principales órdenes mendicantes: dominicos, servitas, trinitarios, hospitalarios y mercedarios [4]. En casi todos los orígenes de estas órdenes está la Virgen María como dadora del carisma y el hábito al fundador, o como hábito de la misma Virgen (servitas). Pero en la Orden del Carmen no es así, en primer lugar porque San Simón no era su fundador, sino uno que entró a la Orden cuando esta tenía ya un hábito propio. La Orden del Carmen venía de Oriente, con una Regla, tal vez unas Constituciones, y con un hábito ya definido: túnica, capucha muy amplia, casi hasta las rodillas y capa barrada (solo temporalmente). No se usaba el Escapulario. Un argumento poco sólido es que los carmelitas tomaron el Escapulario cuando se hicieron mendicantes, para asimilarse a las otras órdenes, pero esto se cae por sí solo cuando vemos que ni franciscanos ni agustinos lo incorporaron al hábito, prefiriendo ambos la capucha, más o menos larga. Es decir, que no era necesario para la adaptación.

La asimilación del Escapulario en la Orden:
San Simón tuvo que adaptar la Orden al estilo mendicante, principalmente en tres puntos: Conventos en las ciudades, predicación pública y que los religiosos estudiaran en las universidades. Era hacerlo, o morir, dada la oposición tenaz de franciscanos y dominicos, representados en San Buenaventura (15 de julio) y Santo Tomás de Aquino (28 de enero y 7 de marzo), que iban camino del Concilio de Lyon decididos a suprimir a los carmelitas (y agustinos). Afortunadamente murieron antes de llegar.

Retablo en el Carmen de Florencia
En fin, que San Simón fue el General que tuvo que asumir los cambios en el carisma y la Regla (adaptada por varios papas, como vimos antes). Imaginaos lo traumático que podía ser esto para muchos que, llegados de Oriente o profesos en Europa, habían elegido el eremitismo como forma de vida; como, por añadidura, comenzar a decir que la Virgen quería que se introdujese el Escapulario como hábito propio. Repito, no era el fundador que diseñaba un hábito; se trataba de cambiar algo innecesario para la vida eremítica, ajeno a la espiritualidad carmelitana. Era un problema, salvo que hubiera una fuerza mayor, que hiciera del todo necesaria la introducción del Escapulario, fuera bajo San Simón Stock o no.

Y la mejor muestra de esto es la dureza de varios sucesores de San Simón, como el inmediato, el General Nicolás el Gálico, que llega a hablar de relajación, aunque sin culpar directamente a San Simón, pero es evidente que le culpa de ello. Él y algunos posteriores lamentaban mediante escritos el abandono de la vida eremítica, los conventos urbanos y, principalmente, que los religiosos estudiasen y se formasen, considerándolo una falta de humildad tremenda. Y sin embargo, mientras hay recelo por cualquier cambio, no hay condena a la introducción y uso del Escapulario, sino una asunción escalonada del mismo por parte de la Orden. Sí, porque no hay que pensar que fue decirlo San Simón y, hala, todos a usar el Escapulario carmelita sin variación alguna. No podía el General, por una visión particular, cambiar la Regla, las disposiciones de los capítulos en algo tan grave como el hábito religioso (se ve que eran otros tiempos). Veamos estos “escalones”:

Hitos en la importancia del Escapulario.
1263: El “Antiq. Ordinis Carmelitarum Ordinale” de Dublín, no posterior a este año, habla del hábito el Punto 45: “ha de ser enterrado [el religioso] con túnica y la capucha cubriendo su faz, y superpuestas las manos en forma de cruz, con las sandalias y el cíngulo, todo con decencia y dignidad”. [5].

Sin embargo, 50 años más tarde, en el Ordinal de Sigberto de Beka, al tocar el punto de los enterramientos, dice el Punto 45: “El Hermano ha de ser enterrado con la túnica gris y el Escapulario, y la capucha cubriendo su faz, dispuestas las manos en forma de cruz, con las sandalias y el cíngulo dispuestos decentemente”. Ya está presente el Escapulario como parte del hábito.

Vidriera francesa
en Pont-l'Abbé.
San Simón con
la capa barrada
.
1281: Se celebra el Capítulo General de Londres, que legisla, y muy claro, sobre el Escapulario: Punto 13: “Los Hermanos han de dormir ceñidos con la túnica y el Escapulario bajo pena de culpa grave”, Llama la atención que esta regulación va más lejos que la de los dominicos y servitas, que lo mandaban, pero no obligaban bajo culpa, aunque el Escapulario era parte indisoluble de su hábito, mientras que no lo era para el hábito carmelita. El punto 22 define el hábito: “Los vestidos de los Hermanos han de ser de lana y pobres (…) túnicas redondas que desciendan hasta el talón de los pies y unas capuchas que lleguen hasta media pierna. Establecemos que los Hermanos que celebren o ayuden en la misa conventual usen Escapularios finos de paño gris y honesto, quedando prohibidos interior o exteriormente los Escapularios blancos”. Es notable la diferencia de telas. La túnica ha de ser basta, pero el Escapulario fino y delicado aunque no de tela rica. Y lo más importante: ha de ser del color del hábito, formando uno con este, pero de mejor calidad (¿por qué?). Aunque de manera ajena al hábito, se ha establecido su uso de forma exterior, visible y distinguible. Sin embargo, aún no aparece en las profesiones, pero tampoco aparece una bendición especial para la capa, a la que el mismo Capítulo llama “signo de nuestra profesión”.

1287: El Capítulo de Montpellier cambia la capa barrada por la capa blanca, con autorización de Honorio IV, hasta hoy. Este capítulo, rebatiendo al anterior, afirma que la capa no es “de esencia” el hábito de la Orden, por lo que, al cambiar las capas barradas a blancas, no se está cambiando el hábito regular, que es la túnica, la capucha y el Escapulario. Dice el Capítulo: "Las Capas Blancas: (…) estarán abiertas con el fin de que por esa parte el Escapulario, que queda debajo, y el hábito [la capucha] se distingan claramente; y sean el hábito y la capa de distinto color, de modo que se diferencien entre sí (…) y el vestido interior aparezca en la parte inferior por debajo de la capa como cosa de un palmo más o menos”. Es decir, que en seis años, desde el Capítulo anterior, el Escapulario ha entrado a formar parte del hábito y ha ganado a la capa en distintividad.

1294: En las Constituciones de Burdeos no aparecen puntos sobre el Escapulario al tratar del hábito, y se entiende al leer el punto sobre las profesiones, el XXI. La profesión se celebra con el novicio vestido con túnica, pero sin capucha. La capa y el Escapulario son bendecidos ¡con la misma fórmula utilizada para bendecir la túnica y la capucha anteriormente! El prior, entregando el Escapulario, dice: “Recibe ese hábito en remisión de tus pecados y aumento de la santa religión. En el nombre del padre…” Y entregando la capa dice lo mismo, pero sustituyendo “capa”, por "hábito”. Es decir, el hábito ya no es la túnica, que pasa a un segundo plano, sino el Escapulario. La capa y el Escapulario serán desde entonces los signos distintivos de la profesión carmelitana. Y es único de ella, decía antes: El Escapulario es indisoluble con la túnica, pero tiene su propio carácter, sentido e historia. Él es el “hábito de la Virgen” que traemos, al decir de Santa Teresa. La capa también toma sentido particular, pero no es llamada “hábito”, sino que mantiene su nombre. Aún hoy, en la imposición del Escapulario del Carmen a los seglares se les dice “recibe este hábito…”

Por eso ni Montpellier ni Burdeos hablan del Escapulario como pieza aparte en las Constituciones: porque al hablar del hábito, el Escapulario está comprendido en él. Es el hábito oficial.

San Simón con la versión
del Escapulario para seglares.
Iglesia del Carmen
de Thivencelle, Francia
.
1324: Capítulo de Barcelona. La capucha ya ni se menciona singularmente, sino que está asimilada con la túnica aunque sean dos piezas separadas en la práctica. En la profesión no se le nombra, sino que el novicio se presenta solo vestido con túnica.

A partir del siglo XIV, los escritores ya no diferencian entre hábito y Escapulario. Al narrar la visión, dicen que María le entregó “el hábito”.

Es decir, que el Escapulario pasa de ser inexistente, a ser un objeto de devoción obligatoria, casi como un segundo hábito; a ser el hábito por excelencia solo entre 30 y 70 años de la tradicional fecha (1251) de la visión de San Simón Stock, y a solo 22 años (Montpellier) de su muerte. Y sin un motivo de necesidad alguna: ni práctica, ni pastoral, ni de parecerse a otros en los que, repito, el Escapulario no reviste una singularidad especial. Y más aún: Para el cambio de capas, estando plenamente probado que las anteriores a las barradas eran blancas (recordemos en los inicios del siglo XIII la disputa con los caballeros teutónicos en Tierra Santa, que reclamaban tener la exclusividad del color de la capa), hubo que pelear por ello, pedir y esperar la autorización del papa. Pero para el Escapulario no se ve nada de eso. Mas bien, las leyes que lo mencionan, regulan sobre algo ya establecido, que se va introduciendo poco a poco, pero firmemente.

Sobre su extensión a toda la Iglesia, traspasando las fronteras de la Orden, ya podríamos hacer un artículo aparte, y más largo tal vez. Grandes santos y papas han sido devotos y testigos del Escapulario del Carmen. Y sobre el abandono de tal prenda mariana por parte de sus propios hijos, también podríamos hablar mucho. Curiosamente, las causas “históricas” que le dieron una estocada casi mortal al Santo Escapulario, al ser analizadas, se vuelven contra sus detractores. Ciertamente, no podemos probar la visión de San Simón Stock, pero tenemos más garantías los que le defendemos y vestimos, que los que lo han abandonado, defenestrado y negarse a imponerlo a los fieles. 

Al final el artículo se ha convertido en lo que no iba a ser, una sencilla muestra de la vida del Escapulario del Carmen. Pero de seguro San Simón, Padre Nuestro, estará feliz de ello.


A  16 de mayo además se celebra a

S. Juan Nepomuceno,
presbítero mártir
.
S. Fortis de Burdeos,
obispo y mártir
. 
S. Gens de Monteux,
ermitaño.














[1] Acta Sanctorum. Volumen III, Mayo 16.
[2] “Saint Simon Stock: recent developments”, en revista Mount Carmel XXVII. 1979.
[3] Los otros días son: Nuestra Señora del Carmen (16 de julio), San Elías (20 de julio), San Alberto de Jerusalén (17 de septiembre), Santa Teresa de Jesús (15 de octubre), San Juan de la Cruz (14 de diciembre), Santa Teresita del Niño Jesús (1 de octubre), Todos los Santos Carmelitas (14 de noviembre) y Todos los Difuntos Carmelitas (15 de noviembre).
[4] Entre las órdenes monásticas con Escapulario resaltan los benedictinos, cistercienses, jerónimos y cartujos, estos últimos con trabas. Para leer una interesante historia sobre el hábito trinitrario, podéis leer aquí: http://meditacionestrinitarias.blogspot.com.es/2012/09/el-habito-desde-los-origenes-de-la.html
[5] Recordemos que la capucha era amplia, por delante llegaba casi a las rodillas y por detrás un poco más larga, por eso podía sustituir a la capa, en algunas procesiones, por ejemplo. Aún podemos ver una reminiscencia de ella en los carmelitas de la Antigua Observancia, aunque más corta, hasta los codos.




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