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miércoles, 31 de octubre de 2012

El día de los muertos en México


Tumba adornada el 2 de noviembre en México.

Durante los días 1 y 2 de noviembre en México se celebran las festividades en honor a los fieles difuntos donde la gente “convive” con sus muertos, les preparan un altar con comidas del gusto del difunto, objetos personales y muchas flores; otras personas van al cementerio y velan toda la noche en ese sitio para poder “reunirse” de nuevo con sus seres queridos, todo esto sucede en un ambiente de oración, sobre todo del rezo del rosario, entre comidas, bebidas, música, esto se vuelve una fiesta entre lo pagano y lo religioso.

La tradición de ofrendar a los difuntos en México se remonta a la época prehispánica; los aztecas celebraban dos meses dedicados a la fiesta de las almas de los muertos, el noveno mes, llamado Tlaxochimaco o Miccailhuitontli, es decir fiesta de los muertos pequeños (antecedente de la fiesta del primero de noviembre conocida como día de los “angelitos”) y la otra, Xócotl Uetzi, también nombrada Hueymiccaihuitl, la fiesta grande de los muertos (antecedente de la celebración del dos de noviembre) y celebrado en el decimo mes. Durante el mes Izcalli se celebraba la fiesta de los tamales en honor al dios del fuego Xiutecuhtli, se ofrecían cinco tamales al fuego del hogar, antes de comérselos se ponían sobre las sepulturas y después de esto se los comían todos.

Particularmente vale la pena destacar otra festividad la llamada Quecholli que era dedicada a los muertos en la guerra y coincidía en fechas con la festividad cristiana de Todos los Santos. Se confeccionaban flechas y eran atadas en manojos de cuatro y eran depositadas en los sepulcros junto con tamales y quedaban ahí un día entero y por la noche se quemaban las flechas. Es curioso la coincidencia de fechas y la similitud de rituales entre esta festividad y la que celebramos actualmente.

Altar de difuntos. México.
Para la cosmovisión azteca, los difuntos al morir iban al Mictlán (Xibalba para los mayas), lugar gobernado por Mictlantecuhtili (Yum Kimil o Ah Puch para los mayas), Señor de la región de los Muertos y su esposa Mictlantecacihuatl, lugar donde el alma debería cruzar por nueve ríos de sangre (para los mayas eran nueve mundos gobernados por nueve señores) ayudada por un perrito para poder llegar al Mictlán. Las almas de los que morían ahogadas iban al Tlalocan, que era gobernado por el dios Tláloc, dios de la lluvia; los guerreros, las mujeres que morían en el parto, los que morían en sacrificio y los comerciantes muertos en expediciones mercantiles se iban con el dios del sol a el Ichan tonatiuh ilhuícatl; los niños que morían a corta edad iban al Chichihualcuauhco, lugar donde eran amamantados por un gran árbol nodriza, donde los pequeños esperaban una segunda oportunidad para regresar al mundo de los hombres (antecedente en la cosmovisión mesoamericana del limbo, el cual recientemente ha sido suprimida por la Iglesia). Algo importante de destacar es que para las culturas mesoamericanas, los difuntos irían a los diferentes inframundos no debido a su comportamiento en vida como enseña el Cristianismo, sino a la forma en que murió u oficio que desarrollo en vida.

Para la cultura maya, existía una especie de cielo que se dividía en trece secciones donde moraban trece dioses Oxlahuntiku, y los sostenían cuatro dioses hermanos llamados Bacabes. En el más alto de los cielos se encontraba una ceiba o yaxché, primer árbol de la vida, a cuya sombra los difuntos gozaban de fresco y abundancia de comida y bebida. A este lugar iban los guerreros, las mujeres muertas al parir, los ahogados, los sacerdotes y los sacrificados. Los suicidas iban al paraíso de la diosa Ixtab que era su patrona, el suicidio era considerado como el grado máximo de sacrificio.


Fray Diego de Landa hace mención del terrible temor que tenían los mayas a morir, por lo que ofrecían siempre sus ofrendas y oraciones a los dioses con tal de que les alargaran la vida y les dieran salud. Dentro de la cultura cristiana la celebración del día de los fieles difuntos se remonta al siglo X d.C. Cuando San Odilón de Cluny (1 de enero) la instituyó en su monasterio, después de haber tenido una visión de las almas del purgatorio quejándose y sufriendo por sus pecados, dispuso instituir que el día posterior a la fiesta de todos los Santos se dedicara a orar por las almas de los difuntos; no fue sino hasta el siglo XVIII que Benedicto XIV concedió el privilegio de celebrar tres misas a los sacerdotes españoles y portugueses en sus territorios y en 1914 Benedicto XV los extendió a todos los sacerdotes. Pero aun desde la época paleocristiana ya los primeros cristianos veneraban los restos de los mártires, y las Sagradas Escrituras en el segundo libro de Macabeos recomiendan orar por los difuntos (2Mc 12, 43-46). 


Altar de difuntos. México.
Con la llegada de los españoles a América y del cristianismo, los frailes buscaron la manera de acabar con el “paganismo” de los naturales de estas tierra, y de este modo tomaron la tradición de la celebración de los difuntos azteca y maya y la englobaron en la fiesta de Todos los Santos y en la de el Día de los Fieles Difuntos, el 1 y 2 de noviembre respectivamente, dándole un sentido cristiano a estas celebraciones prehispánicas y cambiando los dioses por los santos y devociones católicas, como la de las ánimas del purgatorio. De igual modo hicieron con la costumbre de los tzompantli hechos de cráneos humanos o de piedra o la de los mayas de sacar los cráneos de sus antepasados, intercambiándolas primero por cráneos hechos de barro y después por cráneos de azúcar, chocolate y semillas de amaranto, para simbolizar que estando con Cristo la muerte es dulce. Se empezó a celebrar de esta manera el 1 de noviembre la fiesta de las almas de los niños o de los angelitos y el 2 de noviembre la fiesta de los muertos adultos. 

Otro agregado muy importante en esta época fue el de la flor de cempaxúchitl, pues anteriormente era usada solamente en una festividad en torno a los muertos y en ninguna otra. Muchos investigadores piensan que puede deberse a que en España era costumbre en estas fechas llevar a las tumbas crisantemos amarillos pero ante la inexistencia de esta flor en Nueva España se decidió sustituirla por una flor muy semejante como es el cempaxúchitl. Algo particularmente llama la atención y es lo que narra fray Diego Durán sobre que anteriormente en las fiestas de Xócotl Uetzi, los familiares de los difuntos pasaban toda la noche velando la ofrenda y a la mañana siguiente regalaban los alimentos que para ellos era sagrado porque había sido consumido por las almas. Este tipo de tradiciones pasaron casi intactas hasta la actualidad, los misioneros las toleraron en gran parte, puesto que en algunas localidades del norte de España se solía llevar a la misa por los difuntos ofrendas de trigo, pan y vino para ser benditos y ser llevadas luego a las tumbas, esto mismo creaba confusión entre los naturales que no entendían porque los españoles si podían hacer ofrendas y ellos no, pero esto propicio la supervivencia de la ofrenda a los difuntos.

En otros sitios del país como en comunidades indígenas de los estados de Chiapas, Oaxaca, Yucatán y Guerrero, algunas etnias extiende la festividad de los difuntos del 29 de septiembre al 30 de noviembre pues según su creencia San Miguel abre el purgatorio para que las almas regresen y San Andrés lo cierra, en  otros englobado más en lo que es los meses de octubre y noviembre se comienza a celebrar desde el 28 de octubre llegando ese día las almas de los ahogados, el 29 de octubre de los muertos por accidentes, el 30 de octubre de los muertos violentamente que no sean de accidente, el 31 los niños muertos antes de nacer y el 1 y 2 de noviembre siguen el mismo patrón de todo el país. Lugares como Tabasco la memoria de los fieles difuntos se extiende del 1 al 30 de noviembre haciendo rezos, sufragios y oraciones todo el mes por las almas del purgatorio; cabe destacar que aunque la creencia popular es que las almas vienen a comer los alimentos que se ofrendan, desde el punto de vista cristiano esto es imposible pues nadie puede salir del purgatorio y regresar a la tierra; a pesar de todo esto la Iglesia es de las principales promotoras de esta tradición en suelo mexicano puesto que como bien sabemos es bueno orar por los difuntos. Esta tradición en el año 2003 fue declarada como patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO.


Simbolismos del Altar
El altar se hace en 3 niveles que simbolizan la tierra, el purgatorio y el cielo, en otros lugares lo hacen de 2 niveles representando el primero a los niños difuntos y el segundo a los adultos o el cielo y el purgatorio o la tierra. También algunos lo hacen de cuatro como símbolo del mundo espiritual, el mundo celestial, el mundo terrenal y el inframundo o del cielo, la tierra, el infierno y anteriormente el limbo. En otros, de 7 como recuerdo de los 7 pecados capitales, y en otras zonas de 9 símbolo de los nueve meses de gestación y de los nueve ríos que debe pasar el alma. Se adorna con papel picado o flores de papel en colores naranja (color de luto azteca y no símbolo del halloween como muchos piensan), negro (luto occidental), morado (luto de la Iglesia), blanco (perdón y pureza), rosado (alegría y tristeza a la vez), azul (cielo), amarillo (luz) y rojo (luto entre los mayas).


Se ponen los alimentos que eran del agrado del difunto así como objetos pertenecientes al mismo, el pan de muerto (es un pan redondo que tiene una bola de pan en el centro y de ahí salen 4 trozos más de pan en forma de huesitos y cubierto de azúcar, símbolo de una tumba y la azúcar de la sangre derramada por los difuntos, y fue traído por los españoles y teniendo su antecedente en el pan de ánimas que se preparaba en Segovia). 
Flor de cempaxúchitl o cempoal que simboliza la luz que guía al difunto a la ofrenda por eso sus pétalos se usan para formar un camino.
Flor de mano de león su color rojo recuerda la sangre de Cristo.
Flores blancas, en especial cuando es un altar para niños difuntos, recordando su pureza.
Tres calaveras de azúcar, símbolo de la Santísima Trinidad.
Adornos de calaveras recordando a la muerte que está siempre presente.
Café negro, que recuerda el luto.
Agua, para que el alma sacie su sed.
Licor, para que el alma recuerde sus grandes festejos en vida.
Cruz de ceniza, para que el alma expíe sus culpas.
Tierra, como recuerdo de que polvo somos y en polvo nos convertiremos.
Puño de sal, que es lo que le da sabor a la vida.
Una cruz hecha con flor de cempoal o con velas, que representa a los 4 puntos cardinales para que el alma se oriente.
En el sureste mexicano se ponen nueve velas, símbolo de los nueve señores de la noche.
Albahaca para purificar el ambiente.
Un recipiente con agua y toalla para que el alma se lave las manos.
Un petate o estera para que descanse.
La vela del ánima sola, para los difuntos que no tienen quien rece por ellos
Rosario, símbolo de plegaria cristiana.
Escapulario, símbolo de la maternidad de la Virgen que nos cubre.
Se cuelga papel picado como símbolo del cielo que lo ve todo, en otras localidades se pone un arco o palmas tejidas en recuerdo del Domingo de Ramos.


Entre las imágenes religiosas que se acostumbran poner son las de devoción del difunto y los que abogan por las almas del purgatorio, tal es el caso de la Virgen del Carmen (16 de julio), abogada de las almas; San Miguel (29 de septiembre) patrón del purgatorio; San José (19 de marzo y 1 de mayo), patrón para el bien morir; San Francisco de Asís (17 de septiembre y 4 de octubre) pues se dice que Cristo le prometió que cada 4 de octubre le permitiría bajar al purgatorio a sacar de allí a sus devotos; San Martín Caballero (11 de noviembre) como benefactor de vivos y muertos; San Nicolás de Tolentino (10 de septiembre), abogado también de las almas del purgatorio. 
Se usa copal o estoraque (incienso de origen azteca) para incensar como símbolo de la oración que se eleva al cielo. Para las culturas prehispánicas era muy importante el copal pues al ser de extracción de la savia de un árbol consideraban que era la sangre de este y lograba una conexión entre cielo y tierra. 
El retrato del difunto para saber a quien se dedica la ofrenda.
También se ponen velas o veladoras como símbolo de la luz que es Cristo, además que para las antiguas culturas el fuego era símbolo de unión entre el mundo de los vivos y el inframundo.

La festividad también se lleva al cementerio, pues el 1 de noviembre la gente acostumbra velar toda la noche en las tumbas rezando el rosario esperando “a la llegada de las ánimas”, acompañándolos con adornos de flores y alimentos, al siguiente día 2 de noviembre la gente vuelve a darse cita en las sepulturas de sus seres queridos y llevan más alimentos para comer entre ellos sobre la tumba “conviviendo y compartiendo los alimentos” con sus difuntos una vez más, y acompañados de música de mariachis.


Por: Lic. André Efrén Ordóñez.


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"TUS PREGUNTAS SOBRE LOS SANTOS

(SANTOS PATRONOS DE LAS ENFERMEDADES)

YA ESTÁ DISPONIBLE.

sábado, 30 de junio de 2012

La Preciosísima Sangre


Los Santos beben
de la Sangre de Cristo
En el Calendario Litúrgico anterior a la reforma conciliar, el 1 de julio se celebraba la Festividad de la Preciosísima Sangre de Cristo.

Es interesante ver cómo mientras la sangre es algo que repugna, prácticamente la totalidad de las religiones primitivas hacían uso del derramamiento de sangre como símbolo expiatorio. Ya fuera sangre de animales o de personas, este caudal de vida era un “aplacador de deidades”. Aún en las religiones de origen africano se sacrifican animales para atraer el bien o alejar el mal. El judaísmo no fue ajeno a estas prácticas, aunque, en una evolución de la conciencia religiosa, comprendió que la vida humana era demasiado importante como para derramar su sangre (haciendo la vista gorda en el caso de las guerras, tanto como los cristianos), por lo que comienza a utilizar animales, y haciendo gratos estos sacrificios a Dios, a la par que sacraliza la sangre humana en sentido negativo (tocarla es incurrir en una gran impureza). Pero esto es el judaísmo primitivo, según evoluciona, y se acerca en el tiempo, los profetas anunciarán el cambio de los sacrificios por la misericordia; de la sangre de los corderos, por la Definitiva Sangre del Definitivo Cordero.

La consideración y devoción católica por la sangre de Cristo nace en las mismas palabras bíblicas “por su Sangre nos ha redimido”. Como dije, en el contexto judío, el derramamiento de sangre era algo de mal signo, y quien moría de muerte violenta y desangrado, al ser enterrado, los deudos que habían tocado el cadáver debían purificarse. Y he aquí que el cristianismo rompe drásticamente con esto, aún en el ambiente judío: la sangre ya no es signo y sustento de la vida, sino que hay una vida superior, un alma, comprada a precio de Sangre, de la única Sangre Justa, que clama al cielo más aún que la de Abel. Y una sangre que, ¡escándalo!, se bebe y degusta como prenda salvífica. No en balde, la inspiración bíblica de la Sangre Salvadora nos viene del Profeta Isaías:
"¿Quién es ése que viene de Edom, de Bosrá, con ropaje teñido de rojo? ¿Ese del vestido esplendoroso, y de andar tan esforzado? - Soy yo que hablo con justicia, un gran libertador. - Y ¿por qué está de rojo tu vestido, y tu ropaje como el de un lagarero? - El lagar he pisado yo solo; de mi pueblo no hubo nadie conmigo. Los pisé con ira, los pateé con furia, y salpicó su sangre mis vestidos, y toda mi vestimenta he manchado." (Isaías 63, 1-3)

Cristo, Fons Salutis.
El arte ha sido generoso con la Sangre de Cristo: El barroco se explayó en crucifijos ensangrentados, imágenes de la flagelación que dejan ver hasta los tendones. Bellísimos lienzos de Cristo, Varón de Dolores, en que el Señor aparece en un lagar y pisando uvas, que destilan su propia sangre, de la que, cual fuente de salud, beben las almas. A la vista y la sensibilidad modernas todo esto parece a los hombres de hoy un baño de sangre y morbo innecesarios, pero no es la vista de la sangre y el dolor lo que les horroriza (el mundo se deleita en películas o escenas más sangrientas aún), sino que es la vista de ESA sangre y ESE dolor, los que los interpela. Es ese fue por ti lo que aún hoy escuece.

El siglo XIX, tiempo de gran expansión de la devoción, centró la iconografía en torno al cáliz, recordando el Sacrificio Redentor y su renovación en la misa de cada día. Se populariza la imagen de Jesús portando un cáliz, o la conocida Nuestra Señora de la Preciosa Sangre (sábado anterior al 1 de julio), en la que el Niño ofrece el cáliz con su sangre. Es la invitación a participar del misterio redentor, en suma, a “beber su cáliz”.

La contemplación de la sangre de Cristo alentó a santos, teólogos, poetas y místicos en su comprensión del misterio de la Redención. Algún ejemplo: la contemplación de un Cristo “muy llagado, que bien mostraba lo que por nosotros padeció”, convierte a Santa Teresa, sacándola de su vida triste y gris:
"¿Por qué hemos de querer tantos bienes y deleites y gloria para sin fin, todos a costa del buen Jesús? ¿No lloraremos siquiera con las hijas de Jerusalén, ya que no le ayudemos a llevar la cruz con el Cirineo? ¿Que con placeres y pasatiempos hemos de gozar lo que El nos ganó a costa de tanta sangre? -Es imposible. ¿Y con honras vanas pensamos remedar un desprecio como El sufrió para que nosotros reinemos para siempre?-No lleva camino, errado, errado va el camino. Nunca llegaremos allá." (Vida 27, 13)
San Juan de la Cruz (14 de diciembre) entrando un día al monasterio de las carmelitas de Segovia vio un lienzo representando a Cristo, Varón de Dolores, según Isaías: Racimo divino, que se desangra en el lagar, bajo el pero de la Cruz, con aspecto de lagar. contemplándolo, se echa a llorar, e inspiradísimo, compone unas coplillas devotas. (Vida de San Juan de la Cruz. P. Crisógono de Jesús)

"¡Sangre y fuego, inestimable amor!", escribió Santa Catalina de Siena (1, Impresión de las llagas, y 29 de abril). Y San Buenaventura: "La flor preciosa del cielo, al llegar la plenitud de los tiempos, se abrió del todo y en todo el cuerpo, bañada por rayos de un amor ardentísimo. La llamarada roja del amor refulgió en el rojo vivo de la Sangre".

Las Almas se sumergen
en la Sangre de Cristo
Es por ello que, en la liturgia de la Iglesia, la referencia a la Sangre Redentora es constante, incluso junto a los acaramelamientos navideños, en que un recordatorio de la sangre de Cristo parece (solo parece) fuera de lugar, la Iglesia canta: “Nosotros los redimidos por tu sangre, en el día de tu nacimiento te cantamos un himno nuevo”. Así también, el Viernes Santo, día en que la Sangre redentora cobra especial vigencia, la liturgia de la Adoración de la Cruz clama: “Traspasado el cuerpo manso, de donde brotó la sangre que lavaron la tierra, el mar y los astros”.

Es por eso, y por mucho más que no cabría explicar en un artículo, que se comprende la necesidad de la festividad de la Sangre de Cristo. Esta festividad litúrgica fue instituida en 1849 por Pío IX, y confiada a los Misioneros de la Preciosa Sangre, congregación misionera fundada a principios del siglo XIX por San Gaspar de Buffalo (28 de diciembre), gran devoto de la Preciosa Sangre. Benedicto XIV mandó componer la misa y el oficio propios definitivos. Pío XI la elevó a Solemnidad y la extendió a toda la Iglesia en 1933, con motivo del  jubileo por el XIX centenario de la Redención.

La Sangre de Cristo,
remedio de todos los males.
El 30 de junio de 1959 Juan XXIII publicó la carta apostólica “Inde a primis” donde recalcaba la importancia de dicha festividad, insertada en el marco litúrgico de las fiestas del Sagrado Corazón de Jesús y la fiesta del Corpus Christi (1). Pero, finalmente, la reforma del Vaticano II la suprimió (2), entendiendo que ya en el Corpus estaban intrínsecamente expuestos la adoración, importancia y significado de la Sangre de Cristo. Sí, pero no, la experiencia demuestra que ni en la piedad, las representaciones, ni en las homilías queda clara la importancia de la Sangre Redentora de Cristo. 

Y termino con una frase de la anterior citada Carta Encíclica:
"Así, pues, al acercarse la fiesta y el mes
consagrado al culto de la Sangre de Cristo, precio de nuestro rescate, prenda de salvación y de vida eterna, que los fieles la hagan objeto de sus más devotas meditaciones y más frecuentes comuniones sacramentales. Que reflexionen, iluminados por las saludables enseñanzas que dimanan de los Libros Sagrados y de la doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia en el valor sobreabundante, infinito, de esta Sangre verdaderamente preciosísima, cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere (de la cual una sola gota puede salvar al mundo de todo pecado)".
 (1) También ordenó que a las alabanzas al Santísimo, en el momento de la Reserva se añadiera la exclamación “Bendita sea su Preciosísima Sangre”, para que así como se alababa su Cuerpo y su Corazón, se alabase su Sangre.
(2) Los Misioneros de la Preciosa Sangre y las Adoratrices de la Preciosísima Sangre la celebran aún a 1 de julio. Y también, como me anotan en los comentarios, la Archidiócesis de Valencia, España, y los Pasionistas.




A 1 de julio además se celebra a
San Cybar, abad.
San Lunaire de Bretaña, abad.
San Simeón el Salo, loco por Cristo.


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lunes, 30 de abril de 2012

San José, carpintero. ¿Sí o no?

Son pocos los santos, solo cuatro (1) que tienen duplicidad de fiestas inscritas en el Calendario Universal de la Iglesia. Y uno de ellos es San José. A lo largo de la historia ha tenido dos, tres, hasta cuatro, para volver a tener 3 actualmente. En la Iglesia Copta tiene hasta 8. Así que con festividades particulares, piadosas, y derogadas, aún le queda la memoria libre de San José Obrero el 1 de mayo.

San José Obrero.
Ottmarshart, Alemania. Siglo XVIII
Según las Escrituras, Jesucristo fue llamado “el hijo del carpintero” (Marcos 6, 1-6) y él mismo fue llamado así. El término "carpintero" fue conformándose a lo largo del tiempo, según la profesión del trabajo de la madera fue separándose de otras labores, e incluso diferenciándose entre sí en función de la especialidad del trabajo en madera. Una carpintería “basta”, y una carpintería “fina”, como ebanistas. Pero en los tiempos de Cristo, los trabajos de madera no eran especializados como fueron a partir de la Alta Edad Media, sino que formaban parte de lo que un artesano común, debía conocer: Trabajar la madera aplicada a la vida cotidiana en construcciones o reparaciones; encofrar, apuntalar, poner vigas y andamios. Vamos, trabajo de carpintero en cuanto que estas cosas se hacían y hacen con madera. Para los trabajos elegantes de palacios, y templos se prefería la piedra o el mármol, pero no la madera. Esta era un bien precioso, por su versatilidad y utilidad, pero no era tan cotidiana, en el uso común de esta palabra; o sea, olvidémosno de sillas, mesas y camas de madera en las casas del pueblo. Era más frecuente verla en lo dicho anteriormente: material de trabajo.

San José, ¿carpintero o herrero?
Desde antiguo hay disparidad de opiniones, sobre realmente cual fue el arte de San José. El término evangélico que nos ha llegado para decir lo que era San José, es "σιδεράς" en griego, o sea "faber" en latín. Este es el término empleado para los herreros (solo o de la forma "faber ferrarius"), así que San Beda (25 de mayo) o San Isidoro (4 y 26 de abril), afirman que San José fue herrero, puesto que para los carpinteros o artesanos debía decirse "ξυλουργός", o sea "faber lignarius": carpintero. San Ambrosio (4 y 5 de abril, muerte y entierro; 7 de diciembre, consagración episcopal) lo zanja diciendo en su comentario a Mt. 13: "supo muy bien y con mucho primor el arte del herrero y del carpintero y cualquier otra arte mecánica, porque era ingenioso e industrioso sobre manera". Ya querría saber yo como lo sabría él.

Parece tema baladí, pero a lo largo de la historia, hubo autores espirituales que dieron a este arte de carpintero una importancia simbólica y una obligatoriedad espiritual, más allá de lo que es: un trabajo como otro cualquiera, necesario para dar de comer a la familia y para la realización personal. Nuestro carmelita Jerónimo Gracián de la Madre de Dios en su "Josefina: Sumario de las Excelencias de San José" intenta conciliar las diferencias entre los autores sagrados, como Ambrosio y Beda, o Tomás de Aquino y Orígenes, divergentes en cuanto al oficio de San José, y dice:
"tengo para mi que para los clavos y cerraduras que hubiese menester para su propia casa, no sacaría dineros de la bolsa, sino que llegaría a la fragua del herrero más vecino, y los sabría muy bien labrar. Pero el oficio que él ejercitó, y de que tenía tienda, era de carpintero, no de herrero. Y quizá  esto dicen los autores [los anteriores]: que no es de creer que la hermosísima María, y el espejo sin mancha en quien se desean los Ángeles mirar, Cristo Jesús, anduviesen entre carbón y cisco. Y como no tenían más de un aposento, que es la casa que ahora esta en Loreto, donde todos tres estaban trabajando y tratando pláticas del cielo, y no es nada conversable el oficio de herrero, a causa del ruido de la fragua, martilladas, y de las chispas que continuamente saltan del yunque; y habiéndole Dios escogido con oficio, que sirviese, sustentase, y acompañase en todos los caminos a María, y Jesus (según el estado de su pobreza), no es nada a propósito el oficio del herrero.
Que para sólo llevar fragua, yunque, almádenas, martillos y limas, había menester una acémila, y el carpintero con su sierra al hombro, la azuela en la cinta, y un cepillo, compás, y escoplo en la faltriquera, puede caminar por todo el mundo con suficientes instrumentos para ganar de comer. Y cuando anduviesen por esos desiertos, con aferrar cuatro palos del primer árbol, haría cabaña, para aposentar al que dice por Isaías. 'Que labrará cabaña para defender su pueblo del sol y del agua' (Is 24). Así que es más limpia el arte de la carpintería, más fácil de labrar la madera que el hierro, oficio más común, necesario a la vida humana, y más conforme a la inclinación de una persona noble, cuando viene a pobreza. Que un gran príncipe se precia de trazar una casa y saber labrar un escritorio [!], u otra obra curiosa de madera, no de martillar hierro, y hacer otros oficios mecánicos".
Muy bonito, si no se hablara desde la mentalidad barroca sobre "pláticas del cielo" o "escritorios y cosas curiosas" y no partiese de un subjetivo "para mi".

Estampa francesa de gusto popular,
con el Niño y las cruces.
Por otro lado, el mercedario Gabriel de Santa María en su "Siete Dolores y Gozos de San José”, le da un sentido espiritual y místico al hecho de que San José fuera carpintero.
"Ejercitó el divino Patriarca José el arte de carpintero; porque siendo la Cruz la joya más preciosa que Cristo aguardaba del mundo, el primero que la fabricase en la tierra, fuere su Padre José, como en el cielo había sido su Eterno Padre el primero que se la hizo, ordenando muriese en ella: de lo cual tuvo mandato el Señor San José de el mismo Jesús en Egipto, como dice Juan Gerson. ¡Oh, cuantas veces (piadosamente se puede creer) se ajustaría el dulcísimo Jesús con esta Cruz, hecha por mano de su muy amado Padre José! ¡Cuantas veces extendería sus delicados brazos sobre los duros y ásperos de esta Cruz, como ensayándose para adelante, cuando se viese morir en ella!"
Esta escena del Niño Jesús jugando con crucecitas ha formado parte de la iconografía de la Sagrada Familia, desde la época barroca hasta el nacimiento, expansión y decadencia de las estampitas piadosas, entre los siglos XVII y XX.
San José, simplemente obrero.
Ya desde los siglos XVI, en que San José comienza a expandir su devoción en el mundo cristiano, se le toma como modelo de los trabajadores en general, y específicamente de aquellos de la madera. En el siglo XIX, el siglo josefino por excelencia, su figura varonil se deslíe entre lirios, impolutas virutas doradas y ángeles portaatributos. Se amanera y endulza su figura y devoción, que llega a agonizar luego de los años 60 del siglo XX. 

A la par de esto, y a partir de la Revolución Industrial, la figura del artesano comienza a desaparecer progresivamente; los gremios y cofradías empiezan a perder fuelle, en pro de una nueva figura laboral: el obrero. Se propicia así una nueva clase social amplísima: el proletariado. Es un sector que poco a poco comienza a tomar conciencia de su importancia en el mundo nuevo que se avecina: Si hay mejoras técnicas, inventos, expansión de los bienes, se debe al trabajo fabril y febril de muchos hombres y mujeres. El obrero se reconoce parte de ese progreso y quiere participar de él, recibiendo bienes, beneficios y derechos. En este punto, surgen los partidos y asociaciones obreras de inspiración radical que ven en los estamentos poderosos un enemigo, y la Iglesia no se libró de ello. La clase obrera comenzó a ser acaparada por el socialismo y el comunismo (curiosamente, los regímenes que más han explotado al obrero), y a separarse de la Iglesia, ante lo cual, el papado fue en busca de los obreros, recordando que los derechos no eximen de responsabilidad y alertando de los errores del socialismo y el comunismo, que buscaban sociedades donde el individuo es esclavo de la colectividad, en lugar de libre.

En 1898, León XII tocó el tema del trabajo y la dignidad de los trabajadores como clase social en la encíclica "Rerum Novarum", adelantándose a su tiempo y sirviendo de base a otras encíclicas y documentos eclesiales:
"debiendo Nos velar por la causa de la Iglesia y por la salvación común, creemos oportuno, venerables hermanos, y por las mismas razones, hacer, respecto de la situación de los obreros, lo que hemos acostumbrado, dirigiéndoos cartas sobre el poder político, sobre la libertad humana, sobre la cristiana constitución de los Estados y otras parecidas, que estimamos oportunas para refutar los sofismas de algunas opiniones  (...)
Es dificil realmente determinar los derechos y deberes dentro de los cuales hayan de mantenerse los ricos y los proletarios, los que aportan el capital y los que ponen el trabajo. Es discusión peligrosa, porque de ella se sirven con frecuencia hombres turbulentos y astutos para torcer el juicio de la verdad y para incitar sediciosamente a las turbas. Sea de ello, sin embargo, lo que quiera, vemos claramente, cosa en que todos convienen, que es urgente proveer de la manera oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa, ya que, disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres condiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios".
El Taller de Nazaret.
Otras se escribieron después, como la "Quadragesimo Anno", de Pío XI, o la "Laborem exercens", de Juan Pablo II, para conmemorar el centenario de la Rerum Novarum. Otras labores hizo y hace la Iglesia por el mundo obrero, como la fundación asociaciones sindicales, juveniles y obreras, los centros nocturnos de enseñanza y capacitación, creación de guarderías para hijos de obreras, mediación en conflictos, nacimiento de los sacerdotes obreros (fueron suprimidos), apoyo a la construcción de los llamados barrios obreros. Todo con luces, sombras, comedimiento y diplomacia, como suelen hacer las cosas la Iglesia. No es un sindicato, ni un partido, ni revolucionaria: es Iglesia, por lo cual permanece, influye, pero no determina ni decide.

Y en el plano espiritual, además, quiso instituir la festividad litúrgica en honor de San José Obrero (2). Lo hizo Pío XII el 1 de mayo de 1955, coincidiendo con el Día del Trabajador, y ante la pérdida de valores cristianos en la sociedad, y más, en el mundo obrero. Quería la Iglesia estar presente en ese día, aportar una visión espiritual del trabajo, como camino de santificación, inspiración a ser mejor y como contribución al mundo. Intentó ser una nueva conquista de la clase proletaria, aunque no caló en esta como se esperaba. Demasiado reivindicativo era ya el 1 de mayo, para dedicarle un tiempo a la reflexión y la oración, o al trabajo como motivo de alegría, recordando al "pater putativus" de Jesús. Aún así, San José, carpintero o herrero, sirve de modelo al trabajador, como todos los días reza el oficio carmelitano:
V/ En el fiel desempeño del oficio de carpintero
R/ San José brilla como admirable ejemplo de trabajo.

Oremos: Oh, Dios, que has encomendado la ley del trabajo a todos los hombres, concédenos que siguiendo el ejemplo de San José y bajo su protección, realicemos las obras que nos encomiendas y consigamos los premios que nos prometes, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

A 1 de mayo además se celebra a
Santa Isidora, virgen.
Santa Bertha de Avenay, viuda, religiosa y mártir. 
San Amador de Auxerre, obispo.

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(1) Santos Pedro y Pablo, San Juan Bautista y San José.
(2) Este día también se celebra una memoria de Jesús Obrero, aunque no forme parte del calendario litúrgico universal.


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