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lunes, 28 de noviembre de 2016

San Gregorio III, el papa iconódulo.

San Gregorio III, papa. 28 de noviembre.

Fue Gregorio natural de Siria, pero fue educado en Roma por su padre, el presbítero Juan. Era muy dado a las letras y el estudio, junto a la piedad. Por ello a los 18 años fue ordenado diácono y a los 21 lo fue de presbítero. Conocía varias lenguas, era retórico, podía citar las Escrituras y a los Santos Padres con soltura. 

En enero de 731 falleció San Gregorio II (2 y 13 de febrero), y mientras este era enterrado, el pueblo aclamó al presbítero Gregorio por nuevo papa. Fue entronizado el 22 de febrero, día de la Cátedra de San Pedro, del mismo año. Siguiendo la línea de su predecesor, Gregorio fue un entusiasta de la evangelización de las tierras bárbaras, la reforma de la Iglesia, la santidad del clero y la dignidad del culto. Personalmente instruía y catequizaba al pueblo, alertaba contra la herejía y denunciaba los vicios. Se preocupó por la caridad, el sostenimiento de los pobres y la redención de los cautivos. En 738 nombró arzobispo a San Bonifacio (5 de junio), el cual había sido enviado a evangelizar a Alemania por Gregorio II, que también le había ordenado obispo. Le recibió en una visita que le hizo el santo apóstol y Gregorio, admirado de toda su obra le concedió plenos poderes para organizar la Iglesia, confirmando lo que ya Gregorio II había hecho. Gregorio nombró nuevos obispos, envió más misioneros, entre ellos a San Willibald (7 de julio) y proveyó a San Bonifacio de libros, imágenes y reliquias para que llevase a Alemania.

Fue muy solícito con las iglesias orientales, y firme en defender la unidad católica y la defensa del culto a las imágenes. Desde tiempos de Gregorio II, León el Isáurico retenía el imperio oriental y se había empeñado en la herejía iconoclasta, que tomaba por idolatría el culto a las imágenes del Señor y de los santos. A tanto llegó su furor que llegó a perseguir a prelados y vírgenes, a quemar su preciosa biblioteca, reteniendo dentro a seguidores de la fe católica. Biblioteca que, además, estaba llena de iconos y libros antiguos. San Gregorio, al conocer semejante impiedad, le escribió airado: "¿Quién os obliga, serenisímo Emperador, a volver atrás después de haber marchado con tan justos pasos en los primeros años de vuestro reinado? Decís ahora que es una idolatría honrar a las imágenes: habéis mandado arruinar su culto sin temor del juicio de Dios, que castigará algun dia a los autores de tal escándalo. ¿Por qué no habéis consultado con hombres instruidos, piadosos y sabios? Debemos miraros como a un hombre sin literatura, grosero a ignorante; y por esta razón nos creemos en la precisión de hablaros con fuerza, pero con verdad. Dejad vuestra obstinada presunción, y escuchadnos con humildad. Las decisiones de la Iglesia no pertenecen a los emperadores, sino a los obispos; los que así como establecidos para ello no se mezclan en los negocios temporales, tampoco los emperadores deberán mezclarse en los eclesiásticos, sino contentarse en disponer de aquellos que les están confiados. Nos habéis escrito sobre juntar un Concilio Ecuménico; pero no lo juzgamos a propósito. Vos mismo, que sois el autor de la alteración y de la inquietud, conteneos, y todo el mundo estará en paz. Tranquilizadas estaban las iglesias cuando encendisteis el fuego de la división".

Pero sin embargo, el legado que llevaba esta carta, la leyó antes y conociendo el furor de León y reconociendo la firmeza del papa en dichas letras, no creyó prudente entregarla y volvió a Roma. Un Concilio que se reunía en Roma examinó el asunto y determinó castigar al legado con penitencias. Además, en 732 le volvieron a enviar a Constantinopla con la carta y con las resoluciones del Concilio Romano contra la herejía iconoclasta y los actos del emperador contra la Iglesia. León, como temía el legado, tomó aquello como afrenta, encerró al mensajero y persiguió con más saña a los defensores de las santas imágenes. Y para demostrar su poder mandó un ejército a Sicilia para destruir todas las iglesias, apoderarse de sus bienes, y aún más: capturar al papa. Pero le salió mal la jugada, pues la expedición naufragó en el mar Adriático.
San Gregorio, por su parte, estimuló el arte cristiano, llenando de frescos las iglesias romanas y enseñando a los fieles el valor de las imágenes para el aprendizaje y el culto. Para ello convocó un Concilio en el que se determinó la excomunión contra todos los iconoclastas, mandando a León como legado a Constantino, un eminente prelado encargado de la economía de la Iglesia de Roma. A pesar de la dignidad de este hombre, León igualmente le apresó y le hizo vejar durante un año en la cárcel.

No se intimidó Gregorio con la dureza del emperador, sino que mandó se celebrase en toda la Iglesia una festividad general del Divino Salvador, la Madre de Dios y Todos los Santos, construyendo además una hermosa capilla donde juntó todos los iconos que sobrevivieron en Oriente, y a los que les rendía culto diariamente. Además, construyó una columnata frente a la Basílica de San Pedro, en la que colocó numerosas esculturas del Señor y de los Santos, siendo la predecesora de la hermosa y actual columnata de Bernini. Y, además, una segunda vez envió el decreto de excomunión al emperador y sus seguidores.

Esta tozudez de León el Isáurico en la herejía le hizo perder la ascendencia que aún tenía sobre Roma y alejar la posibilidad de reunir de nuevo al imperio, pues cuando en 741 los longobardos saquearon Roma, el papa Gregorio no quiso ni oír de pedir ayuda al herético emperador de Oriente, como hasta entonces había ocurrido. El papa recurrió a Carlos Martel, que tampoco es que fuera un santo, pero al menos no se oponía abiertamente a la Iglesia. Era Carlos regente de Francia y por su ayuda a la Iglesia, Gregorio le otorgó el título de "Cristianísimo", enviándole la insignia de las "Llaves de San Pedro", un símbolo de defensa de la Iglesia al que los príncipes cristianos debían responder corriendo a proteger al papa y a la Santa Iglesia. Por ello, Carlos, aunque aliado de los longobardos contra los musulmanes, fue a Roma y la liberó.

Ese mismo año de 741 subió al trono imperial el hijo de León III, Constantino V (llamado "Coprónimo" porque la tradición dice que se defecó cuando le bautizaron). Este nuevo emperador fue tan iconoclasta como su padre, y bajo su mandato fueron martirizados cientos de católicos por defender a las santas imágenes, entre ellos el famoso abad San Esteban de Constantinopla (28 de noviembre), y fueron desterrados muchos prepados, como San Jacobo el Confesor (21 de marzo). Igualmente fue excomulgado por San Gregorio que, por su parte, proveyó al culto a los santos mártires con nuevas o renovadas disposiciones, como que se celebrase la misa sobre sus sepulcros el día de sus natalicios, como se hacía en tiempos de San Gregorio Magno (12 de marzo y 3 de septiembre, elección papal) y había sido abolido posteriormente.

Falleció San Gregorio III el 28 de noviembre de 741. Fue sepultado en la Basílica de San Pedro y su sepulcro, como no, fue adornado con numerosas imágenes del Señor, la Virgen Santísima y los santos. Lamentablemente durante la demolición de la Basílica por los sarracenos en 846 se perdieron sus reliquias.


Fuentes:
-"La leyenda de oro para cada día del año". Volumen XI. PEDRO DE RIBADENEIRA. Barcelona, 1865.
-"Vidas de los Santos". Tomo XIV. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1914.


A 28 de noviembre además se celebra a San Hortolano, bisabuelo de Cristo.

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