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miércoles, 21 de abril de 2021

"Iré, y allí moriré".

Beato Bartolomé de Cerveri, presbítero dominico, inquisidor y mártir. 21 de abril.

Bartolomé nació en Savigliano, en 1420, y desde niño demostró gran inteligencia y extrema piedad. Estudió en su ciudad natal y a los 16 años fue a Turín, donde continuó sus estudios, licenciándose en 1452. Hay que decir que obtuvo, en un mismo día, la licenciatura, el doctorado y la maestría en Teología. La misma universidad le empleó como profesor, con gozo de los estudiantes. Mas hubo de volver a Savigilano, pues el Capítulo Provincial de la Orden le nombró prior del convento de esta ciudad. Ese mismo año, 1452, fue nombrado Inquisidor Mayor de la zona del Piamonte, cargo que conllevaba aparejado un peligro para la vida, pues esta era un área infestada de herejes. Durante 12 años predicó, convirtió a muchos, juzgó rectamente.

En 1466 fue destinado extirpar la herejía de Cerveri. Antes de partir ya supo por revelación que sería su última misión, mas obedeció sin más. Hizo confesión general y al terminar dijo a su confesor: "Me llamarán Bartolomé de Cerverio, aunque nunca he puesto un pie allí. Hoy voy allí como inquisidor y allí debo morir". Y partió el 21 de abril, junto a los religiosos Juan Boscato y Juan Pedro Riccardi. Llegando a la ciudad, mientras recitaban el salterio fueron atacados por 5 herejes valdenses. Los otros frailes fueron apuñalados, pero pudieron escapar. Bartolomé no intentó huir, sino que recibió de rodillas la lluvia de lanzas que cayó sobre él, mientras alababa a Dios.

Esa noche, los habitantes de Savigliano pudieron ver unas luces brillantes en el cielo, en dirección a Cerveri y salieron para ver que ocurría. Así hallaron a la vera del camino el santo cuerpo de su querido dominico. Apuñalado, mas no había sangrado, sucedió que apenas pusieron el cuerpo en la iglesia, las heridas manaron sangre fresca y olorosa, la cual fue recogida como preciosa reliquia en sendos vasos. Fue sepultado en la iglesia y desde entonces venerado como mártir. En el sitio donde cayó, se levantó una capilla donde recibe culto por parte de los habitantes de Savigliano y Cerveri, quienes le invocan contra los truenos y el granizo principalmente. En 1802, suprimido el convento de Savigliano, las reliquias fueron trasladadas a Cerveri.

El papa Pío IX aprobó su culto inmemorial, beatificándole, en 1853.

Fuente:
http://har22201.blogspot.com/


A 21 de abril además se celebra a

San Beuno de Gales,
abad y misionero
.
San Anselmo,
obispo.
S. Simeón de Ctesiphon,
obispo y mártir
.
S. Conrado de Parzham,
religioso capuchino
.














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domingo, 30 de abril de 2017

"La caridad de Cristo nos anima"

San José Benito Cottolengo, presbítero fundador. 30 de abril.

El 3 de mayo de 1786 vino al mundo en la pequeña población de Bra, provincia de Cuneo, José Benito Cottolengo, el primero de los doce hijos de un comerciante de lanas y de una devota y piadosa dama piamontesa de quien aprendió los principios de la Fe cristiana. La infancia y adolescencia del muchacho estuvieron marcadas por los avatares trágicos de la Revolución Francesa, que estremeció al Piamonte casi tanto como a la misma Francia, y por la posterior invasión napoleónica que sujetó toda Europa a su dominio. Encontrándose su tierra sometida al imperio francés, José Benito debió cursar sus estudios sacerdotales en la clandestinidad y como no le resultaron fáciles se encomendó a Santo Tomás de Aquino (7 de marzo y 28 de enero, traslación de las reliquias). ¡Su intercesión ante Dios fue tan eficaz que aprobó con éxito todos los exámenes!

El 8 de junio de 1811 fue ordenado sacerdote en la capilla del seminario de Turín y al poco tiempo se lo designó vicepárroco de Corneliano d’Alba. Doctorado en Teología en 1816, fue convocado a integrar la Congregación de los Canónicos de la iglesia de Corpus Domini en Turín, pero rápidamente comenzó a sentir una profunda insatisfacción por lo que suponía era una suerte de inacción de su parte. En esas circunstancias comenzó a profundizar y meditar sobre las grandezasde la vida y las enseñanzas de San Vicente de Paul, actitud que, según sus biógrafos lo condujo a una madurez espiritual sin precedentes.

Fue entonces que ocurrió un hecho que habría de marcarlo para toda la vida. El 2 de septiembre de 1827: una humilde mujer de origen francés que viajaba desde Milán a Lyon con su esposo y sus tres hijos, llamó a las puertas de su parroquia en busca de auxilio. La mujer, gravemente enferma, se hallaba en el sexto mes de embarazo y necesitaba urgente atención. Benito al verla en ese estado la condujo en su carruaje hasta el cercano hospital de tuberculosos con la intención de que la atendiesen lo más rápidamente posible pero, grande fue su sorpresa cuando sus autoridades le manifestaron que no estaban en condiciones de hacerlo por tratarse de una extranjera que no reunía los requisitos legales para ser internada. Además, dada su extrema pobreza, no podía costearse ningún tratamiento. De inmediato, partió Benito rumbo a otro nosocomio, el Hospicio de Maternidad, donde obtuvo los mismos resultados. Afligido, hizo nuevos intentos en otras instituciones sanitarias pero todo fue en vano: la pobre mujer expiró en sus brazos tras una larga agonía y mucho sufrimiento. Grande fue su desconsuelo, tremendo su dolor; dolor que se tornó insoportable al ver los rostros desolados del marido y los tres niños, ahora huérfanos "Esto no puede volver a ocurrir. Debo hacer algo para que la gente desamparada tenga un sitio al que acudir", pensó Benito, atormentado por el recuerdo de la mujer muerta en sus brazos.

El 17 de enero de 1828 José Benito Cottolengo alquiló a un particular una sencilla habitación frente a la iglesia parroquialy en ella instaló cuatro camas, abriendo de esa manera un pequeño hospital llamado la Valle Rossa. Lo asistían el médico Lorenzo Granetti y el farmacéutico Pablo Anglesio, bajo la atenta dirección de doña Mariana Nasi Pullini, rica viuda de la región que efectuó los primeros aportes a la naciente obra, llamada en un primer momento Damas de la Caridad. La institución fue creciendo y al cabo de tres años contaba con 210 internados y 170 asistentes. Necesitado de más colaboración, el P. Benito fundó una congregación dedicada exclusivamente a prestar asistencia al nosocomio recientemente fundado y designó superiora a Mariana Nasi. En 1831 estalló una epidemia de cólera que azotó ferozmente a Turín. Las autoridades, temerosas de que el hospital se convirtiese en un centro de propagación del temible flagelo, ordenaron clausurarlo y dejaron una vez más a los pobres enfermos totalmente desamparados.

Lejos de amilanarse, Cottolengo se encaminó al barrio de Valdocco, por entonces en las afueras de la ciudad, y allí fundó la Pequeña Casa de la Divina Providencia que, andando el tiempo, habría de convertirse en un magnífico hospital con capacidad para 10.000 pacientes. Y sobre sus puertas mandó esculpir las palabras de San Pablo: "La caridad de Cristo nos anima". Su fuerza de espíritu y la ayuda de almas caritativas le permitieron inaugurar nuevos pabellones que engrandecieron considerablemente el establecimiento. Así vieron la luz la Casa de la Esperanza, la Casa de la Fe, la Casa de Nuestra Señora y el Arca de Noé, donde fueron internados pacientes de extrema pobreza. El pabellón denominado Amigos Queridos fue destinado a los enfermos mentales, siguiéndole el de los huérfanos, los inválidos, los desamparados y los sordomudos. Tal fue la grandeza y amplitud de la obra que un escritor francés de visita en Turín en aquellos días manifestó asombrado: "Esto es la universidad de la caridad cristiana".

El Padre Cottolengo jamás llevó cuentas ni hizo inversiones. Solía gastar todo en su obra sin guardar nada para el día siguiente. En cierta oportunidad uno de sus asistentes le dijo que no había alimento para los enfermos y que la situación era apremiante. El padre Benito reunió a la comunidad y preguntó si alguno de los presentes tenía dinero. Cuando alguien le dio un par de billetes los alzó a la vista de todos y los arrojó por la ventana. Poco después llegó desde la ciudad todo lo necesario para los internados. Otro día, a la misma hora, ocurrió un hecho similar. No había nada para los pacientes. En vista de ello el santo se retiró con sus religiosas y algunos enfermos a rezar. Y enfrascado se hallaba en sus oraciones cuando cerca del medio día se detuvieron frente al hospicio ¡varios carros del ejército con el almuerzo que los regimientos no iban a utilizar por encontrarse en maniobras a mucha distancia! Tanto trabajo y tanta vocación, minaron la salud de Cottolengo. Intuyendo que su fin estaba cerca, escribió al conde Castegnetto manifestándole, entre otras cosas, que temía llegar a la siguiente Pascua sin ver extendida la mano de Dios sobre la Pequeña Casa. Hacía alusión a un importante crédito que se debía cubrir y que lo tenía sumamente angustiado. Y una vez más el Señor respondió a su pedido ya que a los pocos días el rey Víctor Manuel le envió sorpresivamente 5.000 liras, seguidas de otras 36.000 que le dejaba en herencia el canónico Valletti. Para la Pascua, ¡el crédito estaba cubierto! 

En 1842 la peste de tifus se abatió sobre Turín. San José Benito enfermó y el 30 de abril falleció, a los 56 años de edad, después de recibir la Unción de los Enfermos en Chieri, el día anterior. Esa misma tarde se casaba el rey Víctor Manuel y para no amargar tan fastuoso acontecimiento, su cuerpo fue trasladado en el más absoluto silencio a la capilla de la Pequeña Casa donde fue velado sin pompa y con sencillez. El 29 de abril de 1917 el Papa Benedicto XIV lo declaró beato y el 19 de marzo de 1934 Pío XI lo proclamó santo.

San José Benito Cottolengo conoció y trabó amistad con otro hombre de Dios, San Juan Bosco (31 de enero), a través del cual un discípulo de este último, el joven estudiante San Luis Orione (12 de marzo y 16 de mayo), supo de sus obras, su grandeza y su fortaleza espiritual. Y tanto fue lo que Cottolengo influenció en el futuro seminarista, que cuando varios años después él mismo inició su camino de santidad, bautizó a su naciente congregación con el nombre de Pequeña Obra de la Divina Providencia, en recuerdo de la fundada por el gran apóstol de Valdocco.


Fuente:
-Jhonatan Alarcón.


A 30 de abril además se celebra a
San Eutropio de Saintes, obispo y mártir.
Santa María de la Encarnación Guyart, ursulina.
San Quirino de Neuss, tribuno mártir.

lunes, 30 de enero de 2017

Sebastián Valfré, predicador y apóstol.

Pregunta: Me gustaría recibir alguna info sobre el beato o santo Sebastián Valfré.

Respuesta: Gracias por preguntar, aquí te va:

Beato Sebastián Valfré, presbítero oratoriano. 30 de enero.

Sebastián nació en Verduno, el Piamonte, el 9 de marzo de 1629, y fue hijo de Juan Bautista Valfré y Argentina Mansona, cristianos piadosos. Fue un niño tranquilo y virtuoso, amante de la oración y los estudios. Se formó en Alba, donde nació en él la vocación al sacerdocio. Luego estudió en Bra, donde en 1633, con solo 14 años, recibió las órdenes menores, con beneplácito de sus padres.
Estudió la filosofía y la teología en Turín, donde fue la admiración de profesores y estudiantes por su aplicación, piedad y memoria para aprender. Así, en 1679, con 20 años recibió el subdiaconado de manos del arzobispo turinense, Julio César Bergera. El 26 de mayo de 1681, teniendo un futuro prometedor, Sebastián entró a la casa del Oratorio de San Felipe Neri (26 de mayo), para dedicarse a los pobres y a los jóvenes. En 1683 fue ordenado presbítero y cantó su primera misa en su natal Verduno. Sus superiores, viendo sus dotes para el estudio, le mandaron a doctorarse en teología en Turín, y aunque en principio se negó por humildad, pudo más la obediencia. Apenas terminó sus estudios se le nombró director de un grupo de seglares para darles formación cristiana, ejercitarles en la caridad y la piedad.

El ministerio del confesionario y las visitas a los enfermos y moribundos fueron el apostolado preferido del beato. Los penitentes iban a raudales hacia él en la iglesia del Oratorio, y además, asistía adonde se le pidiese confesiones, ejercicios espirituales, predicaciones, etc. Para ello le dio Dios el don de conciencias, para recordar a los penitentes aquello que olvidaban o callaban por vergüenza en una confesión. Era confesor justo y misericordioso, exigente con los pecadores, pero comprensivo como Cristo con ellos. También a más de uno profetizó algún suceso que le ocurriría si no dejaba tal o cual vicio o costumbre. Predicaba como había enseñado San Felipe Neri a sus clérigos: sencillez, Evangelio y Santos Padres. Predicaba para que los más sencillos le entendieran, con ejemplos y pocas palabras doctas. Y eso siempre, aunque predicara para sacerdotes, nobles o doctores. Predicaba siempre que podía, y ya fueran monjas, presos, colegios, palacios, campesinos, familia real, moribundos, lo hacía con sencillez, hablando constantemente de la misericordia y la justicia divina, del arrepentimiento y la conversión. Durante 40 años impartió el catecismo a los niños pobres, y jamás se excusó ni se quejó de aquellos niños ruidosos, poco educados y hambrientos. A todos los quería y a todos los esperaba con agrado, y para ellos escribió un catecismo. Se preocupó por la conversión de los judíos y los cismáticos, logrando la entrada de algunos a la Iglesia católica. Gracias a su tesón se creó en Roma la Pontificia Academia Eclesiástica para la formación de los prelados en diplomacia. Atendía a los mendigos, a los que junto a la limosna les daba algún consejo, alguna máxima evangélica, o algún ejercicio de piedad. Hasta en las calles llegó a improvisar sermones cuando se veía rodeado de pobres. Y no solo en las calles, sino en burdeles, a los que ningún sacerdote se acercaba, llegó a predicar a Cristo. Allí se presentaba de improviso, echando a los clientes y predicando a las mujeres que allí trabajaban. Las confesaba y a más de una sacó de aquella vida, ayudando a sostenerse con honestidad, alcanzando algunas el matrimonio. Más de 200 prostitutas conversas fueron salvadas de aquella vida, según consta en los procesos de canonización. 

Tenía largas horas de oración y celebraba la misa con tanta unción, que muchas veces derramaba lágrimas, pues este don tuvo también. Particularmente en los Oficios de Semana Santa se le veía celebrar con emoción y gran piedad. Era exactísimo celebrando la misa, no permitiendo ni un solo gesto fuera de la liturgia. Examinaba por sí mismo la limpieza de los altares y paños litúrgicos, para que estuvieran perfectos. Fue, por supuesto, devotísimo de Nuestra Señora, a la que reconocía por Madre y Fundadora del Oratorio. A todos recomendaba su devoción y la invocación de su Dulce Nombre. Igualmente fue devoto de su padre San Felipe, San Sebastián (20 de enero), San Francisco de Sales (24 de enero) San Carlos Borromeo (4 de noviembre), de su Ángel de la Guarda (2 de octubre) y de las ánimas del purgatorio. Por su humildad padeció mucho cuando el rey de Cerdeña, Víctor Amadeo II, le eligió como confesor, y más aún cuando el mismo monarca pretendió hacerle arzobispo de Turín. A lo primero asintió por obediencia, pero a lo segundo se resistió hasta llorar, por lo que el rey los superiores desistieron de tal cosa. Y aún muchas veces pidió dejar de ser el confesor real porque le parecía incorrecto recibir salario por ello, aun cuando lo daba íntegramente a los pobres. Esta humildad y su piedad eran fruto sobre todo de cómo dominaba sus pasiones y se disciplinaba. Desde ordenarse usó un cilicio que jamás se quitó, y no faltó nunca a disciplinarse diariamente. 

Sebastián Valfré cose la Síndone junto
a los reyes Victor Amadeo II y Ana.
Viviendo en Turín, es normal que el santo conociera y amara a la Santa Síndone. Sobre ella escribió una "Disertación Histórica" en 1693 para las hijas de Víctor Amadeo II, en la que dice: "[es] Reina de las Imágenes que se encuentran en el mundo, impresa con colores de Sangre del Cuerpo de nuestro amabilísimo Redentor en la Santísima Sábana (…) puede dar algún impulso a una mayor devoción (…) para llegar allá arriba en el cielo a ver la original y el autor". A su persistencia se debió la culminación de una capilla propia para la reliquia. Entre 1661 y 1702 se hicieron varias ostensiones y veneraciones públicas en las que siempre estuvo Valfré como testigo, predicador y confesor de los peregrinos. Incluso en 1694 él mismo realizó algunas reparaciones sobre las que ya habían realizado las clarisas. Lágrimas de devoción cayeron en la reliquia, haciéndola aún más sagrada, si es posible. 

Fue amigo de la carmelita Beata María de los Ángeles (16 de diciembre), a la que ayudó a fundar el monasterio de Moncalien, cuya iglesia bendijo en 1703 y luego celebró la misa.

Así, luego de una vida desbordada de celo apostólico, Sebastián entró al cielo el 30 de enero de 1710, a sus 80 años, como había predicho meses antes. Numerosos milagros ocurrieron posteriormente por su intercesión, por lo cual Gregorio XVI le beatificó el 15 de julio de 1834.


Fuentes:
-"Vida del Beato Sebastián Valfré, de la Congregación del Oratorio". México, 1865.
-"Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los días del año. Enero". RP. Jean Croisset. S.I. Madrid, 1862.
-https://sjsm.wordpress.com/2010/03/26/onda-26-el-beato-sebastian-valfre-y-la-sabana-santa/


A 30 de enero además se celebra a  

Santa Martina de Roma, virgen y mártir.
Santa Haberilla de Mehrerau, virgen.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Beata María de los Ángeles, carmelita.

Beata María de los Ángeles, virgen carmelita. 16 de diciembre.

Se llamaba Mariana, y era hija de los condes Di Baldissero, de Turín, emparentados con la familia de San Luis Gonzaga (21 de junio). Nació María en 1661 y desde niña manifestó dotes para la oración y la vida monástica. Ya antes de la edad reglamentaria para recibir la comunión, pasaba ratos suspirando por recibir la Eucaristía, cosa que hizo a los 13 años, según la costumbre del siglo XVII. Desde entonces, empezó a preferir el retiro y la austeridad, en lugar de la ostentación y distracciones propias de su edad y condición social. A esta edad le sucedió algo que fue determinante en su vocación religiosa: Viajó a Saluzzo con su madre, para acompañar a una tía, que entraba al monasterio cisterciense de esta ciudad. Habiéndoles permitido entrar a la clausura, María quedó prendada de la vida religiosa y quiso quedarse allí mismo y tomar los hábitos. Ante la rotunda negativa de la madre, intercedió la abadesa, pidiendo al menos se quedara como estudiante interna, perfeccionado sus virtudes y conocimientos. Y así se hizo. Al cabo de un año, y con la intención firme de ser monja, tuvo que viajar a su casa, debido a la muerte de su padre.

Estando allí, se celebraba la festividad de la Sábana Santa de Turín (4 de mayo) y como María nunca había visto esta reliquia, quiso ir. Asomada al balcón de unos parientes, veía la procesión cuando comenzó a llover y, como no quería retirarse por respeto a la reliquia, un padre carmelita que estaba a su lado, la cubrió con su capa. “¡O justos juicios de Dios!” –dice su biógrafo – “fue tal el efecto que produjo en María, que como la de Elías en Eliseo, la encendió en los mas vivos deseos de ser Carmelita descalza”. Esto tampoco gustó a su madre, pero los ruegos y las influencias de religiosas y eclesiásticos lograron lo que quería María: ser religiosa. 

Entró al monasterio de Santa Cristina de Turín en 1675, donde fue ejemplo para las demás religiosas, tanto mayores, como las que entraron luego de ella. Destacó sobre todo en la obediencia y la humildad, aunque fue probada con grandes enfermedades durante catorce años, sin manifestar quejas, sino siempre se mantuvo de buen ánimo. A pesar de tantas dolencias no abandonó las penitencias ni el cilicio que llevó toda su vida. Sufrió la ceguera, dolores lumbares, además de tentaciones diabólicas contra la caridad, la pureza o la fe. Luego de esta etapa dolorosa, el Señor le premió con varios consuelos divinos, como apariciones y revelaciones, don de conciencias y algunos milagros. Fue elegida priora cuatro veces, siendo ejemplo de sensatez, caridad, justicia y observancia religiosa. Aún siendo superiora, continuó usando un pobre hábito y la celda más incómoda, en lugar de la correspondiente a la priora.

Fue muy apreciada por obispos, nobles y religiosos, que la ayudaron en la fundación del Carmelo de Moncalien, en 1702. Entre estos últimos destacó el presbítero oratoriano Beato Sebastián Valfré (30 de enero), quien el 10 de septiembre de 1703, junto al vicario General y el Notario Apostólico de la diócesis, bendijo la iglesia dedicada a San José y celebró la misa, trasladándose las tres primeras religiosas el 16 del mismo mes y año. La influencia de Sor María de los Ángeles logró conversiones de nobles alejados de la fe, de conversión de costumbres de cristianos relajados y actuó con diplomacia entre facciones enfrentadas en Turín. Amante de la pureza, llegó a hacer voto de no mirar a nadie al rostro jamás, ni permitir que su cuerpo fuera tocado jamás y no lo permitió ni en sus múltiples enfermedades. Todo esto le fue dando fama de santa, que se vio manifiesta el día de su muerte, el 16 de diciembre de 1717, por la cantidad de personas que acudieron al convento a venerar su cuerpo y solicitar su intercesión. Pío IX la beatificó en 1865. 


A 16 de diciembre además se celebra a
Beato Guillermo de Fenol, monje cartujo.

jueves, 24 de mayo de 2012

María, Auxilium Christianorum

María Auxiliadora.
Santuario del Tibidabo, Barcelona.
El 24 de mayo celebran la familia salesiana y algunas iglesias locales, la memoria de María Auxiliadora de los Cristianos. Es esta una enseñanza católica antigua, aunque no como título propio o advocación. Ya San Juan Crisóstomo (27 de enero, traslación de las reliquias a Constantinopla; 30 de enero, Synaxis de los Tres patriarcas: Juan, Gregorio y Basilio; 13 de septiembre, muerte; 13 de noviembre, Iglesia oriental; 15 de diciembre consagración episcopal), en el siglo IV, dirá “Tú, María, eres Auxilio poderoso de Dios". San Juan Damasceno (4 de diciembre), amante de María dice: “Auxilium promptum et paratum christianorum erípiens nos a periculis”. Se dice que es este santo quien acuña la jaculatoria “María Auxiliadora, ruega por nosotros”.

La primera institución del título y festividad litúrgica, la hallamos en Ucrania, en el siglo XI, luego de la victoria contra los paganos invasores. El príncipe Metislao y la Iglesia celebraron a María Auxiliadora de los Cristianos, y así hasta hoy, cada 1 de octubre. Pero la oficialización para toda la Iglesia llegaría en 1542, luego de la batalla de Lepanto, en que comenzó a decidirse la expulsión de los musulmanes de Europa, y que sería definitiva en la batalla de Viena. San Pío V (30 de abril), que había pedido a la cristiandad orase por el triunfo, mandó añadir en la Letanía Lauretana, la súplica “Auxilium Christianorum, ora pro nobis”. Y así aparece en una edición de 1558, atribuida a San Pedro Canisio (21 de diciembre) de esta Letanía, por primera vez como título o alabanza mariana.

En 1624, con el recuerdo de Lepanto y del auxilio potente de María, los católicos de Baviera se alzan contra los protestantes invasores y la imagen de Lucas Cranah se convierte en estandarte de lucha. Tanto es así, que luego de esto, muchas imágenes del autor, o parecidas, se comienzan a llamar así: María Auxiliadora y no por gusto es Alemania el país con más templos y altares dedicados a María, Auxilium Christianorum, en diversas imágenes que no se corresponden con la acuñada por la imaginería dulzona de molde y que conocemos de sobra.

María Auxiliadora. Manacor.
Otro hito definitivo en la advocación es la liberación de Pío VII de manos de Napoleón, en 1814. El papa, agradecido a María, declara que el 24 de mayo, día de su entrada a Roma, será la festividad de María, Auxilio de los Cristianos 1, aunque nunca fue inscrita como festividad mariana en el calendario oficial de la Iglesia. Es este espíritu de devoción y agradecimiento lo que recogerá San Juan Bosco (31 de enero) para nombrarla Madre y Patrona de su obra a favor de los niños y jóvenes pobres. El santo vive estas experiencias de los destierros de Pío VII y Pío IX, como verdaderos peligros de la Iglesia y la sociedad, la repetición de los tiempos aciagos de Lepanto o Viena. Dirá el santo que la protección mariana concierne a “las naciones, los ejércitos y príncipes católicos, cada uno de los fieles y de los infieles, en lo que atañe al alma y a los bienes sobrenaturales, y también al cuerpo y a los bienes materiales”. Es decir, de la Iglesia y las naciones representadas en sus individuos y sus asociaciones, intereses y necesidades particulares. La advocación no solo recuerda la protección mariana sobre la Iglesia Universal y la cristiandad (en cuanto esta hoy ha de ser asumida no ya como conjunto de países confesionalmente católicos, sino en cuanto a la humanidad en la que aún subyacen valores cristianos), sino de las personas por separado, y sobre la individualidad de cada cristiano. Lo cual hay que agradecérselo, pues María Auxiliadora deja de ser una belicosa advocación ligada a guerras y peleas, para aparecer como Madre bondadosa de todos. Juan Bosco le edifica un bello santuario en Turín, diseñando el mismo la imagen harto conocida y que no siempre es reproducida con acierto estético, como apunté antes.

Lienzo que preside la Basílica
de María Auxiliadora de Turín.
La maternidad espiritual de María sobre la Iglesia, su mediación universal, y figura de la nueva Eva, hacen que su misión en la Iglesia sea esa precisamente: Ser auxilio constante de sus hijos. Pío XII dirá: 
No sólo la doctrina encerrada en el título, sino el mismo título “Auxilium Christianorum” se encuentra con frecuencia en los labios y en los escritos del supremo Pastor, como si fuera entre los títulos marianos tradicionales el más apto y apropiado para expresar la verdad de la mediación social de María hacia la Iglesia católica”.
En 1965, con el Concilio Vaticano II, el Beato Juan XXIII (11 de octubre) llama a María “Auxiliadora, Medianera, Socorro y Abogada”. Si alguna advocación mariana pudiera resumir todas las apariciones de la Virgen a lo largo de la historia, siempre alentando, protegiendo y comunicándose a los pueblos sería esta: Auxilio de los Cristianos.

Y termino, como no, con una cita de Don Bosco:
María (…) llegando a ser madre en el Calvario, no sólo obtuvo el título de Ayuda de los Cristianos, sino también el oficio, el magisterio y el deber de tal. Nosotros tenemos, pues, un sagrado derecho de acudir a la ayuda de María. Este derecho está consagrado por la palabra de Jesús y garantizado por la ternura maternal de María”.


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1 Curiosamente, el 24 de mayo se celebran tres advocaciones marianas relacionadas con auxilios en momentos difíciles: Nuestra Señora la Blanca, en Plontevoy (tormentas) y Nuestra Señora de la Strada (epidemias) y Nuestra Señora de Wollfahrtshofen, Alsacia (conversión de protestantes


El 24 de mayo, además se celebra a:

Santa Afra de Brescia,
virgen y mártir
.
San Vicente de Lérins,
monje
.
 
San Juan Estilita.
La Traslación de
Santo Domingo
.

  




Santa Almedha, virgen y mártir.

Santa Almedha, virgen y mártir. 1 de agosto.   Fue esta una de las legendarias hijas del rey de Britania, San  Brychan  ( 6 de abril ). Hast...