miércoles, 8 de julio de 2015

Santa Morwenna de Cornwall.

Santa Morwenna de Cornwall, virgen. 8 de julio. 

A esta santa, de culto antiguo, su leyenda la sitúa en el siglo V, y la hace una de las hijas del prolífico (hasta a 24 santos se les hace hijos suyos)  y legendario rey San Brychan de Gales (6 de abril). Nacida en Gales, desde pequeña quiso dedicarse a Dios, para lo cual, se construyó una pequeña ermita en Hennacliff, sobre un acantilado mirando al mar, y desde donde veía las costas de su tierra natal. Deseosa de llevar la fe de Cristo al pueblo, les construyó una iglesia con sus propias manos, cargando las piedras desde lo alto del acantilado hasta abajo. En el primer viaje se sentó a descansar y donde depositó la piedra surgió una fuente milagrosa que aún se conserva, junto a la iglesia, pues la construyó allí mismo.

En 480 se sintió morir, y avisó a su hermano San Nectan de Hartland (17 de junio) para que le impartiera los sacramentos y, además, la elevase en sus brazos para poder ver por última vez su tierra de Gales. Una vez entada en la gloria de Cristo, Nectan la enterró en su ermita, que sería pronto un lugar de culto a su memoria. Al parecer las reliquias se trasladaron en algún momento a la iglesia construida por la santa, pero se perdieron. Actualmente el sitio se llama Morwenstow, o sea "lugar santificado por Morwenna". En el siglo XIII se le añadió un hospital que tuvo por titular a San Juan Bautista, pasando el santo a ser co-titular de la iglesia.

En ocasiones su leyenda se confunde con San(ta) Merryn (7 de julio), o con Santa Marwenna (12 de agosto), también una de las “hijas” de San Brychan. La primera referencia a su persona está en la “vita” de San Nectan, en el siglo XII. 


Fuentes: 
-"The Saints of Cornwall". NICHOLAS ORME. Oxford, 2000.
-http://www.antiochian.org/node/18933.


A 8 de julio además se celebra a  
Santa Sunniva de Noruega, virgen y mártir. 
Santos Kilian, Colman y Totnan, mártires.

domingo, 5 de julio de 2015

Santa Trófima, la de Minori.

Santa Trófima de Minori, virgen y mártir. 5 de julio, 5 noviembre (invención de las reliquias), 27 de noviembre (re-invención de las reliquias) y 13 de julio (traslación de las reliquias y defensión de la ciudad de Minori).

De esta mártir venerada en algunos sitios italianos, y en Nueva York, por la emigración italiana, todo lo que se conoce está envuelto en la bruma de la leyenda. Según esta, en el año 700, una mujer que lavaba la ropa en la desembocadura de la bahía de Salerno, vio llegar hasta ella un sarcófago de mármol flotando (!) sobre las aguas. Intentó sujetarlo, pero su brazo quedó dormido, hasta que se arrepintió de haberlo tocado. Corrió a la ciudad de Amalfi a avisar al clero, el cual, con el obispo a la cabeza, y seguido del pueblo, bajó al río en procesión a contemplar el prodigio. Convencidos de que portaría reliquias sagradas, intentaron sacar la pieza del agua, pero fue imposible. No había fuerza humana que pudiera hacerlo. Así que trajeron dos novillas blancas, que nunca habían sido uncidas, le ataron el sepulcro a un arnés y los animales tiraron, logrando sacarlo del agua sin esfuerzo alguno hasta detenerse en un punto sin querer avanzar más. Examinado el ataúd, vieron una inscripción en la tapa, que decía que dentro estaba el cuerpo de una virgen mártir llamada Trófima, la cual luego de huir de sus padres desde Sicilia, “había entregado su cuerpo a Minori y su alma al Salvador”. En el sitio donde las novillas se detuvieron se construyó una basílica en honor de la santa mártir. Tradiciones locales posteriores añadieron detalles, como que fue su propio padre quien la mató por bautizarse, que tenía 12 años, que fue un ángel quien le inspiró consagrarse a Cristo y le anunció que por ello sería martirizada.

La primera relación de la invención de las reliquias, que no se conserva, es contemporánea del hecho, y además narra hechos históricos: Poco durarían allí las reliquias, pues sabiendo los habitantes de Minori el afán del rey Sicard de los longobardos, por las reliquias (no dudó en robarles el supuesto cuerpo de San Bartolomé a Lipari), llevaron el sarcófago de Trofimena a la catedral de Amalfi, donde era más difícil un expolio. Pero no quería eso la santa, por lo cual, se le apareció al obispo Pedro, advirtiéndole que moriría en breve y su cuerpo sería devorado por los perros. Y efectivamente, el rey Sicard no le importó invadir la ciudad, violentar la catedral y llevarse las reliquias de Trófima a Benevento, no sin antes en venganza por intentar escondérselas, profanó la tumba del obispo y echó su cadáver a los perros callejeros. Pero al año siguiente, Sicard fue asesinado, y el clero de Amalfi exigió a la princesa Radelchis y al obispo de Benevento, la devolución de las sagradas reliquias. Finalmente, el 13 de julio de 840, las reliquias volvieron a Minori (salvo un pedazo de cráneo, que pasó a Salerno), y fueron ocultadas en la basílica, por miedo a un nuevo robo. Y tan ocultas, que se perdió su rastro y aunque la memoria litúrgica se mantuvo (en el siglo XVII se introdujo su nombre en el propio de varias diócesis) la veneración de las reliquias se interrumpió hasta el siglo XVIII, cuando en unas obras de restauración de la basílica de la santa, aparecieron metidas entre dos paredes, el 27 de noviembre de 1793. El hecho fue anunciado a voleo de campanas, celebrado con una fastuosa novena, predicaciones y una hermosa procesión. Se depositaron en un relicario de alabastro y se depositaron en la cripta de la basílica.


La semejanza de nombres ha hecho que se la identifique con Santa Febronia de Nísibe (25 de junio), y que también se venera en Patti y Menori. No faltan quienes digan que las reliquias en realidad en origen hayan sido identificadas como las de la Febronia nisibita, y que con el tiempo hayan sido identificadas como una santa distinta. La más antigua redacción que se conserva, y recoge la leyenda y la historia de los robos y traslaciones es de 1601.


Fuentes:
-“Italia Sacra” Tomo VI. FERDINANDO UGHELLI. Venecia, 1721.
-"Vidas de los Santos". Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.



A 5 de julio se celebra además a  
Santos Nicostrato y Zoé de Roma, esposos mártires.
San Guillermo de Hirsau, abad.

sábado, 4 de julio de 2015

San Calais, el halla tesoros.

San Calais y el tesoro.
San Calais de Anille, abad. 4 de julio. 

La leyenda de San Calais surge en torno a sus reliquias, más de 100 años después de su muerte, cuando el culto ya estaba consolidado. Según esta, Calais, o Carileffus (nombre latinizado), nació en una familia noble y virtuosa. Siendo niño le enviaron sus padres al monasterio de Menat, Clermont, para que desde se instruyese en las letras y la devoción. Allí, luego de una infancia y primera juventud ejercitándose en las virtudes, mediante la disciplina, la oración, la penitencia y la caridad, maduró su vocación monástica. Pero su corazón quería una vida más estrecha y penitente, por lo que, junto a San Avito (17 de junio), y santos Daumer y Gall (4 de mayo) se retiraron a una vida oculta en la región de Micy, cerca de Orleáns. La leyenda propia de San Avito dice que este era abad en ese momento y solo meciona a Calais como compañero. Allí construyeron un monasterio pequeño y pobre, dedicándose a la oración y al trabajo, para mantenerse y ocupar el resto del día. Otra leyenda le hace discípulo de San Mesmin (15 de diciembre) en Micy.

Poco a poco su fama fue creciendo y el pueblo comenzó a hablar de aquellos piadosos ermitaños, lo que hizo que el obispo Máximo quisiera conocerles. Aprovechando una visita al a ciudad, el obispo gozó de la presencia de los santos unos días y edificado por su vida, decidió ordenar presbíteros a Avito y Calais, para que añadiesen a su vida el poder celebrar el sacrificio de la misa, además de servirles de apóstoles entre los lugareños. Obedecieron, pero su vocación era al eremitismo y no al apostolado, así que luego de ser ordenados se retiraron de la zona, yéndose a Pitiacus, donde levantaron una ermita, que luego sería la iglesia y abadía de San Avito, y donde Calais hallaría una fuente de agua milagrosa, actualmente llamada “Font Sant-Calais”. Pero nada, que aquí tampoco tenían paz y en breve ya tenían discípulos, gente buscando consejo, nobles locales interesados, etc., así que Calais se despidió de Avito y acompañado de Daumer y Gall se alejó, en dirección a Le Mans.

San Calais y San Avito huyen.
Llegados a Anille, descubrieron un sitio apartado, pedregoso junto a un río, donde los hombres no se aventuraban,  y allí levantaron sus chozas y la ermita. Su primera visita fue un búfalo salvaje, que a instancias del santo se dejó acariciar por los tres religiosos. El santo les dijo: “Esta fiereza que veis vuelta mansedumbre es una señal de Dios. Un día vendrá a este lugar un hombre poderoso que en principio se mostrará áspero y riguroso con nosotros, pero a quien Dios ha de amansar”. Y así fue, estando en Le Mans Chideberto, supo de un hermoso búfalo que andaba por los montes cercanos y pretendió cazarlo. Le persiguió y el animal corrió a la celda del santo, refugiándose tras de este. El rey se enfadó sobremanera de que aquel monje se le encarase y no le permitiese matar al animal, por lo que les echó de aquellas tierras, bajo pena de azotarles hasta la muerte (para uno que asesinó a sus propios sobrinos, esto es nada). Calais le pidió con humildad les dejase vivir allí tranquilamente, y aún le convidó a tomar un vaso de vino en su ermita. Childeberto se enojó aún más ante el descaro de aquel monje y pretendió irse. Pretendió digo, pues al intentar mover su caballo, este quedó fijado al suelo como una estatua. Por más que intentaba, el caballo estaba impasible. Rendido el rey ante este portento, pidió disculpas al santo, el cual se las dio, con lo que el rey pudo desmontar y se echó a los pies de Calais, pidiéndole su bendición. Calais le reconvino acerca de su poco ejemplar vida y aún hizo otro portento: tenían sed el rey y sus monteros, por lo que el santo sacó el vaso de vino y de este bebieron todos, sin que menguase ni una gota. En agradecimiento, Childeberto le otorgo tierras para que edificase un monasterio. Así pues, puestos a edificar el monasterio, Calais cavó en la tierra y halló un gran tesoro, que le sirvió para hacer la construcción y la iglesia. Es, además, su motivo iconográfico más conocido.

Ya resignado a ser abad, vivió Calais como un simple monje más, “siempre crucificado con Cristo”, dice San Siviardo, su biógrafo. Siempre iba descalzo y con un vestido muy áspero, además de un cilicio en las carnes. Dormía en el suelo y en ocasiones sobre ceniza. Solo comía pan y bebía agua, y algunas legumbres y yerbas del campo cuando sus monjes le insistían en cuidarle. Su fama de santo llegó a oídos de la mujer de Chideberto, Ultrogoda, que quiso conocerle, así como su estilo de vida monástica. A pesar que sabía que las mujeres tenían prohibida la entrada, no solo al monasterio, sino acercarse a sus muros, la reina envió un criado a decirle a Calais que con tal de recibir su bendición personalmente, en una visita, le donaría grandes riquezas al monasterio. Calais le respondió por medio del mensajero: “Decid a vuestra señora, que ni los monjes necesitamos riquezas, ni ella necesita de mi bendición. La bendición de Dios la hallará estándose en su casa. Y le hago saber que mis monjes y yo tenemos determinación que jamás en este monasterio entre mujer alguna”.

Reliquias del santo,
iglesia de
San Calais de Sarthe.
Finalmente, luego de una vida entregada a Cristo, Calais murió el 1 de julio de 536, día en que le recogía el martirologio romano. Fue enterrado en la iglesia y pronto su sepulcro se convirtió en meta de peregrinos, verificándose portentos que aumentaron la devoción del pueblo. Y las mujeres sin poder entrar, según un milagro que se dice de una que, interesada en conocer como vivían los monjes, se cortó los cabellos, se vistió de hombre y entró al monasterio. Allí dentro le asaltaron violentos dolores y espasmos hasta que reconoció su trama y el santo la sanó, aunque cuando la sacaron fuera del recinto. El sepulcro, además, servía de testigo de los juramentos, con terribles castigos para los que perjuraban y mentían. En el siglo IX las reliquias fueron a parar a Blois, ante el miedo por los normandos. En el siglo XVII regresaron a Saint-Calais, a la iglesia que lleva su nombre en Sarthe.

La primera “vita” fue escrita por San Siviardo (1 de marzo), quinto abad de Anille, en el siglo VII ampliada posteriormente con detalles sobre el culto y milagros en el siglo IX. Los historiadores creen que en realidad Calais fue un eremita con fama de santo que vivió en los alrededores del monasterio y que su devoción forjó la leyenda de Childeberto, el búfalo y la donación de tierras, de la que existen copias del Acta de Donación, fechada a 515, pero que se consideran tardías. Demostrar un origen milagroso, era un recurso de los monasterios ante las pretensiones de nobles, reyes u obispos, de suprimirles privilegios o tierras. 


Fuentes: 
-“Crónica general de la Orden de San Benito, Patriarca de Religiosos”. Volumen 1. FR. ANTONIO DE YEPES OSB. 1609. 
-“Hagiography and the Cult of Saints: The Diocese of Orléans, 800-1200”. THOMAS HEAD. Cambridge, 1990.


A 4 de julio además se celebra a  
Santa Bertha de Blangy, reclusa. 
San Odo de Canterbury, obispo.

viernes, 3 de julio de 2015

San Agapio Obispo.

San Agapio de Córdoba, obispo. 3 de julio.

Poco es lo que se sabe de este santo. Lo que conocemos es gracias a la Invención y Traslación de las reliquias de San Zoilo (27 de junio). Aún así, las noticias sobre su vida se hallan desperdigadas por aquí y por allá. Resumidas, se dice que era de ascendencia goda, de noble linaje, aunque no se sabe cuando nació, ni donde. A inicios del siglo VII se hizo monje, sin que se conozca en que cenobio, que se supone habría sido en Córdoba o cercano, pues antes de 613 fue nombrado obispo de esta ciudad. Supónese también que sería lo suficientemente conocido por virtudes y sabiduría como para ser promovido a la silla episcopal. De obispo continuó llevando su vida austera, con vestido pobre bajo los propios vestidos de prelado, alimentándose parcamente y durmiendo sobre una tabla, como en el monasterio.

Sobre 613 tuvo una revelación, en la que Dios le mostraba el sitio en el que se hallaban las reliquias, que se creían perdidas, de San Zoilo obispo y mártir de Córdoba. Y al otro día allá fue con gran parte del clero y el pueblo, en una gran procesión. El mismo Agapio no quiso ceder a nadie el honor de excavar para descubrir el arca, y fue el primero en cavar. Hicieron la invención de las santas reliquias, las veneraron y las trasladaron a la iglesia de San Félix en Córdoba, el cual poco tiempo después, el mismo Agapio ampliaría, embellecería y añadiría un gran monasterio masculino. De su labor pastoral poco más se conoce, que tampoco duró mucho, pues en 618 ya aparece otro obispo, de nombre Honorio, en la sede cordobesa. Sus reliquias fueron trasladadas en el siglo IX, junto a las de San Zoilo y San Félix (27 de julio y 9 de febrero, traslación a Alcalá), a Carrión de los Condes, al monasterio de San Felices, que tomaría el nombre de San Zoilo.

Y aparte de saberse poco, para colmo le confunden en ocasiones con San Agapio I, obispo que murió reinando Recaredo, unos años antes. Los Bollandistas insisten en que es uno solo, y se basan principalmente en que del anterior no hay rastro alguno. Numerosos martirologios españoles le recogen, diferenciándole del Agapio anterior, pero se copian unos de otros sin mucha crítica. Otros admiten que pudieron ser contemporáneos, pues consta un obispo Agapio de Tucci (la actual Martos) en los primeros años del siglo VII.


Fuentes:
-“Santoral Español, o Coleccion de Biografías de todos los santos nacidos en España”. Tomo II. EUSTAQUIO MARÍA DE NENCLARES. Madrid, 1864.
-“España Sagrada: teatro geográfico histórico de la Iglesia de España”. Tomo X. P. HENRIQUE FLÓREZ. OSA. Madrid, 1776.


A 3 de julio además se celebra a
Santo Tomás, Apóstol.
San Jacinto de Cesarea, mártir.

jueves, 2 de julio de 2015

San Juan Francisco Regis

San Juan Francisco Regis, presbítero jesuita. 2 de julio (Compañía de Jesús), 16 de junio y 31 de diciembre.

"Vera Efigie" del santo.
Su familia era descendiente de la Casa Deplas, una de las casas nobles francesas, de las pocas en las que el calvinismo ni otras herejías hicieron mella en sus miembros. Los Regis, Juan y Magdalena, familia venida a menos, de terratenientes acomodados, vieron nacer a su hijo Juan Francisco el 31 de enero de 1597 en Fontcouverte. Tuvo varios hermanos que destacaron en las armas, pero el niño Juan desde infante, destacó por otras prendas. Con solo unos días de nacido, el demonio le atacó, quitándole las mantillas y arrojándolo bajo la cama paterna para que pereciera de frío, y no pasó así porque una doncella se sintió avisada de manera sobrenatural y le halló helado. Cuando tenía cinco años dijo a su madre que él se condenaría, con ligereza. A lo que su madre, espantada, le explicó lo que significaba la condenación y el infierno. Hizo tanta mella en su alma esto, que desde entonces se aplicó en salvar su alma y la del prójimo, mediante la obediencia, la conservación de la pureza y la meditación de las grandes verdades de la fe.

Viendo sus padres las virtudes del niño, le enviaron a perfeccionar sus virtudes el colegio de la Compañía de Béziers, donde sobresalió entre sus compañeros por su piedad, aplicación y obediencia perfecta a las reglas del colegio. Una de sus mayores alegrías fue ser congregante mariano, una de las principales devociones que los jesuitas tenían en sus colegios para los estudiantes, por la que todos sus santos, y santos de otras órdenes que estudiaron con ellos, pasaron, con gran fruto. Huía de los compañeros díscolos, que entre clases se iban a jugar a una montaña cercana, y él se iba al coro de la iglesia, a adorar al Sacramento. Ni las amenazas ni las burlas le sacaban de su interés por las cosas de Dios, sino que al contrario, lograba cada día más ascendencia en sus compañeros, amonestándoles con caridad, ayudándoles, por lo que en breve fue un referente moral para aquellos que querían ser más virtuosos. Ya trabajaba el pequeño apóstol para Dios. Y este le respondía: en una ocasión en que se echaba una siesta bajo un árbol, se despertó somnoliento, sin ver que se encaminaba a un risco, cuando un brazo invisible le sujetó y le hizo reaccionar. Durante toda su vida recordó este hecho y guardó gran devoción a su ángel de la guarda.

En 1615, con 18 años, terminó los estudios y pidió a los jesuitas ser miembro de la Compañía, luego de estar a las puertas de la muerte, y ser sanado milagrosamente. Sus padres se alegraron de su elección, y los religiosos le admitieron gustosos entre ellos, pues sabían bien de su valía. Comenzó el noviciado el 8 de diciembre de 1616 en Tolosa. Fue un novicio ejemplar en la puntualidad, la obediencia, sirviendo a todos de modelo. Discreto en su piedad, penitente sin excesos, humilde sin afectación. Aceptaba los trabajos que le diesen, como cuidar a los enfermos, o ser sacristán, con la mayor alegría, y se empeñaba en ellos con diligencia. Visitaba frecuentemente las reliquias de San Saturnino de Tolosa (29 de noviembre), de cuya presencia salía siempre fortalecido (y resplandeciente su rostro, que dirían sus compañeros) en sus aspiraciones de santidad y de ser misionero, como los santos mártires tolosenses. Y algo lograba, pues los superiores le permitían en ocasiones, enseñar el catecismo a los niños de algunas poblaciones cercanas la ciudad. En 1618, luego del noviciado de dos años prescriptivo en la Compañía, hizo los votos religiosos y fue enviado a Cahors y a Turnon, a terminar los estudios filosóficos. Siendo estudiante hizo el voto de hace al menos una hora de adoración al Santísimo Sacramento diariamente, por más estudios o trabajos que tuviera en el futuro. Y lo cumplió cabalmente. Cada domingo yudaba al párroco de Andance, enseñando a los niños y adultos el catecismo, canciones religiosas, actos de piedad, etc. En esta misma aldea fundó la Hermandad del Santísimo Sacramento, para alentar la devoción al Señor sacramentado. En 1621 le enviaron a Byllon, a Auch, y finalmente en 1625 a Puy, como profesor. Se empeñó en instruir, pero más aún en llevar al cielo a sus niños. A los pobres los trataba igual que a los ricos, sin distinción. Distribuía limosnas con discreción, visitaba a los enfermos, corregía costumbres de las familias, exhortaba y predicaba “a tiempo y destiempo” (2 Tim. 4, 2).

En 1628, regresa a Tolosa comenzar los estudios de Teología. Un compañero de habitación, celoso del santo, se queja al superior de que Juan Francisco pasaba la noche orando y no dormía, a lo que este le respondió: “Cuídaos de molestarle en sus devociones. No interfieras en su comunicación con Dios. Es un santo y algún día la Compañía lo celebrará”. En Tolosa igualmente se empeñó en la enseñanza del catecismo a pobres y ricos. Estos últimos le querían ganar para sus fiestas y cenas, a lo que jamás accedía el joven, sino era para poder hablar libremente de Dios. Comía resignado el mundano alimento, con tal de dar el alimento de la Palabra Divina a sus anfitriones, era su consuelo. En enero de 1630 le avisaron los superiores que comenzara a prepararse para ser ordenado presbítero, cuando lo determinasen ellos. Inició entonces un tiempo de recogimiento especial, doblando sus penitencias, ratos de oración y meditando cada día más la Palabra de Dios. Se prohibió la carne, el pescado, los huevos, los postres y el vino. Comenzó a alimentarse regularmente de pan y agua, hasta que los superiores le reconvinieron y entonces añadió la leche a su menú, aunque en ocasiones la rebajaba con agua. Se confesaba más frecuentemente y se hizo más asiduo a la dirección espiritual con lo cual se libró de cierto escrúpulo que le asaltó, sobre si era digno de alcanzar la dicha de ser ministro de Cristo. Así que el 14 de junio de 1631 fue ordenado presbítero, y cantó su primera misa al día siguiente, Domingo de la Trinidad. Ese mismo año la peste asoló Tolosa y el santo pidió permiso para atender a los apestados, para que no muriesen sin consuelo divino. Con dolor le autorizaron los superiores, y obró su misión no solo sin enfermar, sino incluso sanando a algunos milagrosamente. Luego de esto, hizo su tercer año de noviciado, o año de probación, del que salió reforzado en las virtudes.

A finales de 1631 le enviaron a predicar en el Languedoc, entre las ciudades y los pueblos a veces olvidados por los obispos. Su estilo, diferente al acostumbrado, no era de gran retórica, sino que empleaba palabras llanas, conocidas por el pueblo, sin grandes argumentos teológicos, sino que se componía de frases cortas y directas. En un sermón podía repetir varias veces la misma frase, con vistas a que se grabasen en el corazón de sus oyentes, de los que la mayoría ni sabía leer, y luego la meditasen. Predicaba por las mañanas, enseñaba el catecismo a los niños, y confesaba por las noches a los adultos. Su familia se avergonzaba de sus excesos y de cómo iba entre los pobres, como pedía limosna y se hacía rodear de chiquillos mugrientos y maleantes. Le decían que ya ellos hacían limosnas y obras benéficas por él. Y les respondió que ni el más pequeño amor propio le separaría de los pobres y los abandonados, y que si era motivo de escarnio, eso le alentaba más a dedicarse a los necesitados. Los herejes también fueron blanco de su predicación, logrando convertir a varios hugonotes destacados. Cerró alguna casa de prostitución, colocando a las mujeres en servicios honestos, de casas respetables, con ayuda de una asociación de mujeres que fundó. Predicó contra el clero ambicioso y poco dado a la caridad y contra los religiosos inobservantes. Así durante 10 años, misionando y llevando la Palabra y el consuelo de Cristo al pueblo entre Montpellier y Sommiéres. En esta última ciudad protegió a un grupo de campesinos que se escondieron en la iglesia huyendo de un piquete de herejes, que pretendían asesinarles y de paso asaltar la iglesia. El santo estaba predicando, bajó del púlpito y tomando un crucifijo se encaró a los herejes a las puertas del templo. Estos no se arredraron y pretendían entrar cuando el santo agarró del brazo al primero de ellos y le dijo “Detente, sacrílego, pues no he de permitir que en mi presencia se profane la casa de Dios. No pasarás a este santuario sino pisando a un ministro de Dios Vivo. Hiéreme, mátame, pero sabe que Dios hará vengar la injuria a sus altares”. Con los que aterrorizados se fueron por donde habían venido, y algunos incluso se confesaron y convirtieron.

El fruto de esta misión hizo que los superiores le enviaran a Viviers en 1633, donde los herejes habían hecho estragos, incluso entre el clero y los religiosos. El obispo no hallaba solución y sin ayuda no podía hacer nada. La moral, el cumplimiento de las leyes eran nulas. La usura y los saqueos habían hecho mella en los pobres y campesinos, de los que mucho habían tenido que amotinarse o hacerse bandoleros para poder sobrevivir. Las iglesias o habían sido profanadas, o eran sitios donde ya no se predicaba, pues los sacerdotes temían destacarse y ser asediados por los herejes. Algunas regiones no habían visto un sacerdote durante años, y otras sufrían a curas indolentes, amancebados y sin respeto a su ministerio. Ni ley humana, ni divina. Regis estableció un sistema de misiones localizadas, con la seguida visita del obispo, para confirmar a los fieles en la fe. Reformó al clero regular y secular, reparó iglesias, convirtió herejes, estableció asociaciones devotas, logró reconciliar a familias y pueblos enconados, y poco a poco la paz y la religión volvieron a la región. Un golpe de efecto fue, sin duda, la conversión del Conde La Mota-Brion, el cual puso orden en sus dominios, y fue un ejemplo para otros gobernantes y nobles locales, estableciendo hospitales, emitiendo leyes y juicios justos y poniendo orden en el campo y pueblos. Está claro que todo no fue paz, el clero disoluto y los herejes le hicieron igual guerra acusándole de mi infamias, pero fue defendido por sus superiores y por el obispo, que veía los buenos frutos de la misión.

En 1635 quiso ir al Canadá, en pos de los misioneros que allí daban su vida, literalmente, por el Evangelio, pero aunque los superiores loaban sus intenciones, no le satisficieron sus deseos por entender que su misión en la Francia devastada por la herejía y las luchas era igualmente necesaria. Así pues, le destinaron a Cheylard, villa del Conde La Mota-Brion, desde donde comenzó otra misión por los alrededores, en sitios escarpados, abandonados y de peligro. Ni los soles, ni las nieves le detuvieron, hasta el punto de quedarse en una montaña atrapado por la nieve durante unas semanas, todo por anunciar a Cristo. Herejes convertidos, moral enaltecida, fervor religioso, iglesias embellecidas, pobreza socorrida… esos eran los frutos de las misiones del santo. Trabajó en Marlhes, Fangas, Lachau, Valence y en Ravau, ciudad a la que Luis XIII había reduido a su obediencia, pero no a la obediencia a la fe católica. Al poco tiempo, a fuerza de socorrer las almas y los cuerpos, la situación había cambiado, pues el número de los reconciliados con la Iglesia aumentó. Sermones, catequesis, devociones, esplendor del culto, limosnas a los pobres, esto y más fueron ablandando el corazón de los herejes, incuso aquellos más cerrados por los respetos humanos. Predicando en Sant Aggreve un domingo supo de una taberna que abría y permitía las borracheras, por lo que se fue allí a predicarles a aquellos hombres sobre la santidad del domingo y de cómo se debía santificar este. En eso, uno de aquellos, le dio una sonora bofetada, a lo que el santo respondió diciendo: “Os lo agradezco, hermano, y si supierais quien soy, juzgaríais que merezco más”. Le pidieron perdón aquellos brutos, y salieron de la taberna, mandando cerrarla.

Su fama le precedía y los pueblos hacían fiesta cuando sabían que “el santo”, como ya le llamaban, iba a predicarles. Limpiaban las iglesias, advertían a los disolutos y a los herejes, con lo cual, ya ellos mismos se iban misionando unos a otros. Si predicaba en un pueblo, se acercaban de varios pueblos a la redonda, y algunos le seguían de una comarca a otra. Y los portentos confirmaban la opinión de santo que se tenía sobre él: al sobrino de un cura que le hospedaba le protegió desde lejos de una caída que tuvo, a una mujer que le remendó el manteo, le sanó los hijos, uno de hidropesía y otro de fiebres. Otra vez, se cayó y se rompió una pierna, pero no por eso dejó de ir a la misión que tenía concertada. Al final de la noche, accedió a que los médicos le miraran la pierna y la encontraron perfecta, como si nunca se hubiera roto.

En 1636 volvió a pedir le enviaran a Canadá, con otra negativa por respuesta. Su campo de misión estaba en Francia, le decían. Le enviaron a Puy, para que desde la comunidad de los jesuitas, partiese a diferentes misiones, como un cuartel general. Aquí dio ejemplo en primer lugar a los jesuitas, que le querían y admiraban. Y al pueblo, que se reunía por millares para oírle. Se hizo servir de muchas personas caritativas, para llevar la luz del Evangelio a los enfermos, los herejes, los pobres, las mujeres de mala vida. Su caridad no tenía límites, y Dios no tuvo límites para con él: hasta tres veces multiplicó el grano con el que socorría a los pobres diariamente. Una mujer que había sido echada de la ciudad, por deformársele el rostro por un cáncer gozó todos los días de la asistencia del P. Juan Francisco, que la alimentaba y divertía con palabras de consuelo. Otro que vivía igualmente retirado, lleno de llagas y gusanos, igualmente era atendido y mimado por el santo, que le limpiaba y besaba las llagas. A otros, muchos, sanó milagrosamente de parálisis, fiebres, flujos de sangre, etc. También tuvo el don de profecía, especialmente para indicar a algunos que se convirtieran rápidamente, pues su fin estaba cerca, cosa que siempre se verificaba al poco.

En 1638 se fue de misión a Monregard, donde convirtió a la famosa hugonote Luisa Romezin, una mujer de vida recta, caritativa y apasionada por las Escrituras y la religión. Ningún sacerdote se había atrevido a intentar convertirla, de hecho muchos quedaban confundidos ante sus argumentos, lo que dice bastante de la formación del clero del momento. Enterada ella de la presencia del famoso misionero, fue a escucharle a escondidas un sermón, y quedó prendada de su estilo sencillo, pero más aún de su porte humilde y cercano. supo el santo de su presencia, y concertaron una cita para hablar de las cosas de Dios. En tres días, la señora confesó que había descubierto la verdad en la fe católica, gracias a las conversaciones con el P. Juan Francisco. Abjuró públicamente de su fe, y no solo eso, sino que le siguió en sus correrías apostólicas en Monfalcon, Recoulles, etc. Y en 1702 fue una de las principales testigos en los procesos informativos para la canonización del santo.


Muerte del santo.
Iglesia de los jesuitas de Drongen, Bélgica.
Cuatro años duró la misión en Puy. A principios de diciembre de 1640 se sintió mal, y aventuró que no renovaría sus votos a mediados del año entrante, como debía hacerlo. Ese día partió hacia La Louvesc, pero de camino contrajo una pulmonía, por descansar en una casa derruida, en medio de una tormenta. El viento helado le caló hasta los pulmones, dejándole casi baldado. Pero se levantó e inició su misión, incansable como siempre, callando el mal de costado que le aquejaba. Celebró la Navidad con esplendor, confesiones, devociones y predicando tres sermones. Al día siguiente se desvaneció en la iglesia. Le atendieron rápidamente, pero nada podía hacerse ya. El día 30 le dieron el viático y renunció a tomar un caldo de pollo, por fidelidad a su austeridad de toda la vida. El 31 de diciembre tuvo un éxtasis al presentarle un crucifijo, y al anochecer dijo a su compañero: “¡Hermano! ¡Veo a Jesucristo nuestro Señor y a Su Madre Santísima abriendo el cielo para mí!”. Y dijo luego quedamente “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, y expiró.

Hubo un verdadero clamor popular al saber que "el santo" había muerto, y en breve la iglesia y los alrrededores de esta estaban llenos de gente que quería venerarle. El 2 de enero se celebraron los funerales, luego del cual, los superiores jesuitas decidieron que tanto que el santo había amado aquellas regiones y pueblos pequeños, lo mejor era enterrarle allí mismo, en la iglesia de La Louvesc, en la pared, al costado del altar. Esto propició las peregrinaciones a su tumba, de todos aquellos que vivían lejos y querían venerar la tumba de su bienhechor. Y esta veneración se mantuvo constante durante siglos, como constantes fueron las gracias y milagros que ocurrían junto a sus reliquias. En 1702 se comienza a recoger testimonios y a hablarse de la oportuna canonización del humilde jesuita. El 12 de enero de 1704 22 obispos franceses envían una carta al papa Clemente XI resumiendo las virtudes, y aportando una gran cantidad de prodigios del misionero, e implorándole su beatificación. El 27 de marzo de 1712 el mismo papa proclamó que había vivido las virtudes de manera heroica. El 28 de abril de 1715 se aprobaron algunos milagros. El 8 de mayo de 1716 se expedió el Breve de beatificación. Fue canonizado por Clemente XII el 16 de junio de 1737.


Fuente:
-"Vida del Bienaventurado Juan Francisco Regis". R.P. GUILLERMO DAUBENTON S.J Madrid, 1718. 


A 2 de julio además se celebra a 
San Swithun de Winchester, obispo.
Santa Monegundis de Tours, reclusa.

martes, 30 de junio de 2015

Un mártir invicto como un león.

San León de Patara, mártir. 30 de junio y 18 de febrero.

Ilustración realizada en Corel Draw.
Según sus Actas, León estuvo presente en el martirio de su amigo San Paregorio (18 de febrero), y una vez ocurrido este, se retiró a su casa, con el corazón infamado en deseos de padecer por Cristo igualmente. En compensación por no haber padecido por Cristo, comenzó una vida penitente, entregada a Cristo totalmente, para lo cual, renunció casarse, viviendo en castidad. Retiró de su casa cualquier objeto superfluo, y cualquier alimento gustoso. Se vistió con una piel de camello, y dedicaba horas a las alabanzas divinas, tomando por protector y ejemplo a San Juan Bautista (24 de junio, Natividad; 23 de septiembre, Imposición del nombre; 24 ó 21 de febrero, primera Invención de la cabeza; 29 de agosto, segunda Invención de la cabeza, hoy fiesta de la Degollación; 25 de mayo, tercera Invención de la cabeza).

Sucedió entonces que el Proconsul Loliano, enemiguísimo de los cristianos, fue nombrado Intendente de Licia, ciudad a la cual pertenecía su natal Patara. Lo primero que hizo Loliano para ganar adeptos y para identificar a los cristianos, fue organizar juegos y sacrificios en honor del dios Serapis, mandando que todos los habitantes de las ciudades cercanas debían sacrificar al dios, en honor del Emperador. Muchos cristianos obedecieron por miedo, por acomodo, por no estar lo suficientemente llenos de Cristo, en definitiva. Pero entre ellos no estaba León, que se debatía entre seguir su vida eremítica o presentarse a los sacrificios para proclamarse cristiano. Decidió encomendarse a su amigo el mártir Paregorio, delante de su sepulcro, escondido por los cristianos fieles. Mientras iba de camino, acertó a pasar frente al templo de Serapis, donde ofrecían sacrificios. Algunos le identificaron como cristiano, por su porte y forma de vestir.

Visitó las reliquias de San Paregorio y regresó a su casa, confiado en que Dios le daría luces sobre que hacer. Esa noche tuvo un sueño en el que se vio en medio de un río revuelto y bajo una gran tempestad de lluvia y relámpagos. De pronto, en medio de las aguas vio a su amigo Paregorio, que iba hacia él, ante lo cual el mismo León salió a su encuentro, para despertar en ese momento. El sueño le dejó claro que correría la misma suerte de su amigo, por lo que dejó que fuera la providencia divina la que determinase el tiempo en el cual entregarlo todo por Cristo. Comenzó a visitar cada día las reliquias del santo mártir, esperando llegara el dichoso momento. Un día cuando se dirigía al sepulcro del santo, cambió de camino y pasó frente al templo de la diosa Fortuna, y viendo las antorchas que en honor de la diosa ardían, entró, las apagó y las partió en pedazos clamando: “Si vuestros dioses se sienten ofendidos del insulto que acabo de hacer, no tienen más que castigarme, no volveré yo mi el rostro a su ira”, y siguió su camino.  Prudencia no le sobraba, no.

No quedaron inmóviles los devotos de la diosa, que se juntaron en una turba y comenzaron a amotinarse, acusando de ofender a la diosa, y clamando venganza para esta, para que no les castigase con desgracias. Fue tanto el jaleo que se armó, que llegó a oídos de Loliano, quien envió soldados a apresar al santo en su casa. Al verle llegar, los soldados se echaron sobre él y lo llevaron ante el Intendente, sin que León pusiera resistencia alguna. Una vez ante Loliano, se desarrolló este diálogo:
-“¿Ignoras el poder de los dioses, cuando te atreves a emprender contra su religión? ¿O has perdido el juicio, y te crees poder despreciar impunemente los decretos de nuestros divinos emperadores, que son también nuestros dioses, y nuestros protectores?"

-“Acabáis de hablar de muchos dioses, siendo así que no hay más que uno, que es nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, y Dios del cielo, y de la tierra, que no necesita de semejante culto. Un corazón contrito, y un alma que sabe humillarse; esto es todo lo que puede agradar a Dios. Pero esas antorchas que encendéis delante de vuestros ídolos, son vanas e inútiles a unas estatuas de madera , de piedra, y de bronce, que deben todo lo que son al escultor. Si conocieseis al verdadero Dios, no perderíais de ese modo vuestro incienso en darlo a un tronco o a una piedra. Renunciad ese culto vano y reservad vuestras alabanzas y adoración para el que es el verdadero Dios, y para Jesucristo su Hijo, Salvador del mundo, y Creador nuestro”- contestó León.

-“No respondes al caso”- le replicó el juez – “en lugar de defenderte de los delitos que se te imputan, te pones a predicarnos tu fe. Pero doy gracias a los Dioses, que han permitido que tú mismo te declarases, y que te dieses a conocer por lo que eres. Así escoge , o adoras a los dioses y les ofreces sacrificios con todos los presentes, o sufre la pena que tu impiedad merece”.

-“Yo os confieso” - contestó prontamente León – “que hubiera deseado mucho no tener que sentir la caída de ninguno de los que tan desgraciadamente veo vueltos al error. Pero ¡ay de mí! qué dolor no será el mío, cuando pongo los ojos sobre esa multitud de cristianos, que se han dejado seducir! Mas para que no os imaginéis que soy yo de esos, os declaro que soy cristiano y conservo grabados en mí los preceptos de los Apóstoles, que enseñan a dar a Dios la obediencia que le es debida. Si os parece que por esto me debéis castigar, no lo dilatéis un momento. Persuadíos de que el temor de los tormentos, jamás me hará faltar a mi obligación. Pronto estoy a padecer todos cuantos tormentos me quisiereis hacer sufrir. Por lo demás, si hay alguno de otro parecer, que se contente con la vida presente sin pretender la futura, ya se sabe que no es sino por el camino de los sufrimientos por donde se llega a ella, según dice la Escritura: ‘estrecho es el camino que lleva a la vida’”.

-“Pues bien, si es tan estrecha esa vida, déjala para seguir la nuestra, que es ancha y llana” - le dijo Loliano. A lo que rebatió León:

-“No he dicho yo que sea tan estrecha  que no se pueda caminar por ella, ni os parezca que está desierta: muchos la han transitado, y muchos la siguen aún todos los días: la llamamos estrecha porque se halla en la mortificación, la pobreza, las aflicciones, y la persecución; pero la fe suaviza las penas y hace vencer las dificultades. Nos allana el camino, lo ensancha, y lo hace fácil. ¿Por qué no os dejáis convencer de esta verdad? ¿Por qué no confesáis que este camino estrecho es el más cómodo para arribar a la salvación. No ignoráis que una multitud innumerable de fieles que han sido justificados por la misma fe que justificó a nuestro padre Abraham, caminaron por él, y reposan ahora en el seno de este padre de los creyentes. Al contrario, la incredulidad hace penosa, áspera, y difícil la senda por la que andáis ciegamente. Has de saber que las virtudes, que tan fáciles son de practicar cuando se tiene fe, son muy difíciles de adquirir, y vienen a ser en algún modo inaccesibles a los que están privados de este remedio de la fe”.

Toda esta exposición catequética (probablemente aumentada posteriormente) hizo que los presentes, que venían por venganza, clamasen a Loliano para que le callase y determinara ya un castigo.
-“Al contrario” - les gritó Loliano - “le permito hable cuanto quiera, y además, le ofrezco mi amistad y reconocimiento si reconoce y sacrifica a nuestros dioses”.

-“Señor, si habéis olvidado ya lo que acabo de decir, tenéis razón de permitirme que hable todavía, pero si os acordáis, ¿como queréis que reconozca por dioses lo que nada es?” - replicó León.

Estas últimas palabras del santo irritaron tanto al intendente, que lo mandó a azotar. Mientras los verdugos lo desgarraban sin piedad, Loliano le anunciaba:
-“Esto no es más que un ensayo de los tormentos que te preparo: si quieres que me detenga, es necesario que adores a nuestros dioses, y que les ofrezcas sacrificio”.

-“Oh, juez, os quiero volver a decir otra vez lo que ya os he dicho tantas veces. Yo no conozco a vuestros dioses, ni jamás les sacrificaré”. - contestó León.

-“Di solamente estas palabras: los dioses tienen un poder soberano  y te liberaré, porque tengo compasión de tu vejez”. - le indicó Loliano.

-“Bien estaría” - dijo León en medio del dolor - “decir que los dioses tienen un poder soberano si fuera para perder a los que creen en ellos". Loliano enfureció ante este desprecio de los dioses y ordenó:

-“Atadlo como a un rabioso, y arrastradlo por las calles hasta el río”.

-“Poco me importa, de cualquier modo que muera no puedo dejar de morir contento, puesto que el cielo ha de ser mi recompensa”- dijo alegremente León. E insistió Loliano de nuevo:

-“Obedece al edicto, y di que los dioses son los protectores del mundo, o si no te haré morir inmediatamente.

-“Parece que no teneis sino palabras” – dijo León con sorna - "ponedlas por fin en ejecución".

Con cada amenaza León se fortalecía y Loliano quedaba más en ridículo, ante lo cual el pueblo clamaba más alto aún, comenzando a amenazar con incendiar y destrozar la ciudad. Loliano, vencido por el santo mártir, mandó que le atasen por un pie y le arrojasen por un acantilado, después de arrastrarle por las calles en medio de las turbas, y que estas satisficieran su furia. Mientras lo arrastraban, León aún pudo orar en voz alta:
-“Te doy gracias, Dios, Padre de Jesucristo, de que tengas la bondad de volverme a juntar tan pronto a tu siervo y amigo mío, Paregorio. Yo te ofrezco mi muerte con alegría para satisfacer los pecados de mi juventud. En las manos de vuestros ángeles pongo mi alma. En breve seré liberado, y mi destino no dependerá más de la injusticia de los malos. Seles propicio, Señor: no vengues mi muerte sobre sus autores. Te pido perdón por ellos, haz que te reconozcan como Dios del universo y que experimenten tu clemencia en el momento en que fueren ilustrados de vuestra luz. Concédeme la gracia de sufrir pacientemente por tu gloria. Amén, amén”.

Y murió, antes de llegar al borde de un escarpado precipicio. Una vez allí, el cuerpo fue arrojado hasta lo profundo, rebotando antes en las afiladas rocas ocurriendo que no se dañó nada, solo se ensució de polvo. Y no solo eso, sino que de modo milagroso se allanó la cuesta, que lo que antes había sido un peligroso precipicio, se convirtió en un sendero practicable. Por aquel mismo sendero bajaron algunos cristianos que tomaron el santo cuerpo, lo prepararon observando con estupefacción que incluso las heridas de los azotes habían cerrado y el cuerpo resplandecía. Lo enterraron piadosamente allí mismo, entre las peñas, en un sitio oculto, donde llegada la paz se levantaría una basílica. Era creencia piadosa, según las Actas, que nunca se vio sufrir daños ni muerte a los que, por infortunio se despeñaban allí. Ni a hombre, bestia, o carros.

A San León se le conmemora también a 18 de febrero junto a San Paregorio, pero el día de su martirio ocurrió a 30 de junio, de año desconocido, por eso lo traigo a este día. Sus Actas, publicadas por los Bollandistas a partir de manuscritos griegos, son tenidas por estos como fiables en cuanto a la existencia del mártir, aunque son reescritas, sobre todo en los discursos del santo.

Fuentes:
-"Las verdaderas actas de los martires" Tomo Tercero.  TEODORICO RUINART. Madrid, 1776.


A 30 de junio además se celebra a 
San Adolfo de Osnabrück, obispo. 
San Ladislao I de Hungría, rey.

lunes, 29 de junio de 2015

Dos leyendas, un solo amor: Cristo.

Beatas Salomé, virgen, y Judith, viuda; de Niederaltaich, reclusas. 29 de Junio.

Icono de "Todos los Santos de Niederaltaich"
donde aparecen Judit y Salomé.
A finales del siglo XI o principios del siglo XII vivieron y fallecieron dos reclusas que tenían su celdilla adyacente a la iglesia de la famosa abadía benedictina de Niederaltaich. Eran dos mujeres penitentes, que eligieron ese tipo de vida en diferentes momentos, una en pos de la otra. Se llamaban Salomé y Judith. Y eso es todo lo que de ellas podemos saber con certeza. Y que murieron enfermas y agotadas. Todo lo demás que se nos cuenta, escrito en el mismo monasterio, y cuando la devoción popular en torno a las reliquias va aumentando, es legendario y de sabor épico.

Según la “vita”, la Beata Salomé, a quien a veces se le suele representar como monja benedictina, era una princesa de origen inglés, que emprendió una devota peregrinación a Jerusalén, donde visitó los Santos Lugares, el Monte Carmelo, veneró las reliquias de los santos. Regresó por Marsella, visitó París y santuarios de otras ciudades. En este viaje tomó la resolución de no regresar a su palacio, sino dedicarse a servir a Jesucristo como él le indicase. En Gefährtinen tuvo las primeras tentaciones y sufrimientos, de los que salió confortada con una visión de Cristo crucificado, que la animaba a consolarle obviando sus propias penas. Al cruzar el Danubio, el demonio la arrojó al agua y casi muere, pero fue salvada por milagro. Al llegar a Regensburg, se sintió enferma y descubrió que había enfermado de lepra. Al poco tiempo quedó ciega y tuvo que mendigar para sobrevivir.

En Passau se encontró con una buena mujer que le permitió vivir junto a su casa, desde donde se dirigía todas las noches a rezar a la iglesia, cuando ya no había nadie, para que no la echaran por leprosa. Ambas vivían en gran pobreza y lo compartían todo. El hermano de esta mujer era amigo del abad de Niederaltaich, y la puso en contacto con este, para que le diera dirección espiritual. Salomé le pidió por caridad al abad la dejase quedarse por los alrededores, comiendo de las sobras y oyendo misa desde la puerta. Era tanta su humildad, devoción y aún caridad con los más desfavorecidos que pululaban por el monasterio, que los monjes le tomaron afecto y le permitieron tomar el velo de religiosa y emparedarse en una celdilla con una ventana a la iglesia para seguir el culto y otra al exterior, para recibir alimento por limosna.

Aquí vivió un tiempo, hasta que un día pasó por el monasterio su tía (prima o amiga, según las versiones) Judith, igualmente noble, que había enviudado y perdido sus hijos. Judith había seguido los pasos de su sobrina, camino de Tierra Santa, esperando hallarla, pero no fue hasta llegar a los dominios de Niederaltaich, cuando supo de aquella reclusa con fama de santa. Enterada de su historia, supo que era su sobrina y le pidió, y obtuvo, al abad, emparedarse con ella en la celdita.

Salomé murió a los 10 años de vida recluida, y fue enterrada en el monasterio. Judith aún le sobrevivió unos cuantos años más y luego de morir fue enterrada junto a su sobrina. en un sarcófago de mármol en el que se lee "Judith y Salomé, rogad a Dios por nosotros". En breve de dejaron sentir los milagros por medio de las reliquias de las santas mujeres, y comenzó el culto. Todavía hoy se veneran las reliquias en la abadía de Niederaltaich, a pesar de los avatares padecidos por el monasterio.


Fuente: 
-“Baviera Santa. Vida de los santos y beatos del país, para la instrucción y edificación del pueblo cristiano”. DR. MODESTO JOCHAM. Freising, 1861.



A 29 de junio además se celebra a  
San Gero de Colonia, obispo.
Santa Emma de Gurk, viuda fundadora.

Ver también "San Pedro y San Pablo en la doctrina de Santa Teresa".

domingo, 28 de junio de 2015

Santa Theodechilde, reina y fundadora

Santa Theodechilde, reina y fundadora. 28 de junio, 16 de octubre (invención de las reliquias), 1 de mayo (traslación de las reliquias a Molesmes) y 10 de octubre (traslación de las reliquias a Mauriac)


Vidriera en la iglesia de Mauriac.
Nacimiento e infancia:
Los orígenes de esta santa no están claros, pero según la “vita” más conocida, fue hija de los reyes Clodoveo y Santa Clotilde (3 y 4 de junio).
Hoy la mayoría de historiadores (Gobry, Prou, etc.) se inclinan por hacerla hija de Thierry, hijo de Clodoveo, pero prefiero dar aquí la versión tradicional con sus leyendas. Fue la quinta, después de Ingomer, que murió justo después de ser bautizado, y Clodomiro, que igualmente enfermó, pero sanó gracias a las fervientes oraciones de su madre. Luego nacieron Childeberto y Clotario. Nació después de la conversión de su padre, que sería bautizado el 25 de diciembre de 496. Nació Theodechilde, decía, en 498, cuando su madre tenía 24 años. Fue bautizada por San Remigio de Reims (1 de octubre), que le impuso este nombre que en gaélico antiguo significa “hija de Dios”. Otras “vita” la llaman Téchilde, que no es más que una contracción del nombre original. Nos dice la leyenda que Santa Genovena (3 de enero) estuvo presente y más aún, que fue su madrina. Fue la hija predilecta de Clodoveo por ser su primera niña, aunque algunas versiones nos dicen que no fue la primera hija, sino la segunda, pues la Beata Clotilde (3 de junio), la otra hija del matrimonio era mayor.

Cuando tenía ocho años, vio a San Severino de Agaune (11 de febrero) sanar milagrosamente a su padre, poniéndole su capa por encima, lo cual le animó a acercarse al santo y ser instruida por este en la fe y la vida monástica. Este detalle parece introducido por biógrafos tardíos, pues es de pensar que a los 8 años ya su madre, muy piadosa, la habría instruido y encaminado por los senderos de la fe y la caridad. Como fuese, con tan poca edad hizo un voto de virginidad, con la intención de dedicarse exclusivamente a Dios. Para poder seguirlo con libertad, se lo comunicó a sus padres, que no solo la apoyaron, sino que además, la animaron a cumplirlo y le facilitaron su deseo. Se aplicó a la lectura, la oración y a las obras de caridad, que sus padres favorecían con largueza. Nada del mundo le satisfacía, dicen, y hallaba el consuelo en sus pobres, sus oraciones, visitas a las iglesias; alejándose de pompas, fiestas y torneos. 

Primera obra por los necesitados, una conversión:
Su padre mandó edificar una basílica a los Santos Pedro y Pablo en el Monte Leucotice, en acción de gracias por derrotar y asesinar a Alarico, hereje de fe arriana “en nombre de Dios”. También conquistó tierras de Borgoña y Auvernia por mano de sus hijos. En Montselis vivía y gobernaba Basuolo, un noble galo-romano de fe arriana el cual, cuando se vio acorralado, prometió lealtad a los francos, y abjurar de su fe arriana, a cambio de que le dejaran vivir. Clodoveo lo permitió, e incluso le dejó seguir gobernando su región, pero al ver se seguro, Basuolo les traicionó, ante lo cual fue apresado y llevado a Sens, donde la niña Theodechilde le sería providencial, y veamos cómo. En 509 Santa Clotilde construye la iglesia de San Pedro-le-Vif en Sens, ciudad a la que Theodechilde acompañó a su madre. Allí veneró la tumba de San Sabiniano (24 de enero) y las numerosas reliquias que su madre se había hecho traer de Roma, como pelos de la Virgen, trozos de Lignum Crucis, y varios huesos de santos. Le tomó tal afecto a esta iglesia, que con tan corta edad, ya deseó que aquel fuera el sitio donde construir un monasterio para retirarse y dedicar toda su vida a la oración. En  Sens, como en París, Theodechilde practicaba diariamente sus obras de caridad con los más necesitados. Entre estas obras estaba visitar las prisiones y consolar a los que allí penaban, con socorro material y palabras de consuelo. En una de estas prisiones Theodechilde vio a Basuolo, condenado a muerte por traición. Se interesó en él y comenzó a asistirle personalmente, a la par que le predicaba sobre la fe de Cristo. Al poco tiempo, tocó el corazón del hombre, que renegó de la herejía  y logró su conversión. Y no solo eso, sino que este le prometió que él sería el primer monje de su monasterio si el rey le perdonase.

Vuelta a París, Theodechilde pidió a su padre la parte de la herencia real que le correspondía para edificar su monasterio, que sería dedicado a la Santísima Virgen junto a la nueva iglesia de San Pedro. Clodoveo aceptó y no solo le dio su parte, sino que le donó varios terrenos y algunas villas con sus siervos para que pudiera emprender su obra. Viendo su buena disposición, además, solicitó Theodechilde a Clodoveo la libertad de Basuolo, detallándole su conversión y arrepentimiento. Aunque en principio se irritó y se negó, las súplicas de la niña pudieron más y accedió a perdonarle a condición de que solo saliera de la cárcel para profesar en el monasterio, de donde no saldría nunca más. Y para asegurarse, más tarde despojó a los parientes de Basuolo de sus tierras en Auvernia, para donarlas al monasterio de su hija.

Nuestra Señora de los Milagros.
Nuestra Señora de los Milagros:
Antes de iniciar la construcción del monasterio, Theodechilde quiso visitar la tierra de Auvernia que su padre le había concedido. San Remigio la convenció, además, de que llevase algunos presbíteros para que predicara a los sarracenos y herejes que aún había en lo que habían sido las posesiones de Bausolo. Así hizo, y ella misma salía por los campos para visitar a los más abandonados y alejados de la fe, para alentarles, socorrerles y atraerles a Cristo. Se estableció en la zona de Mauriac, en el “Castrum Vetum”, un castillo de la época romana, adaptado a las necesidades de su momento. Era una torre alejada de la ciudad, en medio del bosque, donde la reina hallaba gusto en la soledad, en los ratos que no dedicaba a los asuntos del mundo que aún la retenían. Una tarde en que salió de paseo, vio una luz muy brillante que descendía del cielo sobre el bosque, sin moverse. No se atrevió a averiguar que era, sin antes pasar una noche en oración, pidiendo a Dios. Por la mañana se adentró en el bosque, camino del punto donde caía la luz, y al llegar vio una leona con tres leoncillos. Trazó la señal de la cruz, y las cuatro fieras se postraron ante ella y desaparecieron. Esa noche tuvo una visión en la que aparecían la Santísima Virgen con el Niño, y precediéndola San Pedro, que daba una vela encendida a la Madre de Dios. Luego de presentarse ante Theodechilde, tomaron camino del bosque, hasta el sitio donde antes había visto la leona y sus cachorros. Allí, en medio de ángeles, la Señora señaló al suelo y desapareció.

Al otro día, Theodechilde se encaminó al sitio y halló de nuevo a las fieras, que le cedieron su sitio, alejándose en el bosque. Llegó Theodechilde al punto exacto que había señalado la Virgen María y halló una piedra de mármol con una vela encendida, la misma que San Pedro había dado a Nuestra Señora. Junto a esta, había un pergamino escrito en hebreo, que la reina envió a San Remigio, el cual lo envió al papa, que lo entregó a Boecio para que lo interpretara. Según este, el texto decía: "Este lugar será el sitio de Temor del Señor, y será una fuente de consuelo para los vivientes." Así que Theodechilde entendió que San Pedro quería que, además del monasterio a su nombre, se edificase un santuario a la Santísima Virgen. Por lo que la reina mandó construir una capilla en honor de Nuestra Señora, poniendo como altar la piedra de mármol y sobre este la vela inconsumible. En solo tres meses, los obreros construyeron la iglesia, dándose el milagro que no se cansaban por más que trabajasen, y cada uno rendía por cuatro. Fue bendecida por un legado del papa, el 25 de diciembre de 507, y llamada Nuestra Señora de los Milagros. Para presidirla, el rey Clodoveo envió desde Roma una imagen revestida en plata, que habría sido tallada por San Marcos Evangelista (11 de enero, Iglesia griega; y 31 de enero, traslación de las reliquias a Venecia; 9, Iglesia copta, y 25 de abril; 25 de junio, aparición en Venecia; 23 de septiembre, 3 de octubre, 8 y 30 de octubre, Iglesias Orientales). Esta fiesta de Nuestra Señora de los Milagros se celebra aún en Mauriac el 9 de mayo, y el domingo siguiente a este día. En 1631, por los 900 años de la fundación del monasterio anexo a la iglesia de Nuestra Señora de los Milagros de Mauriac, se dedica una de las capillas de la iglesia a la memoria de su fundadora, la reina Santa Theodechilde. El 13 de mayo de 1855 la imagen de Nuestra Señora sería coronada canónicamente.

En otra ocasión halló Theodechilde un templo pagano dedicado al dios Mercurio, donde se veneraba un ídolo de plata de este dios, que decidió dedicar a la memoria del apóstol San Pedro, para cuya dotación, el papa Símaco entregó a Clodoveo numerosas reliquias, como un dedo de San Pedro, algunos cálices, y lo mejor, un grupo de monjes de San Benito para que fundasen monasterio y evangelizasen la región. Pero Clodoveo no pudo hacer su entrega, pues murió el 27 de noviembre de 511 en París, siendo enterrado en la basílica de los Apóstoles de París, la que luego sería la abadía de Santa Genoveva, pues la santa parisiense sería enterrada allí cuatro meses más tarde que Clodoveo. Clotilde le sobreviviría 40 años más, para sufrir inconmensurablemente desgracias y tragedias familiares, que sobrellevó con entereza cristiana. 

La santa, vestida de religiosa,
según su urna relicario.
El monasterio:
Vuelta a Sens, Theodechilde comenzó la construcción de su monasterio, luego de la muerte de su padre y el matrimonio de su hermana la Beata Clotilde se casara con el feroz príncipe español Amalarico. Lo dotó con todas las tierras, villas y siervos que su padre le había dejado, con todos los privilegios, pontazgos, rentas e impuestos que de estas propiedades se derivaran. El papa San Félix IV (30 de enero y 22 de septiembre), años más tarde, le otorgaría numerosos privilegios eclesiásticos y regalaría numerosas reliquias.

El monasterio fue bendecido por San Heracles, obispo de Sens (8 de junio y 9 de julio en Sens), y Theodechilde puso como abad a San Amalhert (7 de junio). El primer monje en profesar, como había determinado Clodoveo, fue Basuolo, que fue sacado de la cárcel directo al monasterio. Algunos, como los Bollandistas, suponen que entró en calidad de hermano lego, pero algunos “historiadores” le ponen como segundo abad. Una leyenda, que se lee de otras iglesias monásticas, nos dice que el día antes de la consagración de la iglesia, San Heracles y muchos obispos permanecieron toda la noche cantando alabanzas e impetrando las bendiciones divinas, acompañados del pueblo, oyéndose desde medianoche melodías celestiales, sin que se supiera desde donde venían. A la mañana, al comenzar la consagración, los obispos advirtieron que el altar aparecían grabadas las prescriptivas cinco cruces de las esquinas y el centro, y que manaban aceite. Fue de común asentimiento que los mismos ángeles habían consagrado el altar y la iglesia.

Las monjas llegaron al monasterio de manos de San Heracles, que les dejó medio edificio, para que compartieran la iglesia con los monjes. Los monasterios mixtos fueron frecuentes en la Edad Media. Ambas comunidades compartían la iglesia y vivían separados, cada una gobernada por un prior y una abadesa, respectivamente, y por un abad que mandaba sobre todos. Los monjes no podían pisar el suelo de las monjas, y viceversa. Incluso los obispos podían ser vetados a entrar. Las monjas atendían la iglesia, para lo cual, los monjes primero salían de la iglesia y cerraban las puertas que daban a su parte del monasterio. Sin embargo, en los hospitales u hospederías, ambos compartían el trabajo y la atención a los necesitados y peregrinos.

Se dividen los estudiosos con respecto a la consagración religiosa, o no, de Theodechilde. Los más píos dicen que tomó el velo, igualmente de manos de San Heracles, en atención al voto de virginidad, que la leyenda pone en su corazón pero la mayoría sostiene que su papel en realidad se ciñó al de fundadora. El oficio litúrgico en su honor, compuesto en 1658 la llama fundadora, pero no aclara si fue religiosa igualmente. Como fuese, en el coro de las monjas, aún en 1671 se veneraba la “sede” de Santa Theodechilde en el coro de monjas. Pero bien puede ser que la reina tuviese privilegio de rezar con las monjas en el coro. La iconografía no es que ayude mucho, pues igualmente se le representa como reina, que como monja, incluso como abadesa, siendo que no lo fue.
 

Sufrimientos familiares:
Varias muertes de cercanos tuvo que soportar Theodechilde. En 521 murió San Heracles, siendo sucedido por su hermano San Pablo, obispo (6 de enero). También pasó por el ajusticiamiento de su primo San Segismundo de Borgoña (1 de mayo), en 524, a manos de Clodomiro, el hermano de Theodechilde. Sufrió la muerte de su hermana, la Beata Clotilde, a la que su marido arriano trataba peor que una esclava, martirizándola constantemente a causa de su fe católica. Cansado de estas vejaciones, su hermano Childeberto se fue a España con un ejército, y mató a Alarico II, llevándose a su hermana y robándole, además, un buen tesoro con el que Alarico pretendía huir. Clotilde no llegó a París, murió de sufrimientos en el camino. Pero las muertes más horrorosas que padeció fue en 529, y fueron las de sus sobrinos, Theodebard, y Gonther, hijos de Clodomiro, a manos de sus tíos Childeberto y Clotario, que los sacaron de la protección de la reina Santa Clotilde, para según ellos, educarlos. Clotilde quería que heredaran la parte del reino que había sido del padre de los niños, pero sus tíos prefirieron asesinarlos. Solo pudo salvarse Clodoaldo, el tercer hijo, que fue salvado por guardias leales a Clodomiro. Siendo un jovencito entró en religión, alejado de los líos de la corte. Santa Clotilde enterró a sus nietos en la basílica de los Apóstoles en París, junto a Clodoveo. Clotario se casaría, por cuarta vez, con Santa Radegunda (13 de agosto). Murió en 561, pero antes de eso estrangularía a su hijo Cramne, y quemaría vivos a su nuera y sus tres nietos. Finalmente, el 12 de enero de 533, murió San Remigio, dejando un recuerdo inmortal en Theodechilde y en todos los territorios francos. En 544 murió su madre, la santa y sufrida reina Santa Clotilde, en Tours, mientras visitaba la tumba de San Martín de Tours. Childeberto, a quien la Iglesia francesa puso en los altares con el título de Beato, murió en 558 y su memoria se celebra a 29 de noviembre.
 

Muerte y culto:
Todos los que elogian a Santa Theodechilde insisten en sus virtudes, especialmente su amor a la pureza y a la oración. Además, resaltan sus penitencias, austeridad personal, pues a pesar de vivir en el mundo y ser reina, o princesa, desechó todo lo que fuera innecesario y lujoso. Así, luego de una vida entregada a Dios y a la Iglesia, el 28 de junio de 560, vísperas de la solemnidad de su amado San Pedro, este se le apareció por última vez y la preparó a morir. Esa misma tarde, expiró dulcemente. Fue enterrada con gran solemnidad y asistencia de clero y pueblo, en la iglesia monástica de San Pedro de Sens, a la izquierda del altar mayor.


El culto a Santa Theodechilde está bien documentado, siempre en torno a su sepulcro, ante el cual los monjes y monjas veneraban a su fundadora. La primera “vita” parece ser obra del abad Agnilenio, quien también introdujera la Regla de San Benito en el monasterio. En 939 los húngaros devastaron parte de los reinos francos, y llegaron hasta Sens. Los monjes de San Pedro huyeron llevándose todos sus tesoros y reliquias sagradas, excepto el cuerpo de San Sérotin (31 de diciembre), y el de Theodechilde, que no fueron descubiertos. En 957 un desalmado llamado Arquembaud se autoproclamó obispo de Sens, y sobornó al papa Juan XII para que este confirmase su mandato. En contubernio con otro sinvergüenza, el abad Notrannio, vendieron el monasterio, sus terrenos, fincas y villas, y se apropiaron de todo el dinero, las reliquias y tesoros del monasterio, expulsando a los monjes, salvo a cinco que Arquembaud dejó como siervos suyos. Instaló su dormitorio en el bello refectorio de los monjes, y sus caballos y halcones en la iglesia. Y lo que no hizo el papa, lo hizo Dios, a decir los cronistas: la primera noche de esta profanación del templo, todos los animales de Arquembaud murieron. No le importó al personaje, y siguió ocupando el monasterio, ni se le apareció San Sabiniano y le exhortó a reconocer su falta. Así pues, una noche, todos los tunantes que le hacían la corte a Arquembaud oyeron unas voces del cielo que decían “no sufriremos más la desolación de este santo lugar, que santificamos con nuestro martirio”, entendiéndose que eran las voces de Sabiniano, Sérotin, Altin, Eodaldo, Victorino, Félix, Auberto y Potenciano (31 de diciembre), protomártires de Sens. Acto seguido se oyó un gran trueno, que mató en el acto a Arquembaud, con la cuirosidad que le arrancó hasta la ropa. Descalabro total: huyeron los maleantes y regresaron los monjes.

En el siglo X comienza el interés de los monjes por dar a conocer a su fundadora, logrando reconocimiento de su culto, para lo cual se escriben varias “vitae”. El monje Odorano, artista y filósofo, escribe la primera “Historia del Monasterio de San Pedro-Le-Vif”, en la que dedica varios capítulos a la vida y virtudes de Theodechilde. En el siglo XII aparece la primera crónica que llama “santa” a nuestra reina, destacando su voto de virginidad y su entrega a la obra del monasterio y de la Iglesia en general. Entre los siglos XI y XIII, el monasterio gana en prestigio y en privilegios. Varios reyes y papas dan o confirman posesiones, prebendas, e indulgencias. Algunos incluso visitan las santas reliquias y veneran la sepultura de su fundadora. Incluso Alejandro III vivió en Sens durante dos años, y gustaba de celebrar las solemnidades y recepciones en el monasterio. A inicios del siglo XIII la iglesia se incendia dos veces, y en ambos casos las reliquias de Santa Theodechilde se salvan del incendio. 

Lápida de la primitiva sepultura de la santa.
Primer culto público a las reliquias:
En 1240 se reforma la iglesia y el monasterio, al gusto gótico del momento. Con esta reforma, el abad Geofredo de Montigny abre la sepultura de Santa Theodechilde, reconoce las reliquias, sella la tumba y coloca una lápida nueva, con un elogio a la reina. Deja fuera la cabeza, que coloca en un busto relicario de plata para que fuera venerado por los monjes. Este puede considerarse el primer gesto de culto público a Santa Theodechilde y por tanto, tenerse como su beatificación. También traslada los restos de Basuolo y los pone en una sepultura en la pared,  junto a los de Theodechilde, con una inscripción en la cual le llama “beato”, aunque bien pudiera ser en calidad de “bendito”, “bienaventurado”.


A partir de esta renovación de la sepultura, el culto a Santa Theodechilde se hace cada vez más público y fuerte. Se le dedica el 28 de junio, víspera de la fiesta del monasterio, que pasa poco a poco de ser una conmemoración a ser una fiesta más del monasterio. El busto relicario pasa a presidir un altar, junto a las reliquias de San Potenciano. En el siglo XIV un ritual propio de Sens ya nombra a 28 de junio a “santa Theodechilde, reina, que fundó el monasterio de San Pedro, apóstol". Su nombre pasa a las letanías por los agonizantes y necesidades públicas de la diócesis. En el siglo XV ya se veneran extentas del cuerpo otras reliquias, como el brazo o una costilla. Estas reliquias se perderían en 1567, cuando los herejes hugonotes saquean e incendian la iglesia del monasterio. Solo se pudo salvar la cabeza de la santa, en su relicario. 

Invención y traslaciones de las reliquias:
El 16 de octubre de 1643, se saca el cuerpo de la primitiva tumba y se coloca en uno de los altares laterales, y el obispo permite de modo oficial se celebre su fiesta en el monasterio y la diócesis a 28 de junio. Este hecho hizo que Santa Theodechilde gozara de pleno culto público, lo que contribuyó a la extensión de su devoción. Con este motivo se trasladan reliquias a Mauriac desde Sens.
Estas reliquias de Mauriac serían profanadas y quemadas junto a otras en 1793. En 1851 una asociación de fieles restauraría la iglesia, el culto a Santa Theodechilde y en 1877 se volverían a venerar otras reliquias. En 1881 se inaugura una nueva capilla en honor a la reina fundadora. Otras reliquias fueron dadas a la reina Ana de Austria, que las dio a la princesa Luisa María de Francia, que las donó posteriormente a las carmelitas de Autún. 

En 1646, se llevan unas reliquias a la iglesia de San Román de Sens. En 1647, otras reliquias se donaron a la colegiata de Andelys, y fueron puestas junto a unas de su madre Santa Clotilde, que ya se veneraban allí. En 1648 el abad Severino de Lanchy bendice una nueva arqueta de madera y oro para contener las reliquias. En 1667 el monasterio de Molesmes adopta la reforma benedictina de la Congregación de San Mauro, por la influencia del monasterio de San Pedro de Sens, de esta misma congregación benedictina, y el 1 de mayo de 1713 recibieron solemnemente unas reliquias de Santa Theodechilde y de algunos mártires, enviadas desde Sens. En 1791, cuando el monasterio fue incanutado y la iglesia convertida en parroquia, las reliquias pasaron a la iglesia, donde aún se veneran.

En 1709 los Bollandistas la incluyen por primera vez en el Acta Sanctorum. En 1794 Lomenie de Brienne, arzobispo de Sens y adepto a la causa de la Revolución Francesa, demolió la iglesia de San-Pedro-le-Vif por ser un “foco de ideas refractarias”. Las reliquias de Santa Theodechilde se salvaron de semejante barbaridad porque en 1791, habían sido escondidas en el tesoro de la catedral, por miedo a la Revolución. De allí las sacó, junto a otras reliquias, un orfebre en Sens, católico fiel, de nombre Tomás, que las escondió en su casa. En 1835 fueron llevadas a la iglesia de San Pedro le Rond, la cual había comprado el mismo orfebre a sus expensas para preservarla de la demolición y el saqueo. En 1878, cuando las religiosas del Buen Pastor de Angers se hacen cargo del deteriorado monasterio de San Pedro, en Sens, las reliquias de la santa volvieron a su sitio, y fueron puestas en la capilla de las religiosas, edificada en el sitio martirial de San Sabiniano, que había sido respetada por los revolucionarios. Y allí se veneran actualmente.


Fuente:
-“Sainte Theodechilde, vierge. Fille de Clovis. Foundatrice du monastère de Saint-Pierre-le-Vif”. ABBÉ J.-B. CHABAU. Aurillac, 1883.


A 28 de junio además se celebra a 
San Woazeg de Granard, obispo.
San Sereno de Alejandría y compañeros mártires. 

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