Mostrando entradas con la etiqueta Compañía de Jesús. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Compañía de Jesús. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de mayo de 2021

Del santo apóstol de Nápoles.

San Francisco de Geronimo, presbítero jesuita. 11 de mayo. 

Nació en Grottaglie, el 17 de diciembre de 1642, en una familia acomodada y fue el mayor de 11 hermanos. Fue un niño piadoso y caritativo. Una leyenda piadosa nos cuenta que, en una ocasión, tomó en secreto el pan de la cocina para darlo a unos pobres. Fue sorprendido por la madre, la cual lo regañó amargamente por dejar a los suyos sin pan para darlo a los demás. Al tiempo, le prohibió que lo volviera a hacer. El niño Francisco le respondió: "Pero madre, ¿temes, tal vez, que por causa de la limosna perderemos el pan en casa? engañada está. Mire el arca del pan y verá”. La madre fue, abrió el arca donde se guardaba el pan y la halló a rebosar. Ante este milagro, abrazó al hijo y desde entonces le dio libertad para dar limosna. 

Desde niño fue amante del estudio y la religión, por lo que, a los 10 años, fue confiado a un grupo de presbíteros que se encargaban de la educación de los niños. No solo estudió con estos santos varones, sino que, además, convivió con ellos, contribuyendo con su labor de catequista y sacristán. Si los presbíteros iban de misión y evangelizaban a los adultos, él hacía lo propio con los niños. 

A los 16 años la Iglesia le concedió la primera tonsura para ser sacerdote, ingresando al año siguiente en el seminario de Taranto. Luego de estudiar la filosofía y retórica en un colegio de jesuitas, fue ordenado subdiácono en 1664. Al año siguiente le enviaron a Nápoles para cursar los dos derechos. Fue ordenado presbítero el 18 de marzo de 1666, con 24 años, por lo que fue necesaria una dispensa al no cumplir los 25 años preceptivos. En 1668 obtuvo, además, la licenciatura en Teología, continuando el Doctorado. Sintió vocación jesuítica y pasó algunas pruebas para poder entrar. En especial la oposición de su padre, quien le reservaba una brillante carrera en el mundo eclesiástico, teniéndole ya apalabradas una canonjía con buenos beneficios. Mas finalmente aceptó, pues hombre piadoso era. 

Francisco ingresó en la Compañía de Jesús el 1 de julio de 1670, haciendo el noviciado al mismo tiempo que profundizaba la Teología. Su maestro de novicios, viendo sus virtudes y queriendo comprobar si eran farsa o cosa de Dios, se empleó en probarlas con deseos. Le daba los oficios más laboriosos y aunque los hiciera bien, en no pocas ocasiones le mandaba rehacerlo todo. Entre otras cosas, le quitó su ración diaria de agua para lavarse, mandándole que se lavara en el agua sucia donde se lavaban los calzones y las sotanas de los padres y estudiantes. 

Entre 1671 y 1674 misionó en la Apulia, bajo la dirección del célebre misionero Agnello Bruno, con gran éxito. Ya desde estudiante se revelaron sus dotes de predicador y su celo apostólico, unido a una profunda vida interior, de silencio y oración. No en balde sus compañeros le llamaban “el santo”. Terminada la Teología, en 1676 le enviaron a misionar a Nápoles, lugar que sería su púlpito durante 40 años, aunque su deseo era ir a las misiones de la India o Japón. El 8 de diciembre de 1682 hizo su profesión solemne como jesuita. Francisco se lanzó a una misión popular constante y sin descanso: predicaba encendidos sermones en las calles y plazas, logrando sonadas conversiones. No podemos dejar de mencionar la conversión de María Elvira Cassier, una joven que había asesinado a su padre y, vestida de hombre había sido soldado al servicio de España. La predicación del santo la movió a confesarse y cambiar de vida. Además, la dirigió espiritualmente en adelante. 

Los terceros domingos de cada mes, además, guiaba a los que oían sus prédicas a la iglesia de los jesuitas, donde un ejército de sacerdotes oía confesiones durante todo el día, a la par que se celebraban misas y funciones religiosas. Todo terminaba con una fervorosa Comunión General. Las prostitutas fueron de la clase más tocada por sus sermones, arrancando a no pocas de la mala vida.

Además, predicaba en los muelles, donde el pecado y la blasfemia eran pan diario. Visitaba las cárceles, tenía una legión de piadosas personas, muchas convertidas, que le ayudaban visitando a los enfermos y socorriendo a los pobres. Él era el apóstol y numerosos laicos eran sus discípulos. y aún tuvo tiempo para predicar en otras regiones, como Los Abruzos o Sannio. En la invasión austríaca de 1707, cuando España perdió Nápoles, Francisco logró que los españoles no bombardearan la ciudad en respuesta, alcanzando además que no hicieran sitio y no llegara la hambruna y la enfermedad. Asimismo, su imponente y respetada persona consiguió detener saqueos y abusos por parte de los invasores.  

Carta autógrafa del santo.
Pude venerarla en la
misión Santa Clara, California
.
Fue nuestro santo un apóstol taumaturgo, y los milagros ocurrían a su alrededor. Él siempre los achacó a la intercesión de San Ciro (31 de enero), cuya reliquia se veneraba en la casa jesuita de Nápoles y que De Geronimo siempre portaba en sus misiones y prédicas callejeras. También predicaba seguidamente de las virtudes y excelencias de la devoción a la Madre de Dios.  

El santo misionero entró al premio eterno el 11 de mayo de 1716 en su amada Nápoles. En 1806, restituidos los jesuitas en el reino de Nápoles gracias a Fernando IV, el papa Pío VII beatificó a De Geronimo el 2 de mayo del mismo año. Gregorio XVI lo canonizó el 26 de mayo de 1839, celebrándose por esta causa solemnes festejos en Nápoles y en toda la Orden Jesuita. Sus reliquias se veneran en la iglesia de Jesús, donde había vivido toda su vida napolitana. Su casa natal en Grottaglie también es un santuario, iglesia y convento jesuitas. 

Fuente:
-"Vita di San Francesco di Girolamo, sacerdote professo della Compagnia di Gesù." LONGARO DEGLI ODDI. Roma, 1839.


A 11 de mayo además se celebra a

San Gengulf, mártir.
San Mamerto de Vienne,
obispo.
Todos los Santos
Abades de Cluny
.
Santa Eustelle,
virgen y mártir.







 

miércoles, 20 de junio de 2018

Beato Francisco Pacheco y compañeros mártires.

Beato Francisco Pacheco, jesuita y compañeros mártires. 20 de junio y 4 de febrero (Todos los Mártires Jesuitas).


Francisco Pacheco.
Francisco Pacheco en Ponte do Lima, Portugal en 1556. Sus padres, de noble sangre, se llamaron García Lopes Pacheco y María Borges de Mesquita. Fue un niño piadoso y amante de la lectura. Siendo pequeño leyó el “Flos Sanctorum” y se propuso ser mártir por Cristo. Ya joven, supo de la recién fundada compañía de Jesús y sus esfuerzos misioneros y todo su deseo fue formar parte de la Compañía. Estudiando en Lisboa conoció a algunos de estos jesuitas que volvían de Japón y ya decidido, el 30 de diciembre de 1585 tomó la sotana en el convento de Coimbra.

En este lugar estudió la filosofía y comenzó la Teología, la cual continuó en la India en 1592. Fue ordenado presbítero en la misión de Achter-Azië, terminó la Teología en Macao. Fue enviado a Japón como misionero en Meaco y Osaka. En 1604 regresó a Macao, en cuya escuela de los jesuitas fue profesor de Teología. En 1612 fue relevado de esta tarea y regresó a Japón, donde su labor apostólica produjo muchas conversiones a la fe de Cristo. Asentó su centro evangelizador en Cochmotzu, desde donde podía visitar más fácilmente las numerosas misiones. Conociendo de su trabajo, el papa Pablo V le nombró Vicario Episcopal del obispo Cerqueira, y, además, luego le nombraría Administrador Apostólico en sustitución del mismo prelado.

Hacia 1616 los cristianos en Japón ya eran una buena cantidad, sobrepasando los dos millones, y la influencia occidental era considerada un peligro para el imperio. Por ello, ese mismo año, se emitió la llamada Orden de Extranjería según la cual se expulsaba a todos los occidentales del país, misioneros incluidos. Temiendo los gobernantes la reacción de los cristianos nipones, a la par se emitió una condena del cristianismo, que obligaba a los naturales japoneses a apostatar de Cristo. La persecución estaba desatada. Sin embargo, en la zona de Arima, donde estaba Cochmotzu, el gobernador local no tenía deseos de problemas y dejó que los misioneros continuaran por allí, aunque a escondidas y sin notarse. El padre Francisco redobló su actividad, apoyado por otros misioneros y laicos japoneses muy valientes.

En 1621, en medio de la persecución, Francisco fue nombrado Superior Provincial de los Jesuitas. Como vimos, al principio fueron tolerados, pero en 1625 la situación llegó al extremo y el gobernador no pudo protegerles más. Ese mismo año, el 18 de diciembre, día de Nuestra Señora de la Esperanza, nuestro Francisco Pacheco fue denunciado por un cristiano que había apostatado. El padre se hallaba oculto en casa de dos hermanos católicos llamados Matías Cisaiemon y Mancio Araki. Junto a estos fue llevado a la prisión de Ximabara, donde fueron maltratados durante meses. A pesar de todo, los padres y laicos vivían la fe de modo admirable. Oraban, se confesaban, y se preparaban para lo peor (o lo mejor, siendo piadosos).

Hago un paréntesis para mencionar a los compañeros del santo Pacheco, pues dignos son de ello:


Beato Baltasar Torres.
Beato Juan Bautista Zola nació en Brescia en 1575. Entró en la Compañía de Jesús antes de los 20 años de edad. En 1603 llegó a la India, donde colaboró en las misiones. En 1605 pasó a Japón, siendo trasladado a Arima en 1614. Comenzada la persecución, quedó oculto como el P. Francisco. Beato Pedro Rinsei había nacido en Arima, y desde niño estuvo en la misión jesuita de su ciudad. Los jesuitas le formaron muy bien, y a los 17 años comenzó a impartir catequesis, labor que desempeñaba con gran celo en 1616, cuando comenzó la persecución. Beato Gaspar Sadamatsu era un japonés de Omura, y había sido un devoto de su religión hasta que, gracias a las misiones y a su amor por el saber, estudió la fe cristiana y se convirtió. Entró en la Compañía de Jesús y en 1616, cuando comenzó la persecución había trabajado en las misiones durante casi 40 años. Era el Hermano Coadjutor de la misión y se hallaba escondido en la casa de los esposos Beatos Pedro Kioboie y Susana Araki, quienes también fueron arrestados y terminarían siendo martirizados.

Beato Vicente Kaun era coreano y a los trece años de edad fue capturado como prisionero de guerra durante la guerra entre Corea y Japón. Fue trasladado a Japón y al ser liberado fue admitido a la escuela de los jesuitas. Se convirtió a la fe cristiana y pronto fue de gran ayuda para los padres, pues hablaba coreano, chino y japonés. También era catequista cuando comenzó el tiempo difícil para los cristianos. Al ser apresado el Gobernador notó sus conocimientos lingüísticos y le pidió que se convirtiera en su secretario, pero Vicente se negó, por seguir su destino con los cristianos. Beato Juan Kinsaku, era laico de Cochmotzu y catequista de la misión. Gran amigo de nuestro padre Pacheco, que le conocí casi desde niño. El Hermano Sadamatsu intentó salvarle diciendo a los soldados que Juan solo era un sirviente de la misión, pero Juan respondió: "Llevo mucho tiempo con los sacerdotes y no pretendo abandonarlos ahora". Estando en la prisión de Ximabara pidió al P. Pacheco le admitiera en la Compañía de Jesús. 


Pacheco y compañeros.
Beato Pablo Xinsuki también era natural de Arima y catequista y también fue admitido en la Compañía estando preso. Beato Miguel Tozo, también natural de Arima, era catequista y acólito del padre Baltasar de Torres. Este sacerdote había nacido en Granada, España, en 1563. Estudió con los jesuitas, y con ellos aprendió a vivir para Cristo. En 1576 tomó la sotana en el noviciado de Navalcarnero. Fue ordenado presbítero en Japón, sobre 1600. Misionó en Zu, Osaka Meako, Noto y Ganga. Ambos fueron arrestados el 15 de marzo de 1626, cuando el P. Baltasar celebraba la santa misa.

Después de meses de privaciones, torturas y castigos todos fueron condenados a muerte, siendo quemados vivos en la hoguera el 20 de junio de 1626. Los soldados vigilaron hasta el último rescoldo, para que los cristianos no pudieran recoger ni una reliquia, y las arrojaron al mar.

Fueron beatificados el 6 de julio de 1867 por el Beato Pío IX (7 de febrero) junto a otros 196 mártires del Japón.


Fuente:
- "Nuevo Año Cristiano". Tomo 6. Editorial Edibesa, 2001.


A 20 de junio además se celebra a:
Beato Habnit de Waldburg, pastor.
San Gobain, presbítero eremita y mártir.
Santa Aldegundis de Drongen, princesa y reclusa.

martes, 19 de junio de 2018

Santos Mártires, rogad por nosotros.

Santos Rémy Isoré y Modesto Andlauer, jesuitas mártires. 19 de junio y 4 de febrero (Todos los Mártires Jesuitas).


San Rémy Isoré.
Rémy nació el 22 de enero de 1852 en Bambecque, Flandes. Siendo pequeño, la familia se trasladó a Terdegem, donde el párroco aconsejó a los padres de Rémy a llevar al niño al Gimnasio de Hazebrouck, para que recibiera buena educación. Muy joven mostró vocación al sacerdocio y con agrado de sus padres entró al seminario mayor de Cambrai. Terminó sus estudios y en 1877, justo antes ordenado presbítero entró en la Compañía de Jesús, en el noviciado en St-Acheul, Amiens.

En 1880 los jesuitas fueron expulsados de Francia y Rémy se trasladó con otros jesuitas a Brabante. Ese mismo año fue destinado a Jersey y al año siguiente fue enviado a las misiones de China. En este país culminó su formación misionera y jesuítica y recibió la ordenación sacerdotal el 31 de julio de 1886. Fue encargado entonces de la misión de Weihsien, donde trabajó incansablemente por el Evangelio y la justicia. En 1897 fue nombrado párroco y superior de la misma misión, y poco tiempo después estalló la "Revolución de los Boxers". Fue este un movimiento político que podríamos resumir como un intento de luchar contra toda la influencia cultural y política que Occidente venía ejerciendo desde tiempo atrás. Sistema de gobiernos, cultura, tecnología y religiones occidentales eran vistos como enemigos de China por este grupo. 

Ciertamente, las relaciones con Occidente no habían sido siempre ventajosas para los chinos, hasta que no se pudo más y ocurrió la sublevación. Los cristianos chinos enseguida fueron culpados de colaboracionistas con Occidente y traidores a China, y cruelmente perseguidos, torturados y martirizados. Y los misioneros franceses o portugueses lo mismo.

El Padre Rémy se mantuvo en la misión todo el tiempo que pudo, hasta que fue trasladado a Changkiachwang. El 17 de junio de 1900 le llegó la noticia de que los Boxers habían tomado Weihsien, por lo que se dispuso a ir a acompañar a sus fieles en su destino. Ese mismo día llegó a la misión de Wu-yi, donde era párroco su hermano jesuita el Padre Andlauer. Este era oriundo de Alsacia, y se había formado como jesuita también en St-Acheul. Había llegado a China en 1882. Era un ferviente apóstol y un hombre manso y de profunda oración.

San Modesto Andlauer.
Ambos sacerdotes pasaron la noche consolando a los cristianos chinos, confesando y haciendo oración. A la mañana siguiente, estando en la capilla, llegaron los Boxers, quienes habían sido avisados de la presencia de jesuitas en Wu-yi. Derribaron la puerta de la iglesia y apuñalaron a los padres por todo el cuerpo. Luego les decapitaron y exhibieron sus cabezas en la puerta de la ciudad, como una señal de lo que sucedería a todos los que osasen llamarse cristianos.

Los dos mártires fueron beatificados el 17 de abril de 1955 por el Papa Pío XII junto a otros mártires jesuitas y 52 seglares chinos víctimas de la persecución de los Boxers. Juan Pablo II les canonizó en 2000.


Fuente:
- "Nuevo Año Cristiano". Tomo 6. Editorial Edibesa, 2001.

A 19 de junio además se celebra a:


Beato Odo de
Cambrai, obispo.
Santa Rivanonne,
reclusa.
Beata Miguelina,
terciaria franciscana.






domingo, 20 de mayo de 2018

La Conversión de San Ignacio de Loyola.

La Conversión de San Ignacio de Loyola. 20 de mayo.

En este día celebraba la Compañía de Jesús la "conversión" de su fundador, San Ignacio de Loyola (31 de julio). Memorias como estas solo tenemos, además, la Conversión de San Agustín (4 de mayo), y son memorias que recuerdan que luego de un momento determinado, la vida de estos santos se transformó totalmente, marcando esta conversión un antes y un después. Y se convierten en memorias litúrgicas porque no solo para bien de los propios santos han servido estas sendas conversiones, sino para toda la Iglesia han sido momentos claves de lo que vendría después. En el caso de Agustín, sería el comienzo de su fe católica, la cual defendería posteriormente y la cual ayudaría a definir y esclarecer con sus obras como nadie hasta hoy. En el caso de Ignacio, sería el inicio de su camino apostólico, como adalid de la contrarreforma católica en el siglo XVI.

Ignacio pertenecía a una ilustre familia de la nobleza española. Era un caballero noble y esforzado. Católico, como tantos, pero en asuntos de fe, pues tibio. También como tantos. Sin embargo, el 20 de mayo de 1521, en la batalla de Pamplona contra los franceses, fue herido por una bala de cañón en la rodilla, cuando estaba en la flor de la vida, 30 años. En su convalecencia no tenía nada más que hacer que entretenerse pensando en una bella dama a la cual conquistaría luego, y se pasaba el tiempo soñando con ello, para matar el tiempo. Ero he aquí que un día pensó que podía leer, y buscando en el castillo de los Loyola, encontró una "Vita Christi" y un "Flos Sanctorum". Los ejemplos de los santos le conmovieron al punto que poco a poco dejó de pensar en la tal dama, para constantemente preguntarse "¿Cómo sería ser como San Francisco, o como Santo Domingo?” Hasta que llegó el punto en que notó que le interesaba saber más de la vida religiosa, que de damas.

Su rodilla no sanaba, sino al contrario, el hueso se desvió, creando una úlcera. Le volvieron a partir la pierna para recolocarla, pero nada. Finalmente le quedó más corta que la otra. Así que Ignacio fue sometido a tal tormento sin anestesia alguna. Pensó que moriría, pero el pensar en los martirios de los santos, halló fuerzas para resistir, sobrevivir y plantearse en serio su vida espiritual. Cuando estuvo mejor, emprendió una ardua peregrinación al santuario más famoso de España de aquellos momentos: el de Nuestra Señora de Montserrat (27 de abril). Ante la Santísima Virgen María puso su espada, veló toda una noche y luego de ello, comenzó una vida de penitencia y oración que desembocaría en la fundación de la Compañía de Jesús, 20 años después.

Ad Maiorem Dei Gloriam.


Fuente:
-"Vida de San Ignacio de Loyola". P. PEDRO DE RIBANEYRA. Barcelona, 1863.


A 20 de mayo además se celebra a:


San Baldiri, mártir.
Santa Saturnina, mártir.
San Talaleo y c. mártires.







sábado, 7 de abril de 2018

Seguidor del Rey, no de una reina.

San Enrique Walpole, jesuita mártir. 7 de abril y 1 de diciembre (Todos los Mártires Jesuitas de Inglaterra).

Nació en 1558, en Docking, Norfolk, Inglaterra. Era un joven alegre, muy inteligente y con dotes artísticas. Estudió en Norwich y en Peterhouse, Cambridge. En algún momento Enrique se convirtió a la fe católica, aunque en secreto, pues dejó la Universidad para no tener que hacer el Juramento de Supremacía, según el cual el Rey era la Cabeza visible de la Iglesia, y que era impuesto a todos los graduados. En 1578 ingresó en el Colegio Gray's Inn para estudiar derecho.

En 1581 presenció la ejecución de San Edmundo Campion (1 de diciembre) en Tyburn, y ante aquel ejemplo perdió su miedo a hacer visible su catolicismo. Dícese que una gota de sangre de Campion le cayó encima y se produjo el milagro de la conversión completa. Y tanto le tocó este martirio, que escribió algunas composiciones poéticas sobre Edmundo, que circuló rápidamente en Londres, y se hizo público. Como estaban tras su pista, Enrique dejó Londres y se fue a Norfolk. Pero allí tampoco estaba seguro y se fue a Francia. En este país estudió teología moral, incrementó su vida espiritual y maduró su deseo de ser jesuita, como San Edmundo.

En 1584 se fue a Roma y allí entró jesuita. Fue enviado a Verdún, Francia, donde el clima era más favorable a su salud. En Pont á Mousson estudió la Teología y en 1588 fue ordenado presbítero en París. Una vez ordenado fue misionero en los Países Bajos, para sostener la fe de los católicos, duramente perseguidos por los luteranos. Fue capellán militar de los católicos ingleses e irlandeses del regimiento de Sir William Stanley en las fuerzas españolas contra los herejes.

En 1593 fue apresado y encarcelado en Vlissingen, en una celda horrible. Soportó numerosas privaciones, hambre y frío, y un trato brutal, por no querer renunciar a sus votos religiosos ni mucho menos a la Iglesia Católica. De esta prisión escapó gracias a su hermano. Luego de su probación fue enviado para ayudar en la fundación de los seminarios ingleses de Sevilla y Valladolid. Ese mismo año se entrevistó con el rey Felipe II, quien le apoyó en la fundación del Colegio Saint Omer (hoy Stonyhurt). A inicios de diciembre de 1593 embarcó a Inglaterra, donde los anglicanos igualmente seguían persiguiendo a los católicos hasta la muerte. 


Inscripción del santo en su cárcel.
Desembarcó en Bridlington el 7 de diciembre junto a su hermano Tomás. Solo pudieron avanzar 10 millas tierra adentro, pues ya sabían los ingleses de su regreso. Les encerraron en el castillo de York, donde fueron maltratados. En febrero de 1594, el terrible Richard Topcliffe, un exsacerdote católico devenido en anglicano y crudelísimo con los sacerdotes católicos trasladó a Enrique a la Torre de Londres. Allí fue sometido durante meses a duros interrogatorios en los que se le "invitaba" a renegar de la Iglesia de Cristo. Enrique dejó un hermoso testimonio de su fe católica en la cárcel: una inscripción de su nombre y bajo este los nombres de los apóstoles Pedro y Pablo, y los de los cuatro Padres de la Iglesia, Agustín, Jeróimo, Ambrosio y Gregorio. 

En marzo de 1595 fue devuelto a York para ser juzgado, junto al también sacerdote San Alejandro Rawlins (7 de abril). Ambos fueron juzgados el 3 de abril y sentenciados a muerte. El P. Rawlins fue ejecutado primero, y luego de ser descuartizado le mostraron el cuerpo a Enrique, para amedrentarlo. ¡A él, que se había fortalecido en la fe presenciando un martirio! Así que solo lograron reafirmarlo en su fe católica y vocación jesuítica. Le pedían que cediera al menos en un punto del Juramento y se salvaría, pero se negaba constantemente. Le insistieron, preguntándole que creía de la Supremacía de la Reina Isabel I sobre la Iglesia, a lo cual respondió: "Ella la ostenta, pero no la posee". Rezó el Padrenuestro y fue colgado.

Enrique Walpole fue beatificado en 1929 por Pío XI y canonizado en 1970 por Pablo VI como uno de los Cuarenta Mártires de Inglaterra y Gales.


Fuente:
https://www.jesuit.org.uk


A 7 de abril además se celebra a:






viernes, 15 de septiembre de 2017

"no tememos a los que matan el cuerpo..."

Beato Camilo Costanzo, presbítero jesuita, y compañeros mártires. 15 de septiembre y 4 de febrero (Todos los Santos Mártires Jesuitas).

Camilo nació en Bovalino, provincia de Calabria en 1572. Estudió Derecho en Nápoles, y allí descubrió su vocación a la misión, por lo que en 1592 entró a la Compañía de Jesús, que era la gran misionera del momento. En 1602 logró su deseo de ir a misionar a China, pero en 1604, luego de un arduo viaje, encontró que los misioneros tenían prohibida la entrada a China, por los conflictos políticos de China y Portugal. Sinceramente, cuanto bien podría haber hecho la Iglesia en Asia de no haber sido por el imperialismo portugués o francés, siempre dejando en mal lugar a los misioneros.
En fin, que Camilo tuvo que seguir hasta Japón, donde llegó el 17 de agosto de 1604. Estuvo un año en el convento de Nagasaki, aprendiendo japonés e impartiendo clases. En un año dominó el japonés de manera asombrosa, casi como si fuera un don divino. 

Los superiores le destinaron a la misión de Sacai. Aquí estuvo 6 años evangelizando constantemente. Bautizaba, catequizaba, unía en sacramento a esposos, levantaba iglesias y casas para los enfermos y pobres. En 1614 estalló la persecución contra los cristianos, de nuevo estaban detrás los portugueses intrigando y traicionando a los japoneses, para luego levantar el pie, y dejar expuestos a los misioneros y los cristianos nativos. Nuestro Camilo tuvo que huir de Japón este mismo año, refugiándose en Macao. Allí igualmente evangelizó con discreción, y se concentró en conocer a fondo las religiones y culturas asiáticas, para evangelizarles mejor. En 1621 obtuvo el permiso de volver en secreto a Japón para confirmar en la fe a los cristianos que allí quedaban en lo oculto. Se dirigió a Figen, una zona repleta de islitas habitadas.

A inicios de abril de 1622 se embarcó desde Ikitzuki a Noxima, acompañado por los cristianos japoneses Agustín Ota y Gaspar Cotenda, para visitar a sus misionados. Agustín era viudo y sin hijos; había sido convertido por otros jesuitas, y él mismo sentía esa vocación. Durante años había sido sacristán de la iglesia. Entre tanto, una mujer devota, que pensaba había convertido a su marido a la fe cristiana, le conseguía una entrevista a este con el misionero. Pero era una trampa, el oficial solo quería conocer cuántos misioneros había y quienes de entre los japoneses le socorrían. El 24 de abril fue sorprendido en el islote de Ucu. Siendo interrogado quien era, el P. Camilio no mintió y confesó que había entrado al Japón para evangelizar. Fue apresado y llevado a Ikinixima, donde ya estaban capturados un agustino y un dominico. El mismo padre Camilo cuenta, en una relación que pudo escribir, que no cesaba de hablarles de Cristo a los soldados que les custodiaban. En prisión Agustín Ota le pidió al P. Camilo le admitiera en la Compañía, aunque fuera para morir en ella. El P. Camilo escribió a los superiores, esperando su decisión.

Monumento al P. Camilo.
Hirado.
En agosto le comunicaron la sentencia de muerte por fuego, que recibió con alegría. Escribió su profesión religiosa, renovándola, y la envió a su Provincial. En todo momento guardó compostura y se le veía alegre, transfigurado, según testigos. En Nagasaki, sitio del martirio, dijo su nombre bien alto, para que todos supieran quien era y por qué le ajusticiarían: por Cristo. A inicios de septiembre, Agustín Ota y Gaspar Cotenda fueron decapitados, junto a los niños Francisco Taquea y Pedro Xequio, de doce y siete años respectivamente, y cuyos padres ya moraban en el cielo, en el coro de los mártires. Testigos hablaron admirados de la serenidad y gallardía de los niños al enfrentarse al verdugo. Agustín Ota murió más feliz aún, si cabe, pues la víspera de su martirio había recibido el permiso para profesar en la Compañía, y puso hacer sus votos en manos del P. Camilo. 

Este, por su parte, llegó a su propio Calvario el 15 de septiembre: Le ataron a un poste y en esa posición clamó: "La causa de esta mi muerte es haber predicado a Cristo y su Ley. Los cristianos no tememos a los que matan el cuerpo, pues no pueden matar el alma. La vida presente podrá ser pobre y llena de trabajos, pero llega el día en que se acaba; y la eterna no terminará nunca". Acto seguido encendieron el fuego, y entonando el "Sanctus", expiró nuestro mártir.

Fueron beatificados el 7 de julio de 1867, por el papa Pío IX.


Fuente:
-"Santos y Beatos de la Compañía de Jesús". JUAN LEAL S.J. Editorial Sal Terrae. Santander, 1950.


A 15 de septiembre además se celebra a
Nuestra Señora de los Dolores.
Aparición de Santo Domingo "in Soriano".
San Rolando de Parma, ermitaño.

martes, 25 de julio de 2017

"No hemos venido a combatir"

Beato Rodolfo Acquaviva y compañeros, jesuitas mártires. 25 de julio y 4 de febrero (Todos los Mártires Jesuitas).

El Beato Rodolfo ante Akbar.
Rodolfo Acquaviva nació el 2 de octubre de 1550, y con 17 años tomó el hábito jesuita. Fue ordenado presbítero en 1577 y al año siguiente fue enviado por los superiores a Goa, colonia portuguesa en la India. Allí comenzó a dar clases de filosofía a los estudiantes y a las incipientes vocaciones nativas, destacando por su erudición y oratoria. Junto a otros cuatro sacerdotes jesuitas comenzó una serie de encuentros con el Gran Mogol Akbar, en Fatehpur. Este personaje musulmán tenía gran influencia entre los hindúes y los musulmanes, por su poder, riqueza y cultura. Nuestro Beato sabía que, como los misioneros de antaño, si lograba convertir a un personaje importante, detrás de él se convertirían muchos, llevados por su ejemplo. Todos los sábados se reunían y hablaban en un clima fraterno sobre Dios, el mundo, Cristo, las religiones del mundo, etc. Rodolfo regaló una bellísima edición de la Biblia a Akbar, el cual siempre la tuvo en gran aprecio. Y efectivamente, llegó el momento en que Akbar tuvo que reconocer que en Cristo estaba la verdad, y que Mahoma era inferior a él. Pero a pesar de su reconocimiento de la fe cristiana era verdadera, no tuvo fuerzas para abandonar su estilo de vida y cultura musulmanas, pues poseía cuatro esposas, numerosas riquezas y algunos esclavos. Ante esto nuestro jesuita solo pudo retirarse, y sintiéndolo mucho regresó a Goa, luego de tres años de constante prédica y buenos ejemplos en Fatehpur.

En 1583, el padre Acquaviva fue nombrado como Superior de las Misiones en India. Comenzó una serie de visitas para comprender el estado de las misiones, los logros y los fracasos en la conversión de los misionados. Con esta intención llegó a la península de Salsette para tratar con los demás el asunto de la conversión de los habitantes de dicho lugar, los más reacios al mensaje de Cristo. Rodolfo Acquaviva visitó cada misión, donde mandaba levantar una capilla y una cruz bien visible, en torno a la cual predicar el Evangelio. Los que le acompañaban en esta misión por más de 60 pueblos eran:

Beato Alonso Pacheco.
Alonso Pacheco: Nació en 1551 en Minaya, Albacete. Había profesado con los jesuitas de Belmonte en 1567. Siempre quiso ir a las misiones de Japón, pero los Superiores le querían en Europa. En una ocasión se reclutaron a doce jesuitas para las misiones en Goa, pero él no fue elegido. Sin embargo, uno de los seleccionados enfermó a última hora y le era imposible partir, por lo que Alonso suplicó a los Superiores y estos le dejaron ir a misiones. Allí fue ordenado presbítero en 1574, y nombrado secretario del Provincial. En 1578 volvió a Europa para buscar a nuevos misioneros, regresando con 13 religiosos jóvenes. Era el responsable de las misiones en Salsette, cuando el P. Acquaviva le relevó en su cargo.

Antonio Francisco: Nació en 1553, en Coimbra, en cuya universidad estudiaba y tenía un brillante futuro, hasta que un hecho ejemplar marcó su vida. En 1570 fueron martirizados por los herejes el Beato Ignacio Azevedo y 39 compañeros jesuitas misioneros. Antonio Francisco quedó tan impresionado por este testimonio de fe, que decidió hacerse jesuita, abandonando el mundo. En 1571, recién profeso, pidió ir a misiones, lo que le fue concedido en 1578, pues fue uno de el P. Alonso Pacheco llevó consigo a Goa. En 1583 recibió la ordenación sacerdotal y le destinaron a las misiones en las Molucas, pero su barco naufragó apenas salió del puerto, y para no demorar en misionar, pues no habría otra salida en meses, se le envió a Salsette, donde había llegado apenas tres meses antes que nuestro Beato, el Rodolfo Acquaviva.

Pedro Berno: Era hijo de una familia de comerciantes de frutas de Ascona, y había nacido en 1553. Estudiaba en el seminario diocesano de Ascona cuando su padre, buscando nuevos negocios, se trasladó a Roma. Entonces Pedro, por no separarse de su familia, pidió el traslado al Colegio Germánico de Roma, donde continuó sus estudios. Sin embargo, poco antes de ser ordenado sacerdote, se sintió llamado a las misiones y en 1577 tomó la sotana jesuita en el noviciado romano de Sant'Andrea al Quirinale. Ese mismo año le llamaron a las misiones de la India, acompañando al P. Rodolfo, aunque antes debía terminar su noviciado en Lisboa, para aprender el portugués y algunas lenguas locales de la India. Llegó a Goa en 1579 y al año siguiente fue ordenado presbítero. Muy pronto aprendió a comunicarse, por lo que le dieron licencias para confesar a los nativos. A fines de ese mismo año le enviaron a la ciudad de Margao, Salsette. Allí misionó tres años, predicando y llevando civilización y progreso a la región. Trabajaba codo con codo con sus misionados, y luego del trabajo les explicaba la doctrina cristiana. Estuvo del lado de los hindúes cuando portugueses violentos asaltaron Cuncolim, destruyendo y robando santuarios de los hindúes, profanando sus tierras y matando una vaca y destruyendo un hormiguero, considerado sagrado por los lugareños, y lo hicieron solo por placer de hacer daño. En esta situación estaban cuando el padre Acquaviva fue designado como el Superior de la misión.

Beato Francisco Aranha.
Francisco Aranha: Era portugués, natural de Braga, donde nació sobre 1551. Su tío fue el gran Gaspar Aranha, primer arzobispo de Goa, al que conoció cuando tenía nueve años, en una visita a Portugal, y quedó Francisco tan impresionado de lo que contaba sobre las misiones, que decidió aún tan pequeño, ser misionero. En 1571 entró como Hermano en la Compañía de Jesús, y ese mismo año fue destinado a misiones. Como la mayoría de Hermanos en Órdenes Religiosas, era muy diestro para la carpintería, la arquitectura y el arte. Fue quien diseñó varias iglesias en Salsette. Sabía del amor de los hindúes por la belleza de lo sagrado, y que esta podía ser un buen instrumento de evangelización. Cuando llegó el P. Acquaviva, proyectaba una gran iglesia en Cuncolim, centro de la península, y donde la oposición contra los cristianos era más fuerte.

Y ya que conocemos a los cinco, y los tenemos juntos, seguimos con la historia: El 25 de julio de 1583, los cinco jesuitas estaban en Cuncolim, donde recientemente los portugueses habían hecho de las suyas, profanando los templos hindúes. Los lugareños estaban enfadados con los misioneros, a los que hacían cómplices de los portugueses. Para colmo, Acquaviva había plantado una cruz donde había habido un minúsculo santuario destruido. Precisamente la había levantado allí porque estaba fuera de la ciudad, para no exacerbar más los ánimos. Sin embargo, los hindúes lo tomaron como otra afrenta colonialista y se fueron contra los religiosos, sin darles tiempo de explicarse siquiera. Un portugués que acompañaba a los religiosos intentó sacar un arma, pero el padre Pacheco se lo impidió y le dijo: "No hemos venido a combatir".

Acquaviva fue el primero en caer de un golpe. El Hermano Aranha fue golpeado con un sable y alanceado en el pecho, aunque no le mataron. Con el Padre Berno, el mismo que había trabajado con ellos y les quería tanto, fueron más crueles aún, pues le culpaban de haber traído a los portugueses destructores: Le introdujeron un hierro en los ojos y le cortaron una oreja, y así le arrastraron por la tierra hasta matarle a golpes. Luego martirizaron al P. Pacheco. No contentos con esto, los paganos asesinaron a una docena de sus conciudadanos que ya eran cristianos, e hirieron a otros, y quemaron las casas de todos. El Hermano Francisco Aranha había logrado escabullirse arrastrándose en medio de la confusión de muertes y heridas, pero al día siguiente fue visto en el bosque por una mujer, que dio el aviso. Fue capturado y le apuñalaron todo el cuerpo, pero aun así no moría. Le llevaron a rastras ante una de sus divinidades y le obligaron a rendirle culto, pero él se negó diciendo: "No soy necio ni cobarde, como para abandonar a mi Dios e inclinarme ante madera o piedra". Y le aplastaron la cabeza de un hachazo. Los Beatos cuerpos fueron abandonados, pero un tiempo más tarde, cuando los ánimos se calmaron, los portugueses los recuperaron y los llevaron a Goa, donde les recibieron solemnemente y pronto recibieron culto. Los dos brazos de Rodolfo se trasladaron a Roma y Nápoles.

Martirio de los cinco jesuitas.
Para ser mártires, tuvieron un proceso complicado, pues no se veía claro si la causa del asesinato era la justa indignación de los hindúes, o el odio a la fe cristiana como tal. Tampoco ayudaron ciertos relatos apócrifos del siglo XVIII, en los cuales los mártires clamaban haber destruido ellos los templos y gritarlo ante los paganos, para ser martirizados. Eran añadidos que buscaban hacerlos héroes, pero añadidos en fin. En 1741 Benedicto XIV decretó que puesto que los misioneros no eran culpables de la acción de los portugueses, y que habían sido asesinados también cristianos locales, había "odium fidei" presente. Sin embargo, estos cristianos de Salsette, dos niños incluso, no fueron incluidos en la causa de canonización. Finalmente, los cinco mártires jesuitas fueron beatificados por León XIII el 30 de abril 1893, a los 310 años de su martirio.



A 25 de julio además se celebra
Santa Glodsindis de Metz, abadesa.
Thea, Valentina y Pablo, mártires.

sábado, 22 de abril de 2017

Santa María, ruega por la Compañía.

Santa María, Madre de la Compañía de Jesús. 22 de abril.

Nuestra Señora y los Santos Jesuitas.
A 22 de abril celebra la Compañía de Jesús a María, como Madre y Protectora de la Orden. Y la veneran en la imagen de Santa María la Mayor de Roma. El origen de esta memoria lo hallamos en la vida del gran San Ignacio, fundador de la Orden. El P. Ribadeneyra lo cuenta así:
"Después de confirmada la Compañía por el Papa Paulo III, la primera cosa en que pusieron los ojos todos los primeros Padres de ella, fue en hacer elección entre sí de un superior, que con espíritu y prudencia la gobernase (…) mediada la cuaresma [de 1541], Ignacio, Laínez, Salmeron, Claudio, Pascasio y Coduri se juntaron en Roma; y después de haber ventilado las cosas que para acertar en la buena elección se ofrecían, determinan de estar tres días en oración , y que entre sí guarden silencio, y no traten de ella: y que después cada uno traiga su voto escrito de su mano, en el cual declare a quien da su voz. Pasados los tres días tórnanse a congregar, y juntan los votos que cada uno traía con los de los otros padres ausentes; los cuales ellos, o habían dejado escritos antes que partiesen de Roma, o los habían enviado después. Para mayor confirmación y establecimiento de la elección, determinaron de estar otros tres días en oración sin leer los votos: los cuales abrieron al cuarto día, y por voto de todos los presentes y ausentes fue declarado Ignacio por prepósito general; de manera que no le faltó otro voto sino el suyo".

El santo se negó, pues prefería obedecer que mandar, y los padres, por consentirle, decidieron hacer otros cuatro días de oración para votar de nuevo al cabo. Pero, como era de esperar, igualmente fue el santo Ignacio el elegido para superior general. El santo decidió humildemente, poner el asunto en las manos de su confesor y director, y hacer lo que aquel el indicase. Y sigue Ribadeneyra:
"Hizo su confesión general Ignacio, y estuvo tres días, que fueron Jueves, Viernes y Sábado Santos, apartado de sus compañeros, en san Pedro Montorio, monasterio de frailes franciscos, donde fue crucificado san Pedro, ocupado en solo este negocio. Dio parte a su confesor, el cual era entonces un santo y grave varón de aquel convento, llamado fray Teófilo (que después siendo Ignacio general tomó por confesor de la Compañía), de toda su vida pasada: y el día de Pascua de Resurrección, preguntóle que le parecía: responde el confesor que le parecía que en resistir a su elección, resistía al Espíritu Santo. Entonces Ignacio le torna muy de propósito a rogar, que lo mire de nuevo con mas atención, y lo encomiende de veras a Dios; y que lo que después de esto le pareciere, lo escriba en una cédula de su mano, y sellada la enviase a sus compañeros. Hízolo así el confesor, y escribió la cédula en que decía, que su parecer era que Ignacio en todo caso se encargase del gobierno de la Compañía. Ya entonces con grandísimo regocijo y aplauso de todos, dijo que lo haría; y señalaron el viernes siguiente, después de Pascua de Resurrección, que era a 22 de abril, para visitar las siete iglesias, que son las estaciones principales de Roma: y en la iglesia de San Pablo Extramuros, que es una de ellas, apartada del ruido de la gente y de gran devoción, hacer todos su profesión".

Luego de emitir sus votos Ignacio y sus compañeros, recibieron la comunión. Cuando la misa terminó veneraron las reliquias de San Pablo y allí, junto al altar de la confesión, se abrazaron emocionados. Y como la primera iglesia que habían visitado ese día fue la Basílica de Santa María la Mayor, y ante la cual los religiosos ofrecieron sus vidas y las intenciones de profesar sus votos religiosos, la Compañía siempre tuvo especial devoción a esta imagen de la Madre de Dios, y que incluso propagó por parte de Europa y América.


Fuente:
-"Vida de San Ignacio de Loyola". P. PEDRO DE RIBANEYRA. Barcelona, 1863.


A 22 de abril además se celebra a






jueves, 2 de julio de 2015

San Juan Francisco Regis

San Juan Francisco Regis, presbítero jesuita. 2 de julio (Compañía de Jesús), 16 de junio y 31 de diciembre.

"Vera Efigie" del santo.
Su familia era descendiente de la Casa Deplas, una de las casas nobles francesas, de las pocas en las que el calvinismo ni otras herejías hicieron mella en sus miembros. Los Regis, Juan y Magdalena, familia venida a menos, de terratenientes acomodados, vieron nacer a su hijo Juan Francisco el 31 de enero de 1597 en Fontcouverte. Tuvo varios hermanos que destacaron en las armas, pero el niño Juan desde infante, destacó por otras prendas. Con solo unos días de nacido, el demonio le atacó, quitándole las mantillas y arrojándolo bajo la cama paterna para que pereciera de frío, y no pasó así porque una doncella se sintió avisada de manera sobrenatural y le halló helado. Cuando tenía cinco años dijo a su madre que él se condenaría, con ligereza. A lo que su madre, espantada, le explicó lo que significaba la condenación y el infierno. Hizo tanta mella en su alma esto, que desde entonces se aplicó en salvar su alma y la del prójimo, mediante la obediencia, la conservación de la pureza y la meditación de las grandes verdades de la fe.

Viendo sus padres las virtudes del niño, le enviaron a perfeccionar sus virtudes el colegio de la Compañía de Béziers, donde sobresalió entre sus compañeros por su piedad, aplicación y obediencia perfecta a las reglas del colegio. Una de sus mayores alegrías fue ser congregante mariano, una de las principales devociones que los jesuitas tenían en sus colegios para los estudiantes, por la que todos sus santos, y santos de otras órdenes que estudiaron con ellos, pasaron, con gran fruto. Huía de los compañeros díscolos, que entre clases se iban a jugar a una montaña cercana, y él se iba al coro de la iglesia, a adorar al Sacramento. Ni las amenazas ni las burlas le sacaban de su interés por las cosas de Dios, sino que al contrario, lograba cada día más ascendencia en sus compañeros, amonestándoles con caridad, ayudándoles, por lo que en breve fue un referente moral para aquellos que querían ser más virtuosos. Ya trabajaba el pequeño apóstol para Dios. Y este le respondía: en una ocasión en que se echaba una siesta bajo un árbol, se despertó somnoliento, sin ver que se encaminaba a un risco, cuando un brazo invisible le sujetó y le hizo reaccionar. Durante toda su vida recordó este hecho y guardó gran devoción a su ángel de la guarda.

En 1615, con 18 años, terminó los estudios y pidió a los jesuitas ser miembro de la Compañía, luego de estar a las puertas de la muerte, y ser sanado milagrosamente. Sus padres se alegraron de su elección, y los religiosos le admitieron gustosos entre ellos, pues sabían bien de su valía. Comenzó el noviciado el 8 de diciembre de 1616 en Tolosa. Fue un novicio ejemplar en la puntualidad, la obediencia, sirviendo a todos de modelo. Discreto en su piedad, penitente sin excesos, humilde sin afectación. Aceptaba los trabajos que le diesen, como cuidar a los enfermos, o ser sacristán, con la mayor alegría, y se empeñaba en ellos con diligencia. Visitaba frecuentemente las reliquias de San Saturnino de Tolosa (29 de noviembre), de cuya presencia salía siempre fortalecido (y resplandeciente su rostro, que dirían sus compañeros) en sus aspiraciones de santidad y de ser misionero, como los santos mártires tolosenses. Y algo lograba, pues los superiores le permitían en ocasiones, enseñar el catecismo a los niños de algunas poblaciones cercanas la ciudad. En 1618, luego del noviciado de dos años prescriptivo en la Compañía, hizo los votos religiosos y fue enviado a Cahors y a Turnon, a terminar los estudios filosóficos. Siendo estudiante hizo el voto de hace al menos una hora de adoración al Santísimo Sacramento diariamente, por más estudios o trabajos que tuviera en el futuro. Y lo cumplió cabalmente. Cada domingo yudaba al párroco de Andance, enseñando a los niños y adultos el catecismo, canciones religiosas, actos de piedad, etc. En esta misma aldea fundó la Hermandad del Santísimo Sacramento, para alentar la devoción al Señor sacramentado. En 1621 le enviaron a Byllon, a Auch, y finalmente en 1625 a Puy, como profesor. Se empeñó en instruir, pero más aún en llevar al cielo a sus niños. A los pobres los trataba igual que a los ricos, sin distinción. Distribuía limosnas con discreción, visitaba a los enfermos, corregía costumbres de las familias, exhortaba y predicaba “a tiempo y destiempo” (2 Tim. 4, 2).

En 1628, regresa a Tolosa comenzar los estudios de Teología. Un compañero de habitación, celoso del santo, se queja al superior de que Juan Francisco pasaba la noche orando y no dormía, a lo que este le respondió: “Cuídaos de molestarle en sus devociones. No interfieras en su comunicación con Dios. Es un santo y algún día la Compañía lo celebrará”. En Tolosa igualmente se empeñó en la enseñanza del catecismo a pobres y ricos. Estos últimos le querían ganar para sus fiestas y cenas, a lo que jamás accedía el joven, sino era para poder hablar libremente de Dios. Comía resignado el mundano alimento, con tal de dar el alimento de la Palabra Divina a sus anfitriones, era su consuelo. En enero de 1630 le avisaron los superiores que comenzara a prepararse para ser ordenado presbítero, cuando lo determinasen ellos. Inició entonces un tiempo de recogimiento especial, doblando sus penitencias, ratos de oración y meditando cada día más la Palabra de Dios. Se prohibió la carne, el pescado, los huevos, los postres y el vino. Comenzó a alimentarse regularmente de pan y agua, hasta que los superiores le reconvinieron y entonces añadió la leche a su menú, aunque en ocasiones la rebajaba con agua. Se confesaba más frecuentemente y se hizo más asiduo a la dirección espiritual con lo cual se libró de cierto escrúpulo que le asaltó, sobre si era digno de alcanzar la dicha de ser ministro de Cristo. Así que el 14 de junio de 1631 fue ordenado presbítero, y cantó su primera misa al día siguiente, Domingo de la Trinidad. Ese mismo año la peste asoló Tolosa y el santo pidió permiso para atender a los apestados, para que no muriesen sin consuelo divino. Con dolor le autorizaron los superiores, y obró su misión no solo sin enfermar, sino incluso sanando a algunos milagrosamente. Luego de esto, hizo su tercer año de noviciado, o año de probación, del que salió reforzado en las virtudes.

A finales de 1631 le enviaron a predicar en el Languedoc, entre las ciudades y los pueblos a veces olvidados por los obispos. Su estilo, diferente al acostumbrado, no era de gran retórica, sino que empleaba palabras llanas, conocidas por el pueblo, sin grandes argumentos teológicos, sino que se componía de frases cortas y directas. En un sermón podía repetir varias veces la misma frase, con vistas a que se grabasen en el corazón de sus oyentes, de los que la mayoría ni sabía leer, y luego la meditasen. Predicaba por las mañanas, enseñaba el catecismo a los niños, y confesaba por las noches a los adultos. Su familia se avergonzaba de sus excesos y de cómo iba entre los pobres, como pedía limosna y se hacía rodear de chiquillos mugrientos y maleantes. Le decían que ya ellos hacían limosnas y obras benéficas por él. Y les respondió que ni el más pequeño amor propio le separaría de los pobres y los abandonados, y que si era motivo de escarnio, eso le alentaba más a dedicarse a los necesitados. Los herejes también fueron blanco de su predicación, logrando convertir a varios hugonotes destacados. Cerró alguna casa de prostitución, colocando a las mujeres en servicios honestos, de casas respetables, con ayuda de una asociación de mujeres que fundó. Predicó contra el clero ambicioso y poco dado a la caridad y contra los religiosos inobservantes. Así durante 10 años, misionando y llevando la Palabra y el consuelo de Cristo al pueblo entre Montpellier y Sommiéres. En esta última ciudad protegió a un grupo de campesinos que se escondieron en la iglesia huyendo de un piquete de herejes, que pretendían asesinarles y de paso asaltar la iglesia. El santo estaba predicando, bajó del púlpito y tomando un crucifijo se encaró a los herejes a las puertas del templo. Estos no se arredraron y pretendían entrar cuando el santo agarró del brazo al primero de ellos y le dijo “Detente, sacrílego, pues no he de permitir que en mi presencia se profane la casa de Dios. No pasarás a este santuario sino pisando a un ministro de Dios Vivo. Hiéreme, mátame, pero sabe que Dios hará vengar la injuria a sus altares”. Con los que aterrorizados se fueron por donde habían venido, y algunos incluso se confesaron y convirtieron.

El fruto de esta misión hizo que los superiores le enviaran a Viviers en 1633, donde los herejes habían hecho estragos, incluso entre el clero y los religiosos. El obispo no hallaba solución y sin ayuda no podía hacer nada. La moral, el cumplimiento de las leyes eran nulas. La usura y los saqueos habían hecho mella en los pobres y campesinos, de los que mucho habían tenido que amotinarse o hacerse bandoleros para poder sobrevivir. Las iglesias o habían sido profanadas, o eran sitios donde ya no se predicaba, pues los sacerdotes temían destacarse y ser asediados por los herejes. Algunas regiones no habían visto un sacerdote durante años, y otras sufrían a curas indolentes, amancebados y sin respeto a su ministerio. Ni ley humana, ni divina. Regis estableció un sistema de misiones localizadas, con la seguida visita del obispo, para confirmar a los fieles en la fe. Reformó al clero regular y secular, reparó iglesias, convirtió herejes, estableció asociaciones devotas, logró reconciliar a familias y pueblos enconados, y poco a poco la paz y la religión volvieron a la región. Un golpe de efecto fue, sin duda, la conversión del Conde La Mota-Brion, el cual puso orden en sus dominios, y fue un ejemplo para otros gobernantes y nobles locales, estableciendo hospitales, emitiendo leyes y juicios justos y poniendo orden en el campo y pueblos. Está claro que todo no fue paz, el clero disoluto y los herejes le hicieron igual guerra acusándole de mi infamias, pero fue defendido por sus superiores y por el obispo, que veía los buenos frutos de la misión.

En 1635 quiso ir al Canadá, en pos de los misioneros que allí daban su vida, literalmente, por el Evangelio, pero aunque los superiores loaban sus intenciones, no le satisficieron sus deseos por entender que su misión en la Francia devastada por la herejía y las luchas era igualmente necesaria. Así pues, le destinaron a Cheylard, villa del Conde La Mota-Brion, desde donde comenzó otra misión por los alrededores, en sitios escarpados, abandonados y de peligro. Ni los soles, ni las nieves le detuvieron, hasta el punto de quedarse en una montaña atrapado por la nieve durante unas semanas, todo por anunciar a Cristo. Herejes convertidos, moral enaltecida, fervor religioso, iglesias embellecidas, pobreza socorrida… esos eran los frutos de las misiones del santo. Trabajó en Marlhes, Fangas, Lachau, Valence y en Ravau, ciudad a la que Luis XIII había reduido a su obediencia, pero no a la obediencia a la fe católica. Al poco tiempo, a fuerza de socorrer las almas y los cuerpos, la situación había cambiado, pues el número de los reconciliados con la Iglesia aumentó. Sermones, catequesis, devociones, esplendor del culto, limosnas a los pobres, esto y más fueron ablandando el corazón de los herejes, incuso aquellos más cerrados por los respetos humanos. Predicando en Sant Aggreve un domingo supo de una taberna que abría y permitía las borracheras, por lo que se fue allí a predicarles a aquellos hombres sobre la santidad del domingo y de cómo se debía santificar este. En eso, uno de aquellos, le dio una sonora bofetada, a lo que el santo respondió diciendo: “Os lo agradezco, hermano, y si supierais quien soy, juzgaríais que merezco más”. Le pidieron perdón aquellos brutos, y salieron de la taberna, mandando cerrarla.

Su fama le precedía y los pueblos hacían fiesta cuando sabían que “el santo”, como ya le llamaban, iba a predicarles. Limpiaban las iglesias, advertían a los disolutos y a los herejes, con lo cual, ya ellos mismos se iban misionando unos a otros. Si predicaba en un pueblo, se acercaban de varios pueblos a la redonda, y algunos le seguían de una comarca a otra. Y los portentos confirmaban la opinión de santo que se tenía sobre él: al sobrino de un cura que le hospedaba le protegió desde lejos de una caída que tuvo, a una mujer que le remendó el manteo, le sanó los hijos, uno de hidropesía y otro de fiebres. Otra vez, se cayó y se rompió una pierna, pero no por eso dejó de ir a la misión que tenía concertada. Al final de la noche, accedió a que los médicos le miraran la pierna y la encontraron perfecta, como si nunca se hubiera roto.

En 1636 volvió a pedir le enviaran a Canadá, con otra negativa por respuesta. Su campo de misión estaba en Francia, le decían. Le enviaron a Puy, para que desde la comunidad de los jesuitas, partiese a diferentes misiones, como un cuartel general. Aquí dio ejemplo en primer lugar a los jesuitas, que le querían y admiraban. Y al pueblo, que se reunía por millares para oírle. Se hizo servir de muchas personas caritativas, para llevar la luz del Evangelio a los enfermos, los herejes, los pobres, las mujeres de mala vida. Su caridad no tenía límites, y Dios no tuvo límites para con él: hasta tres veces multiplicó el grano con el que socorría a los pobres diariamente. Una mujer que había sido echada de la ciudad, por deformársele el rostro por un cáncer gozó todos los días de la asistencia del P. Juan Francisco, que la alimentaba y divertía con palabras de consuelo. Otro que vivía igualmente retirado, lleno de llagas y gusanos, igualmente era atendido y mimado por el santo, que le limpiaba y besaba las llagas. A otros, muchos, sanó milagrosamente de parálisis, fiebres, flujos de sangre, etc. También tuvo el don de profecía, especialmente para indicar a algunos que se convirtieran rápidamente, pues su fin estaba cerca, cosa que siempre se verificaba al poco.

En 1638 se fue de misión a Monregard, donde convirtió a la famosa hugonote Luisa Romezin, una mujer de vida recta, caritativa y apasionada por las Escrituras y la religión. Ningún sacerdote se había atrevido a intentar convertirla, de hecho muchos quedaban confundidos ante sus argumentos, lo que dice bastante de la formación del clero del momento. Enterada ella de la presencia del famoso misionero, fue a escucharle a escondidas un sermón, y quedó prendada de su estilo sencillo, pero más aún de su porte humilde y cercano. supo el santo de su presencia, y concertaron una cita para hablar de las cosas de Dios. En tres días, la señora confesó que había descubierto la verdad en la fe católica, gracias a las conversaciones con el P. Juan Francisco. Abjuró públicamente de su fe, y no solo eso, sino que le siguió en sus correrías apostólicas en Monfalcon, Recoulles, etc. Y en 1702 fue una de las principales testigos en los procesos informativos para la canonización del santo.


Muerte del santo.
Iglesia de los jesuitas de Drongen, Bélgica.
Cuatro años duró la misión en Puy. A principios de diciembre de 1640 se sintió mal, y aventuró que no renovaría sus votos a mediados del año entrante, como debía hacerlo. Ese día partió hacia La Louvesc, pero de camino contrajo una pulmonía, por descansar en una casa derruida, en medio de una tormenta. El viento helado le caló hasta los pulmones, dejándole casi baldado. Pero se levantó e inició su misión, incansable como siempre, callando el mal de costado que le aquejaba. Celebró la Navidad con esplendor, confesiones, devociones y predicando tres sermones. Al día siguiente se desvaneció en la iglesia. Le atendieron rápidamente, pero nada podía hacerse ya. El día 30 le dieron el viático y renunció a tomar un caldo de pollo, por fidelidad a su austeridad de toda la vida. El 31 de diciembre tuvo un éxtasis al presentarle un crucifijo, y al anochecer dijo a su compañero: “¡Hermano! ¡Veo a Jesucristo nuestro Señor y a Su Madre Santísima abriendo el cielo para mí!”. Y dijo luego quedamente “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, y expiró.

Hubo un verdadero clamor popular al saber que "el santo" había muerto, y en breve la iglesia y los alrrededores de esta estaban llenos de gente que quería venerarle. El 2 de enero se celebraron los funerales, luego del cual, los superiores jesuitas decidieron que tanto que el santo había amado aquellas regiones y pueblos pequeños, lo mejor era enterrarle allí mismo, en la iglesia de La Louvesc, en la pared, al costado del altar. Esto propició las peregrinaciones a su tumba, de todos aquellos que vivían lejos y querían venerar la tumba de su bienhechor. Y esta veneración se mantuvo constante durante siglos, como constantes fueron las gracias y milagros que ocurrían junto a sus reliquias. En 1702 se comienza a recoger testimonios y a hablarse de la oportuna canonización del humilde jesuita. El 12 de enero de 1704 22 obispos franceses envían una carta al papa Clemente XI resumiendo las virtudes, y aportando una gran cantidad de prodigios del misionero, e implorándole su beatificación. El 27 de marzo de 1712 el mismo papa proclamó que había vivido las virtudes de manera heroica. El 28 de abril de 1715 se aprobaron algunos milagros. El 8 de mayo de 1716 se expedió el Breve de beatificación. Fue canonizado por Clemente XII el 16 de junio de 1737.


Fuente:
-"Vida del Bienaventurado Juan Francisco Regis". R.P. GUILLERMO DAUBENTON S.J Madrid, 1718. 


A 2 de julio además se celebra a 
San Swithun de Winchester, obispo.
Santa Monegundis de Tours, reclusa.

Santa Almedha, virgen y mártir.

Santa Almedha, virgen y mártir. 1 de agosto.   Fue esta una de las legendarias hijas del rey de Britania, San  Brychan  ( 6 de abril ). Hast...