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miércoles, 23 de junio de 2021

"Qué bello eres, Dios nuestro Rey"

Beata María de Oignies, mística. 23 de junio. 

Nació en Nivelles, a finales del siglo XII. Sus padres eran de buena posición económica, mas cristianos tibios. La niña María fue devota desde pequeña, y tan pronto aprendió algunas oraciones las repetía constantemente para no olvidarlas. Su primer contacto con la vida monástica fue cuando vio pasar frente a su casa a unos monjes cistercienses, y quedó tan impresionada de su gravedad y recogimiento, que besó sus huellas en el suelo. Al llegar a la adolescencia, su piedad y amor por la penitencia se acentuó. No gustaba de arreglarse, usar joyas o vestidos caros, lo cual solo le traía regaños y disputas con sus padres. 

Muy joven fue casada con un joven llamado Juan, al que sus padres la habían prometido desde que ella tenía cuatro años. Su marido la apreciaba, pero era indolente con ella. Por eso no tomó en consideración sus penitencias extremas y su vida orante. Le dejaba penitenciarse a su gusto, y las penitencias de María eran extremas: dormía sobre una tabla astillada, llevaba una cuerda áspera bajo las ropas. 

A los dos años de casada, su marido fue tocado por Dios y teniendo delante el ejemplo de María, decidió vivir más piadosamente. Si hasta entonces su vida de trabajo, oración y penitencia le había tenido sin cuidado, en adelante intentó imitarla. Desde ese momento vivieron como hermanos, o como ella gustaba decir, como la Virgen y San José. Donaron toda su hacienda a los pobres, reservándose una casita para vivir. Juntos hacían oración, trabajo, penitencia y atendían a los leprosos en Willambrock. Si bien Cristo les miraba con agrado, el mundo se volvió en contra de María. Sus parientes y amigos se volvieron contra ella. Se burlaban y murmuraban, le llamaban loca, iluminada, exagerada. Le reprochaban que hubiera abandonado sus bienes y posición y arrastrado a su marido con ella. Pero ellos vivían de espaldas a todo ello. 

María tuvo el don de la compunción y lágrimas. Era considerar la Pasión, o mirar un crucifijo, escuchar un sermón sobre los dolores de Cristo, para que un torrente de lágrimas brotara de sus ojos. Tantas que corrían por su rostro, cuerpo, y aún mojaban el suelo que pisaba. Algunos pensaban que era fingimiento y le volteaban el rostro. En una ocasión, justo antes de la Pascua, cuando se lamentaba de los sufrimientos del Señor con gemidos y sollozos, brotó de sus ojos gran cantidad de lágrimas más que habitual, como si estuviera participando en la muerte de Cristo, uno de los sacerdotes de la iglesia la reprendió suavemente y le pidió que refrenara sus lágrimas y rezara en silencio. Por lo tanto, ella, según su costumbre de obedecer, se retiró a un lugar oculto de la iglesia, donde nadie pudiera verla. Allí suplicó al Señor que le mostrara al sacerdote que no estaba en el poder del hombre refrenar las lágrimas cuando son del cielo. Y ocurrió que estando cantando misa el sacerdote, Dios le sumergió en la Pasión de Cristo, y derramó tal cantidad de lágrimas, que hubo de cambiarse el mantel del altar. Y desde ese día, gozó de aquel don siempre que celebraba la misa. 

Preguntada en una ocasión por su confesor si tanta lágrima no le causaba dolor físico, María respondió: "No, son estas lágrimas las que me refrescan. Son mi alimento día y noche; no me hacen daño a la cabeza y sostienen mi mente. Lejos de causarme ningún dolor, infunden una dulzura en toda mi alma. Lejos de vaciar mi cabeza, la llenan de pensamientos y consuelos celestiales, ya que no son forzadas a salir con esfuerzo, sino que me son suministradas en abundancia desde arriba". 

La penitencia de María de Oignies no es, ni por asomo aconsejable: uno de sus excesos fue cortarse trozos de carne de su cuerpo, al que aborrecía, y enterrarlos. Dejó las heridas al descubierto y los gusanos pulularon en ellas, siendo obligada por su confesor a curárselas. Y los ángeles lo hicieron por ella, sanándola. Las cicatrices quedaron para siempre en su cuerpo, siendo descubiertas por las mujeres que lavaron su cuerpo al morir. 

A esta penitencia se sumaba un ayuno riguroso. Solo comía una vez al día y por el necesario sostenimiento de la vida. Como si de una medicina se tratara. No comía carne, ni bebía vino, sino que frutas, hierbas y verduras eran su sustento. Para sí misma hacía un pan de avena, tan grueso áspero que al secarse raspaba su garganta hasta hacerla sangrar. Su consuelo era pensar en la sangre derramada por Cristo por su salvación. En una ocasión, mientras comía, el diablo la tentó de glotona, pero María no se dejó engañar por el demonio, sino que sabía que él quería perturbar su mente con escrúpulos para que enfermara por su excesiva abstinencia. Así, se rió de él y ese día comió el doble de lo normal, dejando al diablo confundido. 

Durante tres años seguidos ayunó a pan y agua desde el día de la Santa Cruz hasta la Pascua, y no sufrió ningún perjuicio al hacerlo, ni en su salud ni en su capacidad de trabajo. Y más veces, desde la Ascensión hasta Pentecostés no comía ni bebía nada. Y lo que puede parecer maravilloso, no sufría de dolor de cabeza en consecuencia, ni relajaba sus deberes ordinarios, sino que estaba tan lista para el trabajo en el último día de su ayuno como en el primero. Tampoco podía comer nada en esos días, pues su apetito desaparecía totalmente absorbido por el espíritu. 

La oración de María de Oignies era constante. Todo cuanto hacía, hasta lo más bajo, le servía para elevar el pensamiento a Dios. Su salterio siempre permanecía abierto, pues lo rezaba sin parar, y solo lo dejaba para hacer oración mental. Cuando se disponía a hacer oración por alguien Dios le revelaba si serviría para el bien o no de esa persona, o si era un difunto, recibía la revelación si estaba salvado ya o condenado, para que no perdiera tiempo en oraciones de balde. En varias ocasiones, mientras oraba, vio muchas manos levantadas como suplicándole. María pidió a Dios le revelase que significaba aquello y el Señor le mostró que eran las almas del purgatorio, las cuales sufrían por sus ofensas y buscaban el beneficio de sus oraciones, pues sentían sus dolores aliviados y disminuidos por ellas, como si se derramara un aceite precioso sobre sus heridas. 

María acostumbraba visitar una vez al año una iglesia dedicada a la Madre de Dios en Oignies, y para ello debía seguir era un sendero tortuoso a través de un bosque con el que estaba muy poco familiarizada. Mas nunca se perdía el camino, ya que siempre se veía una luz que iba delante de ella para dirigirla. En uno de esas visitas, mientras regresaba, una violenta lluvia la alcanzó mas el agua torrencial caía a su alrededor sin mojarla.  

En las fiestas marianas más importantes pasaba el día y la noche saludando a la Santísima Virgen, y haciendo miles de genuflexiones ante su imagen. Además, después de cada hora canónica del salterio, rezaba el Ángelus y se disciplinaba de rodillas. Tanta oración traía grandes beneficios para sus conocidos, que experimentaban la bendición de Dios siempre que le pedían oración a la Beata. Y al mismo tiempo, aterraba a los demonios que la tentaban y asustaban, intentando distraerla de la oración.  

A una monja cisterciense muy joven y piadosa, pero retraída y escrupulosa, la tentó el diablo con toda clase de pensamientos blasfemos y sucios para que desesperara a través de los escrúpulos. Durante algún tiempo resistió, mas al no poder soportarlo pasó de la pusilanimidad a la desesperación; y el diablo la había vencido de tal manera, que no podía rezar ni siquiera el Padrenuestro o el Credo. Tampoco confesaba sus pecados, pues creía eran imperdonables y estaba abocada a la condenación eterna. No recibía el Cuerpo del Señor, no tenía oración, ni quería hablar con las hermanas. A tal punto llegó su tormento mental, que ya pensaba en suicidarse. Más adelante ya despreciaba la Palabra de Dios, las advertencias de las religiosas, comenzó a desobedecer e incluso llegó a blasfemar. No vieron otra solución las monjas que hacer se entrevistara con nuestra María. Esta, rebosante del espíritu de compasión y dulzura espiritual, la recibió, le habló con palabras del cielo y la consoló. Por cuarenta días María se disciplinó y oró continuamente, sin tener otra intención. Al cabo, la joven monja fue liberada del espíritu maligno, al cual vio María, reventado y con las entrañas por fuera, como un despojo, luego de la batalla espiritual que había tenido con ella. 

Incluso mientras dormía, María oraba, pues su corazón nunca se separaba de Cristo. Sus sueños eran siempre sobre Cristo; porque como el sediento sueña en su sueño con las fuentes de agua, y el hambriento tiene visiones de ricos banquetes, así ella tenía siempre ante sus ojos a Aquel que su alma deseaba. 

María fue amante de la pobreza, pero de una pobreza honesta y limpia. Si detestaba el lujo superfluo, también detestaba la suciedad. Vestía ropas de tela gruesa, de estameña. Para las fiestas usaba una túnica de lino y una capa del mismo tejido, sin adornos ni costuras curiosas. Sobre su cabeza usaba un velo que cubría sus ojos, de modo que se prevenía de las miradas indiscretas. Nunca usaba un abrigo o manto, pero jamás el frío la molestaba, de tanto amor de Dios que hacía arder su alma y cuerpo. 

Nunca estuvo ociosa, sino que desde que abandonó todas sus riquezas se afanó en el trabajo manual para su manutención y para socorrer a los pobres. En silencio trabajaba, considerando el taller de Nazaret y la labor orante del Señor, San José y la Virgen Santísima. Mientras trabajaba, consideraba los pasajes de la Escritura y las vidas de santos, permaneciendo en oración. Toda esta contemplación no hacía su trabajo menos perfecto, ni la demoraba o le hacía perder el tiempo. Al contrario, todo trabajo que emprendía lo terminaba perfectamente. 

Tanta austeridad, mortificación y penitencia no hacía de María una persona hosca, huraña o alejada de la realidad. Todo lo contrario, su conversación y trato eran dulces. Las personas gustaban de tratarla y escucharla, buscando sus palabras, consejos y buen trato. Siempre tenía una palabra amable para quienes se cruzaban en su camino, o quienes la visitaban. Consolaba a los enfermos y en ocasiones estos mejoraban solo con escuchar sus buenos deseos. 

María vivía pobremente, consideraba siempre la pobreza de Cristo y no quería poseer más de lo que Cristo tuvo en vida. Todo regalo que recibía, y no eran pocos, los dejaba para los pobres y necesitados. No tenía más vestido del que necesitaba, ni más mueble que el indispensable para una vida ordenada y honrosa. 

Tan grande era su humildad, que se consideraba a sí misma como nada, y habiendo hecho todo bien, no sólo reconocía con su boca y corazón que era una sierva inútil. Se consideraba inferior a todos y nunca se presumía a sí misma, sino que miraba a todos como sus superiores. Cuando Dios le concedía algún favor, lo remitía a los méritos de los demás; no buscaba nunca su propia gloria, sino que remitía todo a Aquel de quien procedían todos los bienes. Se juzgaba a sí misma como la más indigna de todos los hijos de Dios. Cuando Dios le concedía alguna gracia o le daba la respuesta exacta a una cuestión religiosa, le recriminaba a este: "Señor, ¿por qué haces estas cosas en mí? Envía, Señor, a quien quieras enviar, mas no a mí. No soy digna de ir ni de anunciar tu Palabra a los demás." Sin embargo, el Espíritu Santo la impulsaba siempre a procurar el bien del prójimo, comunicando las inspiraciones que recibía. James de Vitry, quien la conoció y escribió la biografía de María, le preguntó un día si ella sentía vanagloria por los dones divinos y el reconocimiento del pueblo. Ella le respondió: "no, pues en comparación con la verdadera gloria que deseo, toda jactancia humana es como nada." 

Fue María extremadamente caritativa con los enfermos y moribundos, con quienes tenía una especial caridad y todos la querían junto a sí al momento del tránsito. Con su amor les aliviaba los dolores y con sus oraciones mantenía a raya a los demonios que intentaban tentar al moribundo. Ninguno de sus asistidos moría sin sacramentos: por lejos que estuviera el sacerdote, siempre llegaba a tiempo a dar la extremaunción. Muchas veces vio el destino final de aquellos que estaban con ella, fuera el cielo directamente o el purgatorio. Nunca vio a un condenado, mas jamás se jactó de que fuera por su presencia. 

En una ocasión ayudó a morir a un anciano Juan de Dinant, apodado “el Jardinero”, quien siempre había servido a Cristo. Al momento de la muerte, María vio una multitud de ángeles que ayudaban al anciano, y percibió un olor maravillosamente dulce. No pudo contener su alegría, pues quería al anciano como a un padre. Además, le fue revelado por el Espíritu Santo que, puesto que este anciano había hecho tantas penitencias en la carne y había soportado pacientemente tantas persecuciones y reproches por causa de Cristo, había vivido tan santamente, y además había ganado tantas almas para Cristo, que se liberó de todo el dolor del purgatorio y voló directamente a la presencia de su Señor. 

Por el contrario, experimentó una visión de su propia madre condenada en el infierno. María no entendió el porqué, pues su madre, aunque no muy ocupada en las cosas de Dios, había sido una mujer honesta y buena. Al preguntarle al espectro, su madre le respondió:  "Fui criada con lo adquirido por la usura y la ganancia injusta, y aunque era consciente del pecado, no me esmeré en restituir lo que a los pobres se había quitado. No tuve en cuenta el mandato de Dios, sino que, habiendo entrado en los caminos torcidos del mundo, pensé que era indigno de mí cambiar los pasos de mis antepasados. Y no habiéndome arrepentido de mis malas acciones, al final cambié mi vida infructuosa por la muerte, y así he perdido la vida del mundo venidero" Y diciendo esto desapareció. 

Con los enfermos era María muy paciente y amorosa. Especialmente con los niños. Y por estos últimos en ocasiones realizó varios milagros. A un niño con una fractura, le impuso las manos y le sanó el hueso. A otro que padecía de sangrado de un oído, le besó la cabeza y el niño quedó sano. Un sacerdote de Nivelle llamado Guerrico padecía una enfermedad muy peligrosa y los médicos se desesperaban por su recuperación. Pensando que no tenía esperanzas acudió a la santa, y consiguió, con muchas oraciones, que ella le impusiera las manos. Esa misma noche le pareció que, mientras dormía, la Santísima Virgen venía a él y le sanaba.  Y así por el estilo, algunos clérigos fueron sanados, o mujeres con embarazos riesgosos hallaron la salud. 

Tuvo también el don de profecía y de adivinar acontecimientos futuros. Como adivinar el nacimiento de una herejía en la Provenza, o anunciar el martirio de los predicadores que se enfrentarían a estos herejes. La muerte de algunos también la profetizaba, siempre acertando el día y la hora. En una ocasión en que visitaba la iglesia, oyó devotamente la misa y al terminar la celebración, dijo al sacerdote: "Esa misa era mía; hoy ofreciste el Eterno Sacrificio en mi nombre". Él se sorprendió y le preguntó cómo lo sabía. María le respondió: "Vi una hermosa paloma descender sobre tu cabeza en el altar, que extendía sus alas hacia mí. Supe, por lo tanto, que el Espíritu Santo me llenaba por esa misa".

Tuvo María gran devoción a los santos. En una fiesta de Santa Gertrudis (17 de marzo), que el presbítero había olvidado celebrar, se sintió llamada a tocar las campanas de la iglesia. Al preguntarle el sacerdote por qué lo había hecho, María le respondió: "Perdóneme, padre, pero es una gran fiesta hoy. Lo sé porque siento que desde anoche me llena una alegría celestial, aunque no sé de quién es la fiesta". El sacerdote miró entonces el calendario, y vio que la fiesta de Santa Gertrudis debía celebrarse ese día. Un día que rezaba ante un altar de San Nicolás, vio manar bálsamo de sus reliquias. También tuvo varias apariciones de San Bernardo de Claraval (20 de agosto) con quien tenía celestiales coloquios y quien le iluminaba sobre las verdades de la fe. A san Juan Evangelista también tuvo gran devoción y este más de una vez le consoló en sus penas. 

Tuvo una maravillosa facultad de percibir si las reliquias eran verdaderas o no. Había una pequeña cruz en la Iglesia de Oignies que tenía en ella una pequeña porción de la verdadera cruz; y más de una vez vio salir de ella rayos de luz. Un fraile amigo suyo poseía unas reliquias de un santo mártir, mas no tenía “authenticae” que las avalara. Entonces María le consoló diciéndole que eran verdaderas y que tenían una gran virtud. Además, rezó, para que Dios le mostrara de quiénes eran, e inmediatamente se le apareció una santa que le dijo era Santa Alois, venerada en Provins, y que las reliquias eran reales.

María vivió en Willambrock mucho tiempo, pero su fama llegó a tanto que no tenía momento de descanso o soledad. Por lo tanto, rezó fervientemente a Dios para que se complaciera en elegir un lugar más adecuado para su sierva, donde poder servir al prójimo, pero teniendo más tiempo para la oración y la penitencia. Y he aquí que Dios le e señaló una casa en Oignies que ella nunca había visto, y que además era tan pobre, y tan recientemente construida, que apenas se conocía. Habiéndolo consultado con su marido y su director espiritual, el abad Guido, se dirigió al lugar que le estaba destinado. Llegando a Oignies se le apareció San Nicolás, que la guió primero a su iglesia, donde estaban celebrando una misa en su honor. El santo, además, le señaló el lugar donde estaría su tumba en la iglesia, revelándole que había llegado a Oignies para su encuentro definitivo con el Señor. 

Allí en Oignies tuvo María dulces coloquios con Cristo, preparándose gozosamente a su muerte. En una ocasión en que se le apareció Cristo, María pensó era ya la hora, pero al ver que aún no sería, clamó a Cristo: "No quiero, Señor, que te vayas sin mí. No puedo quedarme más tiempo aquí. Anhelo ir a mi casa". El fuego de su alma era tan grande, que daba rienda suelta a sus sentimientos con fuertes exclamaciones, y su rostro siempre parecía estar en llamas. Varias veces oyó la voz dulce de Cristo que le decía: "Ven, mi amada, mi esposa, mi paloma, y serás coronada". En una ocasión tuvo un éxtasis más encendido de lo habitual, y exclamó: "Las vestiduras de la hija del Rey huelen a dulce incienso, y los miembros de su cuerpo son como preciosas reliquias santificadas por Dios". 

A medida que se acercaba la hora de su partida, se ocupó más incesantemente en tratar de servir y complacer a Dios. Desde la fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen hasta la de la Natividad de San Juan Bautista, sólo tomó alimento once veces, y en cantidades muy pequeñas. Como tenía una gran devoción a San Andrés, quien había abrazado la cruz con un amor tan ardiente, recibió muchas y muy familiares visitas del santo, quien le dijo: "Consuélate, hija mía, porque no te dejaré; y como una vez confesé la fe de Cristo, y no la negué, así, en el día de tu partida, te reconoceré ante Dios, te asistiré en tus últimos momentos y te daré mi testimonio". 

Tres días antes del tránsito, María alabó a Dios cantando en voz alta como nunca se le había oído, pues le había parecido vanidad cantar para que otros le oyeran. Su hermosa voz entonó salmos y cánticos constantemente. Además, reveló cosas del cielo, los santos y los ángeles. Terminados estos tres días de gozo inefable se fue a la iglesia y dijo a su esposo, amigos y seguidores: "El tiempo en que lloré por mis pecados han pasado, y también el gozo en con el que me regocijé y alabé a Dios por las alegrías eternas que me esperan. Ahora vendrán los dolores y las penas de la enfermedad y la muerte. Ningún alimento volverá a cruzar mis labios, ni volveré a leer en libro alguno." y efectivamente, en el acto le acometió una enfermedad muy quejosa. Tenía sed constantemente, que soportaba por amor, lo mismo que los dolores corporales.  

El jueves anterior a su muerte exclamando "Qué bello eres, Dios nuestro Rey". La víspera de San Juan Bautista de 1213 comenzó a cantar con una voz muy dulce, y al llegar a las tres de la tarde expiró tranquilamente, sin cambiar en lo más mínimo por el dolor de la muerte la expresión alegre de sus facciones. Y todos aquellos que allí estaban, o los que la amaban pero estando lejos, sintieron un dulce gozo más que tristeza, siendo sus lágrimas santa envidia más que de desconsuelo. Los días de sus funerales María apareció a varias personas y dirigió sus acciones, fortaleciéndolas en peligros, o eliminando dudas de sus almas. Fue sepultada en la iglesia de San Nicolás de Oignies, que años más tarde pasaría a llamarse con su nombre. El 12 de octubre de 1608 las reliquias fueron trasladadas solemnemente. Es abogada de las mujeres en el parto y contra las fiebres. 

Se desconoce que fue de su marido después de la muerte de María. Su recuerdo se perdió para siempre. 

Fuente:
-”The lives of S. Jane Frances de Chantal, St. Rose of Viterbo, and B. Mary of Oignies.” Londres, 1952. (La “vita” de nuestra Beata es la escrita por Vitry) 

A 23 de junio además se celebra a:

San Artemio, confesor.
Santa Etheldreda,
reina y abadesa.
San Simeón Estilita,
el Joven.
San Walter de Onhaye,
presbítero y mártir.







martes, 15 de junio de 2021

Eligió lo mejor y se le recompensó.

Santa Eadburgis de Winchester, virgen. 15 de junio y 21 de diciembre. 

Fue hija del rey Eduardo el Viejo y Eadgifu de Kent, y nieta de San Alfredo el Grande (28 de octubre). Su leyenda cuenta que, a los tres años, su padre le dio a escoger entre unas joyas hermosísimas en un lado, y al otro un evangelio y un cáliz. La niña eligió el Evangelio, besándolo reverentemente. Con ello todos entendieron que Dios le llamaba a la vida monástica.  


A los 6 años fue confiada al monasterio de Santa María de Winchester, fundado por su abuela paterna, ya viuda de San Alfredo, para ser educada. A los 15 años tomó el velo y fue una excepcional religiosa.  


Falleció Eadburgis en 960, luego de una vida de plena oración, humildad y consuelos divinos. Desde los inicios su sepulcro fue meta de peregrinos. En 972 fue incluida en el salterio de Salisbury, cuando sus reliquias fueron trasladadas a Pershore. En el siglo XII, su “vita” fue escrita por el monje Osbert de Clare. 

jueves, 27 de mayo de 2021

Ermitaña y bendecida con la soledad

Santa Melangell de Gales; eremita. 27 de mayo y 31 de enero.

Según su leyenda, fue hija de un rey irlandés, y desde niña se convirtió a la fe cristiana. Cuando llegó a la mayoría de edad, los 14 en su tiempo, fue dada en matrimonio a otro rey irlandés. Mas Melangell escapó a Gales, retirándose a las montañas de Pennant, en Gales del norte.

Allí levantó una ermita de ramas y se dedicó a la oración y el trabajo. Vivió allí varios años en total soledad hasta que un día ocurrió que el rey Brochwell de Powys estaba por la región de cacería y persiguiendo a una liebre, esta se metió en la ermita de la santa. Los perros se acercaron a la ermita y se detuvieron ante esta, mientras Melangell protegía a la libre entre los pliegues de su túnica. Por más que Brochwell azuzaba a los perros, estos no se movían. Intrigado, se acercó y vio a la ermitaña, le preguntó desde cuando vivía allí, y esta le respondió: "No he visto un alma viviente en los últimos quince años".

Sepultura de la santa.
Entonces el rey le regaló aquella tierra, que las tenía mercedadas a su Jefe de monteros. Este fue el origen de una comunidad de ermitañas que se estableció junto a la santa. En 50 años más había un monasterio, el cual en el medievo llegó a ser monasterio mixto.

El culto a la santa aún permanece vivo en torno a sus reliquias, que aún se veneran en su sepulcro, en el ábside de su ermita, atendida por una ermitaña, quien además es presbítero de la iglesia galesa. Tienen, además, un centro de espiritualidad.



Fuente:
-
 www.transceltic.com

A 27 de mayo además se recuerda a:









sábado, 22 de mayo de 2021

Santa Rosana

Santa Humildad de Faenza, abadesa vallumbrosana. 22 de mayo y 6 de junio, (traslación de las reliquias).

Nació en Faenza en 1226, en la familia de los nobles Elimonte y Richilde Negusanti, y su nombre de bautismo fue Rosana. Fue educada en la piedad cristiana, y sus padres eran grandes admiradores de San Francisco de Asís (4 de octubre, 17 de septiembre, Impresión de las llagas; 25 de mayo, traslación de las reliquias), de quien se dice les profetizó el nacimiento de una hija que sería santa.

Cuando Rosana tenía 15 años fue prometida con Ugo de Caccianemici. Ese mismo año murió su padre. En 1242 se casó con su prometido. Este era un hombre bueno y aunque poco piadoso, y juntos hicieron muchas obras de caridad. Pero el matrimonio tuvo la desdicha de perder dos hijos recién nacidos, a los que apenas llegaron a bautizar. Al poco tiempo falleció la santa madre de Rosana y esta se vio desolada. Ella y su marido, piadosos que ya eran, redoblaron su piedad y se cree profesaron en la Tercera Orden de San Francisco. Ciertamente, a los 24 años decidió abandonar el mundo y ser religiosa. Lo consultó con su marido y este no solo le dio el permiso, sino que, además, el mismo se determinó a hacer lo mismo. Juntos se fueron al cenobio mixto de Santa Perpetua y tomaron el hábito de penitencia.

Al entrar a la vida regular Rosana tomó el nombre de Humildad, con el que subió a los altares. Algunas leyendas nos dicen que fue luego de haber curado milagrosamente de una enfermedad que ella atribuyó a su soberbia. En 1254 dejó Santa Perpetua para recluirse en una pequeña celdita en la iglesia de San Apolinar, de la Orden Benedictina Vallumbrosana, fundada por San Juan Gualberto (12 de junio) en el siglo XI. Así emparedada y solo con una ventana para seguir el culto en la iglesia vivió 12 años de penitencia y oración. Su consejo era muy estimado y no le faltaban discípulas que ponían en obra sus consejos. En 1255 su marido tomó el hábito vallumbrosano en la misma abadía. Allí moriría como hermano lego y con fama de santo en 1256.

En 1266 Humildad accedió a fundar las primeras monjas de Vallumbrosa. Fue abadesa providente, serena y dotada para el mando, sin que por ello dejara de ser una humilde monja, muy pronta a la caridad y a la observancia religiosa. En 1281 fundó un nuevo monasterio en Florencia, edificando para ello una bella iglesia que aún se conserva. Ambos recintos los dirigió con mucha prudencia, sorteando problemas y oposiciones, pero confiada en Cristo. Tuvo altísima oración, y dones místicos, como el don de conciencias y de lágrimas en la oración. Recibió del Señor la gracia de conocer acontecimientos futuros y profetizarlos. Escribió tratados espirituales a pesar de no haber recibido formación teológica alguna.

Subió al cielo muy anciana, a los 84 años, el 22 de mayo de 1310. Fue sepultada en la iglesia del convento de Florencia, en la tierra desnuda. En 1311 el cuerpo fue exhumado y hallado incorrupto, por lo cual fue vestido ricamente y puesto en una hermosa urna, al culto público. En el siglo XVI, por sucesos bélicos fue trasladada a otros monasterios. Actualmente su santo cuerpo se venera en el monasterio del Espíritu Santo de Bagno. Benedicto XIII confirmó su culto inmemorial en 1720.

Fuente:
-"Dizionario Di Erudizione Storico-Ecclesiastica". VOL. LXXXVIII. GAETANO MORONI ROMANO. Venecia, 1856.

A 22 de mayo además se celebra a:








 

viernes, 7 de mayo de 2021

Santa patrona de ciegos, peregrinos y caminantes.

Santa Sira de Rilly, virgen. 7 de mayo, 8 de junio y 8 de octubre.  

De esta santa se sabe poco. Vivió entre los siglos IV y V. Para evitar casarse, puesto que había hecho voto de virginidad, pidió a Dios quedarse ciega, y así estuvo por 40 años. Entonces tuvo una inspiración, y partió en peregrinación a la tumba de San Sabiniano de Troyes (24 de enero), y cuando regresó a Rilly sanó milagrosamente. Luego, al parecer, vivió una vida de oración y caridad, siendo venerada desde su muerte.

Es patrona de ciegos, peregrinos y caminantes.  





A 7 de mayo además se celebra a

San Domiciano de
Maastricht, obispo
.
Beata Gisela
de Hungría, reina.
La Traslación de
San Juan de Mata
.
La Aparición de
San Rafael Arcángel
.



MI LIBRO ELECTRÓNICO

"TUS PREGUNTAS SOBRE LOS SANTOS

(SANTOS PATRONOS DE LAS ENFERMEDADES)

YA ESTÁ DISPONIBLE.





sábado, 17 de abril de 2021

"abrazó la cruz con gusto y alegría"

Beata María Ana de Jesús, virgen mercedaria. 17 de abril. 

Nació en Madrid, en 1565, hija de los nobles Luis Navarro Ladrón de Guevara y Juana Romero de Víllalpando. Fue bautizada en la parroquia de Santiago el 21 de enero de ese mismo año. desde niña María Ana, o Mariana, como también se le llama, fue una nia piadosa, obediente y alegre. Apenas supo de las vidas de santos, intentó imitarles en lo que podía y más allá, tienendo que moderar sus penitencias y tiempos de oración. Le gustaba mucho estar en la iglesia, que le explicaran las imágenes y la misa. Se embebía en la misa de tal manera que a veces esta acababa y la niña seguía en oración sin notarlo. Acompañaba a su madre en los ejercicios de caridad, que eran muy frecuentes en su casa. A los siete años recibió la primera comunión, edad desacostumbrada totalmente, y fue así por su conocimiento del misterio a recibir, y por el amor tremendo que sentía hacia la Eucaristía. Y muchas otras cosas se nos cuentan de su infancia, como comprensión de los misterios divinos, constante presencia de Dios, visiones de la Virgen y su ángel guardián, etc. 

Aún siendo María Ana adolescente murió su madre, y al año de viudedad, su padre se casó nuevamente. Su madrastra era una mujer áspera y resabiada, que trató mal a la niña desde el primer momento. Ni le mostró el más mínimo afecto, y solo se dirigía a ella cuando el padre estaba presente, para que no sospechara el hombre. El nuevo matrimonio tuvo dos hijas más, a quienes María Ana quería mucho, pero de las que su madrastra intentó apartarla siempre que pudo. A los 16 años, su padre, entendiendo lo que ocurría, pretendió casar a María, para alejarla de su madrastra y medio hermanas. Sin embargo, en su corazón María Ana no quería más Esposo que Cristo. Gran guerra le hicieron su padre y madrastra con este asunto. Le consiguieron varios pretendientes, de alcurnia todos, pero ella iba dilatando el asunto, sin atreverse a decirles su verdadera intención: consagrarse a Jesucristo como religiosa. Al tiempo, habiendo consultado con su confesor, hizo voto de perpetua virginidad en la iglesia parroquial de San Miguel de Madrid. 

Animada con esto, al saber que le iban a prometer con un joven, reveló a su padre su voto y su intención de ser monja. Esto desató una tempestad en la familia, interviniendo incluso algunos parientes lejanos. A tal punto llegó el asunto, que su padre la puso a trabajar de sirvienta para la familia, dándole palizas y hablándole duramente con frecuencia, para que deshiciera su voto y tomara matrimonio. Le dejaron de dar comida, la encerraban durante días en un cuarto sin luz, o la ataban con recias cuerdas. Pero ella no cejaba y lo sufría todo por amor de Cristo. Un buen día, sabiendo que su belleza era causa de que la pretendieran, tomó unas tijeras y se cortó su hermosa cabellera rubia. La paliza fue épica, como podéis imaginar. 

Cinco años duró esta guerra familiar, hasta que el padre, cansado del ánimo de su hija, desistió de casarla y la dejó seguir su voluntad. O, mejor dicho, la de Dios. Pero he aquí que, entonces, siendo ya libre, no hallaba en Madrid convento que la admitiese. Entonces decidió vivir en su casa como en un convento. Se enfundó en un sayal áspero, hacía ayunos, penitencias, vivía en soledad y oración, recluida en la habitación más humilde de la casa. Además, comenzó a instruir a sus hermanas en las letras y en camino de la virtud. Así llegó a los 21 años, como beata en su propia casa, siendo religiosa sin convento. En esta época comenzó a tener terribles tentaciones contra la castidad. Se le aparecía el demonio mostrándole imágenes obscenas y diciéndole palabras feas. Oración y penitencia, todo hizo por verse libre de las tentaciones. Más de 10 años duraron estas batallas interiores hasta que Dios premió su perseverancia y la libró milagrosamente de tales tentaciones, quedando su virginidad acrisolada. 

Ya con 30 años le vino otra contradicción. Su padre, creyendo que tanta vida espiritual y penitencia sería cosa del demonio y su hija fuera una alumbrada (tan frecuentes en aquella España del siglo XVI), comenzó a prohibirle sus ejercicios de piedad y penitencias, al tiempo que le buscaba otro director espiritual. Este, docto, pero poco espiritual, no se vio capaz de dirigir tal alma y luego de la primera confesión, la dejó. María Ana, desolada, salió a la calle y pasando por la iglesia de la Merced, encontró al padre Juan Bautista del Santísimo Sacramento. Este la confesó y siendo iluminado por Dios, comprendió la excelencia de aquella alma que tenía ante sí. Aceptó ser su director espiritual y en sus manos María Ana enderezó su espíritu a una recta devoción, llegando en breve a una perfecta santidad. 

Al poco tiempo tuvo su primera gracia mística (descontando las de la infancia, poco probables). Estando en oración considerando si ella podría sentir algo de los dolores de la Pasión de Cristo, se le apareció el Salvador tal como lo presentan de Ecce Homo, ella se le acercó y, quitandole la corona de la fente, se la puso ella misma. Desde entonces sintió para siempre los dolores punzantes de tal corona en sus sienes. Y así se le representa iconográficamente. Al poco tiempo, igual estando orando, se le apareció Cristo glorioso diciéndole: “Hija mía, ¿querrías estar en mi cruz?", a lo que ella contestó: “¡¿Cuándo, amorosísimo Señor, dulce Esposo y único dueño de mi corazón, merecí yo favor tan grande?! Pero, aunque me reconozco indigna de tanta dicha, abrazo la cruz con todo gusto y alegría, si así es vuestra voluntad”. Y en ese instante recibió los estigmas de la Pasión de Cristo de forma espiritual, es decir, sin que fueran visibles para los demás, pero teniendo todos sus efectos y dolores, y quedó llena del Espíritu Santo. 

Tras un breve tiempo en el cual tuvo que irse a Valladolid con su familia, María Ana regresó sola a Madrid, y es en esta ocasión en la cual se le atribuye la frase “de Madrid al cielo”, señalando que solo volvería a dejar la ciudad para irse a la gloria. Pero es solo una versión más de dicha frase. En 1606 se estableció en una pequeña casita cerca donde hoy está la iglesia de Santa Bárbara (o las Salesas Reales). Allí vivía pobremente, trabajando para mantenerse y para hacer caridad. Oraba gran parte del día, asistía a misa y a las devociones. Durante un tiempo la acompañó una devota mujer llamada Catalina de Cristo, que puso a prueba su paciencia pues era una mujer gruñona y su fervor no estaba moderado. La santa la sufrió hasta que la misma Catalina, creyéndola poco rigorista, la dejó. En ocasiones la visitaban damas (la reina Margarita, por ejemplo) o prelados de Madrid u otras partes de España, para pedir consejo o instruirse en el camino del cielo. Su fama de santa llegó al papa Pablo V, quien le autorizó gustosamente a convertir parte de su humilde casa en oratorio donde pudiera cantarse misa y reservar el Sacramento. En 1613 una terrible sequía azotó Madrid y varios prelados le pidieron redoblase sus súplicas para alcanzar lluvia a los campos. Así lo hizo y en breve el milagro ocurrió.

Pero esta vida de beata no era el culmen de sus aspiraciones, por ello, el 20 de mayo de 1614, miércoles de la Octava de Pentecostés tomó el hábito mercedario e hizo profesión al año siguiente. No parecía sino que María Ana había nacido en el convento. Era tan humilde que la obediencia no le costó a pesar de haber vivido sola durante mucho tiempo. No tenía resabios de mandar, ni creía que nadie debía guiarla. Todo lo contrario, se dejaba guiar por la priora y sus superiores como si de vida religiosa no supiera. Su caridad para con las hermanas era proverbial, siempre desviviéndose por los demás. Su vida en el convento fue mucho más escondida que mientras vivía en el mundo. Dejó de recibir, se escondió en Cristo y en estar ante el Sacramento  considerando la Pasión de Cristo gastó sus 10 años de monja.

Rostro incorrupto
de la Beata.
El 11 de abril de 1624 sintió un terrible dolor en el costado, teniendo que guardar cama, por obediencia. Allí recibió la Extremaunción, la bendición apostólica, y los parabienes de los reyes y el papa. Las monjas se enfervorizaron todas viendo tanta dulzura en su rostro a pesar de los dolores que sentía. El 17 de abril arrimó a su pecho un crucifijo y entró en éxtasis, y apenas salió de él para entrar a la Vida Eterna. Tenía 59 años. Al punto, su piel se volvió tersa, el rostro apareció sonrosado y relajado, y, sobre todo, un suave olor como de manzanas se esparció por todo el convento y por la iglesia, y fue sentido por la multitud que allí esperaba despedir a su querida monja mercedaria.

Los funerales fueron muy sentidos, entre el llanto y el júbilo de numerosos milagros que ocurrieron entre los que tocaron su santo cuerpo.  En 1627 se abrió el sepulcro, hallándosele incorrupta, y se expuso para los devotos. Nuevamente el suave olor se dejó sentir. Lo mismo se certifica en 1731, 1815, 1924 y 1965. Fue beatificada el 18 de enero de 1782 el papa Pío VI. Su proceso de canonización se reabrió luego de un posible milagro ocurrido en 1997. Cada 17 de abril su cuerpo incorrupto es expuesto para la devoción de los fieles, y el olor a manzanas vuelve a sentirse. Es copatrona de Madrid. 


Fuentes:
-"Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los días del año". Diciembre. R.P. JUAN CROISSET. S.J. Barcelona, 1863.
-"Glorias de la Beata Maria Ana de Jesús. FR PEDRO DEL CORAZÓN DE JESUS. OM. Salamanca 1783. 


A 17 de abril además se celebra a

Bto Bautista Mantuano,
carmelita
.
San Aniceto, papa.
Beato Roberto de
Chase Dieu, abad
.
San Rodolfo de Berna,
niño mártir
.










   

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