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miércoles, 23 de junio de 2021

"Qué bello eres, Dios nuestro Rey"

Beata María de Oignies, mística. 23 de junio. 

Nació en Nivelles, a finales del siglo XII. Sus padres eran de buena posición económica, mas cristianos tibios. La niña María fue devota desde pequeña, y tan pronto aprendió algunas oraciones las repetía constantemente para no olvidarlas. Su primer contacto con la vida monástica fue cuando vio pasar frente a su casa a unos monjes cistercienses, y quedó tan impresionada de su gravedad y recogimiento, que besó sus huellas en el suelo. Al llegar a la adolescencia, su piedad y amor por la penitencia se acentuó. No gustaba de arreglarse, usar joyas o vestidos caros, lo cual solo le traía regaños y disputas con sus padres. 

Muy joven fue casada con un joven llamado Juan, al que sus padres la habían prometido desde que ella tenía cuatro años. Su marido la apreciaba, pero era indolente con ella. Por eso no tomó en consideración sus penitencias extremas y su vida orante. Le dejaba penitenciarse a su gusto, y las penitencias de María eran extremas: dormía sobre una tabla astillada, llevaba una cuerda áspera bajo las ropas. 

A los dos años de casada, su marido fue tocado por Dios y teniendo delante el ejemplo de María, decidió vivir más piadosamente. Si hasta entonces su vida de trabajo, oración y penitencia le había tenido sin cuidado, en adelante intentó imitarla. Desde ese momento vivieron como hermanos, o como ella gustaba decir, como la Virgen y San José. Donaron toda su hacienda a los pobres, reservándose una casita para vivir. Juntos hacían oración, trabajo, penitencia y atendían a los leprosos en Willambrock. Si bien Cristo les miraba con agrado, el mundo se volvió en contra de María. Sus parientes y amigos se volvieron contra ella. Se burlaban y murmuraban, le llamaban loca, iluminada, exagerada. Le reprochaban que hubiera abandonado sus bienes y posición y arrastrado a su marido con ella. Pero ellos vivían de espaldas a todo ello. 

María tuvo el don de la compunción y lágrimas. Era considerar la Pasión, o mirar un crucifijo, escuchar un sermón sobre los dolores de Cristo, para que un torrente de lágrimas brotara de sus ojos. Tantas que corrían por su rostro, cuerpo, y aún mojaban el suelo que pisaba. Algunos pensaban que era fingimiento y le volteaban el rostro. En una ocasión, justo antes de la Pascua, cuando se lamentaba de los sufrimientos del Señor con gemidos y sollozos, brotó de sus ojos gran cantidad de lágrimas más que habitual, como si estuviera participando en la muerte de Cristo, uno de los sacerdotes de la iglesia la reprendió suavemente y le pidió que refrenara sus lágrimas y rezara en silencio. Por lo tanto, ella, según su costumbre de obedecer, se retiró a un lugar oculto de la iglesia, donde nadie pudiera verla. Allí suplicó al Señor que le mostrara al sacerdote que no estaba en el poder del hombre refrenar las lágrimas cuando son del cielo. Y ocurrió que estando cantando misa el sacerdote, Dios le sumergió en la Pasión de Cristo, y derramó tal cantidad de lágrimas, que hubo de cambiarse el mantel del altar. Y desde ese día, gozó de aquel don siempre que celebraba la misa. 

Preguntada en una ocasión por su confesor si tanta lágrima no le causaba dolor físico, María respondió: "No, son estas lágrimas las que me refrescan. Son mi alimento día y noche; no me hacen daño a la cabeza y sostienen mi mente. Lejos de causarme ningún dolor, infunden una dulzura en toda mi alma. Lejos de vaciar mi cabeza, la llenan de pensamientos y consuelos celestiales, ya que no son forzadas a salir con esfuerzo, sino que me son suministradas en abundancia desde arriba". 

La penitencia de María de Oignies no es, ni por asomo aconsejable: uno de sus excesos fue cortarse trozos de carne de su cuerpo, al que aborrecía, y enterrarlos. Dejó las heridas al descubierto y los gusanos pulularon en ellas, siendo obligada por su confesor a curárselas. Y los ángeles lo hicieron por ella, sanándola. Las cicatrices quedaron para siempre en su cuerpo, siendo descubiertas por las mujeres que lavaron su cuerpo al morir. 

A esta penitencia se sumaba un ayuno riguroso. Solo comía una vez al día y por el necesario sostenimiento de la vida. Como si de una medicina se tratara. No comía carne, ni bebía vino, sino que frutas, hierbas y verduras eran su sustento. Para sí misma hacía un pan de avena, tan grueso áspero que al secarse raspaba su garganta hasta hacerla sangrar. Su consuelo era pensar en la sangre derramada por Cristo por su salvación. En una ocasión, mientras comía, el diablo la tentó de glotona, pero María no se dejó engañar por el demonio, sino que sabía que él quería perturbar su mente con escrúpulos para que enfermara por su excesiva abstinencia. Así, se rió de él y ese día comió el doble de lo normal, dejando al diablo confundido. 

Durante tres años seguidos ayunó a pan y agua desde el día de la Santa Cruz hasta la Pascua, y no sufrió ningún perjuicio al hacerlo, ni en su salud ni en su capacidad de trabajo. Y más veces, desde la Ascensión hasta Pentecostés no comía ni bebía nada. Y lo que puede parecer maravilloso, no sufría de dolor de cabeza en consecuencia, ni relajaba sus deberes ordinarios, sino que estaba tan lista para el trabajo en el último día de su ayuno como en el primero. Tampoco podía comer nada en esos días, pues su apetito desaparecía totalmente absorbido por el espíritu. 

La oración de María de Oignies era constante. Todo cuanto hacía, hasta lo más bajo, le servía para elevar el pensamiento a Dios. Su salterio siempre permanecía abierto, pues lo rezaba sin parar, y solo lo dejaba para hacer oración mental. Cuando se disponía a hacer oración por alguien Dios le revelaba si serviría para el bien o no de esa persona, o si era un difunto, recibía la revelación si estaba salvado ya o condenado, para que no perdiera tiempo en oraciones de balde. En varias ocasiones, mientras oraba, vio muchas manos levantadas como suplicándole. María pidió a Dios le revelase que significaba aquello y el Señor le mostró que eran las almas del purgatorio, las cuales sufrían por sus ofensas y buscaban el beneficio de sus oraciones, pues sentían sus dolores aliviados y disminuidos por ellas, como si se derramara un aceite precioso sobre sus heridas. 

María acostumbraba visitar una vez al año una iglesia dedicada a la Madre de Dios en Oignies, y para ello debía seguir era un sendero tortuoso a través de un bosque con el que estaba muy poco familiarizada. Mas nunca se perdía el camino, ya que siempre se veía una luz que iba delante de ella para dirigirla. En uno de esas visitas, mientras regresaba, una violenta lluvia la alcanzó mas el agua torrencial caía a su alrededor sin mojarla.  

En las fiestas marianas más importantes pasaba el día y la noche saludando a la Santísima Virgen, y haciendo miles de genuflexiones ante su imagen. Además, después de cada hora canónica del salterio, rezaba el Ángelus y se disciplinaba de rodillas. Tanta oración traía grandes beneficios para sus conocidos, que experimentaban la bendición de Dios siempre que le pedían oración a la Beata. Y al mismo tiempo, aterraba a los demonios que la tentaban y asustaban, intentando distraerla de la oración.  

A una monja cisterciense muy joven y piadosa, pero retraída y escrupulosa, la tentó el diablo con toda clase de pensamientos blasfemos y sucios para que desesperara a través de los escrúpulos. Durante algún tiempo resistió, mas al no poder soportarlo pasó de la pusilanimidad a la desesperación; y el diablo la había vencido de tal manera, que no podía rezar ni siquiera el Padrenuestro o el Credo. Tampoco confesaba sus pecados, pues creía eran imperdonables y estaba abocada a la condenación eterna. No recibía el Cuerpo del Señor, no tenía oración, ni quería hablar con las hermanas. A tal punto llegó su tormento mental, que ya pensaba en suicidarse. Más adelante ya despreciaba la Palabra de Dios, las advertencias de las religiosas, comenzó a desobedecer e incluso llegó a blasfemar. No vieron otra solución las monjas que hacer se entrevistara con nuestra María. Esta, rebosante del espíritu de compasión y dulzura espiritual, la recibió, le habló con palabras del cielo y la consoló. Por cuarenta días María se disciplinó y oró continuamente, sin tener otra intención. Al cabo, la joven monja fue liberada del espíritu maligno, al cual vio María, reventado y con las entrañas por fuera, como un despojo, luego de la batalla espiritual que había tenido con ella. 

Incluso mientras dormía, María oraba, pues su corazón nunca se separaba de Cristo. Sus sueños eran siempre sobre Cristo; porque como el sediento sueña en su sueño con las fuentes de agua, y el hambriento tiene visiones de ricos banquetes, así ella tenía siempre ante sus ojos a Aquel que su alma deseaba. 

María fue amante de la pobreza, pero de una pobreza honesta y limpia. Si detestaba el lujo superfluo, también detestaba la suciedad. Vestía ropas de tela gruesa, de estameña. Para las fiestas usaba una túnica de lino y una capa del mismo tejido, sin adornos ni costuras curiosas. Sobre su cabeza usaba un velo que cubría sus ojos, de modo que se prevenía de las miradas indiscretas. Nunca usaba un abrigo o manto, pero jamás el frío la molestaba, de tanto amor de Dios que hacía arder su alma y cuerpo. 

Nunca estuvo ociosa, sino que desde que abandonó todas sus riquezas se afanó en el trabajo manual para su manutención y para socorrer a los pobres. En silencio trabajaba, considerando el taller de Nazaret y la labor orante del Señor, San José y la Virgen Santísima. Mientras trabajaba, consideraba los pasajes de la Escritura y las vidas de santos, permaneciendo en oración. Toda esta contemplación no hacía su trabajo menos perfecto, ni la demoraba o le hacía perder el tiempo. Al contrario, todo trabajo que emprendía lo terminaba perfectamente. 

Tanta austeridad, mortificación y penitencia no hacía de María una persona hosca, huraña o alejada de la realidad. Todo lo contrario, su conversación y trato eran dulces. Las personas gustaban de tratarla y escucharla, buscando sus palabras, consejos y buen trato. Siempre tenía una palabra amable para quienes se cruzaban en su camino, o quienes la visitaban. Consolaba a los enfermos y en ocasiones estos mejoraban solo con escuchar sus buenos deseos. 

María vivía pobremente, consideraba siempre la pobreza de Cristo y no quería poseer más de lo que Cristo tuvo en vida. Todo regalo que recibía, y no eran pocos, los dejaba para los pobres y necesitados. No tenía más vestido del que necesitaba, ni más mueble que el indispensable para una vida ordenada y honrosa. 

Tan grande era su humildad, que se consideraba a sí misma como nada, y habiendo hecho todo bien, no sólo reconocía con su boca y corazón que era una sierva inútil. Se consideraba inferior a todos y nunca se presumía a sí misma, sino que miraba a todos como sus superiores. Cuando Dios le concedía algún favor, lo remitía a los méritos de los demás; no buscaba nunca su propia gloria, sino que remitía todo a Aquel de quien procedían todos los bienes. Se juzgaba a sí misma como la más indigna de todos los hijos de Dios. Cuando Dios le concedía alguna gracia o le daba la respuesta exacta a una cuestión religiosa, le recriminaba a este: "Señor, ¿por qué haces estas cosas en mí? Envía, Señor, a quien quieras enviar, mas no a mí. No soy digna de ir ni de anunciar tu Palabra a los demás." Sin embargo, el Espíritu Santo la impulsaba siempre a procurar el bien del prójimo, comunicando las inspiraciones que recibía. James de Vitry, quien la conoció y escribió la biografía de María, le preguntó un día si ella sentía vanagloria por los dones divinos y el reconocimiento del pueblo. Ella le respondió: "no, pues en comparación con la verdadera gloria que deseo, toda jactancia humana es como nada.

Fue María extremadamente caritativa con los enfermos y moribundos, con quienes tenía una especial caridad y todos la querían junto a sí al momento del tránsito. Con su amor les aliviaba los dolores y con sus oraciones mantenía a raya a los demonios que intentaban tentar al moribundo. Ninguno de sus asistidos moría sin sacramentos: por lejos que estuviera el sacerdote, siempre llegaba a tiempo a dar la extremaunción. Muchas veces vio el destino final de aquellos que estaban con ella, fuera el cielo directamente o el purgatorio. Nunca vio a un condenado, mas jamás se jactó de que fuera por su presencia. 

En una ocasión ayudó a morir a un anciano Juan de Dinant, apodado “el Jardinero”, quien siempre había servido a Cristo. Al momento de la muerte, María vio una multitud de ángeles que ayudaban al anciano, y percibió un olor maravillosamente dulce. No pudo contener su alegría, pues quería al anciano como a un padre. Además, le fue revelado por el Espíritu Santo que, puesto que este anciano había hecho tantas penitencias en la carne y había soportado pacientemente tantas persecuciones y reproches por causa de Cristo, había vivido tan santamente, y además había ganado tantas almas para Cristo, que se liberó de todo el dolor del purgatorio y voló directamente a la presencia de su Señor. 

Por el contrario, experimentó una visión de su propia madre condenada en el infierno. María no entendió el porqué, pues su madre, aunque no muy ocupada en las cosas de Dios, había sido una mujer honesta y buena. Al preguntarle al espectro, su madre le respondió:  "Fui criada con lo adquirido por la usura y la ganancia injusta, y aunque era consciente del pecado, no me esmeré en restituir lo que a los pobres se había quitado. No tuve en cuenta el mandato de Dios, sino que, habiendo entrado en los caminos torcidos del mundo, pensé que era indigno de mí cambiar los pasos de mis antepasados. Y no habiéndome arrepentido de mis malas acciones, al final cambié mi vida infructuosa por la muerte, y así he perdido la vida del mundo venidero" Y diciendo esto desapareció. 

Con los enfermos era María muy paciente y amorosa. Especialmente con los niños. Y por estos últimos en ocasiones realizó varios milagros. A un niño con una fractura, le impuso las manos y le sanó el hueso. A otro que padecía de sangrado de un oído, le besó la cabeza y el niño quedó sano. Un sacerdote de Nivelle llamado Guerrico padecía una enfermedad muy peligrosa y los médicos se desesperaban por su recuperación. Pensando que no tenía esperanzas acudió a la santa, y consiguió, con muchas oraciones, que ella le impusiera las manos. Esa misma noche le pareció que, mientras dormía, la Santísima Virgen venía a él y le sanaba.  Y así por el estilo, algunos clérigos fueron sanados, o mujeres con embarazos riesgosos hallaron la salud. 

Tuvo también el don de profecía y de adivinar acontecimientos futuros. Como adivinar el nacimiento de una herejía en la Provenza, o anunciar el martirio de los predicadores que se enfrentarían a estos herejes. La muerte de algunos también la profetizaba, siempre acertando el día y la hora. En una ocasión en que visitaba la iglesia, oyó devotamente la misa y al terminar la celebración, dijo al sacerdote: "Esa misa era mía; hoy ofreciste el Eterno Sacrificio en mi nombre". Él se sorprendió y le preguntó cómo lo sabía. María le respondió: "Vi una hermosa paloma descender sobre tu cabeza en el altar, que extendía sus alas hacia mí. Supe, por lo tanto, que el Espíritu Santo me llenaba por esa misa".

Tuvo María gran devoción a los santos. En una fiesta de Santa Gertrudis (17 de marzo), que el presbítero había olvidado celebrar, se sintió llamada a tocar las campanas de la iglesia. Al preguntarle el sacerdote por qué lo había hecho, María le respondió: "Perdóneme, padre, pero es una gran fiesta hoy. Lo sé porque siento que desde anoche me llena una alegría celestial, aunque no sé de quién es la fiesta". El sacerdote miró entonces el calendario, y vio que la fiesta de Santa Gertrudis debía celebrarse ese día. Un día que rezaba ante un altar de San Nicolás, vio manar bálsamo de sus reliquias. También tuvo varias apariciones de San Bernardo de Claraval (20 de agosto) con quien tenía celestiales coloquios y quien le iluminaba sobre las verdades de la fe. A san Juan Evangelista también tuvo gran devoción y este más de una vez le consoló en sus penas. 

Tuvo una maravillosa facultad de percibir si las reliquias eran verdaderas o no. Había una pequeña cruz en la Iglesia de Oignies que tenía en ella una pequeña porción de la verdadera cruz; y más de una vez vio salir de ella rayos de luz. Un fraile amigo suyo poseía unas reliquias de un santo mártir, mas no tenía “authenticae” que las avalara. Entonces María le consoló diciéndole que eran verdaderas y que tenían una gran virtud. Además, rezó, para que Dios le mostrara de quiénes eran, e inmediatamente se le apareció una santa que le dijo era Santa Alois, venerada en Provins, y que las reliquias eran reales.

María vivió en Willambrock mucho tiempo, pero su fama llegó a tanto que no tenía momento de descanso o soledad. Por lo tanto, rezó fervientemente a Dios para que se complaciera en elegir un lugar más adecuado para su sierva, donde poder servir al prójimo, pero teniendo más tiempo para la oración y la penitencia. Y he aquí que Dios le e señaló una casa en Oignies que ella nunca había visto, y que además era tan pobre, y tan recientemente construida, que apenas se conocía. Habiéndolo consultado con su marido y su director espiritual, el abad Guido, se dirigió al lugar que le estaba destinado. Llegando a Oignies se le apareció San Nicolás, que la guió primero a su iglesia, donde estaban celebrando una misa en su honor. El santo, además, le señaló el lugar donde estaría su tumba en la iglesia, revelándole que había llegado a Oignies para su encuentro definitivo con el Señor. 

Allí en Oignies tuvo María dulces coloquios con Cristo, preparándose gozosamente a su muerte. En una ocasión en que se le apareció Cristo, María pensó era ya la hora, pero al ver que aún no sería, clamó a Cristo: "No quiero, Señor, que te vayas sin mí. No puedo quedarme más tiempo aquí. Anhelo ir a mi casa". El fuego de su alma era tan grande, que daba rienda suelta a sus sentimientos con fuertes exclamaciones, y su rostro siempre parecía estar en llamas. Varias veces oyó la voz dulce de Cristo que le decía: "Ven, mi amada, mi esposa, mi paloma, y serás coronada". En una ocasión tuvo un éxtasis más encendido de lo habitual, y exclamó: "Las vestiduras de la hija del Rey huelen a dulce incienso, y los miembros de su cuerpo son como preciosas reliquias santificadas por Dios". 

A medida que se acercaba la hora de su partida, se ocupó más incesantemente en tratar de servir y complacer a Dios. Desde la fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen hasta la de la Natividad de San Juan Bautista, sólo tomó alimento once veces, y en cantidades muy pequeñas. Como tenía una gran devoción a San Andrés, quien había abrazado la cruz con un amor tan ardiente, recibió muchas y muy familiares visitas del santo, quien le dijo: "Consuélate, hija mía, porque no te dejaré; y como una vez confesé la fe de Cristo, y no la negué, así, en el día de tu partida, te reconoceré ante Dios, te asistiré en tus últimos momentos y te daré mi testimonio". 

Tres días antes del tránsito, María alabó a Dios cantando en voz alta como nunca se le había oído, pues le había parecido vanidad cantar para que otros le oyeran. Su hermosa voz entonó salmos y cánticos constantemente. Además, reveló cosas del cielo, los santos y los ángeles. Terminados estos tres días de gozo inefable se fue a la iglesia y dijo a su esposo, amigos y seguidores: "El tiempo en que lloré por mis pecados han pasado, y también el gozo en con el que me regocijé y alabé a Dios por las alegrías eternas que me esperan. Ahora vendrán los dolores y las penas de la enfermedad y la muerte. Ningún alimento volverá a cruzar mis labios, ni volveré a leer en libro alguno." y efectivamente, en el acto le acometió una enfermedad muy quejosa. Tenía sed constantemente, que soportaba por amor, lo mismo que los dolores corporales.  

El jueves anterior a su muerte exclamando "Qué bello eres, Dios nuestro Rey". La víspera de San Juan Bautista de 1213 comenzó a cantar con una voz muy dulce, y al llegar a las tres de la tarde expiró tranquilamente, sin cambiar en lo más mínimo por el dolor de la muerte la expresión alegre de sus facciones. Y todos aquellos que allí estaban, o los que la amaban pero estando lejos, sintieron un dulce gozo más que tristeza, siendo sus lágrimas santa envidia más que de desconsuelo. Los días de sus funerales María apareció a varias personas y dirigió sus acciones, fortaleciéndolas en peligros, o eliminando dudas de sus almas. Fue sepultada en la iglesia de San Nicolás de Oignies, que años más tarde pasaría a llamarse con su nombre. El 12 de octubre de 1608 las reliquias fueron trasladadas solemnemente. Es abogada de las mujeres en el parto y contra las fiebres. 

Se desconoce que fue de su marido después de la muerte de María. Su recuerdo se perdió para siempre. 

Fuente:
-”The lives of S. Jane Frances de Chantal, St. Rose of Viterbo, and B. Mary of Oignies.” Londres, 1952. (La “vita” de nuestra Beata es la escrita por Vitry) 

A 23 de junio además se celebra a:

San Artemio, confesor.
Santa Etheldreda,
reina y abadesa.
San Simeón Estilita,
el Joven.
San Walter de Onhaye,
presbítero y mártir.







sábado, 22 de mayo de 2021

Santa Rosana

Santa Humildad de Faenza, abadesa vallumbrosana. 22 de mayo y 6 de junio, (traslación de las reliquias).

Nació en Faenza en 1226, en la familia de los nobles Elimonte y Richilde Negusanti, y su nombre de bautismo fue Rosana. Fue educada en la piedad cristiana, y sus padres eran grandes admiradores de San Francisco de Asís (4 de octubre, 17 de septiembre, Impresión de las llagas; 25 de mayo, traslación de las reliquias), de quien se dice les profetizó el nacimiento de una hija que sería santa.

Cuando Rosana tenía 15 años fue prometida con Ugo de Caccianemici. Ese mismo año murió su padre. En 1242 se casó con su prometido. Este era un hombre bueno y aunque poco piadoso, y juntos hicieron muchas obras de caridad. Pero el matrimonio tuvo la desdicha de perder dos hijos recién nacidos, a los que apenas llegaron a bautizar. Al poco tiempo falleció la santa madre de Rosana y esta se vio desolada. Ella y su marido, piadosos que ya eran, redoblaron su piedad y se cree profesaron en la Tercera Orden de San Francisco. Ciertamente, a los 24 años decidió abandonar el mundo y ser religiosa. Lo consultó con su marido y este no solo le dio el permiso, sino que, además, el mismo se determinó a hacer lo mismo. Juntos se fueron al cenobio mixto de Santa Perpetua y tomaron el hábito de penitencia.

Al entrar a la vida regular Rosana tomó el nombre de Humildad, con el que subió a los altares. Algunas leyendas nos dicen que fue luego de haber curado milagrosamente de una enfermedad que ella atribuyó a su soberbia. En 1254 dejó Santa Perpetua para recluirse en una pequeña celdita en la iglesia de San Apolinar, de la Orden Benedictina Vallumbrosana, fundada por San Juan Gualberto (12 de junio) en el siglo XI. Así emparedada y solo con una ventana para seguir el culto en la iglesia vivió 12 años de penitencia y oración. Su consejo era muy estimado y no le faltaban discípulas que ponían en obra sus consejos. En 1255 su marido tomó el hábito vallumbrosano en la misma abadía. Allí moriría como hermano lego y con fama de santo en 1256.

En 1266 Humildad accedió a fundar las primeras monjas de Vallumbrosa. Fue abadesa providente, serena y dotada para el mando, sin que por ello dejara de ser una humilde monja, muy pronta a la caridad y a la observancia religiosa. En 1281 fundó un nuevo monasterio en Florencia, edificando para ello una bella iglesia que aún se conserva. Ambos recintos los dirigió con mucha prudencia, sorteando problemas y oposiciones, pero confiada en Cristo. Tuvo altísima oración, y dones místicos, como el don de conciencias y de lágrimas en la oración. Recibió del Señor la gracia de conocer acontecimientos futuros y profetizarlos. Escribió tratados espirituales a pesar de no haber recibido formación teológica alguna.

Subió al cielo muy anciana, a los 84 años, el 22 de mayo de 1310. Fue sepultada en la iglesia del convento de Florencia, en la tierra desnuda. En 1311 el cuerpo fue exhumado y hallado incorrupto, por lo cual fue vestido ricamente y puesto en una hermosa urna, al culto público. En el siglo XVI, por sucesos bélicos fue trasladada a otros monasterios. Actualmente su santo cuerpo se venera en el monasterio del Espíritu Santo de Bagno. Benedicto XIII confirmó su culto inmemorial en 1720.

Fuente:
-"Dizionario Di Erudizione Storico-Ecclesiastica". VOL. LXXXVIII. GAETANO MORONI ROMANO. Venecia, 1856.

A 22 de mayo además se celebra a:








 

lunes, 4 de enero de 2021

De una santa antiperjurios.

Santa Faraílde de Gante, virgen. 4 de enero y 23 de junio.

Sobre esta santa poco se conoce en realidad, lo cual, como suele pasar, ha hecho que se fabulase mucho sobre ella, dotándola de una leyenda, o varias, que a veces se contradicen. Por una parte se dice fue hija de Santa Amalberga de Maubeuge (10 de julio) y su segundo marido, San Witger (10 de julio). Sería hermana, por tanto, de Santa Gúdula (8 de enero), Santa Reinildis (16 de julio), San Emembert de Arras (15 de enero) y Santa Ermentrudis (3 de septiembre). Habría sido educada por su tía Santa Gertrudis de Nivelles (17 de marzo). Pero es que todos estos santos ni siquiera fueron parientes entre sí. Pero esa es otra cuestión aparte.

Fue casada contra su voluntad con un noble llamado Guido, al que Faraílde no quiso entregarse nunca, por querer ser virgen para Cristo. Su esposo la maltrató durante años por esta causa, pero Faraílde nunca cedió. Las cosas cambiaron cuando guido tuvo un accidente a caballo y quedó con severas heridas. Faraílde le cuidó amablemente y él se arrepintió de su mal proceder para con ella, prometiéndole nunca más insistir en tener relaciones sexuales, y dándole libertad para sus devociones. Pero al poco tiempo volvió a sus maltratos, entonces enfermó y murió, quedando Faraílde libre para vivir piadosa y pobremente.

Algunas leyendas adornan su vida, como ya dijimos. Una de las más conocidas cuenta que Faraílde pidió de limosna algo de pan a una mujer rica, la cual le respondió no tenía nada que darle diciéndole: "Juro que no tengo pan en casa, y si lo hubiera, que se conviertan en piedras". Y así pasó. Además, la avara murió de hambre, pues cada vez que tocaba algo de comer, se convertía en una piedra. Otra leyenda, que ha pasado a la iconografía de la santa, cuenta que un día halló una manada de gansos, los cuidó y protegió durante todo el invierno. Pero un granjero le robó uno, lo asó y lo comió. Al saberlo Faraílde juntó los huesos y las plumas y el ave revivió. En realidad en el origen de la leyenda lo que hay es que la santa le acompaña un ganso solamente como muestra de su patronato de la ciudad de Gante cuyo nombre, efectivamente, significa "ganso".

30 años sobrevivió Faraílde a su marido, y murió en olor de santidad sobre el año 745. Fue sepultada en la iglesia de San Bavo de Gante, aunque sus reliquias fueron trasladadas a Nivelles en el siglo IX. Posterormente la mayor parte regresaría a Gante, donde se le dedicó una iglesia a su memoria, destruida por los herejes luteranos en 1566, aunque las reliquias pudieron salvarse. Su culto fue muy popular en Gante y todo Flandes. Una "vita" muy florida fue escrita por los monjes de Mont Gerard.

Fuente:
-Vidas de los Santos. Tomo I. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.

A 4 de enero además se celebra a:

B. Elizabeth de Roosendaal,
virgen cisterciense
.
San Rigoberto, obispo.
San Gregorio de Langrés,
obispo.







viernes, 21 de septiembre de 2018

"No es el sexo, sino el valor lo que hace fuerte".

Santa Débora, juez y profetisa. 21 de septiembre, 11 y 14 de diciembre (Iglesias Orientales).


Añadir leyenda
La Escritura habla poco de Débora, pero lo suficiente para que salte a la vista el hecho de ver a una mujer como juez del pueblo de Dios. Los Jueces ejercían un liderazgo moral, político y religioso. En tiempos en que aún Israel aun no tenía reyes los Jueces eran, junto a los profetas, la voz de Dios y por Él se les consideraba elegidos. No eran gobernantes propiamente dicho y ninguno pretendió ser superior a los demás. Los Jueces fueron Otoniel, Aod, Samgar, Gedeón, Abimelec, Tola, Jaír, Jefté, Ibzán, Elón, Abdón, Sansón, Samuel y nuestra Débora.

La principal acción de Débora, quien dictaba sentencia bajo una palmera entre Rama y Betel, en favor de Israel fue animar al general Barac a lanzar las tropas israelitas sobre el cananeo Sísara. Le profetizó que vencerían, aunque él no vería el triunfo. Efectivamente, Israel vencería, pero quien mataría a Sísara sería Jael, mujer del cananeo Héber. Al ocurrir la victoria, Débora habría entonado un cántico a Dios.

Y poco más podemos decir de su biografía. Pero aún así, su figura ha sido evocada por numerosos padres de la Iglesia y santos han mirado a Débora como prefiguración de la Iglesia, de la Santísima Virgen, puesta como ejemplo para las mujeres, o comparada con el alma cristiana imbuida de Dios:




"Y así, de acuerdo con la historia, para que las mentes de las mujeres pudieran asentarse, una mujer se convirtió en una juez, una mujer que puso todo en orden; una mujer que profetizó; una mujer que triunfó; y que se unió a la batalla, enseñó a los hombres a la guerra bajo el consejo de una mujer. Pero en un misterio, es la batalla de la fe y la victoria de la Iglesia". San Ambrosio.
"Y creo que su judicatura ha sido narrada y sus hechos descritos, que las mujeres no deben ser restringidas de actos de valor por la debilidad de su sexo. Una viuda, gobierna al pueblo; una viuda, dirige ejércitos; una viuda, elige generales; una viuda, determina guerras y ordena triunfos. Por lo tanto, no es la naturaleza la que causa la debilidad. No es el sexo, sino el valor lo que hace fuerte". San Jerónimo.
"Nada es más poderoso que una mujer piadosa y sensible para poner a un hombre en orden y moldear su alma como ella quiera. Porque no soportará a los amigos, ni a los maestros, ni a los gobernantes, como lo hará con su pareja aconsejándole y aconsejándole, pues el consejo lleva consigo incluso cierto placer, porque la que da el consejo es muy amada. Podría hablar de muchos hombres duros y desobedientes que han sido ablandados de esta manera. (…) Una mujer destruyó Absalón, una mujer destruyó Amnón, una mujer rescató a Nabal de la matanza. Las mujeres han preservado naciones enteras, pues Débora y Judit exhibieron éxitos dignos de los hombres; así también lo hacen otras diez mil mujeres". San Juan Crisóstomo.

Y, además, tenemos el detalle poco conocido de que Santa Teresa de Jesús (15 de octubre; 26 de agosto, la Trasverberación; 13 de julio, Traslación de las reliquias) es llamada "la Nueva Débora" por el papa Gregorio XV en la Bula de Canonización. Este "piropo" daría pie a una iconografía particular que San Enrique de Ossó (27 de enero) promovería para la Institución Teresiana. Pero habría que dejarlo para otro artículo.

A 21 de septiembre además se celebra a:


Beato José Vila Barri,
presbítero HSF y mártir
Santa Efigenia,
virgen carmelita.
San Cuadrato de Atenas,
obispo y mártir
.



martes, 21 de agosto de 2018

"debo ser lo que mi nombre dice: fiel."

Santa Bassa e hijos mártires. 21 de agosto.

Fue Bassa mujer de un sacerdote de los ídolos llamado Valerio, en tiempos de los emperadores Maximiano y Galerio. Vivían en Larissa y tenían tres hijos llamados Teogne, Agapio y Pistes. Aunque su marido era pagano y sacerdote, Bassa luego de convertirse a la fe de Cristo, educó a sus hijos en esta. Valerio insistía siempre para que volviera al culto antiguo, y dejara de enseñar a los niños la nueva fe. Como no lograba convencerla, urdió un plan para atemorizarla y que cambiara de parecer: la denunció ante al Prefecto.

Bassa fue llevada al interrogatorio junto a sus hijos. Allí fueron conminados a adorar a los dioses del imperio, pero los niños y la madre se negaron. El asunto pasó de la primera intención de Valerio, pues al ser amenazados los chicos con los tormentos, respondieron animosos que los padecerían todos. Y así fue: primero Teogne, quien fue colgado por las extremidades y desgarrados sus costados. Bassa le animaba con el Nombre de Cristo, y el niño se mostraba más esforzado. Se rompieron las cuerdas, cayó al suelo y su corazón se detuvo, alcanzando el cielo.

Luego padeció Agapio, quien al ser llamado gritó: "¡Rey Cristo, no te negaré! ¡Querido hermano, no te negaré, sino que seré valiente como tú lo fuiste". Y le desollaron la cabeza lentamente, delante de su madre, que solo oraba y alababa a Dios. Luego fue llamado Pistes. Le preguntaron: "¿Cómo te llamas?" "Mi madre me llama Pistes, y dice que debo ser lo que mi nombre dice: fiel." Y fue decapitado en el acto.

Bassa fue obligada a tomar parte de un cortejo de cristianos prisioneros que fueron trasladados adonde el Gobernador de Macedonia ara ser juzgados. Escapó a la isla de Halene, donde luego fue descubierta y decapitada. Leyendas posteriores hablan de diversos tormentos y milagros durante el interrogatorio de Bassa, pero son añadidos a las escuetas Actas originales.

Algunos errores sobre el sitio del martirio, que unos sitúan en Grecia, otros en Siria, han hecho difícil la localización del culto a estos santos, aunque sí consta la antigüedad del mismo, pues en un documento del Concilio de Calcedonia 450 se menciona una iglesia dedicada a su memoria en dicha ciudad. Igualmente se menciona en uno de los escritos de Teodoreto.


Fuente:
-"Vidas de los Santos". Tomo IX. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.
-"Martyrdom, Murder, and Magic: Child Saints and Their Cults in Medieval Europe". PATRICIA HEALY WASYLIW. New York. 2008.

A 21 de agosto además se celebra a:


San Leoncio I
de Burdeos, obispo
.
Ss Lussorio, Cesello
y Camerino, mártires
.
Ss Bonoso y Maximiano,
soldados mártires
.






lunes, 31 de julio de 2017

Santa Ellin, la no mártir.

Santa Ellin de Skövde, viuda mártir. 31 de julio.

Santa Ellin. Iglesia de Våmb.
Sobre esta santa, también llamada Helena, conocemos poco, pues la "vita" escrita por el obispo de Skara, San Brynjolf (3 de septiembre), no se conserva. Ellin (también llamada Helena o Elaine) vivió en el siglo XII, en Göthland, Suecia. Era una dama noble, cuya familia había llegado a la fe cristiana casi 100 años antes, por la acción apostólica de San Sigfried (15 de febrero). Joven aún se casó y tuvo dos hijos. Al enviudar se trasladó a Våmb, donde hizo grandes obras de caridad y construyó la iglesia. También construyó la iglesia de Santa María de Skövde.

Pasó el tiempo y su hija se casó con un pagano, mala persona, que maltrataba a su mujer y sus esclavos. En un motín, los esclavos le asesinaron, pero los parientes del hombre acusaron a Ellin de ser la instigadora, a pesar de que ella peregrinaba a Jerusalén en aquellos momentos. Pero aun así, a su regreso, en 1160, la asesinaron en Göthland, mientras que se dirigía a rezar a la iglesia de su villa. La apuñalaron y tomaron el cuerpo y lo escondieron en el bosque. Para que pareciera un asalto, le cortaron un dedo y le quitaron un anillo, arrojando el dedo lejos. Cuando el cuerpo fue hallado, unas luces guiaron a la familia hasta un arbusto donde milagrosamente un ciego halló el dedo y apenas lo tocó, recuperó la vista. 

Ellin fue canonizada en 1165 por el Papa Alejandro III, y aunque fue sin hacer mención a su muerte trágica, sino por sus virtudes, siempre se le ha llamado mártir. Su culto se mantuvo muy fuerte hasta la llegada de la herejía luterana a Suecia, donde el catolicismo fue proscrito, las iglesias cerradas o confiscadas. Un riachuelo brotaba junto al mencionado arbusto, cuyas aguas eran curativas y allí acudían los católicos a hallar consuelo. El nuevo arzobispo luterano, mandó tapiarlo con piedras, basura y tierra, clamando irónicamente: -"¡A ver si ahora Santa Ellin te hace brotar de nuevo!" Y apenas había vuelto la espalda, cuando un hilillo de agua saltó como un surtidor, sorprendiendo al hereje, que no osó hacer nada más. Aún existe el manantial.


Fuente:
-"Dictionary of Saintly Women". DUNBAR. London, 1904.


A 31 de julio además se celebra a
San Antonio de Hungría, carmelita mártir.
San Germán de Auxerre, obispo.

viernes, 12 de mayo de 2017

Santa Rictrudis, madre de hijos y monjas.

Santa Rictrudis de Marchiennes, viuda y abadesa. 12 de mayo.

Rictrudis ante el rey Clodoveo II.
La primera "vita" que tenemos data de 980, y dice estar basada en avisos y tradiciones de las monjas de Marchiennes. Rictrudis nació en Gascuña, de padres cristianos llamados Ernold y Lichia. Sus padres eran amigos del obispo San Amando (6 de febrero), y lo acogieron cuando el rey Dagoberto lo desterró, luego que el santo denunciara la vida corrupta e inmoral del monarca. Así que pronto Amando y la niña trabaron amistad, él le enseñó la belleza de la religión y de seguir a Jesucristo.

Cuando Rictrudis era apenas una adolescente conoció a San Adabald (2 de febrero), un joven noble y fervoroso, legado del rey en Gascuña y cuñado de Santa Bertha de Blangy (4 de julio). Ambos se casaron pronto y se fueron a Ostrevaen, donde Adabald tenía numerosas posesiones. Tuvieron cuatro hijos: Santa Eusoye (16 de marzo y 18 de noviembre, elevación de las reliquias), Santas Clotsindis (30 de junio), Santa Adalsindis (25 de diciembre) y San Maroncio (5 de mayo). Este último fue bautizado por San Riquier (26 de abril), el cual además le salvó de morir cuando Rictrudis estaba a caballo con el niño y el animal se desbocó. Por esto, la santa jamás volvió a subir a un caballo, sino que siempre usaba un borrico para trasladarse. Fue una familia piadosa, caritativa. Socorrían a los pobres, visitaban enfermos, acudían a todos los oficios religiosos y enseñaron a sus hijos a orar, a tener compasión y caridad y a detestar el pecado. Ponían paz en las familias, orden en la ciudad, y era buscado su consejo para asuntos importantes.

Pero esta armonía y la fe de la familia fue puesta a prueba: en 652, en un viaje que Adabald tuvo que hacer a Gascuña fue asesinado en Perigord por unos parientes de Rictrudis. Ella, rota de dolor, decidió entonces dedicarse totalmente ella y sus hijos, al servicio de Cristo en alma y cuerpo. Sin embargo, esperó a que el pequeño Maroncio creciera como para entrar de paje al servicio del rey Clodoveo II y ella poder consagrarse. Pasaron los años, el adolescente entró al servicio del rey y Rictrudis preparó su entrada al monasterio de Marchiennes, cuando recibió un mensaje del rey, que había elegido un noble y piadoso esposo para ella. Rictrudis buscó el auxilio de su amigo San Amando, para que le ayudara a desobedecer al rey. Ambos urdieron un plan: Por aquellos días estaba Clodoveo II cerca de Flandes, y Rictrudis le invitó a cenar a su castillo. Estando en la cena, ella se levantó y doblando su rodilla ante el rey, le dijo "Sire, pido su autorización y bendición para cumplir con mi deber". El rey, pensando que se trataba de cumplir su orden, le constestó que le daba su permiso con alegría. Entonces Rictrudis sacó un velo negro que traía escondido, y con un gesto se lo puso en la cabeza y clamó "Sire, a esto me llaman el deber y el deseo. Gracias por su autorización y bendición". El rey se sintió ofendido y salió bruscamente, y aquí entró en juego San Amando, el cual, con palabras amables logró que el rey, ya de buena gana, diera por roto el compromiso que había adquirido con el noble y futuro esposo. Y además, permitió que Rictrudis tomara el velo monástico.

La Santa con su suegra
Santa Gertrudis de Hamage.
Y Rictrudis, sobre 650, se fue Marchiennes con sus hijas menores Clotsindis y Adalsindis, y Eusoye se fue con su abuela paterna, Santa Gertrudis  y su tía Santa Gereberta (ambas a 6 de diciembre), al monasterio de Hamage. La abuela murió cuando Eusoye tenía 12 años, y no sabemos si ya había tomado el hábito monástico, pero es probable que sí, pues a los 12 ya se consideraban a las mujeres aptas para el matrimonio o la vida religiosa. La leyenda cuenta que, como era aún era niña, su madre la llevó consigo a Marchiennes al morir la abuela, pero Eusoye cada noche se transportaba milagrosamente a Hamage, donde tocaba la campanilla y las puertas del monasterio se abrían solas, para que pudiera entrar y pasar la noche en oración. Una noche la sorprendió su hermano San Maroncio y pensando se había escapado, pretendió pegarle con una vara, pero esta se partió en dos antes de tocar a la niña. Visto este portento, Rictrudis dejó que la niña regresara a Hamage, como se veía era voluntad de Dios. A los 13 años sería elegida abadesa y moriría en 660, con solo 23 años.

Adalsindis murió ese mismo año, el 25 de diciembre. Durante tres días Rictrudis soportó con entereza y guardó sus lágrimas de madre, pero al tercer día, oyendo el Evangelio de los Santos Inocentes, en el que se alude al llanto de Raquel por sus hijos, estalló en llanto inconsolable. Cuando terminó el Oficio y las monjas fueron al refectorio, Rictrudis quedó en la iglesia, mientras decía a sus monjas: "Id, queridas hermanas, sin mí, dejadme ser como Raquel al menos este día". Por su parte, Maroncio servía al rey Teodorico, pero finalmente, decidió abandonar la corte y el mundo para dedicarse a Dios. Su madre, temerosa de que no fuera una decisión correcta, consultó a su gran valedor, San Amando, y este le dijo que diría una misa por la intención. Estando celebrándola, vio volar una abeja sobre la cabeza del joven, lo cual tomó el santo prelado por una señal de que era la decisión correcta. Supongamos que sería por el simbolismo de la abeja para la vida monástica.

Luego de una larga vida monástica ejemplar, Rictrudis falleció en 686, dejando el gobierno de la abadía a su hija Clotsindis, que sería abadesa hasta su muerte en 703. Las reliquias de Rictrudis se conservaron en Marchiennes en un magnífico relicario que en 1793 se guardó en París, por los peligros de la Revolución Francesa. A principios del siglo XIX volvieron a Marchiennes, pero sin embargo, el 24 de julio de 1830 la abadía fue saqueada y las reliquias desaparecieron.

Fuente:
-"Vidas de los Santos". Tomo V. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.


A 12 de mayo además se celebra a
San Pancracio, mártir.
Santa Juana de Portugal, princesa y dominica.

domingo, 5 de febrero de 2017

La mística trinitaria.

Beata Isabel Canori, terciaria trinitaria. 5 de febrero.

La Beata y su hermana menor.
Nació Isabel en Roma, el 21 de noviembre de 1774, en una familia de posición desahogada. Fueron sus padres Tommaso y Teresa Primoli, profundamente cristianos. Isabel y su hermana estudiaron tres años con las agustinas de Casia, ya siendo una adolescente, y las monjas forjaron más aún su alma la penitencia y el amor por la oración y la meditación. En 1788 volvió a Roma, comprometiéndose en actividades apostólicas y de caridad. 

Aunque muchos pensaban que Isabel se decidiría por la vida religiosa, viendo su carácter piadoso y caritativo, en 1796 se casó con Cristóbal Mora, un abogado de Roma. Estaba enamorada y conocía que en el matrimonio también podía alcanzar la santidad. Pero las cosas no salieron bien, el marido resultó ser una pura fachada de bondad: Era un hombre díscolo, mujeriego, amante del vicio y el juego. Tenía una amante públicamente, y por ella gastaba todo el dinero que podía, dejó la abogacía y sumió a su mujer y las dos hijas que tuvieron en la bancarrota. tuvieron cuatro hijos, pero solo sobrevivieron dos niñas, Mariana y Lucía. Isabel tuvo que trabajar para mantenerse ella y sus hijas y pagar las deudas. Y, como un vicio lleva a otro, su marido tuvo la insana costumbre de humillar y pegar a Isabel siempre que podía. Ella solo callaba, oraba y le seguía siendo fiel. Su familia le pidió lo abandonara, pero ella redoblaba sus oraciones y penitencias. Nunca perdió la esperanza en la conversión de su marido. Es seguro que el ejemplo de Santa Rita de Casia (22 de mayo), cuya vida habría conocido bien en sus tiempos de estudiante la confortaría.

En 1801 Isabel sufrió una enfermedad desconodica, que casi la mata. Y como mismo enfermó de repentino, así sanó. Pero su alma no fue la misma desde entonces: durante este "mal" tuvo su primera experiencia mística sobre el destino final del mundo, las tribulaciones de la Iglesia y la apostasía de los cristianos al fin de los tiempos. En 1807 Isabel se unió a la Orden Trinitaria como terciaria, haciendo de la iglesia de San Carlino alle Quattro Fontane su segunda casa. Allí acudía a misa, se confesaba, se dirigía espiritualmente y ejercía la caridad. Allí conoció a la Beata Ana María Taigi (9 de junio), otra terciaria trinitaria y mística excepcional, con la que colaboraría en la caridad. Desde entonces consagró su vida a orar por la paz de la Iglesia, la conversión de los pecadores y, claro, la de su marido. La caridad y prudencia de Isabel convirtieron su casa en un sitio de oración, caridad y espíritu evangélico. Siempre tenía un socorro, una palabra de consuelo, una oración que ofrecer. 

Lienzo en San Carlino.
Entre 1813 y 1819 sufre la "noche oscura del alma", un tiempo de sequedad espiritual, que solo se mantiene por la fe en Dios. No se siente ni se goza, pero se cree. Las revelaciones de esta época muestran esa sequedad y sufrimiento. A la par, su alma se prepara para los desposorios con Cristo en el matrimonio espiritual. En la Navidad de 1814 Isabel tiene una visión en la que contempla al papa y a unos pocos prelados, religiosos y religiosas adorando al Niño Jesús, mientras que otros miembros del clero o religiosas permanecen dispersos. Solo el papa rezaba devotamente, pero el Niño Jesús se negaba a oir sus oraciones, nuestra Beata intenta orar, pero Cristo le revela que no hay nada que hacer, que el castigo que sobrevendrá a la Iglesia es inminente e inevitable. "Sólo por mi honra y gloria has de orar", le dice Cristo, mientras la consuela con un amor inconmesurable que la desborda. En 1818 tiene una visión que describe así, "lo veía [el mundo] en revolución, sin orden ni justicia. Los siete pecados capitales eran llevados en triunfo, y por todas partes se veían reinar la injusticia, el fraude, el libertinaje, y toda suerte de iniquidades. El pueblo estaba mal formado, sin fe y sin caridad. Todos estaban sumergidos en la crápula y en las perversas máximas de la filosofía moderna. Observaba que tenían más fisonomía de bestias que de hombres, de tal modo los tenía el vicio desfigurados". 

El 20 de noviembre de 1815, luego de haber renovado sus votos de terciaria, su alma se encuentra desolada, su espíritu está cansado y su fe se resiente. Entonces se encomienda a San Félix de Valois (20 de noviembre), y a los entonces beatos, San Simón de Rojas (28 de septiembre), San Miguel de los Santos (8 de junio y 10 de abril) y San Juan Bautista de la Concepción (14 de febrero). Luego de renovar, tiene una visión en que estos tres últimos santos la llevan al cielo ante San Félix, al que alcanza a tocar su capa negra, y ante el cual renueva sus votos, quedando consoladísima. En 1821 Cristo le revela: "Renovaré a mi pueblo y a mi Iglesia enviando celosos sacerdotes que derramarán mi espíritu para renovar la faz de la tierra. Reformaré las Órdenes por medio de hombres santos y sabios. Daré a mi Iglesia un nuevo Pastor que, lleno de mi espíritu y animado de mi celo, ha de guiar mi grey". No sabemos cuándo pasará esto, pero igual podemos confiar. 

También parece haber recibido la gracia de la Trasverberación del corazón, aunque ella no la llama así. Escribe en su diario: "he aquí que la paloma divina me envió un valioso dardo, el fuego sagrado golpeó mi corazón profundamente. El precioso golpe me ocasionó un desmayo mortal; fui cambiada, me encontré lejos de la primera, transmutada en otra (alude a una conversión). Era toda fervor, toda caridad, sentí en mi corazón los efectos maravillosos de ese dardo amoroso, esa llama de fuego prendió fuego sagrado en mi espíritu, y me volvió casi loca. De amor ardiente exclamé: ‘¡Has ganado, has ganado, oh santo amor! Ganaste la dureza de mi corazón obstinado con un dardo sagrado de amor, ven y perfora mi corazón’". Los efectos de este fenómeno místico además de espirituales, como el fervor, la presencia de Dios, el celo por Dios y los deseos de perfección, fueron físicos. Su corazón latía fuertemente, y tanto que podía notarse a través de sus vestidos. Incluso su familia avisó a un médico, el cual ordenó una sangría, el remedio para todo hasta el siglo XIX. Para que no la molestaran más, pidió a la Santísima Virgen hiciera no fueran tan notorios sus saltos de corazón, y la Señora así se lo concedió. Y la misma Virgen se le mostraría en una visión el 15 de agosto de 1824, cuando lsabel la vería rodeada de ángeles y expresando su amor materno hacia ella, poniéndole una bella corona sobre sus sienes.

Altar relicario en San Carlino.
El 5 de febrero de 1825, Isabel falleció en brazos de sus hijas. Fue enterrada su amada iglesia trinitaria, donde se conservan muchos objetos suyos y están sus reliquias en una capilla lateral que pude visitar. Después de su muerte, como ella misma había predicho, Cristóbal se convirtió de su mala vida, profesó como terciario franciscano y a los cinco años tomó el hábito franciscano conventual, llegando a ordenarse de presbítero. Juan Pablo II beatificó a Isabel Canori el 24 de abril de 1994, junto al Beato Isidoro Bankaja y a Juana Beretta Mola.


Fuentes:
-Diario de la Beata Isabel Canori: http://www.intratext.com/IXT/ITA1070/
-"Diccionario de los Santos" C. LEONARDI, A. RICCARDI Y G. ZIARRI. Ed. San Pablo. Madrid, 2000.
- "Nuevo Año Cristiano". Tomo 2. Editorial Edibesa, 2001.


A 5 de febrero además se celebra a  





Santa Almedha, virgen y mártir.

Santa Almedha, virgen y mártir. 1 de agosto.   Fue esta una de las legendarias hijas del rey de Britania, San  Brychan  ( 6 de abril ). Hast...